Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Casualidades en una fiesta

Gabi

Antes de que haya podido darme cuenta, he probado los gofres y el chocolate belga, visitado el Atomium con Cass así como devorado su libro, conocido a las tres hermanas de Caleb, aprendido a moverme en transporte público con agilidad y octubre está a punto de acabar.

Tal y como Amelie me previno, no ha habido muchos días soleados y durante esta última semana ha llovido cada uno de ellos.

Ahora, rozando noviembre, es imprescindible salir de casa con algo más que una cazadora.

Por otro lado, al contrario de lo que pensé, no me ha costado acostumbrarme a la rutina de acudir a la universidad unas horas, después a la academia y terminar el día en la empresa.

Mi jornada en la SommeWhat Company da comienzo a las siete y media y tengo el tiempo justo para llegar a pie desde la academia.

Creo que no hace falta ahondar en por qué tanto los miércoles como los domingos son mis días favoritos más que diciendo que son los únicos que tengo libres.

Ni universidad, ni academia, ni empresa.

Aunque, al menos, he tenido la suerte de conocer a Harriet; una chica más o menos de mi edad que hace que limpiar los despachos sea más ameno.

Suelo llegar al piso sobre las nueve y media y, gracias a que se han ajustado a mis horarios, ceno acompañada de Amelie y a veces, de Finn.

De una quincena atrás, raro ha sido el día en el que ha dormido en el piso.

Ya ha dejado caer en más de una ocasión que lo más probable es que vuelva a mudarse con Charlotte antes de que finalice noviembre.

Con los viernes de pizza ha sucedido lo mismo.

No puedo expresar cuán agradecida estoy de que me hayan acogido con tanta familiaridad.

Desde la noche en que llegué, se han encargado de hacer que me sienta igual que en casa.

Y debo confesar —que mi amiga no se entere de esto— que han sido mis días favoritos, porque, además, Cass también se ha sumado a ellos y los disfruta casi tanto como yo.

El veintiuno celebramos el cumpleaños de Caleb y quise tener un detalle con él; le regalé unas púas para la guitarra con las iniciales de su nombre; una «C» y una «T» por su apellido; Thys.

Continúa con su flirteo incesante y guiños pícaros, pero ahora sé que es su mera forma de ser.

Creo que puedo referirme a él como mi amigo y es más reconfortante de lo que jamás podrá imaginar.

Eso sí, no hemos vuelto a jugar al FIFA .

No lo reconocerá, pero ha estado negándose con el pretexto de que no quiere ganarme tan pronto.

Noah, por otro lado, es más tranquilo y, no es que sea recatado, es que, ante la efervescencia que acompaña a Caleb, cualquiera puede compararse.

De todos modos, en más de una ocasión ha seguido alguna de las bromas de su amigo y mi barbilla ha estado a poco de rozar el suelo.

Está en el último año de Veterinaria y sus días se caracterizan por frecuentar la clínica para las prácticas.

—Gabi, ¿me he dejado el pintalabios en el lavabo? —Cass se asoma por la puerta del cuarto de baño.

Le respondo que sí y le tiendo la barra color carmesí.

Frente al espejo, termino de aplicarme la máscara de pestañas y acomodo la diadema con los pequeños cuernos de color rojo que compone nuestro gran y elaborado disfraz en conjunto.

Sí, no tiene más.

Un vestido negro, en mi caso de cuello alto, y la tiara. Eso es todo. Tampoco íbamos a comernos mucho la cabeza por la fiesta de Halloween y supuesta temática «terrorífica» que se celebra en casa de Kyle.

Que ese es otro...

No hemos vuelto a vernos más allá de coincidencias fortuitas por la facultad.

En más de una ocasión, coincidiendo también con la salida de mi última clase del día, me ha acompañado al coche de Cass o llegado a ofrecerse a llevarme él mismo de vuelta al piso.

No he accedido ninguna de ellas. Me cuesta siquiera mirarle a los ojos.

Y dicha incapacidad no reside más que en la persona a quien me recuerda. Una persona por la que llevo semanas esforzándome en no pensar; una persona que, día tras día me repito a mí misma, está lejos de mí.

Amelie se ha calzado sus usuales botas altas hasta las rodillas y el vestido que se abraza a su cuerpo, al igual que el mío, es negro y ajustado con la diferencia de que el corte de su escote es de palabra de honor.

—¿Te has probado las botas? —me pregunta.

—Sí. —Bajo la mirada para encontrarme con ellas. Son casi idénticas a las suyas pues tiene como tropecientos modelos de todo tipo de colores—. Son cómodas.

No me preocupaba andar con un tacón tan puntiagudo como este; estoy acostumbrada a moverme con tacones y hacer cosas más complejas que caminar con ellos. Me preocupaba no poder cerrarlas.

Botas como esas están hechas para piernas medianamente delgadas y en más de una ocasión, la cremallera no ha cerrado del todo. Si los he acabado comprando, he tenido que hacerle algún arreglo en el zapatero.

Tengo las piernas grandes y no es algo que me acompleje, al menos ya no. Me gustan mis piernas, pero hay cosas de las que a veces me he visto en la obligación de prescindir.

