Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—¿Y mi hermano? —pregunta Amelie—. ¿No se suponía que veníais con él y con Sommers?

—Y eso hemos hecho, sí —le responde Noah—. Estaban aparcando el coche. Joder, que calor da esta puñetera bata. —Se deshace de la prenda y la hace un gurruño que guarda bajo su brazo. Ahora es una camiseta de manga corta y unos vaqueros lo que compone su vestimenta.

—Oh, venga ya... —protesta Caleb—. No tiene gracia si lo llevo yo solo... Ojazos, ve a juego conmigo.

—Debes ser más tonto de lo que yo pensaba, eh... —rezonga mi amiga en respuesta—. Y por si no te has dado cuenta, ya tengo disfraz. —Se apunta la diadema con la palma de la mano extendida.

—Me he dado cuenta, sí... Me atrevo a decir que me gustas incluso más vestida de diablesa, ojazos... —El usual ronroneo que acompaña las palabras de Caleb cuando conversa con mi amiga vuelve a estar presente así como ella rodando los ojos ante su insaciable hambre de rechazos.

Yo todavía veo el mismo potencial a historia digna de libro de romance entre estos dos al igual que el primer día, pero creo que Amelie sigue sin estar muy de acuerdo. Creo...

—Dile a Sommers que se lo ponga contigo —ofrece Noah.

—Sí, ya —contesta Caleb como si su amigo acabase de decir algo de lo más irracional—. Espero que tengáis ganas de conocer al dicharachero —repite una vez más en español— por excelencia del grupo —dice en mi dirección y la de Cass.

—¿Por qué suena eso a ironía? —Frunzo el ceño, curiosa.

—Porque lo es.

Antes de abandonar la cocina, le pregunto a Caleb si puede hacerme el favor de acercarme al piso. No duda en darme una afirmativa y quedamos en que si de aquí a dos horas no estamos juntos, le llame por teléfono para encontrarnos.

Sorteamos la marea de estudiantes que se extiende por el salón y llegamos a una de las esquinas de la estancia.

Por los altavoces suena una canción en francés que no reconozco y veo la misma mesa de beerpong que había en la fiesta anterior.

No hace más que engrosar la lista de cosas clichés que sin duda hallaría de estar en una fiesta universitaria de una novela.

El tiempo pasa y pierdo la cuenta de las veces que me he reído y bailado junto a mis amigas, conocido más personas con las que hemos conversado largo y tendido y olvidado la norma —que yo misma me he impuesto— de no beberme más de una copa. En mi mano sostengo la tercera.

Cuando miro la hora, me doy cuenta de que debería haber buscado a Caleb hace más de quince minutos y que, sin duda, lo más sensato sería prescindir de acabarme este cubata.

—Voy a buscar a Caleb —les digo a mis amigas. Espero que siga con el cubo en la cabeza y así pueda reconocerlo con mayor facilidad.

—¿Te acompaño? —se ofrece Cass.

—No te preocupes. Os escribo cuando esté con él.

No he terminado de avanzar más de la mitad del salón cuando alguien se planta delante de mí.

—Perdona, Gabi, se te ha caído un papel.

Me freno en seco, a punto de estamparme contra Kyle y tirarle lo que resta de mi bebida encima. Extrañada, arrugo las cejas y vuelvo la cabeza sobre mis pasos. No hay nada detrás de mí y tampoco es como si llevara confeti dentro del diminuto bolso que he traído conmigo.

—¿Qué papel? —cuestiono de todos modos ante la sonrisa que hay en su boca y el reluciente interés en su mirada .

—El que te envuelve, bombón. —Me guiña un ojo al tiempo que los míos se abren con incredulidad—. ¿Cómo es que no te he visto en toda la noche?

¿Acaba...? ¿Ha dicho lo que creo que ha dicho?

Boquiabierta, procuro reírme y disimular el calambrazo de vergüenza ajena que me ha recorrido de pies a cabeza.

—Bueno, he estado por ahí. —Señalo a los sofás acomodados en forma de herradura—. Pero me marcho ya, mañana tengo que madrugar.

—¿Ya? —Reduce el espacio entre nosotros tomando un paso en mi dirección—. No puedes marcharte sin que hayamos bailado.

Intento camuflar la mueca que amenaza con contraer mi rostro.

¿Es que no ha entendido todas las negativas que he estado dándole en la última quincena? No quiero ser borde ni estar cerca de ofenderle, pero ya no sé a qué recurrir para que comprenda que no estoy interesada en repetir lo que sucedió a principios de octubre.

—Lo siento, Kyle. Pero, de verdad, que tengo que irme ya. Quizá en la próxima fiesta que hagas —añado con la esperanza de que así no insista y pueda seguir buscando a mi amigo.

—Venga, Gabi. —La punta de sus dedos encuentra mi cintura y se desliza por mi espalda baja.

Se inclina hasta rozar mi oreja con sus labios y susurrar—: Puedes quedarte a pasar la noche aquí.

Mi cama es lo suficientemente grande como para compartirla sin problema.

—Deja un beso lento en los centímetros de piel que unen mi cuello y mandíbula y sin poder evitarlo se me eriza todo el vello del cuerpo.

—Kyle... —balbuceo. Tengo que irme a casa e intentar descansar y hallar la forma de que la resaca que sé que voy a tener desaparezca en un margen de cinco horas. No puedo subir a su habitación con él. No puedo—. Yo... Estoy buscando a...

—¡Tú! ¡Kyle! —exclama alguien próximo a nosotros.

