Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 17 #5
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CAPÍTULO 17 #5

Supone un esfuerzo inconmensurable disimular mi enfado, el hecho de que siento la sangre hervir en mis venas y que tengo los orificios nasales ensanchados.

E incluso así ella le dio su compromiso más honesto, mientras esperaba en silencio y preguntándose si en algún momento sería su turno de ser escuchada, pero nunca llegó.

Imagino que sí no me tenía en cuenta en las cosas más generales tampoco podía esperar que lo hiciese en las más íntimas.

Es entonces, ante esa confesión, que el jaleo de pensamientos en mi mente se detiene en uno en concreto.

—¿Alguna vez...? ¿Alguna vez te forzó a...?

—¡No! —escupe sin darme la oportunidad de acabar—. No, él no... Sí que es cierto que si le decía que no me apetecía no ponía muy buena cara, pero no. Iván es un capullo en muchos sentidos pero nunca llegó a hacer algo como eso.

—¿A qué te referías, entonces?

—Llevo años tomándome la píldora anticonceptiva porque tengo ovarios poliquísticos y él lo sabía.

Más de una vez sugirió hacerlo sin protección alguna y en todas me negué.

En ese momento no quería reconocer que era por el miedo a que fuese capaz de engañarme, pero la verdad es que nunca estuve tranquila al completo en cuanto a eso.

—Gabriela... —musito.

—Es muy triste, lo sé.

—Pero no es... No me refiero a eso...

—Es... El problema principal fue que lo nuestro no fue amor en ningún momento; fue costumbre y me siento muy estúpida por haber pensado lo contrario.

He pasado horas hablando con él sabiendo que no me escuchaba y he desperdiciado el tiempo convenciéndome de que sí lo hacía, pero que él también tenía sus cosas, su vida, y yo hablo en exceso.

—Se encoge de hombros y se lleva el pulgar a los labios para mordisquearse la uña como cada vez que está nerviosa o incómoda, perdida, además, en el laberinto de recuerdos que ha debido abrirse paso en su mente—.

Tan sólo odio haber abierto los ojos tan tarde. Fui muy tonta.

—No es verdad —declaro—. No fuiste tonta.

—Venga, Locke. Mi relación tenía un cartel que ponía «tóxica» en letras fluorescentes. Tú mismo lo viste en la fiesta. Claro que soy tonta.

—Gabriela, no fuiste tonta. Él se aprovechó de ser tu primera vez en tantos ámbitos.

—Me he pasado toda mi adolescencia diciendo que jamás dejaría que alguien me tratase mal, que no permitiría que mis futuras relaciones fueran tóxicas y he acabado por tragarme mis palabras de dos en dos.

—Niega con la cabeza—. Él me vio cuando nunca nadie antes lo había hecho aunque empezase por lo que empezó.

—Eso no es cierto —vuelvo a contradecirle.

—No lo sabes —determina.

—Sí, lo sé. —Con lentitud, aparto su mano para que no se haga daño en el dedo—. Si de verdad te hubiese visto como quién realmente eres habría hecho lo imposible por mantenerte a su lado. Tan solo aceptaste lo que creías merecer, Gabriela y te aseguro que no es ni una mínima parte de lo que crees.

—¿Y si no lo hay? —cuestiona con la voz temblorosa—. ¿Y si no hay nada que ver en mí, Locke?

—Sí lo hay. —Mis ojos encuentran los suyos—. Porque yo lo veo. Te veo.

No puedo evitar acomodarle el pelo tras la oreja aprovechando que mi brazo sigue estirado sobre el respaldo.

Gabriela se yergue con disimulo, pero no el suficiente como para que no note el movimiento o el asombro en su mirada.

Sé que es lo último que esperaba escuchar; lo sé. Ni siquiera yo he sido consciente hasta que las palabras han rodado de mi lengua, pero estaban ahí, sólidas y bien conformadas, como si llevaran tiempo esperando a ser pronunciadas.

Sus labios se entreabren. Parece que va a decir algo, al menos a intentar buscar la respuesta que darme cuando el sonido de la puerta abriéndose se anticipa.

Gabriela mantiene su atención sobre mí un par de segundos más y yo deseo con todas mis fuerzas que quien sea que hay al otro lado decida darse media vuelta y dejarme encontrarle el sentido a esto.

—Hola, hola —nos saluda Cass nada más cerrar la puerta. Se quita el abrigo, la bufanda, gorro y guantes que viste y los reparte entre el mueble adyacente y el perchero—. ¿Qué tal la película?

—Cass, hola... —pronuncia Gabriela de vuelta careciendo de todo tipo de ánimo—. Bien —responde a pesar de que no hemos visto ninguna.

La pelirroja no aparta la mirada de mí, pero asiente. No me extraña que se haya quedado algo pillada. A mí también se me había olvidado que me he quitado la sudadera. Me la pongo de nuevo, cubriendo mi pecho, bajo sus curiosos ojos azules.

—Cass —le saludo también.

Gabriela me acompaña a la puerta. La abre y espera a que salga.

Sigo teniendo el sabor amargo en la punta de la lengua de nuestra conversación inacabada.

—Buenas noches, Locke. —Tiene una de sus manos escondida tras la manga de su sudadera y la otra agarrando el borde de la madera.

—Buenas noches, Gabriela.

Pretendía retroceder hacia mi piso, pero da un paso hacia delante, se pone de puntillas y deja un beso en mi mejilla.

—Gracias por contarme lo que me has contado —susurra—. Y gracias por escucharme una vez más. —Tras una sonrisilla tímida, cierra la puerta.

Y yo me quedo ahí durante uno, dos, tres segundos. Más. Quizá quince. O veinte. Lo único que sé con certeza es que cuando entro a mi piso lo hago con un cosquilleo en el pecho que por agradable que resulte, no puede significar nada bueno.

Unas horas después, con Luke acostado a los pies de mi cama, pretendo conciliar el sueño con unos ojos color miel en el centro de mi memoria y el fantasma de sus labios en mi mejilla.