CAPÍTULO 14 #4
Se mantiene en silencio durante unos segundos.
Giro la cabeza por encima de mi hombro. Está tan pendiente del tatuaje que mi piel arde por la atención de sus ojos. Nada más se chocan con los míos, pestañea un par de veces y vuelve a colocarme la camiseta.
—Sé que tú tienes uno en el hombro. —Me acomodo de nuevo en su dirección, desesperada por apartar este momento de nosotros lo antes posible.
Los trazos de su tatuaje simulan el cielo de una tormenta.
Lo vi el día que, al salir temprano de casa, él regresaba de pasear a Luke y vestía una camiseta de manga corta—. ¿Tienes más?
—Sí. —Su mano se cierra alrededor del dobladillo de su respectiva sudadera y la levanta—. Aquí.
Me obligo a apretar los labios para disimular mi reacción.
No es encontrarme con su torso desnudo lo que me deja sin habla; no tiene la mera posibilidad de hacerlo cuando el mismo diseño que ocupa mi espalda protagoniza el centro de su abdomen.
—Locke —pronuncio en una exhalación—, es igual que...
—El tuyo, sí.
Por el centro de mi espalda, desciende una espada que atraviesa la flor de un girasol. Tal y como el tatuaje de Locke hace a excepción de las palabras en inglés que acompañan el mío.
Sin ser consciente de lo que estoy haciendo, estiro mi mano hasta rozarlo con la punta de mis dedos.
—¿Te dolió? —Alzo la mirada y me encuentro con sus ojos a menos distancia de la que esperaba. Puedo diferenciar a la perfección los distintos tonos de verde que tiñen su iris.
—Una puta pasada.
—¿Tienes más? —curioseo en un susurro.
—Sí, pero...
El sonido de la cerradura interrumpe sus palabras.
Las voces de Finn y Amelie se cuelan entre el silencio que hemos dejado y me aparto de él con velocidad.
—¡Siempre es lo mismo, Finn! ¡Estoy harta!
Locke me mira con duda. Sé que hay una confianza generalizada entre quienes vivimos en este piso y quienes viven en el de enfrente, pero no sé si esta incluye los enfados de Amelie cuando regresa de casa de sus padres.
Después de saludarnos sin mucho más que una mirada rápida, se encierra en su habitación tras un portazo.
Finn suelta un suspiro exasperado.
—¿Qué ha pasado?
—Más de lo mismo de siempre, Gabi —responde antes de pasarse las manos por el pelo hacia atrás—. Ya sabes que es complicado.
—Sí, lo sé... —Tuerzo el labio ante su expresión.
—Bueno, yo me marcho. —Nos hace saber—. He subido para no dejar la conversación a medias con Am y ya de paso ver a mi gata. ¿Está comiendo bien?
—Más que bien —le aseguro.
—Genial. —Para despedirse, me da un abrazo un tanto descoordinado al pasar el brazo por encima del respaldo del sofá. A Locke le da la mano en ese gesto similar a una palmada con el que siempre se saludan y despiden—. Nos vemos.
Finn regresa sobre sus pasos, abre la puerta y la cierra nada más cruzarla. Me vuelvo hacia Locke. Ese momento que ha surgido entre nosotros ha explotado igual que una pompa de jabón.
—Debería ir a ver cómo está Amelie —murmuro, algo cortada.
—Claro, yo... Voy a irme ya.
—Te acompaño .
Camino con él hasta la entrada del piso. Cruza el vano, aprovechando para estirar los brazos hacia arriba y mover el cuello con cansancio, desperezándose.
Lo más seguro es que tenga agujetas de todos los días que va al gimnasio, pero mis ojos se clavan irremediablemente en sus caderas al descubierto.
La vista dura apenas cinco segundos, pero es tiempo suficiente para hacer que me ardan las mejillas como a una cría. Pero, jolín, qué remedio. El elástico de sus Calvin Klein , la zona de la uve tan marcada como está, el final de su tatuaje y...
—Tengo los ojos aquí arriba, Gabriela.
Creo que me acabo de quedar blanca.
Tierra trágame.
Otra vez.
Clavo mis ojos en los suyos, mis párpados abiertos al completo y formo una sonrisa para nada forzada. Tras unos segundos con la sensación de que me he quedado sin palabras concluyo con un:
—¿Te veo en la oficina?
Locke suelta una risa disimulada y asiente.
—Buenas noches, Gabriela.
—Buenas noches, Locke.
Antes de que me dé tiempo a cerrar la puerta, me guiña un ojo.
Me escondo detrás de ella al instante.
Apoyo la frente sobre la superficie de madera y cierro los ojos.
Venga ya. ¿Cómo es posible que me arda la cara tanto por un simple guiño? ¿Y por qué está mi cuerpo teniendo estas reacciones?
