CAPÍTULO 4 #3
—Lo sé. —Amelie sonríe de medio lado y consigue causar un gesto similar en mis labios.
—Bueno... —Me retiro las lágrimas acumuladas de los ojos y asiento con firmeza—. ¿Qué hay de ti? —Me atrevo a atrapar entre los palillos otra pieza de sushi.
—Nada importante —me asegura—. Pero hay un chico al que le tengo echado el ojo.
—¿Y con tu música?
—Ahí voy —contesta sin más detalle.
Amelie ha disfrutado de la música desde que tengo uso de razón. En el colegio participó en algún que otro acto, cantando y tocando la guitarra. Con el paso de los años, se convirtió en un tema sensible; algo de lo que no disfruta hablar y demasiado íntimo.
Tras ocho años viviendo en Bruselas, sé que ha continuado componiendo y también que una de sus intenciones es publicar su música así como que ha tenido oportunidad de hacerlo en diversas ocasiones. Pero hay algo, no sé el qué, que le echa atrás.
Me invita a la comida sin darme oportunidad de reprochar y nada más salir del restaurante, da comienzo la ruta turística.
Me lleva a ver el Manneken Pis, la fachada del Palais de Justice y pasamos por delante del hospital donde trabajan sus padres. Aprovechamos para que pueda obtener la tarjeta de transporte en un punto de asistencia de una estación y rozando las seis de la tarde, decidimos regresar al piso.
Cruzamos Josaphat Park, el parque que se extiende justo delante de nuestro edificio.
Algo que, igual que en las ocasiones que he tenido la suerte de viajar a otros países europeos, me sorprende, es que cuando dan las siete, ya queda poca gente en la calle porque muchos han dado ya comienzo a la última comida del día.
—Ah, no. Me niego —determino cuando Amelie se detiene frente al ascensor.
—Venga... Que son cuatro pisos.
—Que no. Que se tambalea y chirría y es horrible. Con una vez he tenido suficiente. Te veo arriba.
—Pero... Gabi, espera. —Decide seguir mis pasos según pongo un pie en el peldaño para llegar a la cuarta planta por las escaleras.
Al abrir la puerta, varias voces graves nos reciben.
Amelie se frena antes de haber terminado de cruzar el vano. Se gira hacia mí. Su rostro se ha contraído de inmediato con exasperación. Articula un «lo siento» y se hace a un lado para que pueda pasar.
Me encuentro con tres cabezas en dirección opuesta a la nuestra y un inconfundible olor a pizza recién hecha.
El marcado acento francés de uno de los chicos sentados en el sofá me llama la atención.
—Putain, mec ! T'es vraiment nul à ce jeu de merde.
Lo que, si no he comprendido mal, se traduce por: «¡Joder, tío! ¡Eres malísimo a esta mierda!»
Qué bienvenida tan..., acogedora.
Acto seguido, mi amiga cierra de un portazo, haciendo que los tres se volteen en nuestra dirección.
— Merde, quelle frayeur ! —exclama uno de ellos.
—Anda, ya habéis vuelto. —Percatándose de nuestra presencia, Finn se levanta del sofá y se aproxima a nosotras.
Ha hablado en francés.
En francés.
Vale, toca tirar de conocimientos lingüísticos.
Puedo hacerlo.
Lo domino.
Puedo hacerlo.
Me quito la cazadora y la cuelgo en el perchero adyacente a la puerta. Amelie hace lo mismo antes de extender la palma de su mano hacia los chicos.
—Gabi, estos son los amigos de mi hermano. Vosotros dos..., esta es Gabi.
El par de chicos se han levantado del sofá y están ahora acercándose hacia aquí. Tienen el pelo castaño y son altos, aunque uno de ellos lleva gafas. Se parecen a las mías; finas y de pasta negra, salvo que yo, para salir de casa, opto por prescindir de ellas.
Vale. Puedo hacerlo. Sé hablar francés.
Puedo hacerlo.
—Hola—me saluda primero el de gafas—. Soy Noah.
—Gabi. —Me acerco para saludarle con un beso en cada mejilla.
Al ver su expresión confundida y reticencia, mis ojos se abren con estupor. Me llevo la mano a la boca.
Ay, por favor.
—Madre mía, lo siento muchísimo... La costumbre de saludar así en España. ¿Cómo saludáis aquí? Por favor, qué vergüenza. Soy Gabi —repito. Le tiendo la mano y la estrecha—. Encantada. Y lo siento. Otra vez. Jolín, que desastre —mascullo en español.
—No te preocupes. —Se frota la nuca con una sonrisa igual de nerviosa que la mía—. Es que no me lo esperaba.
Y en contraste, el chico a su lado escupe:
—Quién soy yo para juzgar tus costumbres. Estoy más que bien con los dos besos.
Su pelo es un jaleo de mechones lacios y castaños.
Viste una camiseta de manga corta y color rojo superpuesta a una blanca de manga larga del grupo My Chemical Romance.
El mohín en su boca no puede describirse de otra forma que no sea socarrón.
Es como si Rodrick Hefflley y Lucas Scott se hubiesen fusionado y él fuera el resultado de dicha combinación.
Curiosa ante su actitud, le saludo del mismo modo.
—Gabi, encantada.
