CAPÍTULO 17 #2
—No puedes dejarme con la intriga. —Porque lo cierto es que me he aficionado a seguir las tramas de las novelas con sus palabras.
La sonrisa que me regala está a poco de cegarme.
—Voy a por el e-book . —Desaparece por el pasillo y regresa al momento con el libro electrónico entre las manos.
Lo tiene decorado con pegatinas. Una de ellas, con letras gruesas y de color rojo burdeos, dice «Leer es sexi»—.
¿Cómo lo hacemos? —pregunta, creo que refiriéndose a la postura en la que ponernos a leer.
Pienso en responder pero mis opciones no incluyen ninguna en la que Gabriela no tenga que estar o bien entre mis piernas o bien apoyada en mi pecho, por lo que me limito a decir:
—Cómo tú estés más cómoda.
—Pues pégate a la esquina —dice tras unos segundos.
Me coloco según me pide, un poco en diagonal por si está pensando lo mismo que yo. Y, efectivamente, la respiración se me queda atascada en los pulmones cuando se acomoda en el hueco entre mis piernas y apoya su espalda contra mi pecho.
No pasa nada.
No pasa absolutamente nada.
Coloca el libro electrónico entre ambos, a la altura de sus rodillas dobladas y agranda el tamaño del texto. En la pantalla se lee el capítulo veintiocho.
—¿Ves bien? —Gira la cabeza sobre su hombro para encontrarse con mis ojos. Su nariz queda tan cerca de la mía que me cuesta articular el «sí» con el que responderle.
Y porque si no estaría de lo más incómodo, me veo en la obligación de rodear sus hombros con mi brazo. Antes de dejar caer mi mano del todo, le pregunto si le parece que haga esto pues mis dedos quedan encima de su pecho y lo último que quiero es incomodarle.
—Está bien, no te preocupes —me asegura.
No me cuesta cogerle el hilo a la narración y leemos varios capítulos en silencio, su respiración y la mía o el crujido de las palomitas al masticarlas siendo la única comunicación.
Tengo que reconocer que entre que los capítulos son cortos y el ritmo de lo más fluido, consigue engancharme al momento. Pero, a pesar de eso, no puedo dejar de pensar en el hecho de que Gabriela y yo estamos leyendo el uno pegado al otro.
—¿Puedes sujetarlo tú? —pregunta al cabo de veinte minutos.
—Claro.
Y lo siguiente que hace me deja sin respiración otra vez.
Gabriela se gira un poco, apoya el rostro sobre mi pecho y a su lado pone la palma de su mano.
Me voy a acabar asfixiando.
Esto no es normal.
Esto no puede ser normal .
Esta comodidad que ha surgido entre ambos, sobre todo desde aquella noche en la que se quedó dormida en el sofá de mi piso, no es normal.
Llevo desde el momento en el que me desperté enroscados el uno en el otro, recreándome en esos minutos. Y no pienso admitir la de veces que he contemplado la foto que nos hizo Caleb.
Sin saber si le avergonzaría o algo por el estilo, para cuando se despertó Gabriela, ya había preparado un par de cafés y se lo llevé al sofá después de preguntarle si al igual que a mí, le gusta echarle canela en polvo.
Me dijo que sí. Fue entonces cuando el vago recuerdo de ella en Le Soleil pidiendo que le añadiera canela en polvo al café quiso surgir a la superficie.
También me acompañó al paseo matutino de Luke y se marchó a su piso al regresar. Al menos ya puedo decir que nos hemos tomado ese café que quedó pendiente entre nosotros.
Y ahora sí que he perdido el hilo de la historia.
Me limito a pasar de página cuando parece que ha pasado suficiente tiempo como para que Gabriela haya terminado de leerla; yo solo veo letras y más letras.
—¿Quieres ver la película? Me he cansado de leer. —Se separa de mi pecho para mirarme—. ¿Locke?
—¿Mmmh? —Vuelvo a dirigir mi mirada a su iris color miel tras haberme quedado embobado con sus ojos y después con el movimiento de sus labios.
Parpadeo varias veces con rapidez. Tengo que centrarme.
—¿Te apetece?
—Sí.
Su rostro se ilumina.
—¿¡En serio!?
—¿Sí...? —Le alzo una ceja.
¿A qué acabo de acceder?
Apoya su mano en mi muslo para acomodarse con las piernas cruzadas en posición de loto.
Como suba la mano un centímetro más... Respirar. Voy a respirar.
—Vale, empiezo preguntando yo...
¿Preguntar?
¿Preguntar el qué?
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
—El dieciocho de enero. ¿Y el tuyo?
—Ay, eres un hombre Capricornio... No sé si me fío de ti.
—¿Cómo dices?
—El mío es el catorce de febrero.
—En San Valentín. —Sin duda, la fecha idónea para ella—. ¿Y eso es...?
—Acuario. —Sonríe con orgullo
—¿Y yo debería fiarme de ti o no?
—Por supuesto —asegura—. Te toca.
Vale, estamos haciendo preguntas, entonces.
—¿Cuál es tu color favorito? —Sé que no es muy original pero no se me ocurre otra cosa.
—El amarillo. Pero el amarillo claro, ¿o pastel? No lo sé. Uno de esos dos. ¿Cuál es el tuyo?
—No puedes preguntarme lo mismo —declaro.
—¿Por qué no? Claro que puedo. Tú lo has hecho. ¿Tu color favorito?
—Me gusta el verde.
—El verde... ¿Cualquier tipo?
—No, no cualquier tipo.
¿De qué color es el sentimiento que hace que tu corazón bombee más sangre? ¿De qué color es la sensación que se instala en tu pecho al ver sonreír a alguien? ¿Es solo uno? ¿Son todos a la vez?
