Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍITULO 18
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CAPÍITULO 18

¿Eres la novia de locke?

Gabi

—Chicos, ¡bienvenidos! Hola, Gabi —me saluda en español la tía de Locke nada más abrir la puerta de su casa. Me envuelve en un abrazo efervescente—. Encantada de conocerte.

—Lo mismo digo. —Mi expresión alborozada se acentúa al ver lo genuina que parece la alegría en sus radiantes ojos marrones—.

Y gracias por dejar que me pruebe alguno de tus vestidos.

Gracias —repito en un murmullo cuando toma de mis manos el abrigo para colgarlo ella misma en el perchero de pie adyacente a la entrada.

—No me las des. Tenía muchas ganas de conocerte y esta ha sido la excusa perfecta. Hola, Locke —se dirige a él y este se inclina para dejar un beso en su mejilla después de devolverle el saludo—. ¿Queréis tomar algo?

Espero a que responda él primero.

Cuando Locke niega con la cabeza yo le hago saber que estoy bien pero que agradezco su oferta.

—¿Segura? Ni un café o infusión o ¿te gusta la limonada? A Nora le chifla —dice, refiriéndose a su hija.

—No, de verdad, gracias —repito con la sonrisa intacta.

—Entonces vente conmigo. Y tú —Mira a su sobrino. Sacude la mano en el aire, sin señalar a un punto en concreto y al mismo tiempo refiriéndose a todos—, entretente con algo hasta que hayamos terminado .

Locke no parece sorprendido ante la fogosidad de su tía y me lanza una mirada cómplice según Aída avanza por el pasillo. Le echo un vistazo sobre mi hombro cuando ya estoy andando y aprovecha para asentir y guiñarme un ojo, dándome a entender que no me preocupe por él.

Según avanzamos, me cuestiono si estamos yendo a una habitación. Desde fuera, la casa ya prometía ser grande y no me sorprendería que en vez de que me llevase a su cuarto, me estuviese conduciendo a un vestidor aislado.

—¿Tienes algo en mente? Por tu tono de piel van a favorecerte más los colores cálidos pero junto a tu pelo un verde podría quedar muy bien. —Se detiene frente a unas puertas abatibles, las abre e, igual que suponía, es un vestidor tan grande como el salón de mi piso el que me recibe.

Las tres paredes que prolongan la de la entrada están repletas de cajones y barras donde decenas de prendas de colgar descansan iluminadas con una cinta de luz justo encima de ellas.

En el centro hay una especie de módulo cuya superficie es acristalada y pueden verse las distintas joyas de las que Aída dispone.

—Guau —exhalo, asombrada.

Toda esta ropa se aleja tanto de lo que caracteriza mi estilo o, en sí, puedo permitirme, que no soy capaz más que de otear mi alrededor completamente alucinada y con el miedo de mancharla solo de verla.

Una de las esquinas está ocupada por casi una decena de baldas en las que, por lo menos, hay cuatro pares de tacones dispuestos por nivel. Eso sí que me deja aún más estupefacta. Mi gusto por los tacones no llega al de Carrie Bradshaw pero no niego que algún día pueda asemejarme a ella.

—No —le respondo por fin—. La verdad es que tenía pensado dejarlo en tus manos.

Una sonrisa complacida se dibuja en sus labios.

—Perfecto. Entonces... —Separa varias perchas hasta detenerse en un rojo cereza y satinado—. Empieza con este. Puedes cambiarte ahí detrás, yo te espero aquí.

Pasa más de media hora desde que empiezo a probarme los vestidos y posibles combinaciones con este o aquel par de zapatos, junto a los distintos bolsos y accesorios con los que complementar el atuendo.

Y, aunque Locke me ha hablado por encima de su tía, cuando ella pregunta por mí, yo pregunto por ella de vuelta.

Es la hermana de su madre, la menor de las dos. Estuvo casada con un hombre durante tres años y su hija ahora de doce, es fruto de dicho matrimonio. Aunque a día de hoy, está casada con una mujer llamada Saskia.

—No debe quedarle mucho para llegar. Ha ido a llevar a Nora a voleibol —prosigue mientras termino de colocarme los últimos pendientes que me ha ofrecido—.

¿Qué hay de ti? Locke me ha dicho que haces baile y trabajas en su empresa.

Bueno, lo cierto es que no deja de mencionarte, pero... Ya me entiendes.

Alzo la vista de estar mirando a un punto fijo mientras intentaba cerrar el broche de los aretes.

Que Locke, ¿qué?

—Eh... —balbuceo, descolocada durante un instante—.

Pues eso es todo, prácticamente —respondo al salir por...

He perdido la cuenta de las veces que he entrado y salido del pequeño cubículo—.

Además de la universidad, no hago mucho más.

—Me echo un vistazo a mí misma en el espejo—. Este no me termina de convencer.

Aída tuerce el labio.

