CAPÍTULO 15
Mi cuerpo
Gabi
Es la primera noche que paso sola desde que llegué a Bruselas.
Tanto a Amelie como a Cass les apetecía salir de fiesta, pero yo no tenía el ánimo. Después de la clase de esta mañana en la academia el mero pensamiento de pasarme toda la madrugada bailando y de aquí para allá es más de lo que puedo soportar.
Locke ha venido al piso para eso de las seis, mientras una estaba en casa de sus padres y la otra en el club de escritoras igual que cada sábado. Hemos visto Cómo entrenar a tu dragón y creo que ha entendido por qué me gusta tanto.
No se lo he confirmado pero las próximas dos veces que me toque elegir a mí, a no ser que él lo haga antes, tengo claro que vamos a ver la segunda y tercera parte de la saga.
Se ha marchado rozando las ocho, justo antes de que mis amigas regresaran.
Dadas ya las diez, he cenado, me he lavado los dientes y como todas las noches, trenzado mi pelo. Me he encargado de servirle su ración de pienso a Whiskey y tengo como aliado hasta conseguir dormirme un e-book con más libros de los que puedo recordar.
Tras acompañar a Amelie y Cass a la puerta y despedirme de ellas, me deslizo en la cama, enciendo el libro electrónico y cuando quiero darme cuenta el reloj marca las 23.34h .
Una lágrima se desliza por mi mejilla a causa del sueño. Puedo asegurar que ir perdiendo la consciencia y nada más apagar la luz ser incapaz de dormirse está en el TOP 3 de las cosas más frustrantes.
Ante la cuarta lágrima, decido intentarlo. Apago el libro electrónico con la esperanza de no tener que volver a encenderlo, me quito las gafas, las dejo también sobre la mesilla y me abrazo al cojín que espachurro las noches que Whiskey decide abandonarme.
Cierro los ojos. Para mi sorpresa, mi cerebro parece estar de mi lado esta noche y pretende mecerme con la intención de caer en el sueño con más facilidad. Al menos hasta que reconozco los pensamientos que se están formando en mi mente como una de las escenas que acabo de leer.
Estoy tan inmersa en la lectura y los personajes que pronto empiezo a ser yo la protagonista de dicha historia. Y entonces, siento algo que hacía tiempo no sentía.
Un hormigueo en mi estómago.
Una especie de calor en el centro de mi cuerpo.
Confundida, cambio de lado e intento encontrar la postura en la que quedarme dormida. Con la sensación de que pasan los minutos y sólo soy capaz de pensar una y otra vez en dicha escena, me vuelvo hasta quedar con la espalda sobre el colchón.
Todo esto es de lo más... Raro.
Hace meses que no siento ningún tipo de iniciativa sexual. No es algo en lo que haya pensado mucho durante estas semanas, pero esta noche estoy sola. No hay nadie más en el piso y... Quizá...
Deslizo mi mano por mi estómago hasta llegar al dobladillo de mis pantalones, dudosa, a pesar de ser mi propio cuerpo el que estoy tocando; a pesar de que soy yo misma quien está rozando mi propia piel.
Titubeo antes de continuar, pero entonces rozo la tela de mi ropa interior y desciendo un poco más.
Un escalofrío me recorre de pies a cabeza. Cierro los ojos a pesar de estar a oscuras ante el inmediato placer de volver explorarme a mí misma. Y, aunque con más inseguridad de la que recordaba, no tardo en encontrar el ritmo .
Cuando por fin parezco estar siendo capaz de dejarme ir, igual que fogonazos, recuerdos de aquellos momentos que compartí con Iván vienen a mí y se clavan en mis párpados como aguijones.
Mi cuerpo se enrigidece al completo.
Por un momento, creo que es su rostro el que tengo delante, sus manos las que están sobre mi cuerpo y sus ojos azules los que recorren con descaro mi desnudez.
Mi cuerpo. Todo mi cuerpo manchado por sus palabras.
Yo. Tan frágil y vulnerable que me doy pena a mí misma; tan estúpida por no haberme dado cuenta antes.
Saco la mano de debajo de las sábanas porque me quema; porque el recuerdo de su tacto es tan vivo que por un momento dudo incluso de dónde estoy.
Aprieto los ojos con fuerza, pero no consigo dejar de verlo. Un nudo contrae mi garganta y una angustia me sobrecoge y produce vértigo a pesar de estar acostada en la cama.
El edredón pesa más. Tengo calor, mucho calor.
Me levanto con el pulso disparado. Llego al baño y me lavo las manos con fuerza, como si de ese modo pudiese borrar de mí la sensación de rechazo que me he provocado.
No me atrevo a mirarme en el espejo, menos aún al sentir una lágrima deslizándose por mi mejilla y que esta no sea a causa del sueño.
Me vuelvo a acostar, en silencio, envuelta en la oscuridad de la habitación y abrazo el cojín de nuevo.
Cierro los ojos.
Los cierro más fuerte según la vergüenza recorre mi cuerpo; mientras la humillación me baña una vez más. El arrepentimiento ante todos los centímetros de piel que vio y que nunca debería haber visto.
El silencio y mis propios pensamientos me comen viva.
Es tan profundo el hueco que se ganó y dejó deteriorado entre mis costillas que van a hacer falta más que puntos de sutura para enmendarlo.
