Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

¿Un café?

Gabi

Algo húmedo me cosquillea los labios.

Pestañeo con dificultad, pues la luz que entra por la ventana se clava en mis ojos sin piedad. Suelto una especie de gruñido.

¿Por qué estarán tan infravaloradas las persianas?

Cuando consigo enfocar la vista, me encuentro con que la cabeza de Whiskey está a pocos centímetros de mí y me olfatea al tiempo que ronronea.

—¿Cuándo te has colado tú aquí dentro? —susurro, a pesar de saber que no voy a obtener respuesta.

Le paso la mano por el lomo hasta que se acomoda sobre la almohada, haciendo de su cuerpo una especie de rosco.

Estiro el brazo hacia la mesilla y pulso un par de veces la pantalla.

No son ni las ocho de la mañana. Aunque, demasiado que he conseguido dormir después de tantos días sin conciliar más de tres horas de sueño, sobre todo tras la última madrugada que pasé en España.

Sacudo los recuerdos de mi mente. Desde luego esta no es la mejor forma de dar comienzo a mi primer día en Bruselas.

Decido recogerme el pelo en un moño que se sostiene a duras penas, pero es lo que tiene cuando ayer me esmeré tan poco en realizar bien la trenza; se ha deshecho y ahora luzco como un dibujo animado que ha metido los dedos en un enchufe .

Una vez me he asegurado de que Whiskey se ha marchado de la habitación, abro la ventana. Cierro la puerta al salir para que ni siquiera se plantee dar un paseo por Schaerbeek.

La temeraria ya está merodeando por ahí cuando llego a la máquina de café. Nada más dejo caer una cápsula en el compartimento de la cafetera, me agacho para acariciarla. No tarda en volver a ronronear contra mi mano y opto por cogerle en brazos como ayer hizo Finn.

Y para definitivamente mi suerte, está más que conforme con ello.

No he terminado de incorporarme cuando me topo con la figura de un chico, sin camiseta y los brazos repletos de tatuajes aproximándose desde el otro lado de la isla.

Se me escapa un jadeo ante lo poco que esperaba su presencia y me llevo la mano a la boca. Finn y Amelie siguen dormidos.

—¿Qué coño haces con la bestia en brazos? —cuestiona quien ayer se presentó como Caleb.

Me cuesta un momento procesar sus palabras en francés.

—¿Qué haces tú aquí? —balbuceo con una pronunciación cuestionable. Por favor, con las pintas que tengo que tener, sin maquillar y recién despertada. Qué vergüenza.

—He preguntado yo primero —dice y se acomoda en uno de los taburetes.

Ah, que se va a quedar.

—No es una bestia —aseguro sin detenerme a pensar—. Me ha dicho Finn que no os lleváis muy bien.

—Pero veo que tú sí... —murmura—. ¿Debería preocuparme?

Le encuentro gracia a su mueca de espanto mezclada con pillería.

—No, creo que no.

—Bueno... Eso lo iremos viendo. Y respondiendo a tu pregunta; volví con Finn de tomar algo y me quedé dormido en el sofá.

—Sabes que tienes tiempo para intentar ganarme al FIFA , ¿no?

—Anoche fue la primera y última vez, rubia. No voy a volver a dejarme ganar. Buenos días, por cierto.

—¿Te dejaste ganar tres veces? —Alzo una ceja.

Caleb entrecierra los ojos.

Su mejilla se estira cuando pega la lengua en el interior de su boca.

Parece ser que ayer se fue del piso con el orgullo algo más herido de lo que pensaba.

—Buenos días, Caleb —canturreo, complacida—. ¿Quieres un café?

Me dice que sí y que, además, siempre se lo toma en la taza roja.

Dejo a Whiskey en el suelo y escojo la amarilla para mí.

Me da las gracias cuando deslizo su respectiva bebida por la encimera y después de echarle canela y una cucharadita de azúcar al mío, le doy un sorbo. El sabor me cosquillea al descender por mi garganta.

—¿Vivís lejos? —curioseo mientras recorro con disimulo la tinta que surca por sus brazos.

Algunos tatuajes son un diseño más grande y otros son sueltos e individualizados. Le proporcionan esa capacidad de lucir con disimulo sus brazos y hombros definidos. Uno que llama mi atención en especial es la brújula que tiene en el tríceps.

—Pues, según sales de aquí, tienes que caminar la larga distancia que hay hasta la puerta de enfrente.

Y de pronto vivo en Nueva York y Amelie ha pasado a llamarse Monica Geller.

Pero, entonces, ¿por qué ha pasado aquí la noche si le suponía el mismo esfuerzo dormir en su cama tras regresar de dónde sea que fueran a pasar el rato?

La confusión debe ser más que evidente en mi rostro porque, sin necesidad de que pregunte, Caleb añade:

—Nos dejamos las llaves aquí después de cenar y al volver nos dio mucha pereza cruzar el pasillo a nuestro piso. Noah está en el sillón.

No es hasta ese momento que distingo el cuerpo que duerme en una posición que no parece muy cómoda, aún con las gafas puestas.

—Oh...

