CAPÍTULO 17
Ha estado ocupada
Locke
Salgo de la cafetería acompañado de Aída después de despedirnos de Betty un sábado más. Con diciembre bien entrado y un día nublado como el de hoy no me extrañaría que concluyese manchado por copos de nieves.
Llegamos hasta mi coche y me tomo unos segundos antes de arrancarlo para poder leer los últimos mensajes que me ha enviado Gabriela.
Su respuesta irónica en esa línea vacilona que han estado siguiendo nuestras interacciones me hace apretar los labios, pero parece ser que por mucho que pretendo disimular, el gesto no pasa desapercibido para los ojos de mi tía.
—¿Por qué estás sonriendo así?
Aparto la mirada de la pantalla y dejo caer el móvil en el portaobjetos bajo la pantalla de navegación.
—Nada. —Enciendo el motor y comienzo a maniobrar para poner en movimiento el coche dirección el museo. Es la cuarta vez que intento ir. Espero atreverme a entrar de una vez por todas—. Entonces, la reunión de...
—Locke —me corta sin reparo. Tiene los labios fruncidos en una especie de sonrisa contenida y sus ojos centellean con complicidad.
—No es nada, Aída —insisto.
—¿Cómo se llama? —prosigue a pesar de mi negación.
—No... —Suelto un suspiro derrotado. No sé qué pretendo con mentir a mi tía. Me tiene calado y sabe a la perfección cuando digo la verdad y cuando no—. Gabriela.
—Gabriela... —repite ella, su mohín complacido ensanchándose.
—Prefiere que le llamen Gabi —añado sin saber por qué.
—Y ¿de dónde ha salido esta tal Gabi?
—Vive en el piso delante del mío, pero eso es todo.
—Mmm, ya veo.
Aída no insiste en saber más y yo lo agradezco infinitamente.
No sabría qué decirle respecto a Gabriela más allá de que es mi vecina, trabaja en la empresa y hoy se cumple un mes desde que empezamos a vernos cada sábado para ver una película.
Bueno y que de todas las horas que paso despierto al día más de la mitad transcurren con ella pululando por mi mente.
No puedo evitarlo y de verdad que ojalá pudiera.
No dejar de pensar en ella, no; encontrarle un sentido a esto.
¿Sería una opción sensata acudir a Caleb y Noah o incluso a Finn?
Quizá.
Pero me fío más de lo que pueda decirme Aída.
—Eso no es todo —musito.
—No me digas, ¿sí? —Se ojea el esmalte bermellón que cubre sus uñas de forma desinteresada—. No se ha notado —ironiza—. ¿Quién es esta chica?
—Es que no sé ni cómo explicarlo, pero... —Lo intento de todos modos.
Le cuento cómo nos conocimos, la coincidencia del día posterior y que volvimos a reencontrarnos por segunda vez, pero esa, aquí en Bruselas.
Le digo que es una apasionada de las novelas empalagosas de romance, que es bailarina, tiene dos años menos que yo y es la chica más preciosa que alguna vez he tenido la suerte de admirar.
—Hace falta que te lo diga o ¿puedes hacerte tú solito una idea?
Me muerdo el interior de la mejilla porque no; no quiero que me diga nada más al respecto.
Detengo el coche delante del museo .
La construcción de estilo clásico se alza ante mí así como las columnas dóricas que componen la fachada tetrástila y el frontón acompañado de las acróteras de figuras mitológicas griegas.
Trago saliva al notar la sequedad pero se me ha contraído tanto la garganta que de nuevo, a pesar de haberme mentalizado de que vendría aquí y puedo entrar, no soy capaz ni de hacer el intento de quitarme el cinturón.
Aída me da un apretón en el hombro.
—Te llamo cuando salga de la reunión y te lo cuento todo.
No me atrevo tampoco a mirarle cuando asiento. Me limito a darle las gracias en un murmullo quebrado.
Mi tía se baja del coche y necesito unos segundos para reanudar el ritmo de mi respiración sin que esté entrecortado. Cuando decido ponerme en movimiento, Aída hace ya un rato que desapareció en el interior del museo, pero la punta de mis dedos sigue con ese hormigueo desagradable.
Antes de coger el desvío para llegar a Schaerbeek, continúo por la autovía y conduzco hasta detenerme en un mirador a las afueras de Bruselas.
Permanezco ahí una, dos, quizá tres horas en un intento de despejar mi mente de todo cuanto se ha sacudido entre mis recuerdos y esa lucha entre querer pero no poder hacer cuanto deseo.
Le pego un toque a Caleb para pedirle que me haga el favor de pasear a Luke, pues voy a pasar parte del día fuera. Y aunque sé que debería, cuando dan las tres sigo sin tener hambre y no hago el esfuerzo de comer nada.
Es para antes de que den las seis y media y que me dé tiempo a llegar al piso de Gabriela a la misma hora de siempre que paso por la gasolinera más cercana de regreso al municipio.
Entro para pagar y me llevo una sorpresa de los más agradable al regresar a mi coche y ver que el que se ha detenido a mi lado para repostar no es otro que el de Kyle Michaels.
¿Qué cojones estará haciendo por aquí si vive en Uccle?
—Hombre, Sommers... —me saluda al distinguirme—. Ya casi no te dejas ver por la universidad.
No entiendo cómo es posible que se mantenga en la convicción de que alguna vez fuimos amigos. Si no tuvimos siquiera más que esa relación entre compañeros de clase durante el instituto, ¿por qué cojones iba a mantenerse cuando pasamos a la universidad y cada uno echó por su camino?