—El placer es todo mío. —Mantiene su mirada marrón sobre la mía—. Soy...
—Caleb, no empieces. —Escucho la voz de Amelie detrás de mí.
—No he dicho nada malo. —Se defiende alzando las manos—. Hola, ojazos —le dice a mi amiga en un arrullo.
—¿Qué coño hacéis ya aquí?—cuestiona esta, caminando hacia la cocina tras pronunciar un «Agh» desesperado.
De nuevo, sigo sus pasos y me siento en uno de los taburetes.
Finn se ha acercado al horno y comprueba que las pizzas que hay en su interior no se hayan chamuscado.
—Cuando os he dicho que podíais venir no me refería a las... —Amelie ojea el reloj en su muñeca—..., siete de la tarde, joder.
—¿Y no restrenar el viernes de pizza como debe ser? —El chico llamado Caleb le mira como si le hubiera salido otra cabeza—. Os estábamos esperando, listilla.
—¿Viernes de pizza? —pregunto, entre divertida y confundida.
Dirijo la mirada hacia el sofá, donde ellos han retomado sus sitios.
Caleb se ha dejado caer en el lado izquierdo y Noah, el de gafas, ha ocupado uno de los sillones.
—Mola, ¿eh? —Caleb deja que su brazo cuelgue por el respaldo. Y porque la manga que lo cubre ha ascendido un poco, atisbo lo que creo que es un trazo de tinta a la altura de su muñeca.
—Da vergüenza ajena —opina Amelie.
—¡Eh! ¡Que el nombre me lo inventé yo!
—Precisamente por eso.
Como si fueran dos críos, Caleb le saca la lengua de forma burlona, frunciendo al mismo tiempo la nariz y Amelie imita el gesto, aunque ella lo acompaña con su dedo corazón apuntando en su dirección.
—Dejaos de gilipolleces y llevad las pizzas a la mesa —farfulla Finn. Se gira hacia mí—. Espero que hayas echado de menos mis recetas.
Mis cejas se alzan con ilusión.
—¿Las has preparado tú?
—Por supuesto. ¿Con quién te crees que estás hablando?
Sigo con el apetito reducido, pero es porque llevo tanto tiempo sin probar un plato de Finn que me fuerzo a ignorar el nudo en mi tripa. Además, sé que es cosa de mi mente y que en este momento no entiende de la necesidad de llenar mi estómago.
—¿Sabes jugar al FIFA , Gabi? —me pregunta Noah después de que la cena haya volado de los platos.
Quizá ha sido por la cantidad de meses que hacen que no pruebo algo hecho a manos del mayor de los Renard, pero estaba incluso más rico de lo que recordaba.
—Me defiendo.
—¿Quieres jugar?
—Yo... —dudo.
Mi mente, de forma automática, se va al pensamiento de que algo así a él le molestaría.
¿Verme interactuar con otros chicos y disfrutar de ello porque me siento cómoda? No lo soportaba y no lo toleraría.
Y es por eso por lo que asiento y acepto el mando que me ofrece.
—Llevo un tiempo sin jugar —añado de todos modos. Prefiero avisar antes de que quien sea que vaya a ser mi compañero tenga que enfrentarse a las consecuencias.
—Amelie, ¿te animas? —pregunta su hermano.
A mi lado, con sus largas piernas apoyadas sobre el reposabrazos del sofá, mi amiga se lima las uñas sin prestar atención a lo que los demás hacemos.
—Sabes que no —responde.
Es Noah quien da comienzo a la partida, jugando en el equipo del Real Madrid junto a Caleb mientras que yo voy con Finn como jugador del Athletic Club.
Doce minutos después lo único que sale de las bocas de ellos son protestas y palabrotas. Finn y yo hemos ganado el partido 7-1. Y yo he metido cinco de esos siete goles.
—Pues para llevar tiempo sin jugar... —se queja Caleb a mi otro lado.
No puedo ocultar la sonrisa de orgullo que aparece en mi boca.
No era mentira; llevo tiempo sin jugar. Aprendí a defenderme en este videojuego por la competitividad que surgió entre mi hermano y yo. Al principio se me hizo imposible, pero conseguí cogerle el truco.
—¿No te habrás enfadado porque te ha ganado una chica? —bromeo.
Una carcajada sale de Finn a la vez que de Amelie e incluso de Noah a pesar que esa misma chica le haya ganado a él también.
—¿Quieres la revancha? —Caleb alza una ceja.
No me echo atrás.
—¿La quieres tú?
—Vas a perder, rubia.
Sonrío ante el mote, mi confianza creciendo un poquito. Debo reconocer que me he puesto nerviosa; no esperaba llegar y encontrarme con los amigos de Finn.
—Eso está por ver —determino.
Noah inicia una nueva partida. Media hora después, hemos jugado dos más y... No han ganado ni una.
Finn se estira desde el sillón para chocarme la mano y regodearse un poco más de nuestra más que justa victoria.
—¿Y tú vas a estar aquí casi un año? —Caleb me mira con falsa molestia, la sonrisa en su cara le está delatando.
—Tienes tiempo para intentar ganarme. —Y como yo no sé guiñar los ojos sin que parezca que tengo una pestaña dentro del párpado, me resumo a encogerme de hombros.