CAPITULO 12 #4
—Porque... —No hay respuesta posible que vaya a sacarme de este aprieto sin que se ría aún más a mi costa—.
Tengo gustos muy variados, ¿vale? Leer es, junto al baile, de las cosas que más disfruto hacer.
A veces me entristece pensar en toda esa gente que no lee; todas las vidas que se pierden.
Creo que es uno de los motivos por los que me gusta tanto.
Me hace sentir menos sola. Menos aislada.
Te aseguro que es igual que tener un cine personal, en serio; cuando leo no veo letras, tengo una pantalla aquí, en el centro de mi mente. ¿Tú lees?
—No —responde—. Pero no porque no me guste. Solía leer y perdí la costumbre y las veces que lo he intentado, si el libro no me ha enganchado desde el principio no he seguido.
—Bueno, pero ¡en eso te puedo ayudar yo!
Cuando vuelvo a abrir la boca, creo que ambos somos conscientes de que no hay vuelta atrás. Me enredo en una espiral de datos sobre mis libros y autoras favoritas y según sus respuestas voy haciendo una lista mental de posibles lecturas que podría recomendarle.
Le hablo de mis géneros favoritos, de que comencé a leer libros de fanfiction cuando apenas tenía doce años y consigo arrancarle una sonrisa.
También le digo que leo desde narrativa romántica hasta thrillers, fantasía épica o, uno de los géneros a los que más me he aficionado en los últimos meses, fantasía romántica.
—Ubicas a Cass, ¿verdad?
—¿A la pelirroja? Sí, le conocí el viernes.
—Pues es escritora y ¡a la tía se le da de lujo! Terminé el libro que tiene publicado a los tres días de empezarlo. Ahora está escribiendo el que le sucede, aunque me ha dicho que tiene como cuatro proyectos más planeados. ¡Con diecinueve años, Locke! ¡Habiendo escrito el primero a los diecisiete!
Sus ojos están fijos sobre mí, entretenidos.
Me desconcierta una barbaridad que parezca tener tantas ganas de escucharme, pero no puedo dejar de hablar. Me está escuchando.
—Me encanta como escribe —prosigo—. Y aún más ver cómo se emociona cuando se lo hago saber.
Y, sobre todo, que se haya lanzado a publicar de manera independiente.
Es que, ¿cómo no iba a fascinarme ser amiga de una escritora?
Hablar con ella de libros o intentar que me dé alguna pista del próximo proyecto o... Anda, ya hemos llegado.
No me he dado cuenta de que me miraba porque ha apagado el motor. ¿Cuánto tiempo llevo hablando desde que ha aparcado? Oh, jolín, ni siquiera me he dado cuenta de que hemos entrado en el garaje subterráneo. Seguro que solo fingía escucharme porque no sabía cómo cortar mi discurso interminable.
—Perdona. Es que me encanta hablar, sobre todo de libros y... ¿Ves? Da igual.
—No me pidas perdón. —Desabrocha su respectivo cinturón—. A mí también me gusta hablar contigo.
Su comentario hace que sienta algo de calor en el pecho y que el latido agitado en este se ralentice sutilmente. Formo una pequeña sonrisa. Miento si digo que no me reconforta saber que mis palabras no abandonan mi boca en vano.
Quizá haya pretendido que me ha escuchado y en realidad, si ahora vuelvo a preguntarle por lo que he estado diciendo, no se acuerda de la mitad. No pasa nada. No quiero ser una molestia.
Al menos no me ha pedido que me calle.
Me cubro el pelo con la capucha del abrigo según salgo del coche porque, una vez más, se me ha olvidado coger el paraguas. Estoy deseando que llegue enero para que nieve.
Es él quien abre la puerta del portal y la sujeta para que pueda pasar. Y, al igual que el viernes, no me atrevo a objetar cuando se mete en el ascensor. Una vez se cierran las puertas, suelta un suspiro exhausto.
Le oteo de manera disimulada mientras desabrocha el primer botón de la camisa. Llama mi atención el colgante color plata que cuelga de su cuello.
El ascensor se frena en seco después de realizar un ruido mecánico y tambalearse. Me giro, sobresaltada, hacia el chico a mi lado que, a diferencia de mí, no se ha inmutado, demasiado ocupado en aflojarse el nudo de la corbata.
—Locke, el ascensor —trastabillo con agitación.
—Suele fallar, no pasa nada —responde con calma.
—Eso ya lo sé —farfullo y acentúo el agarre que no sabía que había formado alrededor de su brazo.
Su atención se posa en mi rostro y la expresión del suyo cambia .
—¿Te dan miedo?
—Más o menos —admito con vergüenza.
—¿Por qué no me lo has dicho? Habríamos subido andando.
—Yo... —«No quería que pensaras que soy infantil por tenerle pavor a los ascensores, ni inmadura ni nada por el estilo»—. Tengo agujetas —miento.
Menos de diez segundos después estamos ascendiendo de nuevo y nada más las puertas se abren, salgo prácticamente corriendo.
—Gracias por... —Niego con la cabeza antes de continuar.
«Gracias por dejar que me agarre a tu brazo como si eso fuese a evitar que cayéramos en picado hasta el piso más bajo del edificio y muriéramos aplastados».
Porque eso tiene mucho sentido, sí, señor. Y para nada dramático.
—Traerme... —concluyo—. Gracias por traerme.
—De nada. Lo más seguro es que salga a la misma hora que tú de aquí en adelante, así que cuenta con que te acerque yo.
—¿De verdad?
—Mmmh.
—Gracias. —Pesco las llaves del bolsillo más pequeño de la mochila y ensarto una de ellas en la cerradura—. Buenas noches, Locke.
—Buenas noches, Gabriela.