CAPÍTULO 11
El puto vídeo con la canción de britney spears
Locke
Hoy se cumplen dos semanas desde que regresé a Bruselas y cada puto día ha sido idéntico al anterior.
Por las mañanas, me he despertado antes de que suene mi alarma después de una noche en la que, como mucho, he dormido tres horas.
He salido a pasear a Luke envuelto por el frío mordaz previo a que salga el sol, dado una ducha al regresar, llegado a la oficina sobre las nueve y no he estado volviendo al piso hasta pasadas las cuatro de la tarde.
O bien con Caleb o bien con Noah, a veces con ambos, he ido al gimnasio para tener la cabeza aunque sea durante un rato en otro lado.
Y las horas restantes las he ocupado en organizar las cosas de la universidad, la agonizante lentitud con la que avanza la comunicación con el museo y el trabajo restante de la empresa para que no se acumule.
No ha sido flaco el favor que le ha hecho mi padre al negocio familiar al apartarse de él.
La empresa está en números infrarrojos. Y, sí, quizá debería darme igual pues mi sueldo va a ser el mismo, pero ¿qué hay del resto de trabajadores?
Han sufrido recortes por todos lados en los últimos meses así como hemos perdido inversiones que habrían sido, cuánto menos, beneficiosas para todos.
Ese ha sido el motivo principal de la reunión de esta tarde. Ha sido la primera desde mi regreso y se ha prolongado hasta bien entradas las ocho y media. Esto en Madrid no me sorprendería tanto, pero aquí, en Bruselas, alargar un mitin como ha ocurrido con este es de lo más inusual.
Y todo porque el egoísta de mi hermano no quiere implementar las medidas sugeridas por más de un ochenta por ciento del equipo.
La discusión ha escalado cuando no solo me he posicionado yo en contra de su razonamiento, sino también Lars, que me ha dado la razón a mí. Marc no ha tenido más que acceder. Somos dos de los propietarios contra uno; no había mucho que hacer.
No quiero pensar en lo que provocará la propuesta que haré de aquí a unos meses, cuando el museo acepte la iniciativa. Porque la aceptarán. No pueden no hacerlo.
Sin querer coincidir con Marc en el ascensor, he pasado una última vez por mi despacho con el pretexto de dejar unos documentos. Me ha recibido un olor fresco; alguien del personal de limpieza ha aprovechado mi ausencia.
He terminado por enredarme a responder unos correos y cuando quiero darme cuenta, son casi las nueve; eso en cuanto a llevar un ritmo equilibrado entre mis responsabilidades y mi tiempo libre.
Tampoco es como si me estuvieran esperando para cenar. No he acudido a ninguno de los dos viernes de pizza de las pasadas semanas. Acabo tan extenuado —sobre todo mentalmente— que lo único que quiero según llego a casa es dejarme caer en la cama, en silencio y solo.
Echo la llave al salir e hilo un paso con otro en dirección al ascensor. Varias puertas alejadas, está la luz encendida. Me parece escuchar una voz femenina que tararea una canción. Al pasar por delante, echo un vistazo al interior.
Me freno en seco al reconocer el rostro de la chica que canturrea el que creo que es un tema de Coldplay. Cambia la bolsa de basura de la papelera bajo el escritorio sin percatarse de mi presencia.
No es hasta unos largos segundos después, de soslayo y distraída cuando se incorpora, que sus ojos me advierten en la entrada del despacho. Pega un respingo, sobresaltada al no esperarme y asumo, por no haberme escuchado .
—¡Locke! —Deja caer los cascos alrededor de su cuello—.
Qué susto, no te había oído. Hola... —se dirige a mí en español.
Deja la papelera en su lugar correspondiente antes de preguntar— :¿Hay algún sitio más en el que nos vayamos a encontrar de casualidad?
—bromea. Coloca la silla del escritorio, lo rodea y empuja el carrito hacia la salida.
—A estas alturas creo que no me sorprendería. Hola, Gabriela. —Me aparto cuando hace el ademán de salir—. ¿A qué hora terminas?
—Ahora mismo. Así que, lo que tarde en dejar las cosas y cambiarme.
Me planteo preguntar, pero asumo que voy a recibir la misma duda que el día de la fiesta de Halloween, por lo que en vez de eso, digo:
—Te acerco al piso.
Sus ojos centellean al instante con lo que creo que es agradecimiento.
Nada más soltar un suspiro, escupe:
—Madre mía, ¡gracias! Estoy demasiado cansada como para parecer modesta y decirte que no hace falta. Sí que quiero. —Su expresión se acentúa al arquear las cejas—. Por favor, Locke, estoy reventada.
—Esto... —Titubeo ante el súbito bombardeo de palabras—. Ya cierro yo.
Gabriela me da las gracias de nuevo y avanza en dirección al ascensor empujando el carrito de la limpieza.
Me demoro unos segundos en seguir sus pasos. No ha ganado mucha distancia, pero de manera completamente involuntaria, mis ojos recorren su cuerpo.
Su trenza baila de lado a lado y llega a más de la mitad de su espalda, justo donde la camiseta que viste del uniforme es más holgada. Desciendo la mirada unos centímetros más y estoy a punto de atragantarme al ver la forma en la que se ajustan a ella los pantalones.
