Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPITULO 12 #2
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CAPITULO 12 #2

No tengo muy claro si sigue enfadado por la conversación con su hermano. Y, desde luego, no quiero despertar ese mal genio que todos sus amigos han asegurado que tiene.

—No pretendía... Lo siento. Simplemente, no quiero molestarte mientras trasteo por...

—No me molestas — responde, calmado, sus intensos y cautos verdes todavía sobre los míos—. ¿Te molesto yo si me quedo aquí?

«Sí».

—No —contesto antes de darme de nuevo la vuelta en dirección al carrito para sacar de una vez por todas uno de los productos e intentar disimular el repaso que acabo de pegarle.

Pero es que se ve tan bien así; serio, despreocupado, seguro de sí mismo. Locke es de esas personas que llenan la sala al completo con su presencia. No sé cómo explicarlo… Es…

Por favor. Mi obsesión con los libros de romance me está pasando factura.

Trago saliva y me obligo a no mirarle según rodeo el escritorio para cambiar la bolsa de basura que hay en la papelera de debajo.

—¿Cómo estás? —le escucho preguntar.

Mis manos se detienen a medio camino y me saltan las alarmas.

Oh, no.

Que no me pregunte por el viernes.

Que no se haya quedado para preguntarme por el viernes.

Por favor, por favor, por favor.

—Bien —respondo sin entrar en más detalle. Termino de colocar la bolsa y me incorporo.

Locke se ha apoyado en el borde del escritorio y cruzado de brazos.

Necesito alzar la barbilla para poder encontrarme con su mirada.

—¿Y tú?

—Bien, también.

—Me alegro. —Trago saliva una vez más. Soy incapaz de obviar que la tela de la camisa se ha tensado y ahora sus brazos se marcan más.

Oye, qué hace calor en este despacho, eh...

Sus ojos me abrasan la espalda mientras regreso al carrito para dejar la bolsa llena y coger el trapo y producto para limpiar los muebles.

Pienso en soltar lo primero que se pase por la cabeza para dar comienzo a una conversación que evite este silencio incómodo y, ante todo, no incluya la mención a esa noche, pero no consigo formar nada antes de que Locke pregunte:

—¿Qué te pasaba el viernes?

Cierro los ojos y aprieto los labios, tomando una inspiración.

Directo y al grano. Di que sí.

—¿A mí? —Le echo un vistazo rápido sobre mi hombro como quien no quiere la cosa—. No me pasaba nada.

—Gabriela, estabas llorando —repone.

—Está olvidado, Locke —le aseguro, por mucho que sea mentira—. De verdad, estoy bien…

—¿Quién fue?

Mi intención de llegar a la estantería colocada en la esquina detrás del escritorio se ve interrumpida por su comentario.

—¿Qué? —Me vuelvo, dubitativa, hacia él. He debido escucharle mal. No puede ser que me haya preguntado...

—¿Quién te hizo sentir así, Gabriela?

Sí, definitivamente voy a culpar a los libros de romance.

Boqueo, en busca de una respuesta.

Su ceja se alza un poco más y suelto un suspiro derrotado.

—Hablé con mi exnovio por teléfono y digamos que... No salió muy bien. Pero ya está. Igual que te dije el viernes y te acabo de decir ahora, lo solucioné.

Locke ladea con ligereza la cabeza hacia la derecha. Es un movimiento sutil, pero sé que pretende descifrar si estoy siendo sincera o no.

Por supuesto que no hay nada solucionado, pero no voy a aburrirle con mis comeduras de tarro una vez más. Suficiente le di el tostón aquel día en la cafetería sin necesidad alguna.

—He pedido un uniforme nuevo —trastabillo en un intento torpe de reducir la tensión que nos ha envuelto—, pero la siguiente talla de pantalones me venía grande y he tenido que quedarme con estos.

Me da la sensación de que una sonrisa quiere aparecer en su boca.

Es mi turno de alzar las cejas.

—¿Qué? —cuestiono.

—No, nada... —Se pasa la mano por la mandíbula y el atisbo de gracia que había en sus labios desaparece—. Te llevo al piso después.

—Mi turno termina a las nueve. No hace falta que me esperes.

—Saldré sobre esa hora.

Murmuro un «vale» y le doy las gracias algo descolocada porque, como el viernes, no se ha detenido a preguntar.

Quiero decir; no tengo problema en regresar en bus, pero...

Agh, ¿a quién quiero engañar diciendo que el otro día no preferí que me llevase en su coche?

Cuando pretendo reanudar los pasos hacia la estantería, la punta de mi deportiva se engancha con la canaleta que recubre los cables a los que está enchufado el ordenador y a saber qué más cosas y doy un traspié.

Sus manos están sobre mi cintura antes de siquiera poder hacer el amago de recuperar el equilibrio por mis propios medios. Me enderezo, apoyo las manos sobre las suyas y mi culo se choca de lleno con sus caderas.

—Cuidado, bailarina.

Su inesperada broma me arranca una risa nerviosa.

Se me hace imposible ignorar un segundo más el hecho de que estoy acelerada, que él tiene la culpa de ello y con esto se me ha frenetizado el pulso todavía más.

—Perdona. —Me giro hacia él. Me acomodo el uniforme con torpeza y él hace lo mismo con su camisa. Me siento tan ridícula. Con cada oportunidad que tengo de lucir menos patética me aseguro de desaprovecharla con creces.

