Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

La voz de Chris Martin no tarda en envolvernos. Ojeo el nombre para confirmar que no me he confundido y es Speed of Sound la que ha elegido. Gabriela vuelve a acomodarse en el asiento.

—Hoy hemos tenido… Bueno, es que los viernes damos otro tipo de clases y el estilo de danza que hemos practicado hoy ha sido Heels . ¿Sabes cuál es?

—Eh… No —me sincero.

—En sí, es una fusión de varios estilos, pero nació del Jazz y se baila en tacones, de ahí el nombre. Hoy, de hecho, hemos grabado un vídeo con ellos y lo he subido a... Bueno, es que me hice un perfil en redes para subir vídeos bailando. Están teniendo bastantes reproducciones, la verdad...

»Pero, vamos, que estamos trabajando en un montón de coreografías.

¿Sabes quién es Tyler, The Creator? Yo soy muy fan de su música.

Hace poco lanzó Chromakopia y hay varias canciones sobre las que vamos a trabajar.

¡Es una pasada de álbum! Va muy bien con la vibra de urbano que realizamos nosotros.

¿Qué hay de ti? —continúa sin pausa—. No me he cruzado contigo desde la semana pasada.

—Hasta arriba —me resumo a responder.

Parece algo pillada ante la sequedad de mi respuesta.

Es rápida en proseguir la conversación.

—Mañana vamos a ir a una bolera. ¿Vas a venir?

—No creo que pueda.

Pronuncia una especie de «Ah» por lo bajo, como si quisiera insistir más ante esa misma respuesta cortante que sé que le he dado pero no lo viese adecuado.

—Bueno, si cambias de opinión espero que sepas que estoy más que dispuesta a machacarte.

—¿Cómo dices? —me intereso ante la seguridad que derrocha.

—¿No le preguntaste a Caleb por el FIFA ?

—Lo hice, sí —respondo al recordarlo—. Creo que sigue algo escocido.

Suelta una carcajada.

—Sí, creo que sí.

Detengo el coche ante un semáforo en rojo. Al mirar de reojo a Gabriela, me fuerzo a reprimir la sonrisa que amenaza con contraer mis labios. Tiene los ojos clavados en mis manos. No es la primera vez; al marcharnos de la fiesta también le pillé con toda su atención en ellas.

Le dedico un vistazo intrigado y se hace la desentendida al momento. Podría creer que ha sido cosa mía, pero el ligero tono carmesí con el que se tiñen sus mejillas le delata.

Aparco el coche en la plaza de garaje subterránea y subimos el piso hasta la calle en la que se encuentra nuestro edificio. Nos metemos en el ascensor y como de costumbre, los engranajes chirrían.

Cuando nos mudamos aquí en enero ya sonaban así de mal; casi doce meses más tarde siguen sin haberlos reparado. Al llegar a la cuarta planta se tambalea también.

—Odio este cacharro. —Gabriela es rápida en salir nada más se abren las puertas. Se gira hacia mí después de haber avanzado unos simples pasos—. ¿Vienes al piso?

La miro a ella, después al corto pasillo detrás de su cuerpo.

Debe ver que estoy a punto de negarme porque se adelanta.

—Venga —me anima—. Están los chicos y seguro que nos lo pasamos bien. Te vendrá bien desconectar.

No respondo nada.

Antes de poder reaccionar, ha entrelazado su mano con la mía y tira de mí hacia el piso.

—Además —prosigue. Mete la llave en la cerradura—, estoy segura de que si Caleb dice de jugar una partida al FIFA vas a querer estar delante. ¿Sabes que…? ¿Qué pasa?

—¿Puedo cambiarme de ropa, al menos?

Abre la boca, percatándose de que quizá no es lo más cómodo pasar la cena vestido de traje.

—Sí, claro. Perdona. —Suelta mi mano al momento. Su mirada risueña desparece. Sus ojos se entrecierran y me apunta con un dedo, amenazante—. Pero ven. —Abre la puerta y desaparece tras ella.

Me quedo enfrente durante unos segundos, perplejo.

Pestañeo un par de veces.

¿Acaba…? ¿Acaba de apuntarme con el dedo?

Entro en mi piso. Luke viene a recibirme con entusiasmo.

Ya en mi habitación, me quito la corbata, la americana y el resto de ropa.

Vuelvo a vestirme con unos pantalones de chándal y una sudadera.

Agradezco la comodidad de la ropa en cuanto la tengo puesta.

Después de ponerme el abrigo, salgo con Luke tirando de la correa.

Y puesto que el parque frente al edificio  está a punto de cerrar, no tardamos mucho en tomar el camino de regreso.

Una vez le he servido la cena, pienso en lo mucho que quiero dejarme caer en la cama y por ende, en no ir —por tercera semana consecutiva— al viernes de pizza.

No es como si Gabriela fuese a venir y arrastrarme hasta su piso.

O, ¿quizá sí? La mirada que me ha lanzado me ha dejado sin habla durante un momento.

Estoy cansado, mucho, lo más seguro es que Caleb ya haya arrasado con la cena y de ir no tocaría mi cama hasta bien entrada la noche y…

Y a pesar de eso, golpeo varias veces su puerta con mis nudillos.

Es Amelie quien la abre. Al verme, su expresión varía.

No lo tengo claro, pero creo que su ceño se han arrugado con confusión tras su flequillo despeinado.

—Hola. —Me extraña no percibir al instante el olor a pizza.

—Hola —me responde. No se mueve del vano.

—¿Puedo pasar? —dudo con la ceja ya alzada por costumbre.

