Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

¿Desde cuándo tenemos cervezas con limón?

Locke

Nada más regresar de la fiesta, me dejé caer en la cama. Escuché a Caleb y a Noah entrar en el piso un rato más tarde, quizá alrededor de las cuatro. No sé cómo llegué a dormirme ni cuándo lo hice, pero dudo haber dormido más de dos horas.

No aguanto más y aunque me supone un gran esfuerzo, me incorporo. Luke alza la cabeza desde su lugar a mis pies al notar el movimiento. Parpadea, aturdido. Él sí que ha dormido como un tronco.

Me estiro para rozar su lomo con la punta de mis dedos. No tarda en estirarse, más que conforme con que le acaricie.

—¿Es muy temprano para salir a dar un paseo? —susurro cuand se acomoda con las cuatro patas hacia arriba.

Cómo si me hubiera comprendido, ladea la cabeza y tras bostezar y estirarse se baja de la cama en su manera de responder que nunca es mal momento para salir a pasear.

Tira de la correa con emoción al bajar por las escaleras y es un cielo que aún no ha despertado el que nos da la bienvenida a la calle.

Aprovecho el vacío del parque para dejar que corra con libertad como acostumbraba antes de marcharnos y se entretenga con la pelota que, por supuesto, no se ha olvidado de coger mientras yo terminaba de vestirme.

Alrededor de media hora después, regresamos al piso y Luke jadea, exhausto, al llegar a la cuarta planta.

Ensarto la llave en la cerradura al tiempo que la puerta detrás de mí se abre.

Detengo el movimiento de mi mano y me giro para encontrarme con una chica rubia que me sonríe con timidez.

La ropa que viste no tiene nada que ver con la que llevaba anoche, que se amoldaba a su cuerpo y, como me ocurrió en Madrid, hacía que dejar de mirarle costase trabajo.

Sus pantalones son similares a los míos, de chándal y los acompaña de una sudadera verde igual de holgada. De su hombro cuelga una mochila y ahora tiene el pelo retirado del rostro; una trenza dorada cae por su hombro hasta rozar el nacimiento de sus costillas.

—Locke, hola. —Cierra la puerta y al recaer en la presencia de mi perro, su rostro parece iluminarse—. ¿Este es Luke? ¿Puedo?

—Hola, Gabriela. Sí, claro.

—Pero si eres una cosa preciosa —afina el tono de voz. Se agacha hasta estar a su altura con ya una sonrisa pegada en la cara.

Y, más que producirme algo de incomodidad, me causa gracia.

Luke le lame el rostro a modo de saludo y ella se ríe, apartándose un poco pero sin dejar de acariciarle.

Cuando ambos parecen haber interactuado lo suficiente, Gabriela se endereza. No me pasa desapercibido como sus ojos se mueven por mi cuerpo o más bien, cómo recorren mis hombros y brazos acentuados por la camiseta térmica que los envuelve.

—¿Vas a la academia? —me intereso y su atención vuela a mi rostro.

—Sí. —Asiente con rapidez. ¿Se le están poniendo las mejillas rojas?

—. En realidad, empiezo a las ocho pero tengo que coger el bus y no me gusta llegar tarde.

—Se acomoda la mochila en el hombro y avanza en dirección a las escaleras—.

Que tengas un buen día, Locke. —Se despide con una sonrisa radiante.

¿Cómo es posible que tenga tan buen humor desde tan temprano?

—Igualmente, Gabriela.

◆◆◆

La hora y media hasta que he vuelto a salir del piso para dirigirme a la cafetería que frecuentaba cada sábado con Aída se ha tornado eterna.

Me encamino con bastante antelación hasta «Le Soleil», la misma cadena en la que trabajé en Madrid y según entro, me acerco a la barra. Me cuesta tragarme la sonrisa nostálgica que me produce volver a verla a pesar de que esté de espaldas.

Betty es la camarera con la que más confianza tenía; una mujer de unos cuarenta y pocos años; o eso es lo que yo solía responder cada vez que ella decía que está muy mayor.

—Hola, Betty —pronuncio a sus espaldas.

Alza la cabeza de sopetón y como si desconfiara, se gira con lentitud hacia mí. Sus cejas se elevan tanto que por un momento parece que va a rozar el nacimiento de su pelo.

—¡Locke! —Tarda menos de dos segundos en soltar lo que tenía en las manos para rodear la barra y apretujarme entre sus brazos—. ¡Qué sorpresa! Me alegro de verte. ¿Cuándo has vuelto? ¡Por favor! ¡Qué guapo estás!

—Volví ayer —respondo después de agradecerle la nueva tanta de piropos y elogios que también acostumbraba a regalarme cada vez que me veía—. No podía saltarme la costumbre de desayunar. ¿Qué tal has estado?

Betty me cuenta que ha sido abuela, pues poco después de marcharme le dieron la noticia de que su hija estaba de dos meses y es cuando va por la quinta foto de su nieta que las campanillas sobre la puerta principal vuelven a tintinear. Me giro en esa dirección.

Aída se ha detenido bajo el vano y no duda en dirigir su vista hacia aquí. Su rostro se baña de morriña al distinguirme donde me esperaba. A paso ligero, llega hasta nosotros.