Se aparta de mí con una más que evidente resignación.

—¿Qué coño quieres, Roy? —demanda en casi un gruñido.

—Thomas se ha metido en pelotas a la piscina.

—Vamos, no me jodas —masculla entre dientes—. Perdona, Gabi .

Sale detrás de ese tal Roy y yo me tomo esta oportunidad para salir por patas en dirección opuesta. Necesito dar con Caleb. Aunque, si no logro encontrarle en menos de cinco minutos lo más útil va a ser optar por llamarle por teléfono.

No he terminado de girar sobre mí misma cuando me doy cuenta de que vuelve a haber otra persona justo delante y que es demasiado tarde para esquivarla. Me estampo de lleno con un pecho fornido conquistado por una colonia envolvente.

—Oh, ¡venga ya! —protesto en español al notar el líquido empapar mi vestido. Si hay algo que un mes en Bruselas hablando a diario francés no va a cambiar en mí son las reacciones automáticas en mi lengua materna.

Pretendo cambiar la configuración de mi cerebro para encontrar la manera de responder en francés lo antes posible cuando la contestación de la otra persona llega a mí en mi idioma, amortiguada por la música a nuestro alrededor, pero en español.

—Mira que tienes puntería, eh.

Alzo la mirada, olvidándome al instante de mi intento de huida.

El chico tiene la cabeza ladeada hacia la derecha y una ceja alzada.

Las facciones de su rostro se registran con rapidez en mi memoria; la nariz romana, la mandíbula marcada, los ojos serios e intensos, esos mismos con los que me estrellé la primera vez que derramé mi cubata sobre él y sobre mí.

—Locke —pronuncio su nombre en una exhalación, asombrada y aturdida a partes iguales.

—Hola, Gabriela.

—Lo siento mucho, yo... —prosigo en español—. Quería irme y...

—¿Has vuelto a tirarme el cubata encima? Sí, ya lo he visto. —Se echa a sí mismo un vistazo; a la mancha que se extiende por la parte frontal de su camiseta, como diciendo «qué se le va a hacer»—. ¿Era vodka con limón?

—Después de otros dos, no está tan mal... —Me encojo de hombros, recordando la conversación tan similar que mantuvimos hace cosa de dos meses—. ¿Qué haces aquí?

—No tenía mucho más que hacer en España. ¿Qué haces tú aquí?

—He venido con mis amigas, pero me marchaba ya. —Abro la cremallera del bolso. Me rindo. Voy a llamar a Caleb—. Bueno, me alegro de verte, aunque hayas vuelto a tirarme el cubata.

—¿He vuelto a ser yo? —cuestiona, ceja todavía alzada—. La que se ha chocado conmigo y ha vuelto a mancharme la camiseta, otra vez, has sido tú.

—¿Qué hay de mi vestido? —repongo.

Su mirada baila sobre la mía. Me parece ver diversión en sus verdes y que va a sonreír, pero no está muy claro.

—Yo también me alegro de verte —concluye.

Una casualidad curiosa este reencuentro, desde luego.

Estoy a punto de marcar la llamada cuando decido probar suerte una última vez. Quizá Locke le conoce y, por otra nueva casualidad, acabe de verle por aquí.

—Oye, busco a un amigo. ¿Sabes quién es…? —No me da tiempo a terminar de pronunciar su nombre.

Los rizos rubios y ojos azules de Kyle reaparecen delante de mí.

—¿Dónde nos habíamos quedado? —pronuncia con un deje socarrón sin darle importancia al chico con el que conversaba.

—Kyle, yo...

—Michaels, estábamos hablando —interviene Locke en un marcado acento francés que, por alguna razón, no me sorprende que tenga.

Y es la similitud a lo ocurrido en la fiesta de hace ya más de dos meses en Madrid que provoca que sea un escalofrío desagradable el que crepite esta vez por mi columna.

No puede ser verdad.

Por favor, que no vuelva a repetirse lo de aquella madrugada.

Por favor.

—Hombre… Si contaba con que alguien viniera desde luego no eras tú. —Kyle recorre con no mucho agrado en su mirada la figura de Locke—. ¿Qué haces aquí?

Y antes de ser capaz de morderme la lengua, escupo:

—Ha venido a recogerme. —Clavo mis ojos en los de Locke con un claro mensaje en ellos o, mejor dicho, una súplica implícita: «Por favor sígueme la mentira. Por favor, por favor».

—¿ Él ha venido a recogerte? —cuestiona como si no hubiera mayor disparate a ser dicho.

Vale, está claro que estos dos se conocen y más de lo que yo conozco a cualquiera de los dos. Espero no haber metido la pata hasta el fondo con mi comentario. Es creíble, ¿no? No puede ser que no lo sea.

—¿Sí…? —murmuro menos convencida de lo que me gustaría.

—Estoy seguro de que tu amigo puede esperar, Gabi.

Según Kyle da otro paso en mi dirección, retrocedo por automaticidad y mi espalda choca con el pecho de Locke.

Tengo la intención de hablar antes de volver a recurrir al plan «salir escopetada a la primera de cambio» cuando la voz del chico detrás de mí se anticipa a la mía, lenta y decidida después de haber deslizado su mano desde mi cintura a mi cadera y pegarme contra la suya.

—¿Qué parte de que he venido a por ella no has entendido, Michaels? —farfulla acentuando su papel estúpidamente territorial.

Un ridículo y abrasador cosquilleo surge en cada centímetro que roza. Malditas novelas clichés de romance.