CAPÍTULO 10 #3
Prefiero recrearme únicamente en lo que me depara el lunes.
Y cuando este llega y estoy frente a las puertas acristaladas que reciben la recepción del edificio, el presentimiento inconfundible de que esto va a salir fatal me acompaña mientras asciendo en el ascensor hasta la última planta; la decimotercera.
Al mirarme en el reflejo del espejo que compone la pared final del elevador me parece inusual verme así, con una americana azul marino, camisa blanca y el pelo lo mejor peinado que soy capaz de tener.
El pasillo se extiende ante mí junto a los cubículos que conforman los despachos de algunos empleados después de que se abran las puertas. La sala de reuniones queda a la izquierda y veo que está vacía a través de los cristales que son sus paredes.
Mientras avanzo, más de una mirada cae sobre mí y la actitud profesional y comedida de mucho se esfuma durante unos segundos al reconocerme.
Golpeo con mis nudillos la superficie de madera una vez estoy ante la puerta que da al despacho de mi padre. En vez de encontrar su rostro en su usual expresión seria, es el mayor de mis dos hermanos quien está sentado detrás del gran escritorio que ocupa el centro del cubículo.
Marc no ha cambiado nada. Él con sus casi treinta y tres, parece más mayor de la edad que tiene y como ocurre cada vez que veo a mi padre, su rostro y el mío son tan semejantes, que me aterra la posibilidad de ser quien está sentado en esa silla dentro de unos años.
—Marc —le saludo.
No sé qué hacer. No sé si rodear su escritorio y darle un abrazo...
¿Qué cojones estoy pensando? Hace años que tampoco le abrazo.
—Locke. —Me saluda desde su asiento sin la más mínima intención de levantarse—. Pasa.
Cierro la puerta detrás de mí. Estiro la tela de mis pantalones antes de ocupar la silla frente al que es ahora su escritorio. Me reclino en esta y apoyo los codos en los reposabrazos mientras espero a que termine de apuntar algo en unos documentos.
He repasado mil y una veces todo lo que tengo que decirle.
Todas esas cosas que me quedé sin decir cuando me marché.
Todas las que quiero escupir tras mi regreso.
Y no pienso irme de aquí sin decirlas todas.
Porque si algo tengo claro de todo esto es que esta vez, mi trabajo, lo voy a hacer a mi manera.
—¿Hace mucho que has llegado? —pregunta, tras apartar los papeles.
—El viernes.
Asiente varias veces con lentitud, mirándome a los ojos.
Me estiro en la silla, incómodo, pero no aparto la mirada.
—¿Cómo has estado?
—Bien.
—No me extraña. —Quita una mota de polvo inexistente de la manga de su americana—. Has tenido que vivir de puta madre estando a tu aire.
Mucho ha tardado.
—Marc, no he venido aquí a discutir. —Intento sonar lo más afable posible por mucho que me cueste. Quiero ponerle fin a esta reunión lo antes posible—. Ve al grano.
—Así que, encima de todo, regresas con exigencias. —Frunce los labios y ladea la cabeza con desaprobación—. No creo que estés en posición de hablar así.
—Marc...
—No después de marcharte sin avisar.
—Marc —repito con la intención de que pare.
—¿Qué echabas en falta? ¿El dinero de papá?
Esto no va a salir bien.
—¿Es tu forma de decirme que me has echado de menos?—contraataco—. Creo recordar que estabas deseando que me marchara. Te encantaba repetírmelo
—Estabas mucho más interesado en tus dibujitos —repone con desdén.
La molestia hierve en la boca de mi estómago.
No hago el esfuerzo de responder que no eran simples dibujitos y que cada vez que hace un comentario así siento que mi pecho se encoge, que un escozor abraza mi esternón, que me hace daño; porque no va a cambiar nada lo haga o no.
—Pero es cierto. Nunca te quise aquí. Y tampoco te quiero ahora.
