Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

La mala costumbre de no tener persianas

Locke

Aún no tenemos noticias sobre el museo y tan saturado como estoy tras toda la semana, mi único objetivo es pasar el resto del domingo de esto modo: tumbado en el sofá.

Noah ha salido con unos amigos, por lo que no podemos continuar con la serie que estamos viendo los tres así que Caleb y yo estamos consumiendo de nuevo un clásico. Cómo conocí a vuestra madre .

Un capítulo de la cuarta temporada después, sobre las cinco de la tarde, escucho unos golpes en la puerta principal.

Caleb se levanta del sillón después de pausar la serie en los créditos iniciales. Luke le imita, permitiéndome estirar los pies momentáneamente. No ha tenido otra que ocupar más de la mitad del sofá cuando me he dejado caer en él.

—¡Hola, cosa guapa!

Me incorporo con disimulo al reconocer su voz aunque la haya reproducido de una forma más afinada de lo habitual. Consigo ver unos rizos rubios justo a la altura del dálmata y la cola de este agitándose con ilusión.

—Yo también te veo bien, rubia.

Gabriela suelta una risa antes de devolverle el saludo a Caleb.

—Sí, sí —responde cuando este le pregunta si va todo bien—. Es que Amelie no está, Cass tampoco y se acaba de caer la barra de la cortina. ¿Te importa echarme una mano?

—Lo haría encantado, pero estoy ocupadísimo...

Frunzo el ceño al escucharle.

¿Ver la misma serie por tercera es estar ocupado?

—Pero Locke está disponible. —Se aparta de la puerta y se vuelve en mi dirección. Intenta no sonreír—. ¿A que sí, Sommers?

—Eh... ¿Sí? —Me levanto del sofá—. Hola, Gabriela.

Lleva las gafas puestas y al no haber trenzado su pelo, lo que más resalta de ella es el jaleo de rizos dorados entremezclados unos con otros.

Le llegan casi al ombligo, el cual tiene al descubierto gracias a la camiseta corta que viste en contraposición a los gruesos pantalones de chándal que envuelven sus piernas.

—Hola, Locke.

—¿Qué necesitas?

—Estaba viendo una película y... —empieza a decir antes de entrar al piso.

Según cruzamos la puerta, me encuentro con Whiskey durmiendo sobre el respaldo del sofá. Mis ojos se mueven por la estancia y acaban sobre la cortina que hay en el suelo.

La señala como mera explicación.

—Me habría esperado, pero es que da el reflejo del sol en la televisión y no veo. Tenéis la mala costumbre de no tener persianas y… He intentado arreglarla, pero tampoco llego.

Hay un taburete justo delante de la ventana. Me causa gracia que, a pesar de haberse subido en él, no alcance el soporte de la cortina.

Lo cierto es que la altura no es el fuerte de Gabriela. No sé cuánto medirá, pero creo que le saco como mínimo, unos humildes treinta centímetros.

—¿Qué estabas viendo? —me intereso mientras me acerco para coger la barra del suelo.

— Orgullo y prejuicio .

Le lanzo un vistazo.

No sé por qué me sorprende.

—¿Qué pasa? —inquiere—. Es un peliculón.

—Muy original —respondo con sarcasmo.

—No tiene por qué ser original para que puedas disfrutarlo.

—Eso no puedo negártelo.

Me subo en el taburete y alzo los brazos para colocar la cortina.

Me doy cuenta de que el soporte se ha desatornillado y va a ser imposible volver a colocar la barra sin antes reintroducir los tornillos en su sitio.

Chasqueo la lengua.

—Esto se ha roto. Voy a ver si tenemos algo en el piso para arreglarla. Dame un momento. —Dejo la barra en el suelo y regreso sobre mis pasos—. ¿La bolsa de las herramientas está donde siempre?

—¿Vas a sacar la de hacerte el manitas? —Caleb alza la vista de la pantalla de su móvil nada más abro la puerta.

Pongo los ojos en blanco. No me molesto en responder. Esto ha sido cosa suya. Él mismo podría haber ido al piso y solucionar lo de la cortina.

Llego hasta el armario bajo el fregadero, lo abro y encuentro el maletín de tela.

—Creo recordar que te pareció guapa... —continúa arrastrando las palabras mientras busco un destornillador de estrella—. Y a diferencia de cuando os conocisteis ahora está soltera...

—¿Y? —pregunto en un tono impasible a pesar de ser consciente de cuál es su intención con esta conversación.

—Ah, no sé. Eres tú el que hace dos días volvió a ir a un viernes de pizza después de no haberlo hecho hasta que ella lo sugirió y... Ah, sí. Cambiado el horario de su jornada para que coincidáis.

Eso no es del todo cierto.

Bueno, sí lo es.

Ahora, en vez de ir por las mañanas a la oficina, voy por las tardes.

Y tiene dos simples razones; la primera siendo que me he dado cuenta de que rindo mejor en lo que se refiere a la universidad por la mañana y la segunda, que las reuniones son siempre por la tarde y tengo muchas de esas; demasiadas, quizá.

Aunque, ¿es verdad que llevo los últimos días con la sensación de ser un crío de quince años que tan pronto como finalizan las clases está deseando que llegue el siguiente para cruzar, al menos, una simple mirada con Gabriela?

Puede.

¿Voy a decirle eso a Caleb?

Ni de puta coña.

Suficiente que ni siquiera yo mismo comprendo por qué cojones llevo casi una semana así.

