CAPÍTULO 9 #3
Kyle clava su mirada en la mano de Locke, después en mis ojos y me interrumpo a mí misma al hablar por evitar que añada nada más.
—La fiesta ha estado bien, ¿eh? Bueno, yo... Nos vemos en la universidad, ¿no? Buenas noches, Kyle. —Y antes de darle tiempo a responder, entrelazo mi mano con la que Locke me sujeta y echo a andar en dirección a la entrada.
Según cruzamos la puerta principa, el frío de la noche me da un bofetón. Rompo nuestro agarre al detenernos en el porche.
—Perdona —regreso al español para hablar con él—, es que no sabía cómo apañármelas para salir de ahí y...
—¿Lo de que te marchabas ya es verdad?
—Sí. —Deslizo el dedo por la pantalla para desbloquear mi teléfono y llamar de una vez por todas a Caleb—. Mañana tengo que madrugar y...
No he llegado a completar el pin de acceso cuando Locke me pregunta:
—¿Tienes coche?
—No. Iba a llamar a un amigo.
—Puedo llevarte yo, también me iba. ¿Por dónde vives?
—En Schaerbeek. Está a media hora de aquí. No hace falta que…
—Sé dónde está Schaerbeek, Gabriela. Yo también vivo ahí.
Titubeo.
Y es al ver mi vacilación que añade:
—No me cuesta nada.
—Está bien —accedo, porque tampoco quiero aguarle la fiesta a Caleb. Si hoy regresaba Sommers tendrá ganas de pasar un buen rato con su amigo al que hace meses que no ve.
Locke me alienta a avanzar y sigo sus pasos abrazada a mí misma. Hace un frío que pela y por supuesto, este vestido no abriga lo más mínimo.
Se detiene frente a un coche rojo. Saca unas llaves de su bolsillo y las luces parpadean al desbloquearlo. Me pongo el cinturón mientras observo la decoración que cuelga del retrovisor. Son unos dados similares a los que adornan el coche de Caleb que, casualmente, también es rojo.
Deja su móvil en la bandeja portaobjetos bajo la radio y la pantalla se enciende con una imagen de un dálmata cuyos ojos están clavados en la cámara.
—Ay, por favor, qué monada. ¿Es tu perro? —Señalo el dispositivo ante la mirada interrogante de Locke.
—Sí. —Lo coge y me lo ofrece para que pueda ver mejor la foto.
Me descoloca que me lo haya prestado así como así por mucho que sea para ver el fondo de pantalla de bloqueo.
No puedo evitarlo.
—Se llama Luke —añade.
—Eso se parece mucho a Locke —observo mientras admiro al animal que, por imposible que sea, parece que está sonriendo.
Tiene las manchas difuminadas y los ojos claros, un tono acaramelado que brilla todavía más gracias al sol que le enfocaba al tomar la foto—.
Yo tengo un gato. Bueno, es de mi madre.
Se llama Garfield, por el Garfield de los cómics.
—Vuelvo a dejar el móvil donde él lo había depositado—.
Mi hermano quería llamarle Charmander, pero me negué.
—¿Te negaste a llamar a tu gato Charmander? —cuestiona más ofendido de lo que habría podido esperar.
—No iba a nombrar a mi gato después de un Pokémon.
—¿Por qué no? Es un buen nombre —asegura. Agarra la palanca de cambios y tras hacer que el motor ruja al encenderse, gira el volante con facilidad.
—Eso es discutible. Y en todo caso, de haberlo hecho, le habría llamado Flareon.
Irremediablemente, mis ojos se clavan en sus manos.
Lleva un anillo en el dedo meñique de la derecha, fino y similar al tono del oro blanco. No es hasta que mi teléfono anuncia una llamada que consigo apartar la vista.
—Eh, rubia —me saluda Caleb—. ¿Qué? ¿Dónde andas? ¿Quieres que te acerque ya al piso?
—¡Hola! Te iba a llamar justo ahora. No hace falta que me lleves a casa. Estoy en el coche de un chico y…
—Qué estás, ¿qué? —me interrumpe, alzando aún más la voz sobre la música que persiste en la casa—.
Espérate, Noah —murmura distante al micrófono.
Pasan unos segundos hasta que deja de haber ruido.
Imagino que habrá salido—. ¿Estás en el coche de un tío?
Gabi, ¿le conoces de algo? —cuestiona, no sabría decir si cabreado o consternado y no es hasta ese instante que me saltan las alarmas.
