Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

—¿Qué? —inocente, le dedica una sonrisa—. Con suerte de ver el partido aprendes de una vez a jugar al FIFA .

No puedo tragarme la especie de ronquido a modo de risa que me provoca. Carraspeo para disimularlo, pero ambos me han escuchado. Gabriela, curiosa, me observa con una sonrisa disimulada y, cuando miro de reojo la expresión que tiene Caleb en su rostro me topo con una estupefacta.

—¿Te acabas de reír? —me acusa, su usual ofensa dramatizada centellea en sus ojos—. ¡Y encima ¿de mí?!

—¿Yo? —cuestiono—. No, qué va.

—Aprovechando el descanso del partido, tengo algo que deciros —anuncia Finn—. Bueno, en realidad a vosotras tres.

Un silencio intrigado se forma en el salón a excepción de los diálogos que proceden de los anuncios.

Le echo un vistazo a Noah y Caleb que me devuelven la misma pregunta implícita que hay en los míos: «¿de qué está hablando?».

Finn se acomoda en el asiento después de darle un trago a su botellín de cerveza.

—Voy a volver a vivir con Charlotte.

Durante los primeros segundos, nadie dice nada.

Yo, por mi parte, me ahorro la respuesta instantánea respecto al volver a empezar (entre muchas comillas) de estos dos.

No me gusta meterme en lo que sea que a alguien le impulsa a actuar de determinada manera porque no soporto que lo hagan conmigo.

Quizá es porque nunca he estado con ninguna chica que me haya hecho querer olvidarme de todas las demás por lo que no termino de comprenderlo, pero lo cierto es que me preocupa el constante ir y venir de Finn y su novia

Su hermana es la primera en romper el silencio.

—¿Cuándo?

—Mi idea es para finales de la semana que viene. Tampoco tengo tanto que llevarme. Y había pensado que Cass...

—¡Sí! —se adelanta esta—. ¡Yo te cuido la habitación! Aunque espero que no vuelvas de forma permanente hasta dentro de mucho, mucho tiempo.

Finn sonríe mientras niega con la cabeza.

—¿Vamos a vivir las tres juntas? —canturrea Gabriela con una más que evidente emoción.

—Vamos a vivir las tres juntas —afirma Amelie—. Pero te llevas a la gata —determina, de nuevo en dirección a su hermano.

—No... —comienza él, pero no le da tiempo a terminar.

—¡No puede llevarse a Whiskey! —exclama Gabriela.

—Pero si es su gata —señala con obviedad Amelie—. Y es odiosa.

—¡No es odiosa! Am, ¡por favor! ¡Duermo con ella todas las noches! No puede llevársela. —Se vuelve de sopetón hacia Finn—. No vas a llevártela, ¿verdad?

—Eh... —Le lanza una mirada insegura a su hermana, quien pone los ojos en blanco después de soltar un bufido—. Supongo que no...

—¡Genial! —Gabriela se levanta del sofá para empezar a recoger los platos ahora que hemos terminado de cenar—.

No, no te levantes —le dice a Noah cuando este hace el amago de echarle una mano—.

Me encargo yo de recoger, que antes no he ayudado en nada.

—Tras hacer una pila con los platos se encamina a la cocina.

Y, puesto que yo tampoco he aportado mucho a la organización previa a la cena, sigo sus pasos para ayudar a recoger la mesa. Es lo menos que puedo hacer.

Cuando llego a la encimera, ya ha abierto el grifo y el estropajo está cargado de espuma. Dejo los vasos y recipientes restantes en el fondo del fregadero.

—Gracias —me dedica con una sonrisa rápida.

—De nada.

No puedo evitar fijarme en que ahora, no hay rastro de ese color homogéneo que pigmentaba su rostro y ese otro que oscurecía sus ojos.

Y antes de darme cuenta de lo que estoy diciendo, escupo:

—Tienes pecas.

Gira la cabeza hacia mí. Pestañea varias veces, descolocada — que no me extraña— ante lo inesperado de mi comentario.

—Sí. Cuando voy maquillada no se ven.

Y como parece ser que he perdido toda capacidad de raciocinio respecto a lo que debo o no decir mientras hablo con ella desde que nos hemos encontrado en la empresa, remato la conversación diciendo:

—Son bonitas.

No sé quién de los dos se lo esperaba menos, si ella o yo.

—Gracias —murmura.

Y ahí está otra vez el rojo disimulado tiñendo sus mejillas.

—¡Gabi! ¡Que te estás haciendo viral! —la voz de Cass también en español quiebra lo que sea que nos había envuelto.

Gabriela, extrañada por como arruga las cejas, cierra el grifo, se seca las manos en uno de los trapos al tiempo que su amiga llega hasta nosotros.

Le tiende el teléfono y desliza los dedos por la pantalla.

Suena una canción, que creo, es de Britney Spears.

Una carcajada atónita brota de su garganta.

—¡Qué fuerte! —exclama manteniendo el español, al momento regresa al francés—. ¡Se ha hecho viral!

—¿El qué se ha hecho viral? —me intereso ante su entusiasmo.

—Un vídeo que hemos grabado hoy en el estudio con la canción Get Back de Britney Spears. ¡Ninguno había tenido tantas visualizaciones! ¡Mira!

Me muestra la pantalla de su teléfono.

En el vídeo salen tres personas, y todos calzan unos tacones negros —¿cómo se llama la parte que parece una estaca capaz de asesinar a alguien? ¿Aguja?— a pesar de vestir ropa deportiva.