Creo que empezó el lunes cuando al poco de regresar a casa llegó una notificación a mi móvil. Molesto, encendí el trasto para ponerlo en silencio, pero no era un correo de la empresa; era una notificación de Instagram.

Una tal _gabidances.14 había comenzado a seguir mi cuenta. Apenas utilizo mis redes sociales y a pesar de eso, desbloqueé el teléfono y le seguí de vuelta y, bueno... Me pasé un rato curioseando sus publicaciones.

Sí, eso mismo que me obligué a no hacer cuando me enseñó el puto vídeo con la canción de Britney Spears.

La mayoría eran vídeos bailando con más gente.

En pocas sale ella sola, pero fueron en esa minoría en las que más tiempo me detuve.

En una de ellas salía mirando a la cámara y había tal sonrisa en sus labios que, junto a sus rizos rubios, brindaba más luz a la imagen de la que por sí parece ofrecer su rostro.

—No tengo ni idea de que estás hablando. —Retrocedo sobre mis pasos en dirección a la puerta.

—Bueno, pues ella me ha dicho que le pareces un chico interesante... Y que le gustaría conocerte más y…

Me detengo en seco y clavo los ojos en mi mejor amigo con lo que creo que es ilusión.

Caleb suelta una carcajada y se deja caer en el respaldo del sofá, descojonándose de mi reacción delante de mis narices.

Oh, joder.

—Vete a la mierda —escupo en una especie de ladrido antes de volver a salir del piso.

—Y ¿cuál dices que es tu película favorita, Don Orgullo y Prejuicio Es Muy Poco Original? —pregunta Gabriela mientras acaricia a la gata de Finn.

Mis labios se fruncen en una mueca parecida a una sonrisa.

— El Club de la Lucha —respondo después de subirme al taburete.

—Hablando de originalidad...

—¿No has dicho que no tenía que ser original para poder disfrutarla? —Hago girar el destornillador y comienzo a unir el soporte con la pared.

—Eso he dicho, sí.

—La has visto, ¿no? —Termino de enroscar el segundo tornillo.

Gabriela no responde.

No me lo puedo creer.

—¿Cómo es posible que no la hayas visto? —Me vuelvo hacia ella   cuando me agacho para coger la barra.

Ha apretado los labios en una línea fina.

—No soy muy cinéfila, que se diga.

—Eso no es una excusa.

—Soy más de libros.

—Lo sé.

Desde que comenzó a hablar de ello en el coche no dejó de hacerlo hasta llegar al edificio. Me sorprendió tanto darme cuenta de que podría haberle escuchado hablar durante mucho más tiempo.

Hablaba con tal entusiasmo que llegué incluso a quedarme con las ganas de saber todas esas cosas que no dijo pero que sé, pensó.

Fue gracioso ver la expresión que adoptó su rostro al darse cuenta de que ya había aparcado y ella seguía a lo suyo.

—Déjame adivinar, Orgullo y Prejuicio es tu libro favorito.

No dijo nada sobre tener uno, pero estoy convencido de que lo tiene. Y, además, por la película que está viendo, algo me dice que no voy mal encaminado.

—Pues no, listo. Mi libro favorito es Mujercitas . Y no puedes juzgarlo sin haberlo leído —determina.

—¿Por qué asumes que no lo he leído?

—¿Lo has hecho?

—No.

Pone los ojos en blanco, pero no se molesta en camuflar la sonrisa.

—Que sepas que te pierdes una de las mejores novelas de la historia —dice, decidida.

—Te pasa lo mismo a ti con El Club de la Lucha .

—No tienen nada que ver uno con lo otro.

—¿Y qué? Un día haré que veas esa película en vez de tu muy original Orgullo y Prejuicio —pronuncio sin detenerme a pensar.

Parece sorprenderse, pero asiente, cosa que me sorprende a mí.

¿Será verdad lo que ha dicho Caleb…?

No, menuda gilipollez. Solo estaba vacilándome.

Me bajo por última vez de la banqueta después de haber colocado la barra sobre el soporte. Acomodo la cortina, ocultando así los últimos rayos de sol del día.

—A cambio de que leas Mujercitas , —dice según me acerco a ella—me comprometo a ver El Club de la Lucha .

—Hecho. —Envuelvo su mano en la mía cuando me la ofrece.

Con la luz que baña el salón y gracias a la ausencia de maquillaje en su rostro, puedo admirar sus pecas con claridad igual que el color miel de su iris.

Gabriela tiene los labios carnosos, las mejillas redondeadas y un hoyuelo a cada lado de ellas cuando sonríe. Su nariz es similar, respingona y abotona junto a las cejas gruesas y más oscuras que su pelo dorado.

—¿Quieres quedarte a ver la película? Solo he visto los primeros quince minutos —sugiere y me saca del ensimismamiento.

Al mismo tiempo, me percato de que su mano sigue envuelta por la mía. La suelto y con disimulo la llevo a mi nuca.

Dirijo mi atención a la pantalla de la televisión. El título se ve en la escena pausada. Vuelvo a mirar a Gabriela. Dudo. Podría negarme y volver al piso. Lo más seguro es que Caleb esté esperando a que regrese para continuar viendo la serie.

Pero, por algún motivo, ya no tengo interés alguno a pesar de que estemos viendo mi temporada favorita.

—Dejo esto y vuelvo.

—¿Te apetecen palomitas? —le escucho decir cuando ya me he dado la vuelta—. Y antes de que preguntes, saladas. Palomitas saladas.