Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 11 #4
28%

CAPÍTULO 11 #4

El cielo está completamente oscuro y la única luz sale de las farolas, varios metros más abajo respecto a dónde me encuentro yo. Escucho la puerta metálica cerrándose detrás de mí a la vez que marco la llamada después de desbloquear su contacto.

Mi corazón rebota furioso en mi pecho durante el par de tonos que resuenan.

—¿Gabri? —La voz al otro lado de la línea suena cargada de duda y un escalofrío me recorre de pies a cabeza al escucharla.

Pero el cabreo es peor. Es más fuerte.

—¿Cómo te atreves? —Es lo primero que sale de mí.

—Amor —pronuncia, como si no pudiera creer que le haya llamado. En realidad, yo tampoco podría justificarme más allá de un acto por pura impulsividad—. No sabes cuánto me alegro de que...

—No —le corto sin miramientos—. Nada de «Gabri» ni de «Amor». —Estoy enfadada y un sentimiento de asco ha envuelto mi cuerpo—. ¿Por qué has comentado eso en el vídeo? ¿Cómo te atreves? —repito.

La línea se queda en silencio durante unos segundos.

—Porque sabía que me llamarías —responde, y al instante, siento mi corazón desinflarse.

¿Lo ha planificado?

Sí, sé que ha sido insensato llamarle, pero ¿sabía que sería capaz de hacerlo? ¿De demandar explicaciones? ¿Yo? Si es así... Yo...

Oh, joder, ese arrebato de enfado ciego me ha hecho creer que podría encararle. ¿Cómo soy tan estúpida?

—Me has bloqueado en todos lados —prosigue—, tenía que encontrar una forma, amor.

—¿Y esa es poner un comentario así? ¿¡Eres consciente de lo que has escrito, Iván!? —Un ardor trepa por mi garganta al pronunciar su nombre.

Puedo plantarle cara.

Puedo hacerlo.

Tan solo necesito... Tan solo tengo que creer que soy capaz.

Sí, eso es.

—Necesitaba hablar contigo —murmura en ese tono alentador que tan bien aprendí a distinguir—. Gabri, llevo semanas sin saber nada de ti.

—Te lo buscaste tú —farfullo, mi seguridad resquebrajándose con cada segundo que transcurre.

Me echa de menos.

Iván me echa de menos.

—Fue un error. —Es rápido en responder.

—¿También lo fue la foto que subiste con ella? Porque la historia de Instagram de Melissa era resubida de tu propio perfil. Diciéndole lo mismo... —Me interrumpo con una inhalación acelerada—...Diciéndole lo mismo que a mí.

—Gabri, entiéndeme, acababas de dejarme. Estaba perdido y... Joder, cada día que pasa te echo más en falta. Todo lo que sé de ti es lo que subes a tu cuenta. ¿Cómo está yendo la academia? ¿Qué tal con Emilie? ¿Me echas de menos como yo te echo de menos a ti?

Pienso en responder cada pregunta.

En corregir que el nombre de mi amiga no es Emilie, sino Amelie.

En preguntar cuánto ha seguido el contenido en mis redes sociales para que haya estado cerca de decir el nombre correcto. No es posible que lo sepa, nunca le hablé de ella y no es como si a pesar de haberlo hecho fuese a ser capaz de acordarse.

Pienso en decirle que una parte de mí sí le echa de menos, que por mucho que odie admitirlo echo en falta su presencia.

No lo hago.

—Iván, no vuelvas a intentar ponerte en contacto conmigo —intento sonar decidida.

—¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me llamas para decirme que no quieres saber nada de mí?

«Yo no he dicho eso en ningún momento», pienso.

Me obligo a coger aire por la nariz y guardarme alguna que otra palabra.

—Iván, necesito que entiendas que esto no puede alargarse más. Hace casi dos meses que vivo aquí. Y yo..., no... Necesito…

—¿Estás con otro? —me interrumpe.

Las palabras que iba a pronunciar se deshacen entre mis dientes.

—¿Qué? —dudo.

—Estás con otro, ¿verdad?

Me quedo callada.

¿Esa es su preocupación? ¿Si he comenzado a salir con otro chico?

No quiero hacerle sentir mal, es lo último que pretendo pero, quizá si miento y le hago creer que he conocido a otra persona ambos podamos pasar página. Quizá si por una vez miento como en tantas ocasiones me ha mentido él...

—Sí —pronuncio la mentira con una simplicidad que me sorprende. A esta le acompaña el arrepentimiento inmediato. Sé que le va a doler. Y no quiero hacerle daño. Joder, ¿por qué me preocupa si le duele esto o no?

—Es por eso, ¿no? Toda esta mierda del comentario; es porque no quieres que te vea como la guarra que realmente eres.

El aire se queda atascado en mi pecho.

—Iván, no digas eso. No es verdad —pretendo que el tono de mi voz no se tambalee. Me es complicado cuando he comenzado a tiritar y cada vez me siento más y más y más pequeña.

No hay ningún chico. No hay nadie a quien deba guardarle respeto si es que eso reside en si subo mis coreografías de baile con mis amigos a internet o no. Y aun así sus palabras me calan hasta llegar a los huesos y siento más frío.