Gabriela está de rodillas en el suelo en medio de los dos chicos que le acompañan. Tiene el pelo trenzado como siempre parece peinarse cuando entrena o trabaja.

—Ese es Fer y este es Théo —me dice, señalando a cada uno.

Pero yo no puedo dejar de fijarme en ella. No podría decir ni un solo rasgo de ello s

La expresión en su rostro no tiene nada que ver con la chica sonriente a mi lado.

Tiene los ojos clavados en la cámara, entrecerrados.

Y la forma en la que se deja caer sobre sí misma, cómo la mano con la que no juguetea con su pelo se desliza por su cuerpo, el movimiento de sus caderas y la seguridad con la que lo hace... Es embelesante.

Nada me prepara para la puta sonrisa que se dibuja en sus labios al final del vídeo.

—¿¡Has visto todas las reproducciones que tiene!?

—Sí. —Trago saliva—. Un... Montón.

No he visto nada.

No he visto nada aparte de ella moviéndose y terminando el vídeo sobre sus manos y rodillas.

No he visto nada más aparte de ella.

—¡Qué fuerte! —repite. Le devuelve el móvil a Cass y continúa con las cosas que restan por ser fregadas—. Los tacones que llevamos son los de Heels —me explica como si supiera que me ha surgido la duda respecto al contraste.

—Es ese otro estilo de baile que me has dicho que haces, ¿no?

—Si —afirma en un tono asombrado, volviendo el rostro hacia mí.

Mis ojos permanecen sobre los suyos.

El agua sigue empapando sus manos.

¿Por qué no dejo de mirarle?

¿Por qué no deja ella de mirarme a mí?

—Bueno, voy a... —Señalo la zona del sofá con un movimiento de cabeza.

—Claro. —Regresa su atención al plato que se había olvidado que sostenía.

—¿Qué se ha hecho viral? —curiosea Caleb nada más me dejo caer en mi sitio.

—Un... —Trago saliva al intentar hablar y darme cuenta de que tengo la garganta seca—..., vídeo suyo, bailando.

—Se le da bien, ¿eh? —comenta como si nada; como si fuera más que consciente del talento que acompaña el movimiento coordinado del cuerpo de Gabriela .

Pero ¿es que acaso él no ha se ha quedado igual de ensimismado cuando ha visto alguna de sus coreografías?

Espero que no.

Necesito arrancarme el pensamiento del vídeo y dejar de reproducirlo en mi mente. Y debo olvidarme también del nombre de usuario de su perfil el cual no voy a buscar bajo ningún concepto esta noche y mucho menos voy a cotillear. Por supuesto que no.

Joder, ¿pero qué cojones me está pasando?

Tiene que ser la falta de sueño. Sí. Va a ser eso; que estoy delirando.

Me centro en el segundo tiempo del partido tan pronto como este da comienzo.

No transcurren más de dos minutos desde que Gabriela se acomoda de nuevo a mi lado hasta que vuelve a levantarse de sopetón. Ha estado inmersa en su móvil, imagino que pendiente de las notificaciones del vídeo que tiene ahora más de quince mil «Me gusta».

Extrañado, le sigo con la mirada; avanza en dirección a la entrada del piso.

—¿Qué pasa? —cuestiona Amelie al ver el ímpetu con el que su amiga se ha puesto en pie. Eso y la expresión consternada que se ha adueñado de sus facciones.

—Yo... —duda—. Tengo que hacer una llamada.

◆◆◆

Gabi

A pesar de las ganas que tenía de seguir chichando a Caleb con el partido, me he desentendido al completo al sumergirme entre la aparente infinitud de notificaciones que he recibido desde que he mirado el móvil por primera vez.

Me puse la cuenta pública en el par de redes sociales que tengo hace cosa de un mes cuando decidí que me apetecía subir vídeos y no había nada más que yo misma que pudiera impedirlo.

Todo ha sido divertido y dinámico la mayoría del tiempo; he aumentado el número de seguidores poco a poco, rozando ahora los cinco mil en una de esas cuentas.

Estoy, además, de lo más a gusto interactuando con otros bailarines o, en sí, personas que disfrutan de mis vídeos porque les gusta lo que hago.

Pero ante todo, estoy muy orgullosa porque estoy haciendo algo que yo quiero.

O al menos es de lo que he tratado de convencerme hasta que he leído ese comentario. El corazón me ha dado un vuelco.

Creí haber borrado cualquier rastro de él en mis redes sociales; me encargué de bloquear su perfil al poner la cuenta pública.

Parece ser que eso no le ha impedido crearse una nueva con la que seguir el contenido que he publicado y dejar un comentario.

«Y después no quieres que te vean como una zorra. Qué falsa eres, Gabri».

Porque a pesar de que el nombre de usuario no coincida, no tengo ninguna duda de quién ha sido.

No hay nadie más que se refiera a mí por ese diminutivo que tanto detesto.

Con el pulso disparado, avanzo hasta detenerme en la mitad del rellano, casi delante del ascensor. No quiero que me escuchen y, de alzar la voz, aunque en esta planta solo vivamos nosotros, no quiero importunar a los vecinos en caso de que las paredes sean más finas de lo que creo que son.

Subo las escaleras, acelerada y abro la puerta al final de estas.

El suelo de la azotea está mojado y frío y voy descalza y el pijama tampoco me aísla de la temperatura. Me da igual.