Así que... —Saca unos papeles del cajón de la parte inferior de su escritorio.
Los acomoda con unos toques y los deja sobre la mesa.
Pone un bolígrafo sobre estos y los desliza con la punta de dos dedos hacia mí—.
La renuncia está aquí. Si firmas Lars y yo compraremos tu parte y nos la repartiremos entre...
—Eh. Para un momento. —Me yergo en la silla—. ¿De qué estás hablando?
—Del traspaso, Locke. ¿De qué cojones voy a hablar si no?
Me muerdo la lengua antes de responder con un insulto.
—Me refiero a la renuncia, Marc.
—La renuncia a tu parte de la empresa. ¿Vas a firmar o qué? Tengo mucho lío. —Vuelve a acercar los papeles. El bolígrafo sigue sobre ellos.
Dejo de escucharle cuando empieza a decirme lo ocupado que está y que no puede permitirse perder el tiempo conmigo.
Sí; hace años que no hablo con mi padre para cosas más allá de la empresa. Sí, nunca he sido cercano a esta parte de mi familia. Pero no, no detesto este trabajo; y por encima de todo, lo necesito.
Y si a algo estoy negado es a marcharme con las manos vacías.
—¿Os habéis preocupado alguno por mí? Y no me refiero al último año. ¿Te has preocupado alguna vez por mí? —escupo antes de darme cuenta de lo que estoy diciendo.
Marc duda y frena sus palabras antes de pronunciarlas.
Al cabo de unos segundos, niega con la cabeza, como si así fuese a aclarar sus pensamientos.
—No quiero saberlo, Locke. Firma de una vez y…
—No —determino—. No voy a renunciar a nada. Quiero lo que me corresponde de la empresa.
Las palabras que pretendían salir de su boca se deshacen. Su expresión varía a una confundida, como sí quizá, hubiese hablado en otro idioma del que no dispone de conocimiento.
No lo hago. Me dirijo a él en francés, con un tono claro y decidido. A pesar de que el corazón me late a toda velocidad. A pesar de no estar cien por cien seguro de qué voy a asumir, del peso que va a asentarse a mis espaldas y el presentimiento de que me voy a arrepentir de esto.
—¿Qué? —Ha alzado una ceja. Es una de esas pocas cosas en la que nos parecemos más allá de lo físico. En algún gesto o forma de expresarnos. Hasta ahí llega nuestra semejanza.
—Quiero mi parte de la empresa —repito sin echarme atrás.
—Locke, tienes veintiún años. ¿Por qué ibas a querer un peso tan grande?
Me obligo a retener las palabras que están a punto de abandonar mi boca. Reformulo la frase de tres formas distintas antes de verbalizarla.
—No te importó cuando papá me llenaba de trabajo mientras tenía dieciocho o cuando no me remuneraba como debía hacerlo. ¿Por qué ahora sí? ¿En qué se diferencia? ¿En tu beneficio?
Los orificios de su nariz se abren al coger aire con fuerza.
—¿No piensas firmar?
—No.
—Locke, piénsate muy bien que estás haciendo porque...
—No tengo nada que pensar. Ya está decidido. —Me levanto de la silla. A la mierda la conversación formal. No se puede hablar con él—. Olvídate del Locke que agachaba la cabeza ante lo que decía papá. Olvídate de todo eso. Ahora, tú y yo somos la misma mierda en esta empresa te guste o no.
—No sabes dónde te estás metiendo —escupe con el puño sobre la renuncia que no va a firmarse.
No le doy la satisfacción de comprobar que, en efecto, ese comentario es uno de mis mayores y más irracionales temores .
Escondo una vez más las manos en los bolsillos de mis pantalones en un gesto de aparente sosiego. Vuelven a temblarme.
Y aunque también una asfixia pesada comprima mis pulmones, me giro hacia él una última vez antes de abandonar el cuarto.
—Quiero el despacho que me corresponde para mañana a las nueve.