CAPÍTULO 11 #5
—Yo... Nada. Estoy bien. —Bajo la decena de peldaños y llego a su altura—. Buenas noches.
Mi intención de pasar a toda velocidad por su lado, entrar en casa y encerrarme en mi cuarto haciendo el mayor de los esfuerzos por no establecer contacto visual con ninguna de las personas que siguen en su interior se ve interrumpido por el agarre de su mano en mi antebrazo.
No es demandante, no aprieta; es el gesto que expresa las palabras que no ha pronunciado. Ese «Estás llorando» a modo de argumento para contradecir mi afirmación que no le hace falta pronunciar.
Y nada más mis ojos chocan con los suyos, el enganche desaparece.
Niego con la cabeza. Me retiro el pelo tras las orejas y cruzo los brazos sobre mi pecho de forma protectora. Clavo mi atención en la punta de mis pies, evadiendo cualquier tipo de contacto directo con sus verdes.
—No es nada —digo con la esperanza de que decida concluir aquí la incómoda conversación y situación en la que no quería verme envuelta.
Lo que siento son sus dedos en la barbilla, redirigiendo mi mirada a la suya. La intensidad de esta me remueve por dentro y me cuesta tragar saliva.
—¿Qué te ha pasado? Hace más de quince minutos que has subido a la azotea. —Y como si acabara de darse cuenta de su acción, aparta la mano—. Estás helada.
—Es… Estaba... He tenido que arreglar una cosa, pero ya está solucionado. —Me limpio, de nuevo, las lágrimas y pretendo sonreír. Sale estrepitosamente mal, por supuesto—. Estoy bien —repito.
Su expresión se endurece. Tiene la cabeza inclinada hacia un lado y la mandíbula tan prieta que veo como un músculo se contrae.
Sabe que estoy mintiendo. Claro que lo sabe.
—¿Estás segura de que estás bien? —cuestiona de todos modos.
Dudo.
Podría mentir.
Podría decirle que sí .
—Lo estaré.
Locke continúa observándome con esa determinación inalterada que me agitada todavía más.
Yo le devuelvo la mirada con los ojos cargados de una súplica silenciosa; que no fuerce más la conversación.
No creo que su intención sea entrometerse y no es que me moleste que esté preguntando, porque me atrevo a decir que parece incluso preocupado, tan solo deseo alejar los recientes sucesos todo lo posible de mi memoria.
—Buenas noches, Locke —musito.
Cuando intento volver a reanudar los pasos, no me pone impedimento. Avanzo por el rellano y le dejo a mi espalda. Hago sonar mis nudillos sobre la puerta de mi piso y antes de que la abran murmura un «Buenas noches, Gabriela» para, acto seguido, abrir la suya y desaparecer tras ella.
La cara de Amelie se oscurece nada más distingue el enrojecimiento en mi rostro y ojos y la expresión afligida que debe mostrar este.
—Me voy a dormir —intento sonar lo más serena posible. Suficiente que Locke ya se ha dado cuenta. Sé que ella también, lo tengo más que claro, pero necesito encerrarme en mi habitación y cambiarme de ropa. Estoy tiritando.
Sin cuestionar nada, Amelie se hace a un lado.
Por el rabillo del ojo, veo a Caleb seguir mis pasos con una más que evidente expresión de intranquilidad mientras avanzo hasta mi cuarto.
Cierro la puerta, enciendo la luz de la mesilla y me siento frente al escritorio para quitarme los calcetines mojados. Me pongo unos secos y algo más gruesos.
Una vez en la cama donde Whiskey ya se ha hecho un hueco, no pasa mucho tiempo hasta que las voces del salón desaparecen y Amelie y Cass asoman la cabeza entre el hueco de la puerta.
Me preguntan si puede pasar. Asiento.
Se acomodan cada una a mi lado, apoyadas contra el cabecero de la cama.
—¿Qué pasa? —tantea Cass.
—Nada. —Cojo, de nuevo, una profunda inspiración. Noto las lágrimas aglomerarse de manera instantánea e irremediable—. Estoy cansada.
Inclina la cabeza y sus ojos azules gritan un «No te lo crees ni tú».
Niego con la cabeza y clavo la mirada en la gata que ahora se ha hecho un rosco sobre mis piernas.
Antes de siquiera comenzar a hablar, una nueva lágrima abandona mi ojo y se desliza por mi mejilla hasta colgar durante unos segundos de mi barbilla y acabar formando una mancha redonda en la funda del nórdico.
—Le he llamado —mascullo con vergüenza.
—¿Quieres hablar de ello? —pregunta Amelie, quien nunca recurre a nadie con sus problemas pero es la primera en acudir a resolver los tuyos—. No tienes por qué contárnoslo ahora. No tienes por qué contárnoslo, en realidad.
Asiento, no sé si respondiendo a su pregunta o coincidiendo con su explicación.
—Me ha dicho cosas muy feas —sollozo y se lo cuento todo. Todo lo que me acaba de decir. Todo lo que me ha hecho sentir en tan poco tiempo—. He intentado convencerme de que odiándole podría superarlo pero no puedo. No puedo olvidarle mediante el odio.
Y sin añadir nada más, ambas me rodean con sus brazos.
Por mi mente solo pasan las palabras que ha pronunciado.
«Una apuesta».
«Sus putas sobras».
¿Ha sido eso? ¿Ha sido mi relación una mentira más grande de la que creía? Yo… Yo pensaba que él me quería, pensaba que yo a él…
Quizá durante todo este tiempo he tratado de convencerme de que podía hacerlo, pero a lo mejor no estoy hecha para ser querida.