CAPITULO 12
Romance y tal
Gabi
Pestañeo con parsimonia. La luz que entra por los agujeros de la persiana me permite distinguir los muebles que conforman la habitación.
Me froto los ojos con el dorso de la mano y me recreo un poco más en la sensación tan agradable que abraza mi cuerpo.
Hacía tanto tiempo que no dormía así de bien.
Me percato entonces de que lo que cubre mi desnudez de estar expuesta al completo son unas bragas de encaje de color negro. No sé en qué momento me desprendí de la ropa; quizá me dio calor a mitad la noche.
Me vuelvo con lentitud hacia el interior de la cama y ese adormecimiento que me protagonizaba desaparece.
Está aquí. Conmigo.
Duerme sobre su pecho con su rostro en mi dirección y respira tranquilo, emanando una sensación de paz en sintonía con sus rasgos dulces; su nariz y labios finos, su pelo rubio y rizado hecho un jaleo de mechones idéntico al mío.
Me cuesta no sonreír.
Está aquí, conmigo , por primera vez.
Sin poder remediarlo, me acerco un poco más.
Su brazo, escondido hasta la mitad de la almohada queda pegado al mío.
Acaricio el lateral de su rostro con la yema de mis dedos.
Se remueve. Un instante después puedo apreciar sus ojos azules.
Pestañea, lento, acostumbrándose a la luz.
Es desconcierto lo que los tiñe sin previo aviso.
Sobresaltado, se incorpora en el colchón, como si no supiese dónde está.
—¿Qué pasa? —cuestiono, enderezándome. Mantengo la sábana contra mi pecho.
—¿Qué hago aquí? —Clava sus ojos en los míos y al atisbar el claro arrepentimiento en su estado más crudo, mi corazón se tropieza.
—Has dormido aquí... Con... Conmigo. ¿Qué pasa? —Intento acercarme, pero se levanta de la cama sin permitirme llegar a rozarle.
—No tendría que haber venido —escupe. Comienza a vestirse tras recuperar sus calzoncillos, olvidados en el suelo a los pies de mi cama. Tarda poco en colocarse los pantalones y menos aún en deslizar los brazos por el hueco de su camiseta.
—¿De qué estás hablando? —No encuentro nada con lo que cubrirme y de un tirón termino de separar la sábana de la cama. Me envuelvo en ella, igual de nerviosa que el chico delante de mí—. ¿Iván? —insisto cuando no me presta atención.
—¿Es que no lo entiendes? No tendría que haber venido. Si se entera... —Guarda su cartera en el bolsillo de su pantalón y le echa un vistazo a la pantalla de su móvil—. Joder —masculla.
—¿Si se entera quién? —Mi expresión confundida se acentúa. No comprendo una sola palabra de lo que está diciendo.
—Olvídalo, ¿vale? —Se encamina hacia la entrada—. Ya te llamaré y... Oh, joder. Puedo explicártelo —pronuncia en dirección a la puerta de mi cuarto.
Completa y absurdamente desconcertada, sigo su línea de visión.
Me quedo paralizada.
La temperatura de mi cuerpo desciende en picado.
Estoy en el umbral de la puerta, con los ojos llenos de lágrimas y negando con la cabeza mientras Iván me mira; a ella, a la Gabi que pretende creer que lo está viendo no es real.
No lo comprendo. No entiendo que está sucediendo.
Yo estoy aquí .
La chica con la melena de rizos dorada desaparece en un abrir y cerrar de ojos y él no duda en seguirla, dejándome a mí atrás.
—Gabri, espera —pronuncia.
La súplica se escucha lejana.
Estoy a punto de seguirle, pero cuando me topo con mi reflejo en el espejo que cuelga de la pared, me veo incapaz de avanzar un paso más.
Tengo el pelo liso, negro como el azabache, las cejas finas y soy alta y delgada y mis ojos son dos mares iluminados por el amanecer de un día sombrío.
Soy... Melissa.
Me toco las facciones con desconcierto.
Esto no es real.
Esto no es real .
Esto no puede ser real.
Con una bocanada de aire atropellada, me incorporo en la cama.
La luz del sol se clava sin piedad en mis ojos.
Parpadeo, incómoda.
Me levanto con la irremediable necesidad de comprobar que nada de esto ha sido cierto y me planto frente al espejo.
Soy yo; con mi pelo rubio enredado tras el movimiento a lo largo de la noche, mis cejas más oscuras en comparación y ojos marrones junto a mis pecas y ojeras y piernas gruesas y no tan alta altura.
No ha sido real. Ha sido solo un sueño.
Tan solo ha sido un sueño.
Aquí ni siquiera hay persianas.
◆◆◆
Las puertas del ascensor se abren en la decimotercera planta de la SommeWhat Company un lunes de mediados de noviembre, lluvioso, frío y oscuro dadas ya las siete de la tarde.
Exhalo todo el aire que retenía en los pulmones antes de echar a andar mientras empujo el carrito de limpieza. Apenas quedan empleados en traje a esta hora y los pocos que restan están a escasos minutos de marcharse.
Distingo una melena larga, ondulada e igual de oscura que el café a través de los cristales de la sala de reuniones. Harriet, mi compañera y ahora amiga de la empresa, ya está ocupada reorganizándola tras el mitin que acaba de tener lugar.
