Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

—Vale. —Abro la puerta. No puedo resistirme a añadir la pulla antes de salir del piso por segunda vez—. Las de mantequilla está mejor, pero...

—Cómo no —se ríe.

Entro en mi piso. Caleb no ha cambiado de postura.

—Oye, seguimos viendo la película luego.

—La serie, querrás decir.

—Eso he dicho. —Llego hasta el fregadero. Guardo el destornillador en el maletín y tras cerrar el armario, me encamino de nuevo hacia la salida.

—Eh, eh, eh. ¿Adónde coño vas?

—Al piso de Gabriela.

—¿Cuándo ha dejado de ser el piso de Amelie?

Vuelvo a no molestarme en responder.

Me echo una ojeada rápida en el espejo de la entrada para acomodarme el pelo. Cuando quiero darme cuenta, Caleb se ha levantado del sofá de un salto y establecido frente de la puerta.

—Quítate de en medio.

—¿Por qué tienes tanta prisa? —Se apoya contra la superficie de madera, brazos cruzados sobre su pecho y una sonrisa de suficiencia que quiero borrarle de un puñetazo.

—Caleb...

No sé de dónde surge la vehemente necesidad de volver al piso de al lado. Hace diez minutos estaba muy cómodo, acostado en el sofá de mi piso sin tener la imagen de un rostro pecoso y risueño en pleno centro de mi mente.

—Vas a irte con mi amiga Gabi a mitad de ver una serie conmigo. —Se clava su propio dedo en el pecho, enmascarando su expresión con aflicción.

—¿Tu amiga Gabi? —Alzo una ceja.

—Exacto. ¿Qué vais a ver?

— Orgullo y Prejuicio .

—Buena elección. Mira que tiene años, pero aún no la he visto. Podemos verla los tres...

—No. —La palabra sale de mi boca antes incluso de que termine de pronunciar las suyas.

Una vez más, pega la lengua al interior de su mejilla. Estira el dedo con el que se había señalado a sí mismo y me apunta con él.

—Más te vale que lo que tengas en mente salga bien...

—No tengo nada en mente. Además, ¿tú no tienes una canción que terminar? —pregunto con la intención de que se aparte de una vez.

—Un artista necesita inspiración. Tú mejor que nadie deberías saberlo.

Trago saliva.

Sé que lo ha dicho sin darse cuenta, pero la mención me escuece.

—Pero, vamos, que si como dices no tienes nada en mente no habrá problema en que la vea con vosotros y…

—Adiós, Caleb. —No me molesto en esperar a que termine de hablar para cerrar la puerta.

Según abro la de enfrente, la gata de Finn clava sus ojos en mí. No se ha movido de su lugar en el respaldo del sofá ni deja de seguirme con sus grandes ojos verdes hasta que estoy al otro lado de la chica que le acaricia el cuerpo.

Aún no me ha entrado en la cabeza cómo es posible que el demonio ese y ella puedan llevarse bien.

—Hay una cosa que debes saber —dice Gabriela cuando parecía que iba a darle al botón para continuar reproduciéndola. Está sentada a mi izquierda, el bol con las palomitas entre los dos—. Hablo durante las películas. Mucho.

¿Se supone que tengo que sorprenderme? Desde luego no es algo que me pille de nuevas. Me lo ha demostrado cada día de esta semana que hemos regresado de la oficina en mi coche.

«Hablas todo el rato», quiero decirle, pero me trago las palabras cuando pronuncia la siguiente pregunta con una inseguridad tan palpable en cada sílaba.

—No te importa, ¿no?

Soy de esas personas que no soportan que alguien hable durante las películas. En realidad, si Caleb o Noah o Finn tuviesen que opinar de mi capacidad de tolerar a la gente que casca sin parar dirían, en resumidas cuentas, que no las aguanto.

Más que un hombre de pocas palabras, soy uno de poca batería social. Pero, desde luego, Gabriela tiene la suficiente como para compensar de la que yo carezco.

—No, no me importa.

Por la manera en que sonríe, asumo que mi respuesta le deja más que satisfecha. Vuelve a acomodarse en el asiento y hace que el largometraje se reproduzca desde el minuto dieciséis.

Con la mirada fija en la pantalla, Gabriela hurga en las palomitas justo cuando yo pretendía meter también la mano. Uno de sus dedos roza el dorso de la mía antes de que me lleve un puñado a la boca.

Tres minutos de reloj es lo que tarda en hablar de nuevo.

—Ay, adoro esta parte. —Coloca las piernas en posición de loto y empieza a recrear al tiempo que el personaje del Señor Darcy su diálogo.

Entretenido, sigo más su interpretación que la de los actores. No falla ni una palabra y, para sumarle aún más dramatismo a su ya de por sí melodramática actuación, se lleva la mano al pecho justo antes de terminar.

—¿No has pensado en volverte también actriz? —bromeo.

Su risa es una explosión de burbujas.

—Creo que no es lo mío.

Cojo una inspiración por la boca, con la intención de decirle que, efectivamente, no lo es. Opto por guardarme el «no» que con el que iba a contestar y a pesar de ello, comprende mi gesto.

—Eh. —Me da un manotazo en el hombro—. No lo hago tan mal.

—No, claro que no...

—No sé cuántas veces habré visto esta película. Con Mujercitas , la que dirigió Greta Gerwig, soy incluso peor. Me encanta Florence Pugh y ¿el personaje de Jo interpretado por Saoirse Ronan? Increíble.

—Has dicho que no eres muy cinéfila... —comienzo cuando Orgullo y Prejuicio llega a su fin más de una hora y media después.

