CAPÍTULO 6 #2
—Digamos que cometí el error de ser amable con él la primera semana de curso —dice, pues por mucho que yo me haya incorporado hoy, en realidad, fue la primera semana de septiembre cuando dieron comienzo las clases—, me invitó a una de sus fiestas y... Desde entonces no me habla.
Me mantengo en silencio, porque sé que hay algo que tiene que añadir para terminar de completar la historia
Cuando lo alarga más de lo que puedo soportar, ladeo la cabeza y alzo las cejas como diciéndole «venga, sigue de una vez».
—Fuimos a la fiesta —dice, señalando por un breve momento a Amelie—. Y bueno, intentó liarse conmigo…, pero es que me gustó su hermana.
Una carcajada atónita sale disparada de mi garganta.
—No vas a decirme lo que creo que vas a decirme, ¿verdad? —cuestiono, cuando lo cierto es que espero que la anécdota prosiga igual que acabo de imaginar.
—Sí... —Hace una mueca.
No es algo que me pille de nuevas. Cass ha compartido en sus redes sociales múltiples veces, así como tratado en sus libros por lo que he visto en reseñas de sus lectores, su bisexualidad. Pero ¿este giro en la trama respecto a lo que ocurrió entre ellos?
Menuda manera de introducirme a la existencia de Kyle.
—De hecho —prosigue—, no me habla porque me pilló enrollándome con ella. El caso es, Gabi, que sí, es un chico guapo, pero tiene algo... Muy al estilo de ese personaje antagonista que parece de lo más agradable y resulta ser todo lo contrario.
No añado nada. Está claro que ellas tienen una opinión que se sostiene más allá de un par de frases intercambiadas en un lapso de cinco minutos, pero... No lo sé.
A una parte de mí le ha gustado..., gustarle.
—¿Ya tienes la comida hecha? —cuestiono cuando un par de horas después me despido de Cass y me encuentro ya con Finn en la cocina—. Sólo son las… Ah, claro. Es la una y media. Vuestros horarios me van a matar.
Finn suelta una risa pero me asegura que no debo preocuparme por echar de menos las comidas de España. Él nunca ha dejado de prepararlas a pesar de llevar casi una década aquí. Adora demasiado la gastronomía española como para prescindir de ella en su día a día.
—Estoy intentando que me dejen implementar platos en el menú y creo que voy a conseguirlo —comenta cuando le pido que ahonde un poco en lo que consiste su puesto en el restaurante.
Ahora está como jefe de partida, lo que implica un rango más alto que ser ayudante de cocina, pero no tanto como para estar en el de ayudante de chef. Todavía. Sé que de aquí a poco tiempo le ascenderán. Lo de este chico es talento innato en lo que respecta a defenderse cocinando.
—¿Nerviosa? —me pregunta cuando no queda nada en los platos.
—No te haces una idea —me sincero. Llevo tanto tiempo con esa sensación ansiosa adherida a mí que he perdido la cuenta de cuánto hace que me acompaña.
Rozando las cuatro de la tarde, media hora después de montarme en el bus, estoy ante una fachada de color negro. La academia está cerca del Bulevar Anspach y un letrero de luces neón rosa tintinea cada pocos segundos con las palabras «Avant-garde».
Entro y saludo a la chica que está en la recepción. Varios pendientes cuelgan de sus orejas, junto con un piercing en la ceja. Después de confirmar mi identidad, me indica que pase.
Detrás de ella se extiende un largo pasillo.
Según avanzo, gracias a las ventanas que hay, puedo ver el interior de los estudios.
Son espaciosos y están iluminados por líneas de luz alrededor de los espejos y paredes.
En uno de ellos dan clase a niños bastante pequeños; no deben tener más de seis o siete años.
Sonrío al recordar que hace nada yo estaba ahí, junto con Fer y Carlos.
El estudio que me ha indicado es el número nueve y es incluso más grande una vez estoy dentro. Me veo reflejada en el espejo. Mi pelo trenzado y mi usual ropa para entrenar; un pantalón gris de chándal y una camiseta holgada o, en otras palabras, unas tallas por encima de la que me corresponden.
Dejo la mochila al lado de uno de los bancos y camino hasta situarme en el centro. No puedo creerme que esté aquí de verdad. Parecía tan lejano y ahora…
La puerta se abre. Reconozco en el reflejo la sonrisa que me lanza en menos de dos segundos.
—¡Fer! —Un chute de alegría acelera mis pasos.
—¿Cómo estás? —Se acomoda el pelo después de que nos hayamos apretujado en un abrazo efervescente. Tiene los rizos húmedos, debe haberse puesto a llover.
—Bien. —Sonrío todo lo posible. No nos hemos visto desde que aterrizamos a Bruselas—. ¿Y tú?
—Intentando acostumbrarme al horario.
—Estoy igual. —Frunzo el ceño—. ¿Dónde está...?
—¿Carlos? Ligándose a la chica de recepción.