—No, a mí tampoco... La forma del vestido sí, pero el color... Déjame ver otro. —Se vuelve hacia la hilera ordenada de manera cromática y pasa una percha y otra y una más hasta detenerse en uno verde oscuro y también satinado—. Ten.

Regreso sobre mis pasos y cuando salgo de nuevo, es plantarme frente a mi reflejo y saber con certeza que no tenemos que buscar más.

—Creo... Creo que voy a quedarme con este. —Me vuelvo hacia ella y nada más sus ojos caen en mi cuerpo, sé que estamos pensando lo mismo.

De los diez o doce vestidos que me habré probado, es este.

—Gabi... —pronuncia, boquiabierta .

No es solo el color verde brillante, es la forma, el fruncido, los tirantes finos y el escote recto a la altura de las clavículas.

Se adhiere a mi pecho y cintura y no recobra la holgura hasta pasadas mis rodillas.

Y aunque mi espalda esté al descubierto y suponga que se vean las cicatrices del acné, me siento tan bien que por un momento se me olvida la inseguridad que me causa llevarla destapada.

La parte de detrás es más larga que la frontal, haciendo que se forme una especie de cola y junto a los tacones y accesorios dorados, sé que no hay mejor opción que Aída pueda ofrecerme que esta.

—¿Están ahí dentro? —pregunta una voz femenina en francés al otro lado de la puerta. Al momento, un par de golpes sobre la superficie de madera. Asumo que será Saskia, su mujer, que habrá regresado con la niña—. Aída , cielo, ¿estáis aquí?

— Oui . —Esta eleva el tono para que puedan escucharla sin apartar los ojos de mí—. ¿Te parece bien que te vean? —me pregunta más bajo.

—Sí, claro —accedo. Un remolino de nervios gatea por la boca de mi estómago.

—Podéis abrir, si queréis —les dice y cumplen al momento.

Mi atención se va primero a la mujer rubia y de mirada azul que ha abierto ambas puertas.

Después, a la niña castaña a juego con el pelo de su madre que, unos centímetros más abajo, escanea el cubículo en busca de ella.

Y por último, a Locke. Situado detrás de Saskia, sus ojos se alzan del suelo al escuchar a la cría pronunciar un emocionado «¡Mamá! » y se estrellan de lleno con los míos.

Recorre cada centímetro de mi cuerpo con una lentitud y detalle tan determinado que, al contrario de la ausencia de movimiento en mi pecho, pues el aire se me ha quedado atascado en los pulmones, mi corazón coge una carrerilla desorbitada y martillea contra mis costillas con un nerviosismo excitado.

—Tú debes de ser Gabi. —Saskia me saca del ensimismamiento al plantarse delante de mí y saludarme con un beso en cada mejilla.

Desde aquel día en el que metí la pata nada más llegar a Bruselas siempre procuro no ser quien da comienzo a un saludo con un desconocido. Y, aunque acabe de conocer tanto a la tía de Locke como a su mujer, un apretón de manos resultaría demasiado frío y formal.

—Encantada de conocerte —le digo antes de saludar a la niña de doce años que permanece al lado de su madre—. Hola, Nora. Soy Gabi.

—¿Eres la novia de Locke?

—¿Qué? —escupo con los ojos abiertos como platos—. No... Yo..., él... No. Somos amigos.

De reojo, distingo otra de esas sonrisas contenidas de Aída y la mirada curiosa de mi —desde luego— no novio aún detenido en la entrada del vestidor.

—Nosotras os esperamos en el salón. —Aída abandona el cuarto con la mano apoyada en el hombro de su hija para que le acompañe—. Cualquier cosa que necesites, manda a Locke que venga a buscarme.

No es hasta que las voces de las tres se escuchan lejanas que el susodicho entra en el vestidor.

Noto el calor acumulado en mis mejillas ebullir. Me han empezado a sudar las manos pero no pienso pasarlas por el vestido.

Ya me estoy arrepintiendo de haber accedido a que Aída me lo preste. Seguro que es carísimo, no hace falta decir que muy lujoso y ¿he mencionado lo caro que estoy convencida que...?

—¿Vas a reaccionar así cuando mi padre te pregunte si eres mi novia?

—Eh... —Arqueo las cejas con pesar. La verdad es que no ha sido ni de lejos la mejor contestación que podría haber dado. Al menos no con tal sobresalto—. No.

—No sé ni qué decirte —musita, acercándose a pasos lentos.

—¿En el mal sentido o...?

—No. —Da otro paso más en mi dirección y alzo la barbilla para mantener el contacto con sus verdes—. En el sentido de que estás... Te queda muy bien.

Trago saliva, sobrecogida .

Porque esa expresión en sus ojos; ese sentimiento tan similar al ensimismamiento... Nunca nadie me ha mirado así.

—Gracias —musito.

—Creo que tengo una corbata de ese color.

Una de mis cejas se alza.

—¿Quieres que vayamos conjuntados?

—Por supuesto.