Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Casualidades en la piel

Gabi

—Hazlo con cuidado no vayas a quemarte —me pide Finn.

Puedo sentir la tensión que emana de su cuerpo como propia cuando coloco el plato sobre la sartén.

Agarro con determinación el mango y con toda la fuerza que soy capaz de reunir, le doy media vuelta. Soy incapaz de tragarme la sonrisa de oreja a oreja que se forma en mi boca mientras deslizo la tortilla hasta colocarla de nuevo en su sitio.

—¡Ves cómo era más que capaz!

Finn aprieta los labios y asiente un par de veces.

—Retiro lo dicho. —No puede evitar colocar la sartén justo en el centro de la zona de cocción. Baja la potencia para que se cocine más despacio y no arriesgarnos a que, después de todo el trabajo, terminemos por chamuscar la tortilla.

Estaba de camino al coche de Cass para regresar al piso de la universidad cuando una llamada ha hecho a mi móvil vibrar. Era de la empresa; me han dado el día libre.

Al salir de la academia, le he enviado un mensaje a Locke para avisarle de que no me vería por allí y por tanto, no me esperara. Me ha contestado casi al momento. «Te veo luego», me ha dicho.

Según he llegado al piso, me he duchado y al encontrarme con que no tenía nada que hacer después de pasar más de una hora leyendo, le he dado un toque a Finn y preguntado si le apetecía darme una clase de cocina.

Está más que convencido de que, para cuando regrese a España, lo haré sabiendo cocinar. Creo que tiene demasiadas esperanzas en mí.

En vez de optar por llenarnos de harina, hemos pensado que era el momento adecuado para que los chicos prueben una buena tortilla de patatas. La primera confrontación ha tenido lugar en cuanto me ha asegurado que la quería hacer con cebolla.

—No. Me niego rotundamente —le he dicho—. La tortilla de patatas es sin cebolla.

—¿Qué gracia tiene, entonces? —ha cuestionado él—. La cebolla le da el toque perfecto.

Y como no nos poníamos de acuerdo, hemos optado por hacer dos; una con cebolla y otra sin ella. La primera lleva unos minutos reposando en el lateral de la encimera.

Por lo demás, nos hemos entendido muy bien. Es la única receta en la que no necesita estar pendiente de mí a todo momento porque la he preparado muchas veces con mi padre; es su plato predilecto.

Me ha hablado de Charlotte un poquito más. Oficialmente, vuelven a vivir juntos —al igual que Cass se ha marchado del piso que compartía con dos alemanas y una francesa y establecido en su cuarto— y sería mentir de decir que en comparación a mi llegada, no le veo más animado.

Finn siempre ha sido un chico seguro de sí mismo que en contadas ocasiones deja ver un mero atisbo de debilidad. Y, aunque a veces pueda parecer demasiado mandón, tan solo es su forma de demostrar que se preocupa por aquellos a quien quiere. A Amelie le ocurre lo mismo.

—¿Cuándo va a venir a un viernes de pizza? —curioseo mientras enjuago unos utensilios—. Quiero conocerla.

—Un viernes va a ser complicado. Es el día que al salir de teatro aprovecha para irse a tomar algo con sus amigas.

—¿Cuánto lleva actuando?

—Desde que es una cría. Siempre le ha gustado. Los musicales le alucinan, también. ¿Sabes cuál es el de Hamilton ? Es de sus favoritos y... Voy yo —se interrumpe a sí mismo cuando el timbre se cuela entre sus palabras.

—¿Por qué no huele a pizza? —cuestiona una voz masculina.

No necesito girarme para saber quién ha sido.

—Porque hoy no toca. —Le veo aparecer en la cocina con una expresión recelosa en el rostro. No tarda en comprender que soy yo quien está a cargo de la cena de esta noche y su mueca pasa a asemejarse al espanto—. Hola, Caleb —canturreo.

—Por favor, dime que no te estás encargando tú... —Llega a mi lado y otea la tortilla aún en la sartén—. ¿Dónde están las pizzas?

—Hoy no toca —repito.

—¿Cómo qué no? —espeta, en su usual dramatismo.

—Cambio de menú. —Le dedico un vistazo rápido—. Hoy cenamos tortilla de patatas.

—Y la estás haciendo tú...

—No lo digas como si fuera a envenenarte —rezongo con gracia.

—Tiene buena pinta, Gabi —dice Noah al asomarse por encima de mi hombro con su usual amabilidad y sonrisa disimulada.

Se acerca a la nevera y saca cuatro botellines de cerveza.

Los abre con el abridor imantado al frigorífico, le ofrece la que no lleva alcohol a Caleb y otra a Cass, quien acaba de salir de la ducha y junto a su pijama azul cielo de dos piezas lleva una toalla envolviendo su pelo.

La persona que acepta el tercer botellín es Locke.

—Gracias, Noah. —Me giro de nuevo hacia Caleb, que sigue observando la tortilla como si fuese el peor invento en la faz de la tierra—. No es tan complicado ser amable.

—Rubia, no es cuestión de ser amable. Es cuestión de que estamos hablando de ti y de cocinar en la misma ecuación.

—Ahí tiene algo de razón —aporta Cass antes de darle un trago a su cerveza.

—Gracias, Cassandra.

—Retiro lo dicho. Eres insufrible, Thys.

