CAPÍTULO 10 #2
Subo los peldaños. Me dan la sensación de ser interminables. Al llegar a la planta de arriba, continúo hasta la puerta con la que finaliza el pasillo. Me esfuerzo por no mirar la que da a la que solía ser mi habitación y todo lo que aún guardo ahí.
Cojo aire antes de hacer sonar mis nudillos contra la superficie de madera.
Un hombre alto y con el pelo canoso aparece detrás de ella.
Si no fuera porque mi rostro es una copia del suyo podría dudar de la persona delante de mí.
—Papá —pronuncio en una exhalación agitada. Intento aclararme la garganta, pero he perdido la capacidad de hablar .
La expresión cansada, las ojeras, la pérdida de peso, la palidez de su piel... Este hombre es solo una sombra de quien vi por última vez.
La presión que ya engarrotaba la boca de mi estómago se acentúa.
—Locke, hijo —me saluda antes de abrazarme y noto una punzada instantánea en el centro del pecho.
Me cuesta reaccionar. Los brazos me pesan y no puedo moverlos de los laterales de mi cuerpo. Cuando acabo envolviéndolos alrededor de él, la delgadez de su espalda me estremece. Hace días que no hablamos; meses que no sé nada de él y años que no me abraza.
Joder. Lo que sea que ha ocurrido; lo que sea que esté ocurriendo, no puede ser nada bueno.
—¿Qué te ha pasado?
—Pasa, por favor.
Aunque dubitativo, hago según me pide.
Las cortinas están corridas y la única luz es la de la lámpara de su escritorio. Es una pena; esta casa tiene muy buena iluminación.
Toma asiento y con un gesto de la mano me indica que haga lo mismo en una de las sillas frente a él.
Trago saliva antes de sentarme.
No dice nada durante un minuto que me da la sensación de ser eterno, pero cuando comienza a hablar siento que el mundo se detiene a mi alrededor.
La culpa inunda mis venas y es todo lo que puedo sentir.
◆◆◆
Según abro la puerta de mi piso, Luke viene a recibirme. Agita la cola con emoción y le acaricio con menos ánimo del que acostumbro. Tiro las llaves del coche en el mueble de la entrada.
Caleb en el sofá y Noah desde el sillón, me observan según avanzo en dirección a la cocina con mi perro siguiendo mis pasos. El sonido de la serie que veían se detiene. Tres segundos después, no he terminado de abrir la nevera cuando se han plantado alrededor de la isla de la cocina .
—¿Desde cuándo tenemos cerveza con limón? —cuestiono al ver los botellines. No he tocado el frigorífico desde que llegué anoche.
—Es la que bebe la rubia —explica Caleb.
—¿La rubia...? Ah. ¿Gabriela?
—Sí. —Acepta la que le ofrezco sin alcohol y le pasa la otra a Noah. Le da un trago y yo me bebo más de la mitad del contenido de una vez.
—Eso no es cerveza —rezongo por lo bajo.
—Entonces, ¿Gabi es la chica por la que te acabaste peleando con el tío ese en Madrid? —pregunta Noah. Sé que ambos pretenden actuar con normalidad hasta que decida abordar el tema—. Menuda coincidencia, ¿no?
—Sí, la verdad es que sí —contesto con la vista sobre las láminas de madera que componen el suelo. Y además, reencontrarnos del mismo modo en que nos conocimos; con ella tirándome el cubata encima.
—Anda, que qué cojones tienes —se ríe Caleb. En vez de alternar su atención entre ambos para decir lo siguiente, se fija solo en Noah—. No coge ayer y para explicarme de qué se conocen, va y me dice que de una fiesta así como si nada.
—Hombre, no iba a decir delante de ella que es la misma tía con la que había ligado y pasó de mí, ¿no crees?
—Habría sido gracioso —asegura Caleb.
—Descojonante —ironizo—. Con que ahora... ¿Sois amigos?
—¿Ya estás pensando en volver a intentar ligártela?
—Cuando ayer te dije que te había echado de menos, era mentira.
Suelta una risa antes de continuar.
—Por ella volvimos a hacer los viernes de pizza en el piso de Amelie. Cómo para no hacerme su amigo.
—Creo que Amelie se arrepiente cada día de esa decisión —opina Noah.
—Nah, lo que Amelie no quiere es darme la razón.
—Centra su atención en mí para decir lo siguiente—: Digamos que Gabi no llegó de lo más animada y Amelie escribió a Finn porque, por supuesto, supo que mi presencia iba a ser lo que la rubia necesitaba.
Y mira lo contenta que está ahora. —Caleb se encoge de hombros en un mohín confiado—.
Tuve que dejarme ganar al FIFA , eso sí.
—¿Te dejaste ganar? —Mi ceja se alza por costumbre.
—Gabi le pegó una paliza, que no es lo mismo. —Con un toque, Noah se acomoda las gafas—. Y se las apañó bien.
—Dijo que hacía tiempo que no jugaba. Mintió —asegura Caleb.
—¿Os ganó a los dos? —De pronto, creo que esto puede entretenerme más de lo que me había figurado con el comentario de anoche de Gabriela.
—Jugó con Finn —masculla Caleb a modo de argumento.
—Eso dio igual. Fue una puñetera humillación.
—Noah, nos estás haciendo quedar muy mal.
Siento un tirón en los labios y niego con la cabeza, aunque hay algo que no me termina de cuadrar.
