Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Nuevos comienzos

Gabi

No fuimos a comprar antes de deshacer la maleta.

Amelie me hizo el lío y me obligó a vaciar y ordenar mis cosas y no hay nada que más odie en el mundo. Por ello, la mañana del sábado se convirtió en su plan perfecto y para mí, en mi más vívida pesadilla.

Aunque, bueno, ahora mi armario está lleno —y ordenado—, así como los cajones de las mesillas y el hueco que me ha facilitado en el mueble del cuarto de baño. Le he asegurado que haré todo lo que esté en mi mano por mantener el orden.

Lo único que sigue vacío es la estantería de mi habitación. Me encantaría que estuviera repleta de libros. Ya la iré decorando con el tiempo.

El domingo fue similar. Hablé con mis padres y mi hermano por teléfono así como por videollamada con Laura; me entretuve con los chicos que volvieron a aparecer en el piso y pasé muchas horas leyendo. He evitado estar sola e inmersa en mi mente a toda costa.

Pero el primer día de universidad ha llegado, así como el de la academia y la entrevista de trabajo en la SommeWhat Company y llevo despierta desde las cuatro y media de la mañana.

Todavía no han dado siquiera las seis y Cass, la amiga de Amelie con la que va a clase en coche todos los días, no pasa a recogernos hasta las ocho.

Cierro los ojos con la esperanza de poder dormir al menos media hora más. A los cinco minutos me veo en la obligación de abrirlos al notar algo húmedo contra mi nariz. Y tras enfocar la vista, la veo. Whiskey está olfateándome de nuevo.

Decido levantarme, maquillarme, elegir el atuendo de hoy; unos pantalones vaqueros anchos y una sudadera del mismo estilo de color rojo. Me pongo las lentillas, los cinco anillos plateados que siempre abrazan mis dedos y consigo domar mis rizos, humedeciéndolos, frente al espejo del baño.

Tuerzo el labio al vislumbrarme en el reflejo.

¿Debería cambiarme?

Quizá es demasiado informal.

Iván siempre decía que... No. Da igual lo que Iván dijese. Da igual.

Me preparo un café y a pequeños sorbos disocio en el silencio mañanero que hace creer a tu mente que tu cuerpo es un lugar lejano y ajeno.

Amelie no tarda en salir de su habitación vestida de una manera que no podría hacernos más distintas; con un jersey ajustado negro, a juego con unas medias del mismo color y una falda plisada gris.

Las botas hasta su rodilla que siempre acompaña sus atuendos hacen ver sus piernas aún más largas y esbeltas.

Y, como no puede faltar, el flequillo despeinado.

Es de esas personas con belleza natural; de esas que se pueden poner cualquier cosa sin la preocupación de que les quede mal, porque considerar tal posibilidad es absurdo.

Poco después salimos del piso y delante del portal hay un coche de color azul con las luces encendidas aparcado en doble fila.

Amelie abre la puerta del copiloto y toma asiento.

No he terminado de acoplarme en los traseros cuando una chica pelirroja de ojos azules se gira hacia mi desde el lugar del conductor.

—¡Hola! —exclama en español—. Encantada, soy...

—Cass —le interrumpo sin poder evitarlo. No me puedo creer que sea ella—. Eres Cass Lumprou.

—Sí... —Frunce las cejas y sus ojos se rasgan con curiosidad—. Y tú eres Gabi.

—Sí, pero... Quiero decir, no. O sea, sí, soy Gabi, pero tú eres Cass. ¡Te sigo en Instagram! ¡Tu libro lleva en mi lista de lecturas pendientes una eternidad!

—¿En serio? —De su rostro se ha adueñado una sonrisa idéntica a la mía.

—¡Y tan en serio!

—Me has alegrado la semana y estamos a lunes a las ocho de la mañana. Tú y yo vamos a llevarnos muy bien, Gabi.

Amelie nos mira con entretenimiento y niega con la cabeza antes de recordarle a la pelirroja que tenemos que llegar a la universidad a tiempo cuando ve su intención de continuar conversando sin la intención de conducir.

Qué curioso que haya sido ella justo quien lo ha dicho; aquí mi amiga no llega a la hora establecida ni aunque le paguen.

—Ese cinturón no funciona —me indica Cass cuando ve que llevo tres intentos para abrochar la clavija—. Siéntate en el de en medio, mejor.

Me deslizo sobre los asientos de cuero hasta el del centro y, aunque me cuesta otro par de intentos, consigo engancharlo.

—Sigo sin entender cómo pudiste comprar este trasto —Amelie toquetea la radio, clavando los dedos con fuerza en el botón de encendido.

—¡Era una ganga! —se defiende la propietaria habiendo quitado ya el freno de mano.

Me echa un vistazo desde el espejo retrovisor—.

Es de segunda mano. Lo compré al llegar aquí para poder moverme sin la necesidad de usar transporte público o pedir un taxi.

El pobre tiene como veinte años y creo que demasiadas historias.

Durante los quince minutos que tardamos en llegar a la ULB, no hay ni uno solo en el que estemos en silencio.

Cass me pregunta por mi llegada a Bruselas y me habla de la suya.

Me dice que es de Barcelona pero que además es medio griega; su padre es de Corfú y está aquí de Erasmus, estudiando el Grado de Traducción e Interpretación.