—Hola, Gabi. —Me sonríe nada más reparar en mi presencia.
Me saca unos cuantos centímetros de altura, pero al igual que yo, tiene un cuerpo curvilíneo aunque protagonizado por el contraste entre su piel acaramelada y manchas de despigmentación a causa del vitíligo que le acompaña. En su rostro y manos, es donde más se aprecia.
—Hola, Harriet. Me alegro de verte.
Nuestra conversación no tarda en surgir. Me habla de su novio, un chico llamado Holden y la película que ayer fueron a ver al cine. Comparten grupo de amigos y a pesar de que llevan gustándose años, no fue hasta hace unos seis meses que decidieron oficializarlo.
—¿Y tú? —Acomoda una de las sillas bajo el borde de la gran mesa que ocupa el centro de la sala—. ¿Qué tal el fin de semana?
—¿Yo…? —Me encojo de hombros—. Bien, sí; tranquilo. Nada interesante.
Lo cierto es que lo he pasado recreando la conversación con Iván una y otra y otra vez. En la academia, a la hora de la comida, cuando salí con Cass y Amelie en un intento de despejarme, en la ducha, al acostarme. Cada minuto ha estado ocupado por el recuerdo de su voz tintineando en mi conciencia.
Lo peor de todo es que me lo he buscado yo sola. Es culpa mía por haber marcado esa dichosa llamada.
No debería haberlo hecho. Debería haber ignorado al completo el comentario, pero no lo hice y ahora el recuerdo de sus insultos parece haber ensuciado mi piel y ser la sombra que me sigue a cada paso que doy desde que regresé de la azotea.
Una media hora después, me toca ir al despacho de Marc Sommers.
Es igual de grande que el salón del piso que comparto con Amelie —y para finales de semana de forma oficial con Cass—, y está secundado por dos cubículos idénticos.
Es el lugar de trabajo de los otros dos propietarios.
El de la izquierda, el de Locke, siempre está vacío.
Sé que es el suyo no por nada, sino porque el de la derecha es el de Lars.
En la nueva Sherlock Holmes voy a convertirme con esta habilidad que tengo de hilar información, eh.
A diferencia de otros días, gracias al hueco al ras del suelo, veo que la luz está apagada. De todos modos, hago sonar mis nudillos un par de veces contra la superficie de madera solo por si acaso.
No hay respuesta.
Entro y quince minutos después, paso al siguiente.
Acostumbrada ya a que en el tercero tampoco haya nadie, no me molesto en llamar. Abro la puerta y me freno en seco al encontrarme con dos hombres trajeados alzándose la voz el uno al otro y luciendo exactamente iguales.
Me quedo blanca cuando ambos se giran de sopetón hacia mí.
Marc está situado en el lado exterior del escritorio y es Locke quien, en el opuesto, está apoyado sobre sus puños, el ceño arrugado en un más que evidente cabreo y los orificios de la nariz expandidos.
—Madre mía, ¡lo siento mucho! —escupo en un francés atropellado tan pronto como me quito los auriculares que me han impedido escuchar sus voces alzadas—. Pensé que no había nadie.
No he terminado de trastabillar mi intento de disculpa cuando Locke pronuncia:
—No te preocupes. —Retira las manos del escritorio. Y, tal y como el resto de las veces que ha ocurrido, escuchar su voz en francés tiene algo; no sé el qué, que reparte un cosquilleo por mis extremidades—. Marc se marchaba ya.
El mayor de los Sommers, suelta un bufido asqueado.
—Ya... —masculla.
Rígida como las cuerdas de una guitarra e incómoda ante la tensión tan desagradable y palpable que envuelve a estos dos, me hago a un lado según Marc hace por cruzar la puerta.
Cabizbaja, meto el carrito de limpieza en el interior mientras que por el rabillo del ojo veo a Locke masajearse los párpados.
—Siento haber entrado así como así —balbuceo en español—. Pensé...
—No pasa nada, Gabriela —me interrumpe.
—Puedo volver luego si no te viene...
—Está bien.
Me tomo esa nueva interrupción como una señal para cerrar la boca. Echo mano al primer producto que encuentro y pretendo trastear con ademán el resto de los botes y limpiadores hasta que Locke se marche, pero… Pero pasa casi un minuto de buscar nada en el carrito y Locke no sale del despacho.
Extrañada, me vuelvo hacia él. Sigue de pie frente al escritorio y ojea unos papeles que tiene esparcidos por este.
Es la segunda vez que le veo vestido de esta manera; con una camisa de color blanco que se ajusta a sus brazos y remangada hasta los codos además de una corbata a juego con sus ojos.
Su muñeca está envuelta por un reloj plateado y el anillo en su meñique permanece ahí.
Y, al igual que solo ha ocurrido estando en la empresa, tiene el pelo algo más peinado, aunque varias ondas se entremezclan entre sí de manera desordenada.
—¿Vas a quedarte aquí? —cuestiono. Al momento se me viene a la cabeza que quizá tendría que haber lanzado la pregunta de otra forma.
Sus ojos se alzan hasta los míos con una lentitud determinada.
Después, como si dudara haberme escuchado mal, termina de elevar la cabeza y una de sus cejas se arquea con una pregunta más que implícita en el gesto.
—¿Me estás echando de mi propio despacho?
—¿Qué? ¡No! —me apresuro a responder.
¿Ha pretendido bromear?