—¿Te quedas más tranquilo si te digo que Finn me ha echado una mano? —pregunto en un intento de ganarme algún comentario reconfortante de su parte.

Los hombres de Caleb se destensan al instante.

—Mucho más. —Y no es hasta entonces que se inclina para llegar a mi altura y esperar a que le dé el beso en la mejilla a modo de saludo que me he acostumbrado a darle cada vez que nos vemos—. Yo también me alegro de verte.

Pongo los ojos en blanco y me centro en terminar de enjuagar los utensilios.

Cada vez que saludo a Caleb de esta forma, porque a Finn le abrazo y a Noah me limito a sonreírle, no puedo no formar la imagen de Iván en mi mente.

Antes de marcharme de Madrid, quería alejarme de él porque creía que lo necesitaba. Ahora me doy cuenta de que era lo que necesitaba. Cada día que ha pasado desde entonces he actuado con mayor libertad.

Lo he notado al pasar tiempo con ellos, con mis amigos.

Porque lo son; Caleb, Noah y... quizá podría incluir a Locke en esto; a mis compañeros de la academia, también.

No me siento culpable por conversar con otros chicos o por la facilidad que encuentro al hacerlo.

De hecho, estoy más que conforme con la comodidad que me hacen sentir.

Sé que él estaría molesto de ver las carcajadas que me causan sus bromas sin sentido; lo incluida que me siento, al contrario de cómo me sentía rodeada de su grupo de amigos, pero tras aquella última conversación y muchas con Amelie, Cass y Laura, demasiado ingenua habría sido de no haber optado por cambiar o, al menos, por intentar empezar a elegirme a mí.

—¿Te ayudo en algo? —Escucho las palabras en español detrás de mí.

Me giro hacia él. Caleb, Noah y Cass ya se han acomodado en el sofá y charlan con la televisión de fondo.

—No te preocupes. Lo tengo todo bajo control —le aseguro.

—Bueno... —Finn, que se estaba pendiente de su teléfono, se incluye en la conversación sin reparo alguno—. Eso es cuestionable.

—¿Tan mal te manejas en la cocina? —me pregunta Locke.

Ha debido pasar por su piso para darle el último paseo del día a Luke antes de venir aquí y aprovechado para cambiarse de ropa pues viste una sudadera gris a juego con unos pantalones de chándal.

¿Hay algo que le quede mal a este chico? No sé si está más guapo en traje o así... Lo que tengo claro es que no hay situación posible en la que no lo esté.

—Eh... No —me apresuro a responder al percatarme de que me he quedado embobada con su figura.

El olor de su colonia se ha colado sin remedio por nariz.

Huele tan bien. Con ese detalle fuerte de los perfumes masculinos, pero sin ser demasiado.

Diría que es una mezcla entre el olor cálido de la canela con la frescura del limón.

Se ajusta muy bien a su esencia—. No soy tan torpe...

—Sí lo es, sí.

—Finn... —protesto, pero a quién quiero engañar—. Bueno, puede que un poco... —Me parece atisbar el reflejo de una sonrisa en los labios de Locke—. ¿Qué hay de ti? ¿También se te da mal?

—De hecho, todo lo contrario. Me defiendo bastante bien.

Por alguna razón —quizá porque ahora sé que desde bien pequeño ha tenido una comodidad económica disparatada, aunque prejuicioso por mi parte— no habría asociado a Locke como alguien que se defiende «bastante bien» en la cocina.

Lo cierto es que, a pesar de llevar, con esta, dos semanas regresando juntos en su coche, tengo la sensación de que sé muy pocas cosas de él por no decir nada.

Y después de haberle confesado mi opinión respecto a Nick Wilde...

Me atrevo a decir que hemos pasado la barrera de la confianza necesaria para indagar un poco más en el otro.

Si fuese una de mis amigas me habría dado la razón, estoy segura de ello. Aunque, si no se asustó con mi recital sobre libros en el coche o mi interpretación del Señor Darcy mientras veíamos Orgullo y Prejuicio , creo que eso tampoco iba a espantarle.

No sé cómo referirme a lo que ha sido regresar con él cada día.

Reconfortante, quizá, y sobrecogedor. Porque, aunque no coincidamos en el edificio si de casualidad ha salido de su despacho cuando yo he entrado, al salir siempre me encuentro con su Range Rover estacionado frente a la puerta de la empresa.

Esperándome. Y los quince minutos de trayecto los cargo de mis palabras y anécdotas mientras que él se limita a escucharme o a preguntar de tanto en tanto.

No sé si es que no le gusta hablar de él o que no se siente cómodo contándomelo a mí, pero me preocupa estar siendo demasiado intensa.

—¿Qué tal tu día? —Se acomoda contra la encimera. Al echarle un vistazo me doy cuenta de que está prestando atención a mis movimientos.

—Bien. No estoy tan cansada. Se nota cuando no trabajas. ¿Y el tuyo?

Por favor, dime algo más que un simple bien.

Cuéntame algo. Lo que sea.

No me hagas pensar que no te gusta hablar conmigo.

Por favor.

—Como todos —responde y se me hunden los hombros un poco—. He tenido varias reuniones, pero no a una rubia entreteniéndome con sus libros así que se me ha hecho eterno.

Me vuelvo de sopetón hacia él. Hay una sonrisa ladeada en sus labios que contagia los míos por la complicidad implícita en su comentario.

Señala la sartén con la barbilla.