CAPÍTULO 16
Cavilaciones y... una pizza chamuscada
Gabi
—¿Alguna vez habéis tenido un orgasmo estando con un hombre?
Siento los ojos de Amelie volar hasta mí desde el otro lado de la isla que separa la cocina del salón.
—¿Por qué lo preguntas como si fuese algo de lo más raro?
—¿No lo es?
—¿No? —cuestiona Cass a su lado. Mantiene sus ojos azules sobre los míos, entrecerrados y confundidos mientras termina de darle forma a la masa de una de las pizzas y el capítulo cuatro de la segunda temporada de Sexo en Nueva York se reproduce de fondo—.
¿Es que tú nunca llegaste al orgasmo con Iván?
No me hace falta responder.
El titubeo de mis labios antes de pronunciar lo que iba a ser un no es suficiente.
—¿Nunca? —Tras el flequillo despeinado de Amelie, entreveo sus cejas fruncidas.
—Nop...
Lo que ha comenzado siendo una tarde con el objetivo de hacer una maratón de Sexo en Nueva York aprovechando que me han dado un viernes más libre, se ha convertido en una de preparar la cena del viernes de pizza porque Finn a último momento ha dicho que no podía venir .
Quizá la opción más sensata habría sido dejar los ingredientes en su lugar correspondiente y optar por pedir unas pizzas ya hechas a domicilio, pero, claro, ¿cómo íbamos a entretenernos hasta entonces?
Es una serie que las tres hemos visto, pero porque es la serie por excelencia, decidimos hace cosa de tres semanas volver a verla juntas.
Me ha dado envidia lo que hacen los tres del piso de enfrente con Cómo conocí a vuestra madre , sí.
Si adoro Sexo en Nueva York es porque personajes como el de Carrie, interpretado por Sarah Jessica Parker, son aquellos a los que la gente juzga sin reparo alguno y les cae mal y molesta su comportamiento.
Y eso sucede ¿por qué? Porque es un personaje real; una mujer de treinta y pocos que se equivoca constantemente, tiene una obsesión con comprar zapatos de marca y fuma Marlboro mientras escribe su columna.
Y ¿qué tiene de especial este capítulo que me haya hecho preguntar lo que he preguntado? Que Miranda está saliendo con un chico y fingiendo cada orgasmo que tiene.
—Vale, un momento. —Cass se agacha para meter la primera de las pizzas en el horno.
Cierra la puerta, comprueba la temperatura y se gira de nuevo hacia a mí, manos apoyadas en la encimera y el peso de su cuerpo sobre una de sus piernas—.
Estuvisteis juntos durante un año y ¿nunca tuviste un orgasmo estando con él?
—No —confieso con la boca pequeña—. Al principio pensaba que era cosa mía. Quiero decir, hay mujeres que no pueden llegar al orgasmo pero me di cuenta de que no era mi caso. Yo sola sí puedo.
La cara de mis amigas es un poema.
Las palabras se acumulan en mi boca.
—Sé que fallaba algo. Lo sabía desde el principio, pero no había estado con nadie más y pensé que de algún modo era lo normal y me intenté convencer de que con el tiempo congeniaríamos mejor. —Me enojo de hombros—. Fue un imposible a pesar de que intenté hablar con él. Nunca hubo un cambio.
—Él sí, ¿verdad? —cuestiona Amelie—. La mayoría por no decir todas las veces que os acostasteis, él sí.
Asiento con un nudo en la garganta.
—La cosa es —Me acomodo en el taburete y me retiro el pelo tras las orejas—, que tampoco creo que el sexo tenga que tener como objetivo predilecto tener un orgasmo, ¿sabéis?
Y, dejando de lado las escenas de las películas o los libros que siempre lo van a pintar mucho más bonito, sé que puede ser así de guay, salvo que yo nunca lo he experimentado como realmente me hubiese gustado.
—No, yo tampoco lo creo —coincide Amelie—. De hecho, enfocarte solo en llegar al orgasmo puede ser muy frustrante. Con lo molan los preliminares...
—Esa es la cosa —intercepto—. Entre nosotros no había esa intimidad. Las primeras veces, sí. Los besos se alargaban más, las caricias también, pero con el paso de las semanas, a raíz de que yo perdiera la virginidad, empezaron a desaparecer.
—Odio con todas mis fuerzas el concepto de virginidad.
Lo detesto. Porque es un puñetero constructo social que para la mayoría de las personas sirve como definición de lo que es el sexo con penetración entre un hombre y una mujer.
—Cass se rellena la copa de vino blanco y le da un trago antes de volver a guardar la botella en la nevera—.
Entonces, ¿yo qué? Como mi primera experiencia sexual fue con una chica, ¿significa que no perdí la virginidad hasta que me acosté con un tío?
Anda y que le den a los putos constructos sociales.
—Es que, además, por la definición que tiene, solo se puede aplicar a las mujeres —aporta Amelie—. Perder la virginidad se refiere a la rotura del himen. Entonces, por mucho que follen ¿los hombres son vírgenes de por vida?
Dejo salir una risa por la nariz.
—Cuando estaba en segundo de bachillerato, una de las asignaturas optativas que tenía era Psicología.
—Cass se acomoda en el taburete a mi lado, copa en mano y cruza una pierna sobre la otra—.
Para el final de curso, teníamos que hacer una presentación de un tema que iba a darnos la propia profesora.
