Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

—No tengo nada de eso el próximo año, créeme.

—Y tampoco me vas a dejar que lo pague, ¿verdad? —cuestiono cuando me sostiene la mirada sin un solo ápice de duda.

—No.

Suelto un suspiro derrotado.

—A lo mejor mi tía puede dejarte uno de los suyos.

—¿Y si se lo mancho?

—Entonces tendré que comprártelo. ¿Lo vas a querer verde o...?

—Está bien... —accede, por fin, arrastrando la última vocal de la palabra—. Podemos ver alguno de tu tía, supongo. ¿Te toca a ti?

—¿Por qué le dijiste mi nombre? —pregunto sin dar rodeos.

—Eras la última persona que había visto antes de marcar la llamada.

¿Qué? —cuestiona al verme alzar una ceja—.

¿Esperabas que te dijese algo como que estaba conmovida por la intensidad de tu mirada?

O, ¿alguna cosa así? Yo leeré libros, pero lo de ser escritora es cosa de Cass.

Lo que sí tenemos que hacer es poner algunas cosas en común —continúa—. Ya sabes, por si tu padre nos pregunta.

—De eso te encargas tú, chica de los libros. Venga —digo cuando alza una de sus cejas—, tienes más imaginación que yo para estas cosas, seguro.

—Ya no puedes decirme eso si también has estado leyendo la novela sobre una relación falsa, pero... Nos conocimos en Madrid y volvimos a coincidir aquí.

—¿Hace cuánto?

—En eso también podemos decir la verdad; en agosto. Y a finales de octubre nos volvimos a encontrar y tú te enamoraste perdidamente de mí cuando te tiré el…. Me tiraste el cubata encima otra vez y hemos estado saliendo desde entonces.

—Acabas de afirmar que tiraste tú el cubata. Otra vez —determino, victorioso.

—Y tú no has negado que te enamorarías perdidamente de mí. —Se acerca un poco. Distingo a la perfección el vacile en su mirada, la pillería—. ¿Lo harías, Locke?

—¿Quién sabe? Tendría que besarte primero.

Su expresión desafiante y segura cambia totalmente.

Abre los ojos y el color de sus mejillas asciende varios tonos.

Me obligo a reprimir una sonrisa porque quiero continuar con esto.

—¿Lo harías, Gabriela? ¿Mmmh? —Esta vez soy yo quien se acerca a ella un poco más—. ¿Me besarías?

Sus ojos se detienen sobre mis labios, sin molestarse en disimular que los está mirando. Cuando regresan a los míos, lo hace desafiante.

Su expresión deja de ser la cándida e inocente que refulge en ellos cada día. En este momento, me recuerda a la que tenía en ese video bailando; retadora, segura, absolutamente conmovedora.

Con lentitud, un centímetro desaparece entre nosotros, después otro y cuando quiero darme cuenta, la punta de su nariz roza la mía.

Joder.

¿Va a hacerlo?

¿Va a besarme? Porque yo...

—Bonitos ojos —musita justo antes de apartarse.

—Bonitos pecas —arrullo de vuelta.

—Me dijiste que tenías más tatuajes aparte de los dos que ya he visto —continúa como si nada—. ¿Puedo ver el resto?

—Eh, sí. —Me cuesta unos segundos sacudir mi mente de lo que ha estado a punto de ocurrir o lo que yo he creído que podría haber sucedido.

Lo cierto es que de haberme besado, no sé si habría podido separarme de ella en algún punto de los próximos ¿treinta minutos? ¿Toda la noche? Joder, besar a Gabriela tiene que ser parecido a rozar el cielo con la punta de mis dedos.

Cuando me paro a pensar lo que acabo de decir, me doy cuenta de que he accedido a enseñarle ese tercer y último tatuaje que tengo; que yo mismo voy a darle la última pieza del puzle para que le encuentre sentido a muchas de las escasas cosas que sabe sobre mí.

O, al menos, pueda responder a todas esas preguntas que sé que danzan por su cabeza.

Cojo una inspiración mientras me quito la sudadera. Me obligo a no sonreír según le pillo recorriendo al completo mi pecho desnudo o el piercing que lo decora. Centra su atención en la tinta sobre mi abdomen, después en mi hombro y de nuevo en mi rostro, aguardando a que decida continuar.

—No eres la única con un tatuaje en la espalda —intento bromear y me cuesta un disparate. La misma presión asfixiante ha abrazado mi garganta y esternón.

No sé dónde saco la fuerza o la valentía, pero consigo girarme.

—Guau. La mariposa es preciosa. —El calor de sus dedos acaricia mi piel tal y como yo hice con ella aquel otro día. Pasa el pulgar por la zona en la que se lee la fecha debajo del diseño principal—. ¿Puedo preguntar qué significa?

Dudo por un momento .

Trago saliva antes de responder.

—Es la fecha en la que nació mi madre.

—Tuvo que hacerle mucha ilusión.

Lleno mis pulmones de aire en una inhalación agitada.

—No... No llegó a verlo. Me lo hice después de que falleciera.

—Locke… —musita al instante y aparta la mano de mi piel—. No sabía que…  Lo siento muchísimo. Debió ser muy duro.

Giro la cabeza sobre mi hombro y me encuentro con que ha torcido el labio y sus ojos se han cargado de... Empatía. Odié cada mirada inundada de pena que me fue dedicada cuando falleció y todas y cada una de las que he recibido en adelante.