—¿Cómo se llama? —pregunta y puedo palpar la burla a pesar de la imposibilidad de la acción.

—No...

—Que ¿cómo se llama?

—Locke —balbuceo sin pensar.

—Locke... —repite el nombre como si le diese asco.

Y yo no entiendo cómo es capaz de sentirse así.

La que debería estar experimentando esos sentimientos, una vez más, soy yo. Yo no fui quien se acostó con su expareja, joder.

—¿Así se llama el cabrón que está follándose mis sobras?

Todo se queda en silencio.

En mis oídos un pitido sordo.

Sus sobras.

Eso es lo que soy.

Sus sobras.

—Tampoco sé por qué me sorprende. Si te encanta ir enseñando y haciéndote la buena con cada tío que conoces.

—Iván, sabes que yo no… —No sé ni que decir. Soy incapaz de seguir ignorando el picor en mis ojos—. Estás siendo cruel...

—¿Cruel? No me vengas con esas, Gabri.

—Pero, tú... —Noto una lágrima deslizarse por mi mejilla.

Quiero gritarle que no tiene potestad para decir nada al respecto sobre mi vida desde aquella tarde en la que nos vimos por última vez; que nunca la ha tenido.

Quiero gritarle que no le pertenezco y que no tiene derecho a decir algo así de mí, pero no puedo. No puedo—. Me dijiste...

—¿Te dije el qué, Gabri? Quizá me equivoqué en lo de que no sabías estar con nadie más que no fuera yo. Mírate, ¿qué has tardado? ¿Mes y medio? Pero, dime la verdad, ¿cuántas veces has deseado que fuese yo en lugar de él?

Sus palabras están cargadas de odio y rencor y sé que no son ciertas y se arrepentirá en el momento en el que cuelgue la llamada si es que no antes.

Es lo que siempre hace; herirme con frases cargadas de resentimiento hasta que soy yo quien cede por la vulnerabilidad que baña su mirada.

—Yo... —No soy capaz de formar más que un mero fonema.

No sé cómo decirlo. Ni siquiera sé qué responder.

Antes de que pueda idear algo, se adelanta nuevamente.

—Imagino que es lo que hay cuando entre nosotros todo empezó por lo que empezó.

—¿Qué...? —Sorbo la nariz y me paso el dorso de la mano por las mejillas—. ¿De qué está hablando?

—¿Recuerdas la temporada pasada? ¿Cuándo lo dejé con Melissa y justo nos pusieron a ti y a mí de pareja en baile?

Un colega me preguntó si me interesabas.

Y, lo cierto es que nunca me había fijado en ti de esa forma aunque sabía que yo sí te gustaba desde hacía tiempo, pero...

Joder. Después de plantearme la posibilidad de cómo sería meterme entre tus piernas, no hubo quien me sacara de ese pensamiento.

El pitido en mis oídos se vuelve más agudo.

La presión en mi pecho más difícil de ignorar.

—¿Solo querías...?¿Solo querías acostarte conmigo? ¿Lo nuestro empezó por eso? —Otra lágrima se desliza por mi mejilla. Noto el sabor salado en mis labios.

—Gabri —Suelta una risa cínica—, había una puta apuesta sobre quien conseguiría acostarse contigo primero. Venga, no me jodas.

Mi mente se queda en blanco.

No sé qué más dice.

No sé si habla de mí o del nombre que he mencionado.

No lo sé.

Aparto el teléfono de mi oreja y bajo la mano. Su voz, ahora amortiguada sigue sonando en el silencio de la noche. No sé cuánto tiempo pasa hasta que cuelgo sin preocuparme de si sigue hablando.

Tampoco sé cuántos segundos, quizá minutos, transcurren mientras permanezco en silencio y me empapo poco a poco por la llovizna que ha comenzado a humedecer todavía más la noche. Mis calcetines están calados al volver sobre mis pasos y abrir la puerta que da a las escaleras.

La cierro detrás de mí y me detengo con la espalda apoyada contra ella. Inspiro en profundidad por la nariz. No es suficiente.

Tomo una inhalación más fuerte.

Me falta el aire. No puedo respirar.

Me falta el aire.

Abro la boca e intento mediante bocanadas recuperar el ritmo en mi pecho. Miro hacia arriba. Exhalo por la boca. Intento llenar mis pulmones. Aire por la nariz. Y poco a poco, me deslizo sobre mi espalda hasta caer en el suelo.

Cubro mi rostro con las manos en un intento de acallar los sollozos que brotan de mi garganta sin reparo alguno.

Sus sobras.

Tan solo soy sus sobras.

—¿Gabriela?

El sonido de mi nombre me hace elevar la cabeza. Y ahí, al pie de la escalera, está Locke.

Acelerada, me incorporo. Si pensaba que no podía sentirme más ridícula acaba de demostrar lo contrario.

—Locke. —Me paso el dorso de la mano en dos veloces movimientos y me aclaro la garganta—. ¿Qué...? ¿Qué haces aquí?

—Me iba a mi piso y me ha parecido escuchar sollozos. ¿Qué te ha pasado?