—Locke… —murmura en un to no suave, cargado de sentimiento.

Acoge mi rostro entre sus manos y arquea las cejas mientras me hace un escáner general para comprobar que, al menos por fuera, estoy bien.

Ella está igual que la última vez que le vi. El pelo castaño y largo, alborotado. El mismo color que utiliza para pintarse los labios. La mirada decidida que parece juzgar todo cuanto se mueve a su alrededor; idéntica a la de su hermana.

Acto seguido, me envuelve en sus brazos.

—Lo que te he echado de menos —murmura contra mi oreja.

Deja un beso en mi mejilla antes de separarse y después saluda a Betty. Esta no alarga mucho la conversación y nos alienta a ocupar la que solía ser nuestra mesa predilecta cada sábado.

Aída pide lo de siempre y la angustia que comprime mi pecho se diluye un poco al ver la misma comodidad y facilidad previa a que me marchase. Al menos por ese lado sigue todo igual.

No me pregunta por el vuelo porque es la primera persona a la que llamé al aterrizar ni por cómo he estado ni cómo me siento.

He hablado cada semana con mi tía desde que me marché, al contrario del contacto que he mantenido con mi padre relegado a llamadas mensuales o al inexistente con uno de mis hermanos.

Con Lars, al menos, me escribía de vez en cuando para mantenernos al día.

A pesar de eso, la conversación preliminar de esas mismas cosas que ya sabemos surge en un intento de alejar el verdadero motivo por el que ambos estamos aquí esta mañana. Y tras veinte minutos de ignorar el gran peso que supone entre nosotros no referirnos al tema existente, Aída pregunta:

—¿Cuándo vas a querer ir al museo? —Sus ojos permanecen cautos sobre los míos durante varios segundos.

El esfuerzo que me ha supuesto ingerir el desayuno no parecer importarle a la angustia que me azota.

He echado de menos el museo cada día desde el último en que lo pisé.

Cada jodido día. El problema es que no me veo capaz de regresar; aún no.

Y del mismo modo sé que, si quiero que esto salga bien, tendré que enfrentarme a ello más pronto que tarde.

Pero volver allí es volver a ella y a ese yo que me he esforzado tanto por apartar.

Es regresar entre esas paredes altas y llenas de obras con la gente a su alrededor, en muchos casos sin pararse siquiera a ver el nombre de quien pintó los cuadros. Sus cuadros.

Una parte pequeña de su obra sigue expuesta, la otra gran cantidad de pinturas que la conforman llevan guardadas en el almacén más de un año.

Sé que no debo preocuparme de que estén bien conversadas; mi tía sigue llevando las riendas de un porcentaje importante del equipo corporativo.

Pero con todo y con eso la angustia sobrecogedora permanece ahí.

—No lo sé, Aída. No sé cuándo voy a poder. Aún tengo que hablar con mi padre, saber para qué cojones quería que volviera con tanta urgencia, la universidad…

—Locke, esto no es primordial. Podemos retrasarlo. No quiero que te veas obligado a regresar a la empresa. Este año es tu último en la universidad, también y...

—No —determino en rotundo—. Hemos alargado demasiado la iniciativa del museo, necesitamos el dinero para poder hacerlo y no puedo quedarme de brazos cruzados, Aída. No si por fin he vuelto. Menos con la propuesta de esos inversores que el equipo está considerando.

Sin apartar sus ojos de los míos, coge una fuerte inspiración. Termina por asentir. Sabe que a cabezota no va a ganarme y menos en esto.

—Está bien —accede.

—¿Qué es lo último que sabes?

—No va a gustarte.

—Ya contaba con eso.

◆◆◆

Horas más tarde, me monto por primera vez en ocho meses en mi coche. Lo dejé aparcado en la plaza de garaje que alquilé al mudarme con estos porque no es un coche que deba dormir en la calle.

Caleb ha estado conduciéndolo de tanto en tanto para que la batería no se joda y se deteriore por la falta de uso.

Cuando aparco, no sé cuantos minutos pasan hasta que me bajo. Tengo la cabeza metida en lo que está por suceder. En lo que sea qué voy a encontrar según toque el timbre de la casa de mi padre.

Escondo mis manos temblorosas en los bolsillos del pantalón tras pulsarlo y finjo seguridad nada más su mujer abre la puerta.

—Hola, Locke. Me alegro de verte. Pasa. —Lleva un vestido blanco y el pelo recogido. Y está, también, idéntica a la última vez que le vi. Se aparta para que pueda entrar, aunque no hay necesidad de eso, la puerta es lo suficientemente grande.

—Louise. —No me molesto en sonreír, aunque si me inclino para saludarle con un beso educado en la mejilla—. Igualmente.

—Está en su despacho —me informa.

«Dónde iba a estar si no».

—Gracias —murmuro antes de encaminarme dirección a las escaleras.

Con un vistazo rápido, comprendo que tampoco ha variado nada en este lugar.

Está limpio y ordenado, el salón principal acomodado en la misma disposición que hace ocho meses y el olor a jazmín que solía bañar las habitaciones sigue igual de presente al contrario que el hogareño que nunca llegué a percibir entre estas paredes.