Gabriela se gira hacia mí y me observa a través de sus largas pestañas que por poco rozan los cristales de sus gafas.

—Eso he dicho, sí.

—No es que yo me considere cinéfilo como tal, pero hay películas que tienes que ver al menos una vez en la vida. ¿Has visto El Padrino?

Tiene que haberlo hecho. Me sorprendería que...

—No.

Vale, a lo mejor me he ido muy a la clásica de tío promedio.

—¿ La vida es bella ?

—No.

—¿El silencio de los corderos?

Frunce los labios.

Vale, esa tampoco.

—¿ Parque Jurásico ?

—No.

—¿ Top Gun ?

Vuelve a negar con la cabeza.

—Pero tú ¿de dónde ha salido?

Una carcajada borbotea en su pecho.

—Te he avisado… —dice en un intento de defenderse.

—¿ La guerra de las galaxias ? —prosigo.

—Ni una.

—¿Ni una? —cuestiono—. ¿No te has visto ni una?

—Perdona, Ted Mosby...

—¿Has visto Cómo conocí a vuestra madre ? —No puedo evitar enderezarme en el sitio al escucharle referenciar mi serie favorita.

Joder, que estaba viéndola antes de venir aquí.

—Pues claro que he visto Cómo conocí a vuestra madre . Y Friends y Sexo en Nueva York y Big Bang Theory ... He visto todos los clásicos de las series con temporadas infinitas.

—A lo mejor no tienes tan mal gusto...

—Ya te lo dije. —Me devuelve la sonrisa cómplice.

—¿ Forrest Gump ? —prosigo.

—¡Esa sí!

Niego con la cabeza.

Bueno, una afirmativa después de no-sé-cuántas diciendo que no.

Podría ser... ¿Podría ser peor?

—¿ Fast and Furious ?

—Tampoco.

—Por favor, Gabriela. ¿Qué has visto? ¿Disney?

—De hecho, soy muy fan. ¿Cuál es tu favorita? Para mí La Bella y la Bestia es la mejor.

—No lo sé... ¿ El Rey León?

Su rostro se ilumina.

—¿Y si hacemos una lista?

—¿Una lista?

—Sí. Una lista de todas las películas que tengo que ver antes de volver a España. Siempre digo que tengo muchas pendientes y luego no acabo viendo ninguna. Creo que si te digo cuales sí he visto terminaremos antes.

Miento si digo que no me ha pillado completamente desprevenido.

Y aun así, no dudo en estirarme para llegar a la mesa frente a nosotros y atrapar la libreta que utilizan para apuntar la lista de la compra (que siempre es inexistente), la apuestas si hay partido de fútbol, los dichosos juegos cuando Caleb aparece con su trivia y... No sé qué más.

Las hojas están arrugadas y la mitad arrancadas. Hago lo mismo con otra de ellas. Me apoyo en la superficie de madera y escribo con el rotulador que estaba enganchado en las anillas.

—¿Cuándo volvías a España?

—Finales de junio.

En la parte superior escribo: «Películas antes de junio» y apunto los títulos que ya he mencionado .

Estoy terminando de escribir el título de Fast and Furious cuando baja las piernas del sofá y se acerca a mí.

—Eh. —Otea el folio sobre el que estoy escribiendo con el ceño arrugado—. No vamos a ver solo las que tú quieras.

—¿Vamos?

—Sí. ¿Por qué no? Así no puedes negarte a leer Mujercitas . Y desde luego, ese nombre tiene que cambiar. —Señala al título de la lista.

No sé qué es lo que me impulsa a aceptar. No lo entiendo. Se supone que mi cabeza sólo gira alrededor de la empresa y el tema del museo o eso me repito una y otra vez.

Pero el comentario de Caleb… El puñetero comentario de Caleb.

¿No podría haber cerrado la puta boca? ¿Por qué cojones sigo pensando en que me encantaría que fuese cierto?

Porque, sí, joder me llamó la atención en la fiesta en la que nos conocimos en Madrid. No habría dicho de invitarle a otra copa de no ser así. Pero fue en la cafetería, después de que se marchase y tras hablar con esa ausencia de filtro que me di cuenta de que me había causado interés.

Y después de meses en los que me he aislado de todo tipo de distracciones más que algunas fortuitas, me sorprendió así como me jodió saber que lo más probable es que nunca volvería a encontrarme con ella. Cuánto me alegro de haberme equivocado.

Recuerdo que una de mis compañeras me preguntó más tarde al respecto. Dijo que nunca me había visto atender a alguien de ese modo en los cinco meses que llevaba en la cafetería.

Tengo la certeza de que no lo volvió a ver.

—Los sábados Amelie va a cenar a casa de sus padres y creo que es el día en el que Cass tiene el club de escritoras. ¿Estás libre o…?

—Sí. Si quieres empezamos la semana que viene. —Al darme cuenta de la rapidez con la que he contestado, opto por aludir al comentario que ha hecho antes—. Y no he dicho que no puedas sugerir películas. Pero algo me dice que tus elecciones van a ser… Curiosas.

Forma una sonrisa enorme.

Genial. He dado en el puto clavo.

—¿Me dejas el rotulador?

—Creo que voy a arrepentirme de decir que sí.

Se lo doy y se aparta un poco. Antes de ocultar los primeros títulos que decide añadir a la lista de mis ojos, tacha el nombre que he escrito al inicio de la hoja y lo sustituye por «Películas de Locke y Gabi».

Permanece concentrada y en silencio durante varios minutos, frunciendo los labios de tanto en tanto, pensativa y cuando me devuelve el rotulador, no puedo evitar negar con la cabeza.