Oh, oh...
Quizá es mal momento para plantearme si Locke es un tío raro cuyas intenciones son más raras aún. No le conozco de nada, pero tampoco es que me resulte raro estar aquí, a solas, junto a él.
—Gabi, bájate del coche.
—Caleb, no es un desconocido… Más o menos. No pasa…
«Nada», pretendía añadir, pero Locke se adelanta.
—¿Estás hablando con Caleb?
Le lanzo una mirada confundida. Es bastante obvio que estoy hablando con Caleb, pues acabo de pronunciar su nombre, pero ¿estamos hablando del mismo Caleb?
—¿Sí…? —respondo no muy convencida.
—¿Te importa ponerlo en altavoz?
Si cabe, aún más aturdida, hago según me ha pedido y selecciono dicha opción de la llamada. Mi amigo sigue farfullando no-sé-qué cosas sobre qué me baje del vehículo y lo insensato que es meterme en el coche de un desconocido a las tres de la mañana.
—Rubia, ¿me estás escuchando? —brama al no obtener respuesta—. ¿Dónde estás? Voy ahora mismo para allá. A saber con quién cojones te has montado y si…
—Creo que te puedes fiar de mí —murmura Locke y Caleb se detiene de golpe.
—¿Sommers? —cuestiona mi amigo.
Espera. ¿Sommers?
—Hola, Caleb —dice este como si nada.
—Joder, qué susto —masculla para seguir con una serie de improperios en francés.
—¿Sommers? —espeto en dirección a Locke—. ¿Tú eres Sommers? ¿Sommers el que volvía hoy de España?
—¿Sí...?
—¿Pero...? ¡Madre mía! ¡Si este es el coche de Caleb! Ay, pero que estúpida. ¿Cómo pretendías venir a buscarme si Sommers se había llevado tu coche? —escupo con los ojos clavados en la pantalla del teléfono como si el chico al otro lado de la línea pudiera verme.
—Y yo que coño sé —repone—. Me preocupaba más que estuvieras con alguno de los gilipollas con los que se junta Kyle.
Vale, en eso no puedo llevarle la contraria.
Quizá ha sido bastante imprudente meterme en el coche con Locke sin premeditarlo más de quince segundos.
—¿De qué os conocéis? —pregunta este con la misma confusión que creo que nos ha bañado a los tres.
—Vivo en el piso delante del suyo —respondo.
—Espérate. —Me mira de reojo antes de tomar el desvío hacia Schaerbeek—. ¿ Tú eres Gabi? ¿Gabi, la que se mudó al piso de Amelie y Finn a principios de mes? —Mantiene el francés para no dejar a mi amigo; nuestro amigo fuera de la conversación.
—Sí —contesto en el mismo idioma, atónita.
Porque él es ese mismo Sommers con el que compartían hogar Caleb y Noah.
—¿Te llevas bien con Whiskey? ¿En serio?
—Tan solo es una gata incomprendida... —respondo para el crédito del animal—. Si fuerais algo más agradables con...
—Vamos a ver —interviene Caleb en un tono exasperado—. El que tendría que preguntar de qué coño os conocéis vosotros dos soy yo.
—De una fiesta, en Madrid —responde Locke sin entrar en más detalle—. Y al día siguiente nos encontramos otra vez en la cafetería en la que he estado trabajando.
—¿Ves como no es un tío raro? —digo en dirección al teléfono y me gano una mirada curiosa del chico frente al volante.
—Rubia, estás hablando de mi mejor amigo. Es raro de cojones —repone Caleb en una carcajada—. Espérate. ¿Tú eres la rubia de la fiesta en Madrid?
Le echo un vistazo a Locke, quien ha apretado los labios en una fina línea.
—¿Supongo…? —respondo no muy convencida.
—Pues, claro que sí —prosigue en lo que me da la sensación de ser un tono que no hace sino expresar que algo acaba de hacerle clic en la mente—. No sabes el por saco que dio Sommers con que...
—Caleb, hay muy mala cobertura —le interrumpe este.
Las rallas de conexión en el borde superior de mi teléfono indican todo lo contrario, pero Caleb suelta una risa y accede a guardar silencio.
—Tened cuidado, anda. Mañana hablamos.
—Disfruta de la fiesta. —Cuelgo la llamada después de que Locke se haya despedido también de él. Regreso el español mientras guardo el móvil en mi bolso—. Conque no solo hemos vuelto a coincidir sino que somos vecinos…