Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

—Oye, a mí no me metas en eso —protesta Finn—. Básicos serán él por el piercing y Caleb porque tiene tatuada las iniciales de Noah y Sommers por el mismo motivo. Porque, claro, como a mí no me tiene al mismo nivel...

—Finn, te dejé que me tatuaras una sartén con un huevo frito en el brazo.

—¿Has tatuado a Caleb? —cuestiono, entretenida.

—Estábamos en el estudio de Ethan —dice, refiriéndose a ese colega tatuador que se ha encargado de decorar los brazos de Caleb— y me preguntó si quería probar a tatuar y...

—Y una mierda. Llevaba dándome por saco con lo de las iniciales más de tres semanas —le interrumpe Caleb—. Me tatué porque me Sommers y Noah me acompañaron a que me hiciese el escorpión que llevo en el antebrazo y Sommers soltó «No tienes huevos a tatuarte algo de nosotros».

—Y tú vas y te lo tatúas —concluye Cass.

—Efectivamente. Después Finn se ofendió porque dice que no le considero mi mejor amigo...

—Cosa que es verdad —masculla este por lo bajo.

—...Y cuando fui a tatuarme el barco que llevo en el hombro, me acompañó él y no dejó de darme el follón hasta que tuve la brillante idea de sugerirle que me tatuara él.

—Lo hice muy bien para no haberlo hecho nunca—asegura Finn.

—Si, ya... —Caleb vuelve su brazo hacia nosotros y con los dedos señaliza el dibujo en el interior del bíceps—. La yema tiene huecos.

—O sea que el único que se libra de considerarse un básico es Noah —confirma Amelie.

Entre los cuatro comparten una mirada y tras unos segundos en los que no son capaces de salir con nada que echarle en cara al chico castaño de gafas, Caleb pronuncia:

—Bueno, ¿a quién le tocaba preguntar ahora?

—A nadie —declara Amelie, poniéndose en pie—. No puedo más con vosotros. Iros ya a vuestro piso.

—Pero, ojazos, aún no ha ganado nadie.

Debe llegarse a diez puntos para considerarse ganador.

—Pues que gane el que más puntos lleve, pero no os aguanto más.

Locke y yo tenemos ocho.

Hemos ganado.

—No hacemos mal equipo —murmuro en su dirección.

—No, la verdad es que no —coincide.

Terminamos de recoger el tablero, las cartas y me levanto del suelo a la vez que él. Nos acercamos a la puerta principal, que ya está abierta, pues ha sido el primero en marcharse y la ha dejado entornada.

—Mañana te confirmo la hora —le digo cuando cruza el vano.

—¿Me das tu número? —Locke echa a mano a su bolsillo—.Lo prefiero antes que hablar por Instagram.

Me cuesta reaccionar.

Me acaba de dar su móvil.

Me ha dejado su móvil desbloqueado.

Desbloqueado.

Parpadeo un par de veces. Entro en la aplicación de contactos, guardo mi número entre el resto y se lo devuelvo después de apagarlo.

—Con que me vas a dejar con la intriga de cuál va a ser la primera película… —tienta.

—Efectivamente. —Sonrío ante su ceja alzada.

Mantengo mis ojos sobre los suyos. Tengo la intención de añadir algo, no sé el qué, pero siento que hay alguna cosa que podría decirle. No tengo sueño y quizá le apetece quedarse un rato hablando por mensaje o…

Abrimos la boca al mismo tiempo cuando el rostro de Caleb aparece detrás de su hombro.

—Eh, ojazos, ¿y mi beso de buenas noches?

—Vete ya de mi piso, Caleb. —Amelie no se espera para cerrar la puerta en las narices de ambos.

—Eres una anfitriona tan agradable... —ironiza Cass.

—Lo sé.

◆◆◆

Algo me hace pensar que el nerviosismo que burbujea en la boca de mi estómago tiene que ver con el chico que está en el salón del piso mirando a Whiskey con desconfianza.

No termino de comprender la razón.

Anoche, ya acostada en la cama, mi mente divagó por la velada que acababa de transcurrir; me recreé en la complicidad que encontramos en alguna que otra ocasión y terminé por dormirme a mitad de nuestra conversación por mensaje que surgió con el pretexto de Locke queriendo comprobar que le había dado mi número correctamente.

Se sienta en el sofá antes que yo. Me acomodo a su lado y cruzo las piernas en posición de loto ya con el bol de palomitas recién hechas entre nosotros. Tras un salto, la gata está sobre mí.

—No sé cómo lo haces.

Miro a Locke de reojo mientras le acaricio a Whiskey el hueco detrás de las orejas. No tarda en empezar a ronronear.

—Es buena. —Le paso la mano por el lomo y se estira, dándome a entender que está más que conforme con mis caricias—. ¿Por qué no pruebas?

—Es buena contigo —repone—. Y no quiero perder un dedo.

—Locke... —Ruedo la mirada.

Agarro su mano, que descansaba sobre su muslo y dejo que sea Whiskey quien acerque su hocico.

Cuando la gata no hace ningún gesto de rechazo, Locke se atreve a acariciar la zona superior de su cabeza.

—¿Ves?

Me lanza un vistazo cómplice con una sonrisa de medio lado.

Devolverle el gesto me sale solo. No es hasta entonces que soy consciente del calor de su piel bajo la mía. Con lentitud, retiro la mano y me acomodo el pelo hacia el lado contrario para el que lo llevaba.

Whiskey se coloca sobre el respaldo, dónde tanto le gusta dormitar y tras hacerse un rosco sobre sí misma, cierra los ojos.