La pelirroja apaga el motor en el parking de alumnos. Nada más abrir la puerta, los sonidos de la fonética francesa se arremolinan a mi alrededor y se cuelan en mis oídos.

Contemplo con agrado el campus, asombrada de la cantidad de verde que tiñe el lugar, los árboles y arbustos, los edificios y caminos adosados que serpentean de acá para allá.

Según me explicó Marisa, debía pasar a firmar unos papeles sobre el traslado y... No sé qué más. Creo que dijo algo acerca de conocer al tutor de mi grado.

Entramos al edificio de nuestra facultad después de despedirnos de Amelie, que se dirige a la de Ciencias de la Salud y avanzamos un par de metros hasta que Cass señala una especie de mostrador.

—Pregunta allí sobre adónde tienes que ir. Te ayudaría, pero no sé ni en que módulo me toca.

Me arranca una risita.

—No te preocupes. Gracias por acompañarme.

Después de equivocarme de pasillo tres veces y por fin haber encontrado mi destino, haber hablado con el delegado de la Decana para, según la mujer que me ha ayudado a ubicarme, «ultimar información» estoy, de nuevo, perdida en el laberinto que es la dichosa facultad.

De llegar, voy a hacerlo con más de veinte minutos de retraso así que en cuanto me cruzo con la primera persona que encuentro, me dirijo a él.

—Hola, perdona. —Me detengo frente a un chico un poco más alto que yo, con los ojos azules y rubio.

Los tirabuzones de su pelo caen sobre su frente de manera ordenada.

Me cuesta proseguir durante unos segundos porque el parecido que tiene a Iván es escalofriante—.

Estoy buscando la clase doscientos uno del módulo cinco...

¿BIS? Es la primera vez que piso esto y... No sé ni dónde estoy.

Una sonrisa grácil tira de sus labios.

—No te preocupes, a mí también me costó ubicarme cuando llegué. Mi clase también está en el módulo cinco. Te acompaño, si quieres

—Me harías un gran favor —respondo, sincera.

—Soy Kyle, por cierto. —Me ofrece su mano.

—Gabi. —La estrecho con menos firmeza de la que me gustaría.

—Y ¿de dónde vienes, Gabi? —pregunta—. Algo me dice que no eres de aquí.

—Soy de Madrid. —Sigo sus pasos según avanza por el interior de la facultad—. ¿Qué me ha delatado?

—La forma que tienes de pronunciar las erres. —Me lanza una mirada entretenida—. No me malinterpretes, tiene muy buen acento, pero no he podido evitar notarlo.

Continúa por preguntarme el grado que estoy estudiando, cuánto hace que llegué, cuánto tiempo me quedo y yo le pregunto de vuelta.

Él está en la carrera de Estudios Internacionales y vive en Uccle, el municipio donde también residen los padres de Amelie y que es, además, uno de los más caros de Bruselas.

—Bueno… —Me giro hacia él para despedirme una vez llegamos al aula en la que tengo clase—, imagino que nos veremos por aquí. Gracias por ayudarme a encontrarla.

—No hay de qué. —Da un paso hacia atrás y creo que va a marcharse cuando añade—: Por cierto, este sábado doy una fiesta en mi casa, por si te quieres pasar.

Vale... Una pequeña pausa. ¿En qué momento me he metido yo en una película cliché de los dos mil?

—Eh... Esto... —dudo. Que haya sido tan agradable conmigo me descoloca, pero no puedo negar que también me reafirma—. Sí, claro. Allí estaré.

Me pide mi usuario de Instagram para escribirme la dirección de su casa y se despide de mí no sin antes guiñarme uno de sus ojos.

Me cuesta no contraer mi rostro en una mueca entre curiosa y confundida.

Tras abrir la puerta del aula y preguntar si puedo pasar, intento ser lo más silenciosa posible pues el profesor está delante de la pizarra digital, enseñando una serie de documentos sobre la literatura victoriana.

A pasos cortos pero ligeros avanzo hasta el primer hueco libre que veo y me siento al lado de un chico, que me mira y sonríe a modo de saludo.

◆◆◆

—¿Allí estaré? ¿Le has dicho «allí estaré»?

Formo una mueca incómoda ante la mirada atónita que me lanza Amelie.

Cass, sentada a su lado en una de las mesas de la cafetería de la facultad de Ciencias de la Salud, está cubriéndose la boca para ocultar las carcajadas que borbotean de ella.

—¿Qué problema hay? Ha sido muy agradable —repongo ante el evidente desacuerdo de Amelie respecto a que haya aceptado la invitación del tal Kyle—. Y, además, ¡le conocéis! Tú misma me acabas de decir que has ido a alguna de esas fiestas.

—Pues por eso. No ha sido majo, Gabi. Estaba ligando contigo.

—¿Qué? —Me yergo hacia detrás con recelo—. No, tan solo ha sido majo.

—Por favor. —Mi amiga rueda la mirada—. Fue con mi hermano al instituto y Kyle es, en resumidas cuentas, un Casanova. Y si no, pregúntale a Cass.

Centro mi atención en la pelirroja que está dándole un trago a su botellín de agua. Se encoge de hombros antes de empezar a hablar.