Me sucede lo mismo al comprar pantalones, por eso los anchos son mis mejores amigos. Si encuentro unos que se amolden a mis muslos, es porque en la zona de la cintura van a quedar demasiado holgados y en el supuesto caso de llegar a ajustarse a la zona superior, entonces, no pasarían mis piernas.

—Sigo sin apoyar la idea de que regreses en taxi. —Me dedica una mirada rápida mientras termina de acomodarse sin éxito alguno su indomable flequillo .

—Am, ha sido idea mía. No hay ningún problema.

—Sigue sin gustarme.

Mañana debo estar en la academia a las ocho de la mañana y es el motivo mismo por el que, aunque vamos a ir en el coche de Cass, planeo regresar antes que ellas.

—Am, no quiero que os marchéis solo porque yo tengo clase temprano. —No quiero ser el motivo por el cual deban concluir la noche antes de lo previsto—. Es el requisito que tengo, no pasa nada.

—Que no quiero que te vuelvas sola, Gabi —determina.

—A mí tampoco me hace ninguna gracia —añade Cass, uniéndose a mí bajo el vano de la puerta—. ¿No venían también los chicos? Dudo que los tres aguanten mucho más que tú en esa fiesta.

—No sé yo. Sommers regresaba hoy y, por lo que tengo entendido, querían celebrarlo. —Amelie pone una mueca, lo más seguro, imaginando la escena con vergüenza ajena.

—Puedo pedirle a Caleb que me acerque, dudo que me diga que no —pronuncio en un pensamiento en alto. Además, él no bebe y estoy convencida de que no va a tener problema en traerme de vuelta a casa si se lo pido—. ¿Te parece mejor?

—Sí, me parece mejor.

Me echo un último vistazo en el espejo de mi habitación después de volver a entrar para coger el pequeño bolso en el que no cabe mucho más allá de mi cartera, móvil y llaves de casa y dos minutos después nos hemos montado en el coche de Cass.

La zona de Uccle donde se ubica la casa de los padres de Kyle es una residencial caracterizada por la ingente cantidad de árboles que la rodea.

El casoplón de los Michaels está próximo al Bosque de Verrewinkel y es con el que finaliza la calle.

A no muchas manzanas de distancia, se encuentra también el que solía ser el hogar de Amelie antes de que se mudara a Schaerbeek.

Cass aparca el coche a varias calles del domicilio.

Dejo la chaqueta en los asientos traseros para no tener que estar pendiente de dónde guardarla en la casa y salgo del vehículo.

Me arrepiento al instante.Creo que no llegamos a los diez grados.

Acelero el paso con la intención de aislarme del frío de finales de octubre lo antes posible.

La fachada se extiende verticalmente tras un valla de color negro. Es de un estilo moderno ostentoso, intensificado por las luces que escupen los ventanales. Ya puedo escuchar la música que sale del interior antes de haber siquiera llegado.

Según cruzamos la entrada, reconozco varios rostros aunque otros muchos me resultan desconocidos.

Y, a diferencia de la fiesta anterior en la que fue Cass la encargada de guiarnos por el interior de la estancia principal, esta noche me ocupo yo de conducir a mis amigas hasta la cocina como primera parada.

Acabo con un vaso hasta arriba de cubitos de hielo que combina refresco de limón con vodka. Mi elección usual suele ser un ron-cola, pero la pelirroja insiste en que esto está mejor y tras darle un trago..., bueno, sigo prefiriendo el ron.

Me he prometido a mí misma no beberme más de uno, no puedo ir con resaca a la academia, así que espero que este me dure un buen rato.

Justo en el momento en el que Amelie ha terminado de servirse su respectiva copa, entran en la cocina Caleb y Noah. No puedo aguantarme la risa al ver y comprender su disfraz.

—No me lo puedo creer. —Cass se cubre el rostro con ambas manos.

Caleb, con una sonrisa que irradia orgullo, le echa mano a una par de cervezas.

—En español tenéis palabras muy graciosas. —Le ofrece una de ellas a Noah y tras hacer uso del abridor, le da un trago al botellín marcado con un «0,0%».

—Tienes que dejar de usar Duolingo... —determino con la mano en la frente al tiempo que niego con la cabeza—. Te está pasando factura.

—Pero, rubia —Señala su propio cuerpo así como el de su amigo y exclama—: ¡somos cubatas ! —pronunciando el término en español.

Esto es increíble.

Noah y él llevan una bata de color azul y un cubo de plástico en la cabeza. Y son un cubata porque es un cubo... Y una bata... Y yo no sé si reír o echarme a llorar.

—No vuelvo a hacer una apuesta con él. —Noah se detiene a mi lado, se quita el balde de la cabeza y acomoda su pelo. Le da un trago a su respectiva cerveza y se apoya en la encimera—. Ah, y ha aprendido otra palabra nueva... ¿Cómo era, Caleb?

—Dicha... —Carraspea y alza un dedo en un intento de recordar cómo se pronunciaba—. Dicharachero —pronuncia en un español atropellado antes de regresar al francés—. Me pega, ¿eh?

—De hecho... —Arqueo las cejas con abatimiento— ...Sí.