—¿A qué te has referido con que no llegó de lo más animada?
Ayer vi a Gabriela bien, mejor, al menos, respecto al recuerdo que guardo del día posterior a la fiesta de Madrid. En ese entonces estaba... No sé. ¿Apagada?
Lo que sí sé es que no percibí en sus ojos ese agotamiento acumulado al igual que en la cafetería. Porque, sí, podría estar cansada, pero no era ese mismo tipo de extenuación la que reflejaba su mirada color miel la pasada noche.
De golpe entiendo por qué.
Su novio, ahora exnovio y la distancia que los separa quizá ha tenido algo que ver. Y Caleb me lo confirma al decir:
—Al principio pensé que era por al cambio, estar en un país distinto... Después comprendí que era por el cabrón que tenía por novio cuando me habló de él.
Miento si digo que aquella conversación que mantuvimos en la cafetería no se ha vuelto a recrear más de una vez en mi mente desde aquel día; la inseguridad que acompañaba sus palabras a pesar de la certeza que estas expresaban respecto a querer cortar con él.
Y es que la Gabriela con la que conversé esa mañana no es la Gabriela que anoche se montó conmigo en el coche. No sé en qué se diferencia, pues no le conozco, pero sé que hay algo distinto .
—Trabaja en la empresa de tu familia —añade Caleb.
—¿Cómo ha ido? —aprovecha para aventurar Noah.
Bueno, pues hasta aquí el rumiar respecto al tema e ignorarlo.
No los miro al responder.
—Vuelvo a incorporarme el lunes.
—¿Qué? —cuestiona Caleb. Las siguientes palabras salen disparadas de su interior sin premeditación alguna—. Ese fue el motivo por el que te fuiste hace casi ocho meses. ¿Por qué cojones has vuelto a aceptar tan rápido?
—Porque es mi padre —mascullo.
—Locke, no me jodas.
Me tenso al escucharle.
Primero, porque Caleb nunca me llama por mi nombre a no ser que aquello de lo que estemos hablando sea relevante. Segundo, porque no piensa las cosas antes de decirlas. Suelta verdades como puños y sé que va a molestarme lo que esté a punto de decir.
Me jode más saber que sea lo que sea va a tener razón.
—Te infla a trabajo y tú tienes que manejar la universidad con la empresa. No creo que debas...
—No me digas lo que debería o no hacer. Tú también no —le interrumpo con dureza.
Me arrepiento al momento de hablarle así, pero la conversación que acabo de tener con mi padre parece ser lo único en base a lo que puedo pensar, actuar o contestar—.
Joder, los tres sabíamos que tarde o temprano iba a volver.
Caleb pega la lengua al interior de su mejilla en ese gesto que le caracteriza mientras piensa qué decir o más bien, tragándose la respuesta.
—Pero cuando estuvieses preparado, Sommers, no cuando… —Noah deja de hablar—. Hay algo que no nos estás contando.
Odio que me conozcan tan bien.
Cojo una fuerte inspiración y mantengo el aire antes de dejarlo escapar de golpe. Apuro el resto de cerveza y dejo el botellín sobre la encimera. Paso a juguetear con el anillo en mi meñique.
—Va a retirarse. Quiere que junto a mis hermanos sea uno de los propietarios.
Se miran entre ellos sin saber muy bien qué decir.
Porque sí, debería estar contento o al menos algo más tranquilo pues esto no es sino una de las pocas cosas a favor que hemos encontrado en los últimos meses para solucionar lo del museo.
—La empresa está pasando por un bache —prosigo—. El problema está en que es Marc quien se está encargando de todo y no sé si voy a tener la paciencia suficiente para soportarle. Lars está en Boston hasta dentro de dos semanas, así que... —Me encojo de hombros, sin mucho más que añadir.
No verbalizo que lo que verdaderamente me aterra es que ahora que voy a tener el sueldo que me corresponde por dicho puesto, no tengo forma de procrastinar más lo que aún tengo pendiente con el museo.
Que es, asimismo, la oportunidad que llevo esperando más de un año; la que ella siempre anheló para poder conseguir su objetivo, el de mi tía y el mío.
Esto no ha sido más que el atisbo de un pase directo hacia la posibilidad de lograr lo que a ella no le dio tiempo.
—Sommers, yo... —Caleb suspira y se apoya en la encimera tras cruzar los brazos sobre su pecho—. No quiero que pase lo de la última vez. Tienes que ponerte a ti primero, tío.
—Lo hice. ¿Por qué me marché, si no?
—Lo sé, lo sé... Solo... No quiero que te olvides de eso. ¿Cuándo dices que ves a Marc?
—El lunes por la mañana.
Después de darle el último paseo del día a Luke y haber cenado junto a Caleb y Noah, entro en mi habitación.
La maleta que traje conmigo sigue donde ayer mismo la dejé, al lado del espejo que cuelga a los pies de mi cama, salvo que ahora está vacía.
No fueron muchas las cosas que me llevé y más allá del par de chismes que dejé en el cajón de la mesilla, la estancia sigue igual.
Las sábanas son las mismas. El escritorio sigue repleto de los lápices apilados con esmero que hace más de un año no me planteo ni mirar.
A los dibujos que cuelgan sobre este, clavados con chinchetas en la pared, tampoco les presto atención.
Los recuerdo a la perfección y podría decir en qué lugar se encuentra cada uno de los veintisiete que hay sin fallar.