—A mí el de tus ojos me gusta —admite y se acerca un poco para observarlos en detalle—. Aunque son una mezcla entre esmeralda con motas más oscuras. Tienes unos ojos muy bonitos, Locke.
Vale, ¿lo de asfixiarme?
Voy por muy buen camino para conseguirlo.
—Gracias —murmuro—. ¿Tienes...? Quiero decir, ¿hay...? ¿Cuál es tu canción favorita ?
¿Se puede saber qué cojones me pasa?
—Pues… No podría quedarme con una. Me gusta mucho Canyon Moon , de Harry Styles. ¿Algún lugar que quieras visitar?
—El Acrópolis de Atenas. Me encantaría ir. ¿Tu comida favorita?
—El sushi . No pongas esa cara de asco —me reprende entre risas.
Y así hacemos cinco, diez, quince preguntas más, hasta que le pregunto si va a viajar a España durante unos días por Navidad y ella me pregunta qué planes tengo yo para las fiestas.
—Es... Complicado —respondo con un sabor amargo en el paladar.
Gabriela inclina la cabeza hacia la derecha, expectante.
No pretendo responder con muchos detalles, pero cuando comienzo a hablar me encuentro con que estoy siendo mucho más sincero de lo que había esperado.
—No es la cena de Nochebuena convencional en una casa lo que se celebra en la familia de mi padre. Y aunque el año pasado lo pasé con mi tía, este no puedo saltarme la gala que celebra a modo de agradecimiento a todos quienes conformamos la empresa.
Me trago que es una de las acciones más cínicas que llevan haciendo desde que se creó el negocio familiar y que para mi padre al igual que para mi abuelo esa noche no ha sido más que una ocasión de pretender ser dos hombres de negocios que se preocupan por sus empleados.
No podría alejarse más de la realidad.
—Mis hermanos van acompañados de sus parejas, mi padre está con su mujer y yo estoy... ahí. Es bastante incómodo —admito.
Se supone que las fiestas son para pasarlas con la familia pero, ¿qué ocurre cuando parte de ella no se siente como tal?
—¿Quieres que vaya contigo? —escupe.
Si hay algo que siempre disfruto de hablar con Gabriela es que suelte las cosas según las piensa, sin detenerse a repasar lo que va a decir.
Abre los ojos de sopetón y comienza a negar con la cabeza.
—Perdona, menuda tontería. Siento.. .
—No —le interrumpo—; quiero decir, sí. Ven conmigo.
—¿De verdad? Lo he dicho sin pensar...
—Mmmh.
—Y ¿cómo piensas presentarme?
—Tendré que decir que eres mi novia. —Referirme a ella como tal me parece algo de lo más bizarro, pero por alguna razón, atrayente. Y es ridículo, porque solo somos amigos—. Podemos fingir durante una noche, ¿no? Cómo los del libro.
—Sí, claro. —Es rápida en responder—. Yo ya usé ese comodín así que imagino que es lo justo... —Estampa la palma de su mano contra su boca.
—¿Cómo dices?
—Que... Agh. —Se cubre la cara con ambas manos y suelta un bufido cargado de frustración—. ¿Te acuerdas cuando me viste llorando en las escaleras? —Las palabras rebotan y su voz suena amortiguada
Hace más de un mes de aquel día. Y claro que lo recuerdo.
Regresaba ya para mi piso cuando escuché unos sollozos a pocos metros de mí. Y ahí, en los últimos peldaños que dan a la azotea, estaba Gabriela con los pies mojados y tiritando. No me quiso decir qué sucedió. Al menos no hasta unos días después.
—Me acuerdo, sí.
—Iván... —Parece que le cuesta pronunciar ese nombre.
Evita todo tipo de encuentro de mis ojos con los suyos mientras lo cuenta—.
Cuando le llamé me preguntó si estaba con otro y le dije que sí.
Ni siquiera sé por qué. Imagino que quería devolverle lo que él me hizo a mí a pesar de no estar juntos y de que yo tenga total libertad de hacer lo que quiera.
Y bueno, le dije que el chico con el que estaba se llamaba Locke...
—Es decir, llevamos saliendo más de un mes y yo no lo sabía.
Su mirada cargada de preocupación se disipa y una sonrisa muy, muy pequeña tira de sus labios. Me da un manotazo suave y de broma en el hombro y sonrío ante su reacción.
—Qué tonto eres. —Niega con la cabeza—. Nosotros tenemos el avión el día de Navidad. A Amelie y a Finn les toca pasar las fiestas con la familia de su madre y nos quedaremos en Madrid algunos días. ¿Cuándo es la gala?
—El mismo día de Nochebuena, pero no te preocupes. No tengo intención de pasar más tiempo del necesario allí.
—Espera. —Sus cejas se arrugan—. No tengo nada que ponerme para un evento de ese estilo.
—El vestido te lo compro yo.
—¿Qué? No, ni hablar.
—Gabriela —prosigo a pesar de ver la intención en su mirada de interrumpirme porque me niego a que me malinterprete un solo segundo—, créeme que no es cuestión de que puedas o no permitírtelo, es cuestión de que no vas a gastarte una pasta en un vestido por hacerme un favor a mí.
—Pero...
—No voy a cambiar de opinión.
—Entonces, ¿te gastas tú el pastizal? —cuestiona, atónita.
—Sí.
—Yo tampoco quiero que te gastes un dineral en un vestido que muy probablemente nunca volveré a usar, Locke.
—¿Quién sabe? A lo mejor tienes una boda o un bautizo o, qué sé yo, una comunión dentro de poco o...