—Eh… Sí, claro. —Se hace a un lado y cruzo el umbral con sus respectivos ojos verdes sobre mí.

Caleb está en medio del salón y no disimula la mueca que enmascara su rostro al percatarse de mi presencia. Noah se gira desde el sofá.

Creo que ninguno de ellos puede creer que de verdad esté aquí.

—¿Has venido? —pregunta más que señala, Caleb, con el ceño fruncido.

—¿A ti qué te parece?

—Anda..., y de buen humor. Qué afortunados somos —ironiza.

—Me he encontrado con Gabriela —me resumo a decir a modo de explicación y me encojo de hombros.

Noah y él comparten una mirada rápida.

Llego a la cocina, donde Finn amasa una de las pizzas, lleno de harina y con una expresión concentrada en el rostro. A su lado hay una chica pelirroja con un botellín de cerveza en los labios. No hay rastro de la rubia que ha insistido en que asista a la cena.

—Hombre, ¡hola! Empezaba a pensar que eras algún tipo de invención y que en realidad no existías. —La chica me ofrece su mano—. Soy Cass.

—Sommers —le correspondo el saludo y me vuelvo hacia Finn—. ¿Casi las diez de la noche y aún no habéis cenado?

—Ahora somos dos más, Sommers —responde como explicación.

—¿Te ayudo en algo?

—No hace falta. Hasta que Gabi salga de la ducha tengo tiempo de sobra.

Y no es hasta más de media hora después, una vez el piso ha quedado bañado en el cálido olor de las diferentes pizzas, que nos repartimos los sitios frente a la mesa ratona y sigue sin haber rastro de Gabriela.

Cass, la pelirroja, se ha sentado de espaldas a la televisión, sobre la alfombra y Amelie está en el sillón orejero adyacente a ella.

Finn se ha dejado caer sobre el restante y yo me he acomodado en el lado derecho del sofá, junto a Noah y Caleb que están en el extremo contrario.

Antes de acoplarse, el último de los dos se asoma sobre el respaldo y alza la voz en dirección al pasillo.

—Rubia, que te lo pierdes.

—¡Voy!

Me cruzo de brazos y dirijo la vista hacia el televisor, donde ya se ven los jugadores salir al campo.

—¿Cómo es posible que tardes cuarenta y cinco minutos en la ducha? —cuestiona Caleb unos segundos más tarde.

—No han sido cuarenta y cinco minutos... Al menos no en la ducha. Me ha llamado Laura por videollamada y tenía que secarme el pelo. ¿Sabes lo que tardo en secarme el pelo, Caleb? —Hace una pausa justo antes de detenerse delante de mi mejor amigo—. Veinticinco minutos.

Ahí está otra vez su voz, arremolinada y nasal.

Su acento es curioso. Si no fuese porque sé que no es su lengua materna, podría dudar de si es nativa o no. Lo habla muy bien. No entiendo por qué en la cafetería parecía tan preocupada por la barrera del idioma.

Me giro hacia ella y me encuentro con una melena rubia de rizos y gafas de pasta negra. Lleva un pijama de Snoopy y por algún motivo no me sorprende en absoluto.

Se sienta a mi lado, sobre el reposabrazos pues no resta mucho más espacio y me percato de que se dirige a mí.

—Has venido —murmura en español.

—Me has dicho que venga —respondo en el mismo idioma, encogiéndome de hombros.

Frunce los labios en una sonrisa cómplice. Coloca las piernas en posición de loto después de estirarse a por una porción de pizza.

—Finn, ¿cuándo vas a hacer una que lleve piña? —pregunta con lo que me da la sensación de ser inocencia.

Y lo confirmo cuando Caleb se vuelve de sopetón hacia ella.

Vaya. Parece ser que aún no habían tenido esta conversación…

—¿Qué acabas de decir? —demanda entre dientes.

—Pizza... —Gabriela duda—... ¿Con piña?

—Eras demasiado buena como para ser real... Ya sabía yo que algo saldría a la luz.

—¿Perdón? —cuestiona en una carcajada.

—Rubia, puedo tolerar que te guste el sushi , pero ¿la pizza con piña? —Caleb niega con la cabeza—. La pizza ¿¡con piña!?

—¡Venga ya! ¡Está buena!

—Es un crimen a la comida italiana y por ende a mí.

—Caleb, eres belga.

—Me ofende igual.

Gabriela estalla en carcajadas a las que él no tarda en sumarse.

¿Por qué me está costando tanto encajar la naturalidad con la que se dirige a mis amigos? Quiero decir, es más que lógico que esté cómoda, lleva un mes y medio aquí pero no puedo evitar sentirlo extraño por mucho que todo tenga la intención de resultar igual de cotidiano que siempre.

Y, además, Gabriela parece no ser capaz de cerrar la boca ni haciendo el mayor de los esfuerzos. Es como si su lengua fuese a mucha más velocidad que su cabeza, como si hablase a contrarreloj.

Durante el partido y entre mordisco y mordisco, Amelie y Cass conversan entre ellas sin prestarle demasiada atención a este, pero Gabriela no deja de tirarse pullas con Caleb porque cada uno apoya a un equipo contrario.

Al acabar el primer tiempo, el que apoya Gabriela va ganado 1-0. Caleb se gira hacia ella con la lengua pegada al interior de la mejilla.

—El árbitro va a favor del tuyo.

—Eso no es verdad —determina Gabriela—. Deja de quejarte por el gol anulado. Ha sido fuera de juego. Clarísimamente, de hecho.

—Rubia, entre lo de la pizza con piña y esto...