La compasión de la gente es algo que soy incapaz de llevar bien.

No necesito la de nadie más que la de mis amigos más cercanos o la de mi tía.

Incluso la de mi padre me pareció pretenciosa y falsa.

Pero, una vez más, lo que reflejan sus marrones es tan puro, que no puedo decir más que un gracias antes de volverme hacia ella.

—Es un tatuaje precioso, Locke. —La forma en la que pronuncia mi nombre, la manera en la que no deja de prestar atención a mi rostro en ningún momento me hace tener el repentino deseo de sincerarme con ella.

—Lo diseñé yo.

—Me encantaría ver alguno de tus dibujos.

—No me gusta enseñarlos. —La respuesta sale quizá, demasiado rápido, demasiado automática de entre mis dientes—. Quiero decir...

—Está bien. —Niega con la cabeza—. Perdona, no quería...

—No —le interrumpo—. No es eso. Es... Simplemente que... —Cojo una bocanada de aire y apoyo la cabeza en el respaldo del sofá.

No sé cómo explicar esto; nunca antes me he visto en esta situación.

Dejé de dibujar el mismo día que ella perdió la oportunidad de manera irreversible.

No puedo decir que no haya sentido la tentación, el anhelo de tener un pincel entre mis dedos, las ganas de crear, de mezclar colores, de dejar que todo lo que había en mi mente tuviese vía libre.

Lo que no he encontrado ha sido la fuerza.

No cuando ella ya no está para verlo conmigo.

El día que falleció sentí que todos y cada uno de los colores existentes dejaban de tener significado. No es que se resumiera al negro; más bien fue como si cada uno de ellos se tornara vacío, perdiera todo ápice de luz. No tienen fuerza en su ausencia.

No he vuelto a tocar un pincel desde entonces. Es cuanto menos desolador añorar algo con todas tus fuerzas, tenerlo al alcance de tu mano y no ser capaz de arriesgarte por ello.

—La pintura y el dibujo han sido siempre mi manera de lidiar con todo.

Tanto lo bueno como lo malo —admito—. Digamos que es algo así como si te diera un diario —ejemplifico para que comprenda la intimidad que hay detrás de cada uno de ellos.

Y por alguna razón, añado—: Pero, quizá, un día pueda llegar a enseñarte algo.

Si hay algo que representa el rostro de Gabriela en este momento es sin duda, esperanza.

Y yo tengo la certeza de que algo igual de íntimo acaba de envolvernos.

—¿Qué es algo que te da miedo? —pregunto yo esta vez.

—Bueno, te diría que los ascensores pero lo cierto es que si hay algo que me aterra de verdad es... La soledad.

—¿Por qué? —prosigo aunque no sea mi turno.

Gabriela aparta la mirada de mí. La posa en algún punto de los muebles frente a nosotros y se lleva la mano derecha a la boca y mordisquea la uña de su pulgar. Me he fijado en que hace eso cuando está preocupada, ansiosa o pensando en algo que requiera de su atención.

—Porque la idea de no tener a nadie a mí alrededor, alguien con quien pueda hablar o compartir mis pensamientos me asusta. Y me da miedo pensar que llegará un día en el que no tendré a nadie que quiera escucharme.

Su miedo me parece algo tan alejado al mío.

Porque yo no concibo una vida en la que no pueda estar solo; necesito trabajar solo, pensar solo.

Porque no me veo capaz de compartir esos sentimientos con nadie.

Nunca lo he hecho. Y por ello todo lo que alguna vez he expresado ha sido a través de la pintura .

Poca gente se detiene a plantearse qué significa eso que está frente a ellos. No creo que haya forma más sincera de expresar lo que uno lleva dentro. Hay palabras que carecen de significado suficiente para explicar lo que algo supone para ti; lo que alguien supone para ti.

—A veces siento que... Da igual. Me toca preguntar, ¿no?

—No, no da igual. Dime. —Vuelvo a estirar el brazo sobre el respaldo.

Gabriela apoya la cabeza y mis dedos se entrelazan con algunos de sus rizos. Me aguanta la mirada sin decir nada. Parece que va a atreverse a pronunciar algo cuando boquea, pero de ella no sale ningún sonido. Pestañea, una vez, dos y una tercera hasta articular:

—A veces siento que hablo demasiado. —Parece avergonzada al decirlo en alto.

Me obligo a tragarme la sonrisa, porque de verdad quiero formarla, pero no pretendo hacerle sentir mal.

—Y es verdad.

Su mirada se tiñe de preocupación.

Me apresuro a responder.

—Gabriela, no te callas ni debajo del agua. Pero no es algo malo.

—¿A qué te refieres? —pregunta con las cejas fruncidas. No parece muy convencida.

—Me gusta escucharte —confieso—. Me gustan tus comentarios en las películas o tus bromas o que me cuentes lo que has hecho en el día cuando nos vemos en la empresa o volvemos a casa en mi coche.

—¿No crees que soy muy intensa?

Niego con la cabeza.

—Eres tú. Me gusta tu forma de ser.

Sus ojos se mueven por mi rostro buscando una expresión, un gesto, con el que determinar que esto que estoy diciendo es mentira.

Por supuesto que no lo encuentra.

—¿Has tenido novia alguna vez? —pronuncia como siguiente pregunta.

—No.

—Imaginaba que sí.

—Se te da bien eso de subirme el ego, eh...