—Verás la resaca que va a tener...

—¿Cómo es posible que tú no tengas?

—Porque yo no bebo. —Le da un sorbo al café—. Bueno, ¿qué hay de ti? ¿Conoces a Finn y Amelie desde hace mucho? —se interesa.

—De toda la vida. —Me apoyo en la encimera detrás de mí—. Mis padres son amigos de su madre desde el instituto y crecimos siendo vecinas.

—¿Creo que escuché decir a Amelie que estás aquí por una beca de baile?

—Sí. Nada más me confirmaron la plaza no dudé en llamarle para ver si podía hacerme un hueco en su piso.

—¿Qué tipo de baile haces? —prosigue y aunque me desconcierta que quiera conocer más de mí, también me hace ilusión que se interese.

—Hasta ahora siempre he hecho Urbano y hace unos años empecé a practicar Heels .

Aunque, la beca, es para formarnos de manera profesional y aprender un poco de la mayoría de los tipos de danza que existen en la industria del baile.

Y, bueno, para presentarnos a una de las competiciones más prestigiosas de urbano a final de temporada.

—¿Estamos hablando a nivel internacional?

—Estamos hablando a nivel internacional, sí... —exhalo. Me provoca un vértigo espantoso así como me emociona haber llegado hasta aquí y todo lo que tengo por delante.

—Tienes que ser muy buena para que te hayan dado una beca.

—Sí, supongo que sí —murmuro, algo cohibida.

Odio la asunción directa que viene de la mano con ser bailarina a nivel internacional y profesional. Esas dos palabras implican que eres buena; de las mejores; que tienes experiencia, sabes de lo que va...

Que no puedes fallar.

O al menos ese es el pensamiento inmediato que me atosiga y se ve incrementado cuando mis compañeros se suman a la ecuación. La duda constante de si soy o no suficiente.

—¿Qué hay de ti? ¿Haces algo artístico?

—Sí, pero de momento no puedo decir que me dedico de forma profesional a ello, por mucho que me gustaría. —Le da un trago a su respectivo café y con una actitud que carece de esa seguridad que ha mantenido hasta ahora, añade—: Quiero dedicarme a la música; ser cantante, en realidad.

—¿Qué sabes tocar?

—Muchas cosas. —Me guiña el ojo y siento la zona de mis mejillas calentarse. ¿Se puede ser más descarado?—. La guitarra, la batería y el piano.

—Vaya, eso son un montón de instrumentos. ¿La española o eléctrica?

—Las dos más la acústica y el bajo.

—Ahora dime también compones canciones y terminas de alucinarme.

—Las compongo, sí.

—Espera, ¿en serio? —Mis cejas se alzan aún más tras el disimulado asentimiento que me proporciona—. ¡Qué guay!

—Tengo algunas publicadas como artista independiente.

Ahora mismo estoy trabajando en el que me gustaría que fuera mi próximo sencillo.

Aunque… Bueno, no debería decirte esto, pero va a ser nuestro pequeño secreto.

—Se inclina hacia el interior de la isla y yo le sostengo la mirada, expectante—.

Estoy en contacto con una discográfica; una de las grandes...

Y creo que el próximo lanzamiento podría ser con ellos.

—¡Eso es genial! —No puedo camuflar la ilusión que me provoca.

No conozco a Caleb de nada, no, pero algo como esto es digno de celebración. Hacerse un hueco en el mundo de la música es muy complejo; cada vez lo es más todo lo relacionado con el arte.

Me habla sobre el estudio dónde compone, que se encuentra en el municipio de al lado, en Evere; que él mismo es quien las escribe y con la ayuda de un tal Marshall, las produce.

—¿¡Tienes casi cuarenta mil oyentes mensuales!? —exclamo en un susurro, impresionada, cuando busco su perfil en una de las plataformas de streaming .

Se lleva la mano a la nuca en un gesto nervioso. Que ahora su sonrisa tenga un destello tímido hace que la mía se agrande.

—Van ya unos cuantos años… Sí.

—¿Desde cuándo? —Le doy al botón de seguir y me hago una nota mental de escuchar los ocho temas que componen su perfil hoy mismo.

—Los dieciséis, más o menos.

—Espero que cuando te conviertas en un cantante reconocido a nivel mundial recuerdes quién te ganó al FIFA y me regales unas entradas para el concierto. Vip, por supuesto.

—Eres una entusiasta.

Me encojo de hombros. Me gusta hablar de las pasiones de la gente; ver las sonrisas que forman al mencionar sus cosas favoritas.

Pasa a preguntarme por mi gusto musical y le digo que adoro a Tyler, The Creator, las canciones de Rihanna y que, por inconexo que parezca, soy la mayor fan de One Direction desde que se formó la banda en 2010.

Le especifico que mi favorito era y es Zayn Malik, lo mucho que sufrí su salida del grupo y que a quien también escucho con frecuencia es a Harry Styles.

—¿A ti no te va Taylor Swift como a Amelie? —pregunta.

