CAPITULO 12 #3
—Guau —murmuro. Las pocas veces que hemos conversado nunca hemos hablado de él, al menos no como de mí y, siendo honesta, no me esperaba esto para nada—. Nunca lo habría asociado contigo. Te pega algo distinto.
—¿Algo distinto? ¿Cómo qué?
—Como... Ser de esos que van al gimnasio siete días a la semana.
—¿Es tu forma de decirme que estoy bueno?
La respuesta que ni había pensado se atasca en mi garganta.
—Eh. Yo no he... O sea, sí que lo estás... Quiero decir, no. O sea... Madre mía. ¿Sabes qué? —Me llevo las manos a la cara—. Déjalo.
—Gracias, Gabriela. Siempre viene bien que te suban el ego. —Su tono está plasmado de cachondeo—. Pero solo voy cinco días —puntualiza.
—Oh, claro —ironizo. Lo único que deseo ahora mismo es o bien llegar al piso y poder salir de este coche o que el asiento me trague y escupa muy, muy lejos—. Perdona…
«Solo cinco días»
¿Es que no le faltan horas a su rutina? Yo acudo a la academia cinco de siete días, pero según me comentó él estudia, trabaja, tiene un perro al que cuidar, ahora sé que va al gimnasio cinco veces por semana… ¿Cómo va a hacer todo eso en tan solo veinticuatro horas?
—¿Locke?
—¿Mmmh?
—¿Por qué has vuelto a Bruselas, realmente?
No responde de inmediato y tampoco me pasa desapercibido cómo su agarre en la palanca de cambios se acentúa.
Temo haberle molestado. Quizá no debería haber preguntado. Pero las veces que hemos coincidido nunca me ha dado detalles de nada. En realidad, se limita a escucharme y no quiero pensar que estoy hablando demasiado sin detenerme a saber qué tiene por decir.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque no has estado viniendo al piso durante estas semanas más que el viernes pasado y fue porque coincidimos en la empresa, si no, te habrías ido a tu piso.
—Estoy ocupado.
—Precisamente por eso. Créeme que sé lo que es que a tu día le falten horas.
—¿Por qué te preocupas? —Me lanza una mirada que me hace pensar que le he leído los pensamientos y no está muy conforme con ello.
—Porque me caes bien —reconozco—. Y me gusta hablar contigo.
—No me conoces.
—No te preocupó eso para invitarme a una copa. O a un café al día siguiente... Bueno, a no ser que sea algo recurrente en... ¿Me vas a decir que no has ligado con más clientas en la cafetería? —cuestiono cuando pasa a observarme entre escéptico e incrédulo.
—Gabriela, no hace falta que des rodeos. Si quieres que nos tomemos ese café, solo tienes que decírmelo.
—Pero, ¿tú…? —articulo, boquiabierta.
Acto seguido, me guiña un ojo con sorna. No necesito más para confirmar el pensamiento que he tenido estando en el despacho; Locke sabe que es guapo y sabe también que me lo parece a mí.
Por Dios, tengo las mejillas ardiendo. ¿Cómo voy a disimular así?
A este ritmo voy a optar por tirarme del coche en marcha y no esperar a que el asiento me absorba.
—El caso es —continúo, más acelerada—, que yo no estoy aquí únicamente por la beca.
—¿Entonces?
—Si me cuentas porque has regresado, te cuento mi razón.
—Es la empresa de mi familia —pronucnia al cabo de unos segundos y tras un suspiro que me da la sensación de ser resignado—. Mi padre iba a retirarse, yo tengo algunas cosas pendientes por resolver aquí y..., eso es todo.
—¿Es lo que quieres? —pronuncio antes de poder pensar en lo que implica mi pregunta. No sé de dónde ha salido ese pensamiento. Quizá tiene que ver con el muchísimo tiempo que le consume o lo incómodo que le he visto compartiendo espacio con su hermano.
—Es lo que debo hacer.
—Pero ¿es lo que quieres?
—¿Por qué estás tú en Bruselas, Gabriela?
—La beca.
—¿Tan solo por la beca?
Frunzo los labios, molesta de que haya sabido determinar con tanta facilidad que no es solo por la beca.
—Necesitaba alejarme de él —confieso en una especie de mordisco con la vista clavada en la carretera que se extiende frente a nosotros—. Y sé que vas a pensar que soy estúpida porque es la mayor oportunidad que he tenido hasta ahora en mi carrera como bailarina, pero...
—No pienso que seas estúpida —me interrumpe.
Me muerdo el interior de la mejilla.
Por mucho que diga que no, sé que suena ridículo decir que me he marchado de mi país natal impulsada por el sentimiento desesperado de tener control sobre mí. Estoy viviendo la oportunidad más grande de mi carrera y parece no ser suficiente .
Hasta el viernes, había mantenido su recuerdo oculto bajo una bruma de odio. Ahora sé que no soy capaz de odiarle. ¿Cómo voy a odiar a alguien de quien estuve..., enamorada?
Enamorada . Me parece una palabra tan grande.
¿Lo estuve, alguna vez? Yo afirmaba estar colada hasta las trancas de Iván; que los nervios que se apoderaban de mi cuerpo al verle, las cosquillas que sentía en la punta de los dedos por querer tocarle, eran todo signos de eso.
Creo haberme dado cuenta un poco tarde de que estaba equivocada. Porque todo lo que he sentido, no desde el viernes sino antes, ha sido eso; vacío.
Es un sentimiento de lo más extraño; decir que una se siente vacía cuando la realidad es que está tan llena de una vida que quiere pero no sabe de qué manera aprovechar.
No es hasta ahora que he empezado a considerar la idea de que, en el intento de convencerme de que le quería, he dejado de quererme a mí.
—¿Qué te gusta hacer aparte de bailar? —La voz de Locke me devuelve a la realidad. No es más que un intento de alejar la incomodidad que ha conquistado el interior del coche.
—Me gusta leer. Mucho.
—¿Qué sueles leer?
—Pues... —Jugueteo con la punta de mi trenza—. Romance y tal.
—¿Romance y tal? ¿Esa es tu forma de referirte a las novelas con escenas guarras?
—¡Locke! —Una carcajada incrédula brota de mí. Me cubro la boca con la mano—. No son libros con escenas guarras.
Bueno, puede que sí lo sean..., algunos...
Pero no pienso reconocérselo.
—¿Por qué te has puesto nerviosa si no lo son?