—No me estoy ligando a nadie. —El susodicho, con toda la calma habida y por haber, entra en el estudio—. Solo estoy siendo yo mismo. No es mi culpa que mis encantos…
—Por favor —Fer niega con la cabeza—, deja de hablar.
Suelta una risa traviesa y llega hasta mí. Me da un abrazo y deja un beso en mi mejilla para continuar hablando. El jaleo de nervios en la boca de mi estómago se aviva.
Por costumbre, mis ojos se van de nuevo hacia la entrada, cuestionándome si la siguiente persona en llegar será él. Es ridículo. Está en España y yo estoy aquí, lejos. Se ha quedado atrás. No tengo que preocuparme de que él llegue y me vea interactuando con mis amigos. No está.
Debo centrarme en esta oportunidad. Es grande, inmensa.
Pero como una invención de mis peores inseguridades, la puerta vuelve a abrirse y es Melissa quien se suma a los bailarines que ya ocupamos el estudio.
Lleva el pelo recogido en su usual coleta alta y escanea la sala de pasada.
Sus ojos se detienen sobre mí. Los entrecierra y me sonríe con frialdad. Me tiemblan los brazos.
Aparto la mirada todo lo rápido posible.
—Pues resulta que somos los últimos. Así me gusta, puntualidad. —Un chico con la cabeza trenzada acompañado de una chica con el pelo teñido de rosa son los últimos en unirse a nosotros.
Se presentan como Mikel y Gala. Son la pareja de entrenadores que va a darnos clase esta temporada. La cara de ella me resulta familiar, quizá de alguna competición en la que se haya acercado a saludar a mi entrenador.
—Bienvenidos —dice ella—. Por favor, sentaos —indica a la vez que se agacha hasta acomodarse en el suelo con las piernas cruzadas entre sí.
Cuento la cantidad de bailarines después de sentarme entre Fer y Carlos y me doy cuenta de que falta una persona por llegar. Somos doce los que conformamos el grupo de becados y solo estamos once.
Inmediatamente, un chico de piel oscura, alto y con el pelo rapado y decolorado es el último en llegar al estudio.
—Siento llegar tarde, no encontraba aparcamiento. —Acelerado, se une a nosotros.
Gala le asegura que no hay problema, pues no se ha perdido nada. Y es cuando sus ojos caen sobre mí que le reconozco. Es Théo, el chico con quién me he sentado hoy en la universidad. Me parece distinguir el mismo reconocimiento en él y me sonríe de medio lado para confirmarlo.
—Bueno. Pues hoy van a ser presentaciones y poco más. Así que disfrutadlo porque no vais a tener un día igual de calmado como este. —Mikel comienza a hablar—. Vale, primero horarios.
Durante las dos horas que dura esta clase de iniciación, pasamos una de ellas hablando sobre el programa y las dinámicas que vamos a practicar.
Gala es coreógrafa especializada en Heels y Mikel en Urbano.
El primer estilo no lo vamos a tocar con tanta frecuencia, cosa que me frustra un poco porque lo adoro.
Nos informan también de las competiciones previstas. La nacional, de febrero y la competición internacional de junio; la principal razón por la que estamos aquí.
Creo que el respeto atemorizado ante la mención de la «Vigésimo Octava Copa de Baile Urbano Intercontinental» se expande sin falta por todos y cada uno de nosotros.
—De todos modos, esta organización es susceptible a cambios dependiendo de la evolución y el desarrollo que veamos durante las clases.
Añaden que será los viernes cuando tengamos la oportunidad y suerte de recibir clases de otros tipos de danzas de la mano de bailarines profesionales y que empezaremos esta semana con una clase de Ballet . No sé si ilusionarme o echarme a llorar.
Adoro el Ballet , de verdad que sí. Pero adoro admirarlo, no practicarlo. Las pocas veces que hemos hecho ese tipo de actividades más inmersivas y ha sido ese estilo de baile el que hemos practicado, he acabado con el cuerpo engarrotado en nudos.
—Aunque, antes necesitamos un nombre. No hace falta que sea inmediata vuestra respuesta —dice Mikel—.
Habladlo y ved cual se ajusta mejor a vosotros.
—Se pone en pie y se acomoda los pantalones anchos que viste—.
Nos vemos mañana, chicos. Y venid con ganas.
Esto es una oportunidad grande y no os podéis permitir desaprovecharla.
Dejo salir una bocanada de aire.
Han sido dos horas de información seguida de información y, aunque es todo lo que me esperaba, ha sido una charla tediosa.
No por los entrenadores, no. Ha sido pesada porque aún no me creo que esté aquí y todo cuanto han añadido no ha sido más que un recordatorio de los meses tan intensos que nos deparan.
Por un lado, está la preocupación de que no llegue a desarrollarse un entendimiento entre todos nosotros.
Me lleva acechando desde el día que recibí la carta.
He participado en un gran número de competiciones junto a Fer y Carlos y sé que la conformidad y la comprensión de las coreografías junto a ellos van a surgir con naturalidad.
Pero es, cuanto menos, algo de lo más arriesgado lo que supone la beca. Este proyecto nunca se había intentado en mi academia.