—No mucho. Me gustan algunas canciones, pero no es una artista a la que escuche de forma recurrente. ¿Qué? —Alzo la barbilla en su dirección—. ¿Eres de esos a los que les gusta meterse con quien sí la escuchan?

—Más bien, me gusta picar a esa swiftie que tienes por amiga.

¿Tú tocas algún instrumento? —prosigue después de responder a la pregunta de sus respectivo artistas favoritos.

Que me diga que, tras la camiseta que vestía ayer de My Chemical Romance, junto a ese grupo sus favoritos son Radiohead y Pink Floyd, no me sorprende.

—Mmmh, no. Bueno, ¡sí! Mi amigo Gon me enseñó a tocar el ukelele. Él toca también el piano y la guitarra... Y creo que el violín, pero yo no doy para tanto. Lo mío es el baile.

—Entonces, te propongo algo. —Se levanta del taburete hasta llegar a mi lado y rodear mis hombros con su brazo—.

Tú te conviertes en una bailarina de éxito internacional y yo hago lo mío como cantante y de aquí a...

Un año, nos vamos de gira. Piénsalo. —Mira en dirección al salón y estira su otra extremidad frente a nosotros, como si estuviera vislumbrando la escena—.

La gira de Caleb Thys y... ¿Cuál es tu apellido?

—Kai.

—La gira de Caleb Thys y Gabi Kai. Entradas agotadas. —Se detiene un momento—. El día del lanzamiento.

Me entra la risa.

—¿Y yo soy la entusiasta?

Al tiempo que Caleb se aleja de mí y coge la taza vacía que yo todavía sostenía en las manos, escucho el sonido de unos pasos.

Amelie aparece despeinada, con expresión de sueño y envuelta en una bata. Su mueca desorientada varía a una de molestia en un pestañeo. No es que sea una de esas personas con buen despertar.

—¿Qué coño haces tú aquí? —cuestiona en dirección al chico que ha comenzado a fregar ambas tazas—. Y medio desnudo. ¡Con el frío que hace!

—Buenos días a ti también —responde Caleb antes de secarse las manos con el trapo de cocina colgado al lado del fregador.

—Voy a terminar cobrándote alquiler.

—Pero, si te encanta verme —contesta con una sonrisa socarrona—. ¿Y mi beso de buenos días, ojazos?

—Lo que te vas a llevar es un guantazo.

—Tan encantadora...

Contemplo su interacción con alucinación.

Y, sé que mi amiga es el claro ejemplo de «No te estoy correspondiendo», pero... No será Caleb ese chico al que Amelie le tiene echado el ojo, ¿no? Y esta su forma muy (quizá demasiado) disimulada de fingir que no le gusta cuando lo cierto es que sí, ¿verdad?

—Bueno, ya has desayunado; ya te puedes ir. Gabi y yo tenemos muchas cosas que hacer.

—Estábamos teniendo una conversación de lo más interesante.

Me entra la risa de nuevo ante la mueca confundida de mi amiga. No puedo negarlo. He pasado un buen rato charlando con él.

—Es mi amiga, ¿sabes? Lleva menos de un día aquí.

—Qué posesiva eres... —Sus ojos marrones se mueven de arriba abajo por la figura de Amelie—. No te preocupes, solo tengo ojos para ti. Que tengáis un buen día, sobre todo tú, ojazos —dice al pasar por delante de ella.

Al darse la vuelta, me encuentro con una espalda libre de tinta al contrario de lo que había esperado teniendo en cuenta la que surca sus brazos.

Se acerca al sillón para despertar a su amigo, que, aturdido, sigue sus pasos tras balbucear en nuestra dirección un «Buenos días» apenas entendible. El sonido de la puerta no tarda en hacerse hueco.

Amelie ya se ha terminado de preparar el café y sentado en uno de los taburetes cuando resuenan unos golpes sobre la madera.

—Agh. —Se levanta y dirige hasta el sofá refunfuñando por lo bajo—: Esa manía que tiene de ir sin camiseta. —Hasta llegar a la entrada y abrir la puerta sin delicadeza alguna.

—¿No la quieres como funda de almohada? —pregunta Caleb, apoyado sobre su antebrazo en el marco de la puerta.

—¿Quieres tú que te la devuelva agujereada? —Y sin esperar una respuesta, la cierra en su cara.

Regresa a mi lado. Se deja caer en el asiento con un suspiro pesado y se masajea las sienes con exasperación.

No puedo contenerme.

—¿Qué ha sido eso? —escupo, atónita.

—Eso ha sido Caleb en todo su esplendor.

—¿Lo de «ojazos» es recurrente? —cuestiono, recordando que ayer también se refirió a ella con el mismo mote.

Amelie pone los ojos en blanco. O sea que sí.

No puedo evitar estallar en carcajadas.

—¿No es cómo muy cliché? Lo de que uno de los mejores amigos de tu hermano…

—Gabi, cielo —me corta—. Entre Caleb y yo nunca podría pasar nada. Créeme. —Le da un nuevo trago al café—. Bueno, ¿por dónde quieres empezar? ¿Comprar lo que te falta o nos ponemos con la maleta?

—Comprar. No quiero ni pensar en abrirla.