Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

Una familia española de bailarines creó una escuela alrededor de los años cincuenta y desde el momento de la apertura no dejaron de ascender.

Inauguraron primero más academias repartidas por España, para la representación nacional y después, se sumaron algunos países de Europa con el objetivo de llegar a un nivel internacional y poder participar en competiciones intercontinentales.

Ahora, Avant-garde, no existe solo en Madrid y, por ende, Bruselas. Ahora hay escuelas repartidas por Barcelona, Bilbao y Sevilla, otra en París y una última en Milán.

Doce plazas para una beca a la que se presentaron más de quinientas personas. ¿Cuántas se habrán quedado fuera porque yo…?

Intento alejar ese pensamiento tan pronto como aparece.

«Si estoy aquí es porque lo merezco».

Salgo del estudio acompañada de Carlos, Fer y Théo, a quien me he acercado en cuanto ha llegado el final de la clase. Es un chico súper agradable y más extravertido de lo que pensaba. Tan pronto como le he introducido a Fer y Carlos he sabido que entre los cuatro vamos a hacer un buen equipo.

La SommeWhat Company está a unos quince minutos a pie de la academia y me dirijo a ella para la entrevista respecto al puesto.

Fue uno de tantos de esos que solicité y, teniendo en cuenta que no me han escrito de ninguna de las cafeterías, tiendas de ropa o librerías, esta es mi mejor —y única— baza.

Intento no acelerarme al hablar y hacer un buen uso del francés para causar una buena impresión.

Y cuando, al finalizar la reunión, Ana, la mujer que me ha entrevistado, me dice que puedo empezar a trabajar mañana mismo, estoy a punto de tirar mis esfuerzos por parecer una persona serena y que sabe comportarse al exclamar un «¿¡en serio! ?».

Carraspeo y balbuceo un «quiero decir, gracias por considerarlo tan rápido».

Al llegar al piso, no hay nadie.

Amelie me dio una copia de las llaves justo ayer.

Las dejo en el mueble que hay en la entrada y me dirijo al baño.

Me desvisto frente al espejo, entro en la ducha y el agua me empapa al momento.

Es debajo de esta donde los recuerdos de Iván vuelven a asaltarme.

Cuando estoy sola, en silencio y desnuda.

Llevo tres días sin hablar con él y cada vez que su recuerdo cruza mi mente, noto una presión en el pecho y un cosquilleo incómodo en el estómago. Debería ser desinterés lo que tiene que surgir de mí hacia él. No tendría que desear saber cómo está. Nada en absoluto.

Pero me cuesta horrores.

Quizá él esté preocupado por mí. Quizá también se ha acordado de mí durante estos tres días como yo de él.

Después de ponerme el pijama le envío un mensaje a Finn.

Gabi:

¿Quieres que vaya preparando la cena?

No tardo en recibir su contestación.

Finn:

Gabi, te tengo mucho aprecio y agradezco

la oferta, pero no te acerques a la cocina.

Tampoco puedo decir que me sorprenda.

Me dejo caer en el sofá y desbloqueo mi teléfono. Whiskey se sube de un salto, clava sus ojos en mí y me da la sensación de que entiende sin necesidad de que se lo diga que algo no va bien.

—No debería desbloquearle, ¿verdad? —Le acaricio el hueco detrás de las orejas con el labio torcido—. No, no debería.

Decido meterme en Instagram y distraerme de mi vida inmiscuyéndome en la del resto. Varias historias aparecen en la pantalla principal, de entre algunas las de la cuenta de la academia de Bruselas a la que he empezado a seguir hoy mismo.

Fer lleva tiempo insistiéndome en que debería emplear la mía para compartir coreografías tal y como él hace.

Siempre lo he negado con la excusa de que no me veo compartiendo vídeos que pueden llegar a ver miles de personas, pero lo cierto es que no quería enfrentarme a la posible discusión que ocasionaría eso con Iván.

Suelto un suspiro. Paso de historia. Una nueva foto llena la pantalla. Mi corazón se detiene en ese mismo instante.

Un segundo después, comienza a latir de manera desbocada.

No quiero creerme lo que estoy viendo. No puedo.

Melissa ha subido una foto y en ella sale Iván.

Con sus labios sobre los de ella.

Y los de ella sobre los suyos mientras una sonrisa tira de su boca y acuna su mejilla con la palma de su mano.

Hay una frase escrita. «Ya te echo de menos». A su lado está etiquetado su perfil. Y es cuando me doy cuenta de que la cuenta que ha subido la foto ha sido la de Iván y Melissa tan solo está compartiendo de nuevo el contenido en la suya.

La historia se pasa al cabo de quince segundos, cuando no la mantengo pulsada. Se me emborrona la vista a causa de las lágrimas y a pesar de tener el móvil entre las manos, no veo el resto de imágenes.

Ha subido una foto con ella. Besándose. Diciéndole...

Diciéndole lo mismo que me dijo a mí antes de coger el avión.

¿No se suponía que no había significado nada? ¿Que durante el mes de septiembre afianzó la idea de lo mucho que pretendía esforzarse por mantenerme a su lado?

He perdido la cuenta de las veces que Iván me prometió que ya no sentía nada por ella; que todo había quedado en algo del pasado por más que estuvieran saliendo casi cuatro años. Imagino que esa no fue más que otra de tantas mentiras que me creí.

Un océano revuelto de preguntas parece sumergirme hasta la más oscura profundidad.

¿Lleva ocurriendo esto desde antes de la fiesta?

¿Han vuelto a verse durante este último mes o fue solo aquella noche?

¿Por qué está sonriendo sobre los labios de Melissa si no se parece en nada a mí?

Si su pelo negro no tiene nada que ver con mis rizos rubios; si su delgadez se aleja al completo de la forma de mi cuerpo.

¿Son sus ojos azules? ¿Le gustaran más que los míos marrones, sin parecido al mar o al cielo sobre nosotros?

¿Por qué me importa, siquiera?

Debería alegrarme, ¿no?

Debería estar contenta pues él va por su lado y yo por el mío.

No es más que otra mentira.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que Amelie llega. Solo sé que sigo en la misma postura en la que me dejé caer en el sofá.

—¿Qué te pasa? —me pregunta con una clara preocupación en su mirada verde.

Es al ver ese sentimiento en sus ojos que provoca que algo dentro de mí empiece a burbujear con desprecio.

Estoy harta de que mis amigas me miren y sin necesidad de contestación sepan el nombre y apellido con el que responderé a su pregunta.

Detesto a Iván.

Detesto su forma de ser, de creerse superior a aquel a quien trata.

Detesto que no se molestara en incluirme o en que me sintiera cómoda al estar con sus amigos.

Detesto que siempre me quedé detrás de él, intentando ganar una carrera en la que él tenía el título de ganador antes de que el disparo de inicio estallara.

—No, nada. —Me levanto del sofá.

Amelie no parece muy convencida y estoy segura de que el sentimiento que refleja mi mirada no hace más que contradecir mi respuesta.

—¿Segura? —insiste.

—Sí. De verdad.

Porque, si esta es la única manera que tengo de superarlo y dejarlo atrás, entonces enterraré su recuerdo en odio y resentimiento.