Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 15 #3
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CAPÍTULO 15 #3

Llevamos media hora cuando noto su cuerpo más pegado al mío. Sus piernas, como ha ocurrido los dos sábados que hemos compartido en el sofá de su piso, están dobladas y descansan sobre las mías. Disimulado, llevo mi mano a su rodilla.

Gabriela se remueve a mi lado y apoya la cabeza en mi hombro.

La gira lo justo como para que su nariz roce mi cuello.

—Qué bien hueles.

Mantengo el aire en mis pulmones hasta que deja de removerse.

Espero que no esté notando lo rápido que me late el corazón; sería una forma muy estúpida de delatarme.

Cuando quiero darme cuenta, son casi las tres de la madrugada.

—Tengo que confesar —Me acomodo hacia ella nada más finaliza la película—, que no ha sido tan horrible como esperaba.

—Eso es que te ha gustado. —La luz de la televisión es la única que nos alumbra y gracias a ella pudo distinguir la sonrisa que se forma en sus labios.

—¿Y eso que has venido tan tarde?

Se encoge de hombros antes de responder.

—No podía dormir y he pensado en ver una película y... Porque quería verla contigo.

Nunca había sentido este calor que se expande por mi pecho. Nunca.

No sé a causa de qué, no entiendo siquiera qué puede significar pero es cuanto menos reconfortante.

Joder, Gabriela. ¿Qué estás haciendo conmigo?

—¿Qué estabas haciendo tú antes de que llegara?

—Terminar unas cosas de la empresa. ¿Cómo vas con el libro? —Ayer, en el coche estuvo despotricando sobre lo injusto que le parecía que los personajes estuviesen atravesando un momento tan duro y lo mucho que se merecen ser felices.

—Lo he terminado. Ha acabado bien. Y me he empezado el siguiente de la saga.

—Háblame de eso.

—¿De qué?

—De tus libros.

Levanta la cabeza, como si no pudiese creer lo que le acabo de pedir.

No han sido muchas las veces que han ahondado en sus lecturas conmigo. Quiero que lo haga. Sé que le apasiona y escucharle hablar de algo con tanto entusiasmo como cuando me cuenta cosas de la academia me hace sentir... No lo sé. Incluido, quizá.

—¿De verdad? —Sus ojos bailan sobre mi rostro, dudosos, con la intención de recuperar ese brillo que siempre los protagoniza

—Sí.

—El que he terminado hoy es la primera parte de una serie de romance contemporáneo, pero la semana pasada me terminé el último de una saga de fantasía que me dejó absolutamente destrozada. —Se detiene un momento—. Aunque, bueno, es solo un libro. No es tan importante, es una tontería, en realidad.

—¿Para ti lo fue?

Me sostiene la mirada durante un momento.

Parece dudar, pero entonces dice:

—Sí.

—Entonces no es ninguna tontería, Gabriela. ¿De qué trata el que estás leyendo ahora?

—El protagonista se enamora de la hermana de su mejor amigo. ¿Qué? — cuestiona ante mi ceja alzada.

—No, nada. Cliché cuanto menos.

—Me encanta lo cliché.

Y así, se enreda sin remedio alguno en el argumento de dicho libro de romance.

Su voz tiene algo, a lo mejor porque yo también estoy cansado, a lo mejor porque es tarde y habla en susurros solo para que nosotros seamos partícipes de la conversación, pero hace que me relaje.

De tanto en tanto, le hago alguna pregunta para aclarar información que no termino de unir y me explica que siempre disfruta más de los libros con representación y que este le da gran importancia a la salud mental.

Y así, me doy cuenta de dos cosas.

La primera, que desde luego nunca he devorado los libros como ella, pero es su innegable adoración por la lectura que está provocando que tenga ganas de volver a disfrutar de ella.

La segunda, que podría pasarme horas escuchándole hablar del mismo tema sin cansarme o siquiera plantearme ponerle fin a la conversación. Es la forma en la que lo cuenta, el entusiasmo con el que habla que convierte sus palabras en adictivas y el movimiento de sus labios en algo hechizante.

Intento alargar la conversación todo lo posible y más hasta que añado una nueva pregunta y no obtengo respuesta.

Bajo la mirada.

El aire se me atasca en la garganta cuando apoya la palma de su mano en mi pecho, buscando acurrucarse porque se ha quedado dormida. Se me hace raro no ver sus dedos decorados por los seis anillos que siempre los abrazan.

Respira de forma acompasada y su rostro denota una expresión de tal calma que, aunque sé que debería despertarle, hay una parte de mí que se ve incapaz de hacerlo.

Sé que debería. Mañana se despertará desconcertada y yo con el cuello hecho nudos. Debería hacerlo... Sé que debería.

No lo hago. No. En vez de eso, retiro las gafas de su rostro con delicadeza y las dejo en la mesa frente al sofá. Le aparto el pelo del rostro sin ser consciente de lo que estoy haciendo hasta que mis dedos rozan su piel. Suelta un suspiro, se abraza a la manta y se pega aún más contra mí.

Aprovecho la luz que escupe el televisor para recorrer sus facciones con detenimiento. Me esmero en cada detalle a tal punto que creo que he comenzado a contar las pecas que manchan la zona de su nariz.

Para mi sorpresa, no tardo en notar los párpados pesados e ir conciliando el sueño poco a poco con la tranquilidad de que está noche Gabriela va a dormir mejor que a diario, porque al igual que yo, le cuesta.

Eso, y que estoy con ella.

Ese es el verdadero motivo por el que consigo dormirme a pesar de estar sentado en el sofá.