—Alguna que otra vez me he tropezado con eso yo también —dice con un tono afable.

—Bueno, al menos no llevaba una copa en la mano —bromeo.

—No, supongo que no. —Locke frunce los labios y, a diferencia de antes, eso sí que se asemeja más a una especie de sonrisa—. ¿Acabas de reconocer que quien tiró el cubata fuiste tú? ¿O ha sido cosa mía?

Boqueo, sin esperarme esa contestación.

La expresión divertida en sus labios aumenta y por poco se refleja también en sus ojos. Su ceja se alza, retándome a que responda.

—No —determino—. Fuiste tú. Las dos veces.

—¿Las dos veces?

—Mmmh —aseguro, convencida—. Aunque, también te digo, me dolió más la primera; ya te dije que no creo que el vodka con refresco de limón sea la gran cosa.

—Me mantengo en que tengo buen gusto.

—Déjame que dude de eso.

—Yo no tengo ninguna duda —murmura y de pronto, tengo la sensación de que ya no estamos hablando de cubatas.

¿No se ha vuelto el despacho más pequeño de un momento a otro?

Hizo un comentario similar aquella noche. Creo recordar que algo parecido a que, precisamente porque me estaba ofreciendo otra copa a mí, mal gusto no tenía.

Los recuerdos de lo que ocurrió escasos minutos después me devuelven de golpe a la realidad. Mi corazón da un rebote acelerado y me obligo a centrarme en el trabajo que tengo pendiente.

—Bueno..., yo... Voy a seguir. —Doy un paso hacia atrás. Hago un gesto con las manos para señalar la estantería a la que pretendía llegar.

Me centro en cumplir con mi deber lo más rápido posible, aprovechando que Locke ha tenido que responder una llamada para no volver a enredarnos conversando. Lo que se me antoja una eternidad después, empujo el carrito para abandonar el cubículo de una vez por todas.

—Te espero en el coche —me hace saber desde la silla frente a su escritorio—. Lo he aparcado en la calle de enfrente.

Asiento ya con la mano en el pomo.

—Hasta ahora. —Fuerzo una pequeña sonrisa.

Entre el imán que parecen tener mis ojos hacia su figura, lo bien que huele y el ridículo que acabo de hacer... Esto no tiene ningún sentido. Ninguno. Debo tener la cabeza aturdida. ¿Por qué me he puesto tan nerviosa? Ni que fuera la primera vez que hablamos.

Creo que necesito que me dé el aire .

Lo que sí que tengo claro es que Locke sabe que es atractivo. Y no hay nada peor que un hombre que es consciente de ello y que, encima de todo, sabe que tiene la capacidad de acelerarme el pulso.

◆◆◆

Son las 21.12h cuando finalizo mi trabajo del día.

Al salir del cuarto de limpieza, camino hacia el exterior del edificio con un nerviosismo extraño arremolinado en la boca de mi estómago.

Una pequeña parte de mí no ha podido dejar de pensar en la posibilidad de que se haya marchado al ver que me retrasaba en aparecer y yo esté aquí, buscándole en vano.

Tan pronto como bajo los escalones que dan comienzo al edificio y miro a mi alrededor, escucho un motor arrancar, las luces de un vehículo encenderse y entonces, le veo a él en su modesto coche.

No sé cuánta pasta debe tener pero sé que no es poca.

—¿Han subido las visualizaciones del vídeo que me enseñaste? —pregunta antes de que haya terminado de acomodarme en el asiento.

El nudo en mi garganta es automático.

Intento deshacerlo tragando saliva. Es inútil.

—No lo sé. —Engancho la clavija del cinturón y echo mano al bolsillo de mi abrigo.

Lo cierto es que no me he atrevido a mirarlo desde el viernes, pero su repentino interés hace al mío burbujear.

Entro en la red social y antes siquiera de clicar en el apartado de notificaciones, aparece una burbujita señalizando una cantidad desorbitada de «Me gustas».

—¡Madre mía! Locke, ¡tiene casi cuatro millones de reproducciones! ¡Qué fuerte! ¡Mira! Ah, no claro, estás conduciendo. Qué idiota.

Aprovecha la pausa de un semáforo en rojo para centrarse en la pantalla de mi teléfono. El vídeo se reproduce sin el sonido y es gracias a eso que puedo escucharle coger aire con más fuerza.

—¿Qué pasa? —Le lanzo una mirada curiosa y extrañada a partes iguales.

—No, nada... Es que te ves muy bien. Genial, en realidad. —Alza la barbilla y nuestros ojos se encuentras—. Quiero decir... —Carraspea, se encoge de hombros y recupera el movimiento del coche nada más la luz del semáforo pasa a ser ámbar—. Que se te da muy bien. Se nota que te gusta.

Los engranajes de mi cerebro tardan un par de segundos en volver a funcionar.

—Es como si todo a mi alrededor desapareciese, aunque baile siempre en grupo —pronuncio en un pensamiento en alto—. Hay momentos en los que solo estoy yo, la música y el espejo frente a mí. ¿Hay algo que te haga sentir así?

—Bueno, es... —Uno de los intermitentes suena cuando cambia de carril durante el silencio que alarga hasta formar su respuesta—. Dibujar.

—¿Dibujas? —pregunto con genuina sorpresa.

Me da la sensación de que se arrepiente al instante de haberlo dicho. Lo confirmo cuando añade:

—Olvídalo. Hace mucho que no lo hago. No tengo tiempo.