CAPÍTULO 9 #4
—Eso parece… Espero que no tengas como pasatiempo pasearte con vasos por el piso durante los viernes de pizza. No voy a dar abasto con las camisetas de ser así. —Parece querer sonreír pero de nuevo, el gesto no termina de formarse.
—No, no lo tengo como pasatiempo —me río—. Pero si me ves con uno, no te acerques, tan solo por si acaso… ¿Qué te ha traído de vuelta? —pregunto antes de ser consciente de lo que estoy diciendo.
Me arrepiento al instante.
Tendría que haber preguntado cómo está, ¿no?
Se disimula más mi curiosidad o en sí, ganas de cotillear.
—Trabajo —se limita a responder—. Tú estás aquí por la beca de baile, ¿no? ¿Cuándo llegaste?
Me quedo sin habla durante un segundo.
Se acuerda.
Han pasado más de dos meses del día en que coincidimos en la cafetería y se acuerda.
—El dos de octubre y sí, mañana tengo clase temprano; por eso tenía que marcharme. ¿Puedes poner música? —sugiero cuando un silencio de apenas diez segundos nos envuelve.
—Claro. —Enciende la radio y sintoniza la emisora hasta que es la voz de Chris Martin la que suena por los altavoces.
—¡Me encanta esta canción! —Subo el volumen al reconocerla—. ¿Te gusta Coldplay?
—Es mi banda favorita.
—¡La mía también! —respondo, tan emocionada ante la nueva coincidencia que me cuesta no alzar la voz—. ¿Qué álbum te gusta más?
— A Rush of Blood to the Head . ¿Y a ti?
—Parachutes, sin duda. Yellow es una de mis canciones favoritísimas.
—No tienes tan mal gusto, entonces, chica del ron-cola. —Frena ante un semáforo en rojo y me obligo a disimular que he vuelto, por segunda vez, a quedarme embobada ante el movimiento de sus manos. Ocurrió lo mismo en la cafetería, mientras secaba las tazas.
Cuando quiero darme cuenta hay un sonrisa cómplice y ladeada en su boca.
Ah, o sea que con eso si sonríe, ¿no?
—¿Cómo has estado? —Vuelve a poner el coche en movimiento—. Te veo bien.
—Pues... —Apoyo el brazo en la puerta y la cabeza en el respaldo. «Bien» no sería la palabra que yo emplearía, pero no voy a discutírselo ahora—. Bien, sí…
—¿Hay mucha gente de España que esté aquí por la beca?
—Bueno, mucha tampoco. Somos un grupo de doce bailarines. De Italia son dos, de Francia y Bélgica hay tres y de España somos Fer, Carlos y yo y, bueno... y Melissa. —El tono de mi voz decae sin remedio.
—No te cae bien —asume.
—No es que no me caiga bien. Es... —Suelto un suspiro—. Es la exnovia de mi novio... Exnovio —Soy rápida en corregirme.
—Asumo que lo que me dijiste salió bien, entonces... O ¿no? —duda al ver que me cuesta responder.
—Eh... Bueno, sí, pero... Lo dejamos justo el día de antes de que viniera a Bruselas porque...
¿El día de la fiesta? —Trago saliva al sentir la garganta contraída con incomodidad—.
Pues se acostó con ella y no me enteré hasta un mes después...
Nunca hemos sido amigas ni estado cerca de serlo y tampoco es que me caiga mal, pero es una situación... Complicada.
—¿Te ha sido infiel?
—Sí. —Trago saliva—. Pero lo hice, que es lo importante.
Rompí con él y ahora estoy aquí y estoy genial y todo eso ya da igual porque es parte del pasado —me atropello a mí misma con las palabras al decirlas a tal velocidad, pero es que no quiero hablar de esto—.
Así que vas a unirte a los viernes de pizza...
Reintegrarte, más bien. Espero que estés preparado para perder al FIFA y al contrario que Caleb sepas aceptar tu derrota.
—¿Cómo dices? —Distingo un deje de interés y entretenimiento en su pregunta.
—Pregúntale por el videojuego y lo descubrirás tú mismo.
Y tras lo que me da la sensación de ser menos tiempo del que en realidad ha transcurrido, llegamos a la Avenue des Azalées. Está repleta de coches y, aunque parece que no vamos a encontrar aparcamiento, consigue estacionarlo al final de la calle.
Me bajo del Peugeot y un escalofrío recorre todo mi cuerpo.
Qué frío hace y qué poco previsora he sido al olvidarme la chaqueta en los asientos traseros del coche Cass.
Me abrazo a mí misma en un intento inútil de aislarme del húmedo y gélido fresco que baña la noche y me adecuo al ritmo de los pasos de Locke. Ante el suspiro que exhalo, pregunta:
—¿No tienes una chaqueta?
—Me la he dejado en el coche de mi amiga, pero estoy bien.
—Gabriela, estamos a menos de cinco grados.
—Nuestro edificio está aquí al lado —insisto.
—Toma. —Aparto la mirada de la calle para encontrarme con Locke quitándose el abrigo que cubre sus hombros.
—Locke, no... Gracias, pero no hace falta, estoy bien, de verdad.
En realidad, sí que quiero aceptar el abrigo, pero tan solo quedan unos metros hasta llegar al portal.
Y a pesar de haber denegado su oferta, siento la prenda ser colocada sobre mis hombros. Busco sus ojos, pero continúa el camino haciéndose el desentendido.
—Gracias —murmuro de todos modos.
Me aprovecho de que el ascensor esté en la cuarta planta y subimos por las escaleras con el pretexto de no esperar a que llegue al recibidor. Al estar cada uno frente a nuestra puerta correspondiente, me dirijo una última vez a él.
—Gracias por traerme. Y por el abrigo, también.
—Cuando lo necesites.
—Buenas noches, Locke.
—Buenas noches, Gabriela.