CAPÍTULO 4 #4
—Finn —Amelie carraspea su nombre nada más levantarse del sofá—. Ya va siendo hora...
Este le escrudiña con confusión, después me mira a mí y vuelve a centrarse en su hermana.
—Ah, sí. —Se levanta del sofá—. Nosotros nos vamos.
—¿Nos vamos? ¿Ya? ¿Adónde? —Caleb le sigue con la mirada.
—A... —Finn coge la cazadora del perchero y cuela uno de sus brazos—...Charlotte me ha dicho que va a salir.
—Espera. —Las cejas de Amelie se arrugan al completo—. ¿Estás viéndote con Charlotte otra vez?
—¿Has vuelto con Charlotte? —cuestiona Noah a la vez, en cuyo rostro ha surgido la misma expresión atónita que en el de Caleb.
—Me ha preguntado si queremos unirnos —continúa Finn, sin detenerse a dar una respuesta—. Van Lisa y Chloe.
La cara de ambos chicos se ilumina. Noah se levanta con casi la misma emoción con la que Caleb ha salido disparado del sofá. Al pasar por mi lado, se detiene y me dedica una sonrisa.
—Encantado de conocerte.
—Igualmente. — Sonrío de vuelta. Me ha dado la sensación de ser un chico muy dulce. Algo... Mucho más callado que Caleb, pero también entretenido.
—Buenas noches, rubia. Ojazos... —ronronea este antes de guiñarle de nuevo uno de sus ojos a Amelie y salir por la puerta.
La cierra al tiempo que un suspiro exhausto sale de ella.
—No los aguantaba un minuto más. —Se deja caer contra el respaldo del sofá. Retoma el español para comunicarnos y lo agradezco al instante. Estoy demasiado cansada como para hablar con el requisito de pensar primero.
—Son majos. —Me acomodo en su dirección y cruzo las piernas en posición de loto—. Me han caído bien —le hago saber.
De hecho, no podría estar más agradecida por la naturalidad con la que me han recibido
—Sabía que lo harían, pero de todos modos, me alegro; porque se van a pasar aquí todas las putas semanas… Agh, ¿en qué momento habré vuelto a aceptar?
—En el fondo te caen bien —tiento.
—Muy en el fondo.
Después de haber pasado el día paseando por Bruselas podría parecer que no tenemos mucho más que contarnos, pero, un tema lleva a otro y continuamos conversando hasta bien entrada la medianoche.
Aprovecho cuando se acerca a la cocina a por un vaso de agua para revisar las notificaciones en mi teléfono. Tengo mensajes de mi hermano, de Laura, de él... Pero no es en eso lo que me detengo.
—Amelie... —Alzo la mirada de la pantalla según regresa.
—¿Qué? ¿Te ha vuelto a escribir?
—Sí, pero no... No es eso. Me ha llegado un correo electrónico respondiendo a una de las solicitudes de empleo que registré. Quieren que me pasé por allí para considerar el puesto de personal de limpieza en la SommeWhat Company
—¿La SommeWhat Company?
—Sí. ¿Qué pasa?
—No, nada, en esa empresa trabajaba un amigo de mi hermano. Es una buena noticia, ¿no?
—Sí... —Me muerdo el interior de la mejilla.
Según digerí la confirmación de que me mudaría a Bruselas para los próximos meses, supe que necesitaba adelantarme en algunos ámbitos, el de encontrar empleo siendo uno de ellos.
He trabajado en distintos puestos desde el año en el que cumplí los dieciocho y, por mucho que mis padres hayan insistido en pasarme cierta cantidad de dinero al mes, no quiero suponerles una carga a tanta distancia.
Solo la matrícula de la universidad en Bruselas ha sido un disparate al ser estudiante extranjera.
No quiero pensar en lo que va a ser el día a día aquí, pues vivir en esta ciudad es absurdamente caro.
—¿Qué pasa, entonces? —tantea Amelie al no verme emocionada.
—¿Crees...? ¿Crees que debería bloquearle?
Ladea la cabeza.
No me hace falta que responda.
—Ya... —mascullo.
Algo en mí me impide hacerlo.
¿Por qué me preocupa cómo pueda sentirse después de lo ocurrido? ¿Por qué soy así de ingenua? ¿Por qué no puedo remediarlo?
—Creo que voy a irme a dormir, es tarde.
—Eso iba a decirte... Necesitas descansar si ayer no pegaste ojo.
—Me alegro mucho de estar aquí, de verdad —le digo una vez estoy delante de la puerta de mi nueva habitación—. Buenas noches, Am.
Salgo una vez más para pasar por el baño, lavarme los dientes, quitarme las lentillas, desmaquillarme y trenzarme el pelo. Me arropo con el edredón y reviso mi teléfono una última vez.
Mi dedo vacila sobre su contacto.
Atrapo mi labio inferior entre mis dientes, pensativa.
«Es momento de que te centres en ti misma».
Las palabras resuenan en ecos que siento como correctos y a los que debo hacer caso.
Cojo una profunda inspiración.
Pulso la pantalla y nuestra conversación se abre. Sin detenerme a releer los mensajes e ignorando la certeza de que cuando regrese al chat va a poder comprobar que los he leído pero no respondido, selecciono la opción de bloquear el contacto.
Trago saliva al darme cuenta de que acabo de hacerlo.
Le he bloqueado.
No va a poder escribirme.
«Es momento de que te centres en ti misma».
Busco su usuario en el resto de redes sociales que tenemos en común y hago lo mismo. Un par de minutos después, no me siento más realizada ni cerca de poder ignorar el escozor en mi pecho, pero algo similar al orgullo quiere abrazarme el esternón.
Imagino que este es el primer paso para conseguir dejarle atrás.