A mí me tocó el de la sexualidad y, ¿sabéis de que me enteré después de hacerla?
Que el grupo de víboras que hacía un par de años habían sido mis amigas, se habían estado riendo de mí, diciendo que yo qué iba a saber de perder o no la virginidad si era una tía que estaba con otra tía.
—Eso me da más rabia aún. —Amelie extiende la mano, señalando a la pelirroja—.
Que encima de todo, entre mujeres, nos ridiculicemos de esa manera cuando desde bien pequeñas nos llenan la cabeza con cómo tiene que ser todo lo relacionado al sexo.
Porque estás en el instituto, tienes diecisiete años y eres un tío soltando guarradas cuando nunca has estado con un chica y te ríen las gracias.
Pero, eh, que se enteren de que tienes la misma edad y ya has empezado a tener relaciones sexuales y eres la nueva zorra del curso simplemente por ser una tía. Qué puto asco.
—Y a todo esto súmale la imagen tan distorsionada e irreal que la mayoría tienen de lo que es o puede llegar a ser el sexo. Sobre todo ellos —apunta Cass.
—¿Vosotras que consideráis que es follar?
—pregunto con genuina curiosidad—. Porque para mí no es lo mismo el sexo en sí que el acto de follar.
Para mí es el concepto de follar se refiere al sexo con penetración, pero, claro, hay gente para quien no implica eso y sigue siendo su manera de mantener relaciones sexuales.
—Ahí está, Gabi —declara Cass—. ¿Cuánta gente no incluye ese «para mí» y considera que es lo «normal»?
¿Cuantísima gente piensa que una mujer lesbiana no puede perder la virginidad?
El sexo es amplísimo. Es intimidad, con su parte erótica y sexual, pero hay tantas cosas...
Tan distintas para tanta gente. Para mí follar, si es con un tío, es lo mismo —concuerda—. Pero cuando es con una chica, no.
—Pero ¿no os asusta que cada vez antes niños de diez, nueve, incluso ocho años, tengan ya acceso a la pornografía?
—cuestiono—. Crecen con la idea de que eso que ven es lo verdaderamente real y todo lo que genera son inseguridades.
No sé cuántas chicas conozco que, sin haber comenzado a explorar su sexualidad en un ámbito más literal, conocen más de ella de lo que cualquier otro chico «experimentado» está al tanto.
—Creo que, por mucho que crezcan consumiendo ese contenido, según vas madurando, aunque, claro no es algo que todos hagan y menos por igual, aprendes que la diferencia está en querer o no discernir entre lo que es real y lo que no lo es.
—Amelie se gira hacia mí—. Y el gilipollas de tu exnovio tiene una masculinidad frágil de cojones además de una ignorancia hacia el sexo en la mujer abismal.
Frunzo los labios, porque no puedo llevarle la contraria.
Durante una fracción de segundo, me siento avergonzada.
Después, me doy cuenta de que fui yo quien intentó hablar con él de nuestra intimidad y fui ignorada; que una vez más fui yo la que intentó hacer las cosas bien y quien salió peor parada.
—El sexo es divertido cuando ambos estáis pensando en la otra persona —prosigue Cass antes de darle un nuevo trago a la copa de vino—.
Y desde luego, el orgasmo no tiene por qué ser el objetivo.
Por eso cuando lo has preguntado así antes me ha extrañado.
Claro que me ha ocurrido, y más de una vez, no llegar, pero no por eso haya merecido menos la pena.
—Exacto —coincide de nuevo Amelie—. De hecho, ¿Caiden? ¿El chico este con el que me estoy viendo? No es el más espabilado del mundo, todo hay que decirlo, pero solo me veo con él para una cosa y está cumpliendo.
—Me da pena tener un recuerdo así de esto —admito en un hilo de voz—. Pero he llegado a la conclusión de que una parte que hizo que dejase de tener interés en todo lo relacionado a la intimidad con él fue que no me sentía deseada.
—Experiencias mejorables tendremos todas siempre. Y aunque durante un tiempo te conformaste con lo que creías que merecías, las tres sabemos que te mereces mucho más. Y tu chico de novela llegará antes o después, ya lo verás.
—Yo me sé de uno que puede ser candidato... —musita Amelie por lo bajo.
—¿Otra vez vais a sacar el tema de Locke?
—Ah, no sé... Tú nos dirás. ¿Qué tal las semanas de película?
—Bien —me resumo a responder.
—¿Y lo de dormir con él? —Amelie pasa la punta del dedo por la encimera en un intento de hacerse la desentendida.
—¿Has dormido con Sommers? —brama la pelirroja, con sus ojos a punto de salir disparados.
—¡Me quedé dormida viendo una película en su piso! —me defiendo.
—Ya... ¿Y no te dio un beso de buenas noches? —tienta la pelirroja.
—No, no me dio un beso de... Chicas —Inhalo un par de veces por la nariz—, la pizza.
—¡Mierda! —Cass se levanta del taburete con una velocidad sorprendente.
Una nube de humo nos abofetea. Entre toses y agitaciones de manos para disolver el súbito peso del ambiente, Amelie llega hasta la ventana y la abre al tiempo que yo encierro a Whiskey en la habitación más cercana.
Cuando la humareda se ha disipado un poco, Cass se pone las manoplas y saca del horno la bandeja con la... Pizza.
—Bueno... —Pone una mueca ante la cena chamuscada al completo—. ¿Os gusta crujiente?