Me siento un absoluto capullo, pero, joder, soy un hombre con ojos y ella luce de un modo que no da cabida a ningún pensamiento racional.
Gabriela tiene las piernas gruesas y estoy seguro que fuertes de practicar su deporte, y, joder, si esos pantalones se hicieron con el pensamiento de amoldarse a alguien, desde luego fue a ella.
Aparto los ojos a toda velocidad cuando se detiene frente a las puertas del ascensor y se vuelve hacia mí. Me dedica una sonrisa dulce e intento devolverle el gesto frunciendo los labios.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí? —pregunto según nos metemos en el cubículo y después de carraspear a pesar de que en realidad no necesitaba aclararme la garganta.
—Casi un mes y medio. —Me mira a los ojos para responder. Están cargados de un potente pigmento negro. Mi conocimiento de maquillaje termina en el rímel y los pintalabios, pero sé que tiene las pestañas pintadas con eso primero.
—Y… ¿Estás a gusto?
Vale, no sé qué cojones acaba de cortocircuitar en mi cabeza, pero estoy convencido de que he escuchado un chisporroteo.
—¿Sí...? —Gabriela alza con disimulo su ceja derecha.
—Bien, entonces. Quiero decir —Me apoyo en la pared y cruzo los brazos sobre mi pecho—, es lo suyo como propietario preocuparme de los empleados.
¿Lo suyo como propietario? Pero qué cojones acabo de decir.
Que alguien me ponga una puta grapa en la boca, por favor y gracias.
—Por supuesto. —La pillería de su tono refulge al mismo tiempo en sus ojos—. Muy considerado de su parte, señor Sommers.
Odio la combinación de esas dos palabras cuando van dirigidas a mí, pero el hecho de que acabe de emplearlas para vacilarme es lo que provoca que no me incordien tanto y en realidad, me entretengan.
¿Qué cojones me pasa esta noche?
—Aunque, si me dejas opinar del uniforme, señor Sommers —prosigue—. Los pantalones son incómodos. Incomodísimos, de hecho. Por lo demás, todo bien.
«Pero, joder, cómo te quedan».
—Puedes pedir un uniforme nuevo, si lo necesitas. —Las puertas del ascensor se abren en la planta principal y dejo que salga primero—. Te espero aquí fuera.
—No tardo.
Menos de cinco minutos después, Gabriela ha intercambiado el uniforme por unos vaqueros anchos y una chaqueta de color negro del mismo estilo.
Se ha soltado el pelo y ahora un jaleo de rizos rubios cubren sus hombros.
La camiseta que lleva deja al descubierto parte de su estómago y me fijo en que tiene un piercing en el ombligo.
Y que le queda jodidamente bien. Miro la hora en el reloj en un intento de pretender que no le acabo de pegar otro repaso justo cuando hace por cerrar la cremallera de su abrigo.
—¿Este es tu coche? —Sin disimular el asombro, otea con sus ojos bien abiertos el Range Rover después de que lo haya desbloqueado.
—Sí. —Intento permanecer en mi usual línea despreocupada pero me da la sensación de haber fallado estrepitosamente. Y para colmo, antes de que pueda darme cuenta de lo que estoy haciendo, soy yo quien abre la puerta del copiloto para que pueda subirse.
Su mirada baila entre mi brazo y el interior del coche.
—Gracias —murmura, no sé si descolocada o agradecida, según descuelga la mochila de su hombro para dejarla en el hueco de los pies.
Frunzo los labios en una especie de sonrisa incómoda. Cierro la puerta y empleo los cinco segundos que tardo en rodear el vehículo en intentar centrar mi mente.
¿Por qué cojones le he abierto la puerta? ¿Por qué le he preguntado eso en el ascensor? Que sí, joder, me llamó la atención en Madrid y volvió a ensimismarme en la fiesta pero tengo la cabeza alrededor de muchas cosas y desde luego una de ellas no ha sido ella en absoluto.
Entonces, ¿por qué coño parece que se ha borrado todo de golpe y ahora solo es ella, ella y ella?
Según giro la llave en el contacto, el motor ruge.
Gabriela se deja caer hacia atrás y suelta un suspiro.
—¿Cansada? —pregunto mientras maniobro para ponernos en marcha.
—Después de la universidad, baile y esto... No te imaginas cuánto. ¿ Esa cosa habla? —Señala la pantalla del coche.
—Sí, bueno, es como si fuese un asistente virtual. —Está configurada para poder contestar llamadas y poner música sin necesidad de distraerte tocándola.
—Se parece más a una nave espacial que a un coche, Locke —suelta en una risa.
Estoy tan poco acostumbrado que mis amigos o en sí, conocidos, me llamen por mi nombre más allá de mi tía que por algún motivo, el sonido procedente de sus labios ha sonado más atrayente de lo habitual.
Joder, tengo que irme a dormir de una vez, eh…
—¿Quieres poner música? —sugiero. La otra noche tardó poco en pedirlo.
Gabriela asiente con vehemencia.
Señalo la pantalla, permitiéndole escoger.
Y por un nuevo motivo que sigo sin comprender, pregunto:
—¿Qué tal hoy en la academia?
—Genial. —Desliza el dedo por la pantalla.