—¿Vas a decirme qué vamos a ver? —Locke se remueve en el sofá, hundiéndose entre los almohadones con los brazos cruzados sobre su pecho.

— La vida es bella —respondo a la vez que le doy al botón para encender el televisor.

Los créditos iniciales abren paso a una escena de dos hombres en coche, el copiloto con el sombrero sobre gran parte del rostro para evitar que le dé el sol hasta que llegan a un pueblo en cuya entrada hay un cúmulo de gente.

Se alza en pie, estira el brazo derecho hacia delante y  comienza a gritar que dejen paso pues no tienen frenos. Una expresión confusa se adueña de su rostro cuando no hacen más que alabarle.

No tardo en engancharme a la trama y la curiosa actitud que caracteriza al protagonista. Al menos hasta que los sucesos me tienen abrazada al cojín entre mis brazos y empequeñeciéndome progresivamente.

—Estás más callada que cuando vimos Orgullo y Prejuicio —observa Locke cuando ha transcurrido la primera hora. Él ha permanecido en la misma postura—. ¿Es que no te está gustando…? ¿Estás llorando?

—No —digo al tiempo que una lágrima traicionera se desliza por mi mejilla. La aparto a toda prisa.

—Gabriela, estás llorando. —Se separa del respaldo y se vuelve en mi dirección después de pausar la película.

—Es que es muy triste —intento defender mi reacción—. Oye, si todas las que tú has elegido van a ser así, me niego a repetir esto.

Su expresión se ablanda.

—No todas van a ser así. Además, ¿no eran las películas románticas tu equivalente a las de terror?

Consigue arrancarme una sonrisa cargada de tristeza.

—Algo así, sí. Pero esta se lleva el puesto número uno.

—Has elegido una primera película intensa, no te lo voy a negar —dice para, acto seguido, deslizar el pulgar por mi mejilla en una caricia lenta y retirar el rastro de la segunda lágrima que se me ha escapado.

Como la noche en la que subí a la azotea, parece arrepentirse nada más retirar la mano. Y yo me siento ridícula por el frío que siento ante la pérdida.

Carraspea y se acomoda recuperando la postura hacia el televisor.

Aún queda más de media hora y sin pensarlo mucho, cuando creo estar a punto de volver a llorar, me pego más a él. He doblado las piernas hacia su lado y ahora están casi sobre las suyas.

Su mano cae sobre mis rodillas.

Ninguno de los dos dice nada.

Y hay algo en la comodidad que siento y la ausencia de necesidad de llenar el silencio con palabras que, cuanto menos, me desconcierta.

Una vez La vida es bella ha finalizado y Locke ha apagado la tele, la estancia se sume en una oscuridad algo pesada. Me estiro hasta encender la lámpara adyacente al sofá, que descansa sobre una mesita redonda y psicodélica pero que no se aleja del estilo bohemio.

Según vuelvo a acomodarme, me paso las manos por la cara para retirar las lágrimas que —obviamente— han vuelto a brotar de mis ojos ante el final del largometraje y suelto un suspiro.

—Me ha gustado. —Le hago saber—. Aunque me haya hecho llorar... Me ha gustado .

—Me alegro. Es de mis favoritas.

—Si tuvieses que quedarte solo con tres películas, ¿cuáles elegirías?

Sé que su favorita es El Club de la Lucha , pero no creo que tenga una única favorita. Al menos, por mucho que yo tenga claro cual se lleva el primer puesto, me costaría excluir las otras que tantísimo me gustan.

—El tercer puesto se lo lleva la que acabamos de ver. En el segundo está Memorias de África y en el primero El Club de la Lucha . ¿Y el tuyo?

—Empezando en el tercero: Billy Elliot , después iría El club de los poetas muertos y Cómo entrenar a tu dragón , sin ninguna duda, es mi favoritísima en el mundo.

—¿Tu película favorita es una de dibujos animados?

—¡Eh! —Me enderezo en mi sitio—. Es un peliculón.

Y de todas las respuestas que podría haber pronunciado, elige la que menos quería escuchar.

—No la he visto.

—¿¡Qué no la has visto!? Pero ¡el otro día no dijiste nada cuando la apunté en la lista!

Locke aprieta los labios.

Mi estupefacción aumenta.

¿Cómo va a no estar de coña?

—Madre mía, Locke. ¡Hipo fue mi primer crush! ¿Cómo es posible que no...? —Se me acumulan tantas palabras que no sé ni que decir—. Jolín, ¡me he tatuado por la película! —añado como argumento.

—¿Dónde?

El arrepentimiento instantáneo me inunda las venas.

—En... En la espalda —musito.

Veo la pregunta salir de sus labios antes de que la pronuncie.

—¿Puedo verlo?

—Eh… —titubeo—. Sí, claro. —Dejo de notar su mano sobre mis rodillas cuando me giro para darle la espalda. Agarro el dobladillo de la prenda que cu bre mi torso, la mirada clavada en el sillón frente a nosotros. Dudo. Cojo una respiración temblorosa—. ¿Me levantas la camiseta? —me atrevo a decir.

Tarda en reaccionar más de lo que esperaba.

Con lentitud, retira la tela hasta llegar casi a mi nuca. Agarro contra mi pecho la parte frontal e intento disimular la tensión que enrigidece mi columna, porque sé que las está viendo; las cicatrices del acné que hubo en mis hombros y tanto detesto.

Sin poder remediarlo, un escalofrío me recorre de pies a cabeza al sentir la punta de sus dedos perfilar los trazos de tinta a la altura de mis escápulas.