—Michaels —farfullo con la intención de meterme en el coche e ignorarle.
—¿Cómo vas en la empresa? Mi padre me dijo que pretendía...
—Bien —le interrumpo.
Su padre trabaja en una de tantas empresas con las que la mía está en contacto, pero es que me da igual. Tampoco pienso decirle que estoy hasta el cuello, porque no le importa una mierda mi vida y a mí la suya menos.
Ya con la mano en el tirador de la puerta de mi coche, pretendo dejar aquí la conversación.
Es la siguiente pregunta que hace la que me impide ignorarle.
—Oye, ¿sabes algo de Gabi? Ya sabes, la rubia de rizos que...
—¿Por qué? —Me vuelvo hacia él sin soltar la manilla. No tengo claro qué paso entre ellos, pero sé que hubo algo y, por motivos que no entiendo, gracia no me hace.
—Lleva un par de semanas sin responderme a los mensajes y...
—Ha estado ocupada. —Abro la puerta, me acomodo en el asiento, la cierro de nuevo y bajo la ventanilla nada más arrancar el coche
—¿Ocupada? —Michaels frunce las cejas—. Sé que la academia le ocupa tiempo, pero, joder, para responder un simple...
—No, Michaels. Ha estado ocupada conmigo.
Salgo del recinto de la gasolinera y tardo menos de diez minutos en llegar a la garaje subterráneo de la Avenue des Azalées.
Paso por mi piso para cambiarme de ropa y llamo al timbre nada más estoy frente al suyo.
Una Gabriela con el pelo suelto y una sudadera gris un par de tallas por encima de la que le corresponde me abre la puerta.
—Hola, Locke. Pasa, pero dame un momento. Me has pillado hablando con Laura. —Gira sobre sí misma y regresa al sofá.
Me fijo entonces en que lleva unos pantalones cortos y acomodada como lleva el borde de la sudadera sobre sus caderas puedo ver que no le llegan ni a la mitad del muslo y son ajustados. Muy ajustados.
Trago saliva antes de seguir sus pasos.
Sobre la mesa frente al sofá está su portátil, ocupado por un rostro femenino. Lleva unas horquillas sujetando los laterales de su flequillo y… Una camiseta de Los Aristogatos . Creo que es indudable el hecho de que son mejores amigas.
—… ¡Y va el tío y con toda su cara me suelta eso! ¿Pero tú te crees que puedo estar perdiendo el tiempo de esa manera? Me niego rotundamente a… Anda, hola. —Se detiene según me siento al lado de Gabriela—. ¿Tú eres ese tal Locke?
Le lanzo una mirada con la ceja alzada a la chica a mi lado. Gabriela frunce los labios y por mucho que se niega a devolvérmela, sus mejillas comienzan a enrojecerse.
—Supongo que sí. —Regreso mi atención a la pantalla del ordenador—. ¿Tú eres Laura, no?
—Sí, soy yo. Encantada de conocerte por fin. Gabi me ha estado hablando de ti…
—Y dejamos la llamada para otro momento, ¿vale? Me alegro de hablar contigo, te quiero mucho, adiós. —Gabriela mueve el cursor y el rostro de Laura desaparece en un abrir y cerrar de ojos. Baja la pantalla del portátil y se levanta del sofá—. ¿Palomitas?
—Claro. —Alcanzo sus pasos hasta la cocina conteniendo una sonrisa. Apoyo las palmas de las manos sobre la encimera mientras mis ojos siguen sus movimientos—. ¿Ese tal Locke? —repito las palabras de su mejor amiga.
No puedo verle el rostro, pues me está dando la espalda pero sé que está de nuevo apretando los labios mientras cierra los ojos. Lo sé.
—Sí, bueno… A Caleb y a Noah ya los conoce. Solo faltabas tú…
—Ya veo. Y, ¿de ellos también les has estado hablando?
—No te vas a creer lo que ha pasado en el libro que me estoy leyendo —dice, evadiendo al completo mi pregunta.
La habilidad que tiene para esquivar los temas con nuevas conversaciones no deja de sorprenderme .
Vacía la bolsa de palomitas en un bol.
—¿Es el mismo del que me hablaste el otro día? —pregunto caminando detrás de ella una vez más.
Y respecto al otro día me refiero a, si no me está fallando la memoria, el tercer libro que devora en las dos semanas que llevamos de diciembre.
Se terminó ese del que me habló sobre la chica que se ve de forma esporádica con el mejor amigo de su hermano y resulta que esta es la tercera parte de la saga.
—Mmmh. —Según se sienta en el sofá, cruza las piernas entre sí.Deja el cuenco repleto de palomitas en la mesa frente a nosotros y enciende la televisión—. ¡Y estos dos van a acabar conmigo!
¿Te digo yo lo que va a acabar conmigo?
Sus putos pantalones cortos.
—Están tan encabezonados en que es cuestión del trato que hicieron que ninguno empieza la conversación.
¡Está clarísimo que se gustan! —protesta, pues según me ha contado los protagonistas fingen tener una relación para echarse una mano mutuamente—.
Y me he quedado en una parte en la que creo que él va a, por fin, decirle algo. Ojalá y lo haga...
—¿Quieres seguir leyendo? —Estiro mi brazo sobre el respaldo.
—¿Ahora? ¿Y la película? Te toca elegir a ti, ¿no?
—Podemos leer tu libro. —Me encojo de hombros.
—¿Quieres?