Y cuando, una vez más, me doy cuenta de que soy incapaz de estar sola, salgo del piso.
◆◆ ◆
Locke
La lámpara del escritorio es lo único que ilumina mi habitación. He regresado al piso de ver la película con Gabriela algo más tarde que de costumbre y no me he molestado en cenar nada, no tengo apetito. Lo que tengo es mucho trabajo acumulado.
He procurado durante estas semanas abstenerme de responder a correos de la empresa o hacer algo relacionado a esta durante los fines de semana.
Con todas las horas junto a las extras en las que invierto mi tiempo en la SommeWhat Company sé que tomarme los sábados y domingos de descanso es algo que tengo más que merecido.
Pero anoche, cuando iba a marcharme de la oficina, supe que de no avanzar algo durante estos dos días, al abrir la bandeja de entrada el lunes por la mañana me arrepentiría de mi decisión.
Envío el correo y regreso a la pantalla principal de la app de mensajería. Al menos ahora solo me quedan cuatro por responder. Después de los trece que he contestado desde que he regresado del paseo de Luke, es un avance. O eso me repito para no mandarlo a tomar por saco por hoy.
Lo único que tengo claro es que no me apetece pasarme el domingo pegado al portátil.
Termino de abrir el siguiente correo cuando el sonido del timbre del piso rompe con el silencio en mi cuarto.
Miro el reloj de mi muñeca, extrañado. Es pasada medianoche.
Voces camufladas por las paredes del piso llegan hasta mí mientras continúo tecleando. Después de dos ligeros golpes, la cabeza de Caleb aparece entre el hueco de la puerta y el umbral.
—Sommers.
—Estoy ocupado con esto —respondo sin apartar la mirada de las letras uniéndose unas a otras en la pantalla—. Empezad vosotros a ver la serie.
Hemos llegado ya a la quinta temporada de Cómo conocí a vuestra madre . Es la favorita de Caleb y hay algunos capítulos que me gustaría no perderme y poder ver de nuevo, pero necesito acabar esto.
Continúo tecleando, procurando no perder el hilo de lo que estoy redactando, cuando Caleb dice:
—Bueno, pues la rubia ocupa tu lugar.
Y ese mismo correo al que tanta atención estaba prestando, pasa a segundo plano.
Me giro de sopetón hacia él.
—¿Cómo dices?
No se molesta en disimular su sonrisa.
—La pelirroja y Amelie no están. Me ha preguntado si podía pasar un rato en casa.
—Termino con esto y salgo.
Caleb me mantiene la mirada con los labios fruncidos.
No necesito que diga nada para saber que está tragándose tanto una contestación como una sonrisa cargada de sorna.
Cierra la puerta al marcharse y bajo la pantalla del portátil. No lo apago. Cuando regrese a mi habitación terminaré de redactar esos cuatro correos pendientes. Me levanto de la silla y me planto frente al espejo.
Gabriela está en el piso.
Joder, que Gabriela está en el piso.
Intento acomodar las ondas de mi pelo con ambas manos y sin saber el motivo de mi acción, me quito la sudadera y me quedo en manga corta. En realidad es porque hace más calor... De repente.
Lo que tiene la calefacción central, ¿no?
Me olfateo a mí mismo. ¿Huelo bien? Yo diría que sí. Estoy a punto de salir de mi habitación, pero decido volver a mirarme en el espejo.Me he apañado el pelo, huelo bien, tengo...
Me paso las manos por la cara y suelto un resoplido.
¿Qué cojones estoy haciendo?
Este sábado ha sido el segundo en la que hemos quedado para ver una nueva película que tachar de la lista .
En menos de una quincena, hemos añadido unas veinte más según nos acordamos de nuevos títulos que definitivamente tenemos que ver. O eso dice Gabriela cada que apunta una comedia romántica nueva.
El próximo sábado tengo pensado que veamos Stand by me —película con la que tengo claro que acabará llorando, por supuesto— y por tercera vez, volveré a limpiarle las lágrimas.
¿Por qué?
Y yo qué cojones sé.
Cuando le toque volver a elegir a ella, tengo casi por seguro que me hará ver la segunda parte de Cómo entrenar a tu dragón. Y, después de haber podido comprender por qué la adora tantísimo, miento si digo que no tengo ganas de verla.
Lo que no tengo tan claro es lo que ha cruzado mi cabeza en lo relacionado a Gabriela durante este último par de semanas y está empezando tanto a preocuparme como a tocarme las narices de sobremanera.
Cada vez que ha entrado en mi despacho desde que vimos Orgullo y Prejuicio se ha olvidado de su trabajo haciendo que por ende debiese dejar de lado el mío. Se ha enredado a hablar de lo que había hecho ese día y preguntado por mí como si no fuésemos a regresar juntos al piso.
Poco a poco, ha probado a estirar mis respuestas. Y puedo añadir a la lista de «Cosas que hago sin tener idea del motivo» que ha conseguido que le dé más detalles de mi día a día.
Es todo tan desconcertante, porque me jode un disparate cuando parece darse cuenta del paso del tiempo y tiene que marcharse para continuar su trabajo. De nuevo, como si no fuéramos a vernos un rato después. Pero es que el tiempo que paso con ella parece estar resultándome demasiado escaso.