No he querido darle importancia a ese momento en el que ha decidido limpiarme las lágrimas por segunda vez; menos aún a lo poco que me ha sorprendido la delicadeza con la que lo ha hecho. Pero hace mucho que no siento este tipo de burbujeo en el estómago o el nerviosismo en el pecho.
Sacudo todos estos pensamientos intrusivos de mi mente y me dirijo a la habitación de Amelie, para asegurarme de que, aunque no vaya a querer hablar de ello, es consciente de que me tiene aquí para todo lo que necesite y más.
—Hola —murmuro después de entreabrir la puerta y haber hecho sonar mis nudillos un par de veces—. ¿Puedo pasar?
Desde su cama, acostada sobre su espalda con la cabeza en la zona de los pies, asiente. Cierro detrás de mí y me acomodo a su lado, en sentido contrario.
Entre la habitación de Amelie y la mía no hay ningún parecido.
Casi todo es de color morado; está llena de velas, instrumentos, plantas sobre las baldas que cuelgan en la pared, la ropa correctamente colocada en los armarios.
Es cierto eso que dicen sobre que la casa es un reflejo de la persona, aunque el estilo de ropa de mi amiga y el de su hogar no tengan nada que ver el uno con el otro. Es muy ella.
—¿Quieres hablar? —tanteo con la mirada puesta en las estrellas fluorescentes que cubren el techo sobre su cama.
No obtengo una respuesta.
Lo vuelvo a intentar.
—¿Qué ha pasado esta noche?
Amelie alarga el silencio unos segundos más y tras un suspiro largo y pesado, murmura:
—Todo ha empezado cuando mi madre ha mencionado a Charlotte.
Y como es lógico, Finn no quiere hablar de su novia con ella porque siempre acaban discutiendo.
Así que ha pasado a preguntarme a mí sobre lo mismo de siempre; la universidad y el hospital y blablablá.
—Suelta un bufido exasperado—. Lo de siempre. ¿Qué hacía Sommers aquí?
Pillando al momento que no quiere de ninguna manera continuar hablando del tema, me resumo a responder su pregunta.
—Hemos quedado para ver una película.
—¿Habéis —Alza la cabeza desde su posición— quedado?
—Sí… ¿Es que no te he contado lo de la lista de películas?
Por la expresión que adopta su rostro me doy cuenta de que no.
Ah, cierto. A quien se lo conté fue a Laura por videollamada hace unos días.
Le explico lo ocurrido con la cortina la semana pasada, después le hablo sobre Orgullo y Prejuicio y por último, que decidimos hacer una lista.
Mi amiga me observa con la boca entreabierta, como si le estuviera costando procesar el resumen de la tarde del pasado sábado.
—¿Qué? —cuestiono.
—Eso digo yo, ¿qué pasa contigo y con Sommers?
Mi cuerpo se tensa al comprender lo implícito en sus palabras.
Nada. No ocurre nada entre nosotros más que me cae bien, le caigo bien; supongo, y que ha estado trayéndome de vuelta a casa del trabajo sin necesidad de que se lo pida.
Hemos visto una película juntos; dos y parece interesado en escucharme hablar y esto último, aunque me confunde, es algo a lo que prefiero no darle mayor importancia. No la tiene.
—No pasa nada. ¿Por qué lo preguntas?
—No, por nada. —Se acomoda en el colchón—. Es que nunca le he visto con ninguna chica.
—¿Es tu forma de decirme que es gay?
—No, boba. —Niega con una sonrisa sincera—.
Es mi forma de decir que no es el tipo de tío que sale con chicas de forma prolongada.
Pero mientras estabas ayer en la ducha y antes de que llegara Sommers, escuché a Caleb hablar con mi hermano sobre una chica que casualmente se llama igual que tú.
Dijeron algo de una fiesta y de que Sommers se fijó en ti hace tiempo.
—Ya... —No necesito más información para saber a qué se está refiriendo: la fiesta de agosto—. No lo sé, Am. Ya viste lo bien que salió la última vez que me fijé en un tío después de él.
Suelta una risa.
Le lanzo una mirada que grita un «¿En serio?»
—Perdón, perdón —murmura intentando camuflar una sonrisa.
—No es como si me viera capaz, tampoco —añado.
—No tiene por qué ser nada serio. De hecho, diría que Sommers es el chico perfecto con el que entretenerte de vez en cuando.
—Ya... —vuelvo a musitar—. Es que yo no.. .
«No creo que pueda ser capaz de confiar en alguien cuando ahora mismo ni siquiera confío en mí. Llevo meses en los que no sé qué estoy sintiendo porque en esencia me siento vacía».
—¿Qué? —me insta.
—Puede ser, sí —coincido con su razonamiento.
Pero, desde luego, yo no soy la chica perfecta con la que entretenerse.