CAPÍTULO 4 #2
—Te dije que como volvieras a llamarme así te cortaba la lengua y se la daba de comer a tu gata. —Le apunta, amenazante, con su dedo índice y yo no puedo hacer más que sonreír.
Cuánto les he echado de menos.
La última vez que vi a los hermanos Renard en persona fue en el puente a principios de diciembre, cuando visitaron España para pasar unos días con los familiares por parte de madre.
Olga y Edward se conocieron estudiando la carrera de Medicina en España, pues él quiso realizarla fuera de su país natal, es decir, Bélgica.
Se casaron hace no-sé-cuantos años y fue hace ocho que decidieron mudarse aquí por, si no recuerdo mal, una oportunidad laboral para ambos que habría sido una locura rechazar.
Ahora, trabajan en un hospital por el centro de Bruselas.
Fue un cambio drástico tanto para Amelie como para Finn, quien se desentendió bastante de los estudios durante una temporada.
Por lo que sé, terminó la educación secundaria y no continuó estudiando hasta empezar un tiempo después un curso de gastronomía.
Amelie sí. Al igual que yo ha comenzado este año el tercero de su Grado, Medicina, tal y como estudiaron sus padres. Sé que no está muy contenta con ello .
—¿Hace mucho que has llegado? —vuelve a interesarse Finn.
—Unos veinte minutos, más o menos.
Asiente y mira a su alrededor. Frunce el ceño justo antes de clavar los ojos en su hermana.
—¿Y mi gata?
—En la habitación. —Amelie no se molesta en disimular.
—¿Le has encerrado? —Tiene una expresión de espanto en el rostro—. Eres una persona horrible. —Avanza en zancadas hasta abrir la puerta del cuarto—. Mi niña... ¿Te ha encarcelado aquí dentro? Seguro que te ha tratado mal...
Miro a Amelie con la boca abierta, intentando no reírme del tono de voz que su hermano ha empleado. Pone los ojos en blanco y sacude la mano, restándole importancia.
—Gabi, te presento a Whiskey. —Finn regresa con la susodicha entre los brazos y a pasos lentos—. Es un poco arisca con la gente, pero...
—¿¡Un poco arisca!? —Amelie abre los ojos con incredulidad y me apunta con el dedo índice—. No puedes acercarte a ella. Gabi, por lo que más quieras, no te acerques a ella.
Mi mirada baila entre ambos. Ella, que niega con la cabeza como si interactuar con la gata fuese lo peor que puedo siquiera pensar en hacer y él, que me observa de manera inquisitiva. Termino asintiendo. No pierdo nada por intentarlo.
Bueno, espero no perder nada; un dedo, por ejemplo.
Finn deja a Whiskey sobre el taburete frente al que estoy sentada. Esta se acomoda y enrosca la cola alrededor de su cuerpo.
El color naranja de su pelaje es de distintos tonos, tiene la pata delantera derecha blanca. Parece un calcetín. La punta de la cola de un estampado atigrado y unos ojos verdes, iguales a los de su dueño, pero que mantienen una inocencia que no sé si creerme.
Serena, acerco mis dedos a ella y dejo que me olisquee. Al no obtener ningún gesto de rechazo, pruebo a acariciarle el lomo desde la cabeza. La gata se deja tocar sin ningún tipo de impedimento y pronto, está ronroneando contra la palma de mi mano.
—No me lo puedo creer. — Amelie bufa con resignación.
—Olerá a mi gato.
—Cierto —pronuncia Finn—. ¿Cómo está Garfield?
—Bien. Un poco más gordo que la última vez que le viste... Haciéndole justicia a su nombre.
Finn suelta una risa mientras observa mi interacción con la gata.
No quiero forzar el (supuesto y sorprendente) buen comportamiento del animal, así que me alejo de ella.
—¿Cómo has estado? —Se sienta donde hace un momento estaba Whiskey y la mantiene entre sus brazos—. Hace tiempo que no hablamos.
Si bien es cierto que con Finn he perdido un poco el contacto, el sentimiento fraternal que tengo hacia él continúa intacto. Siempre le he visto como un segundo hermano mayor.
—Bien —murmuro aunque sea una gran mentira—. Estoy bien. ¿Tú qué tal en el restaurante?
—Lo cierto es que de puta madre. En cuanto te aclares con los horarios de la universidad y la academia vemos un día para que puedas comer allí. Y con la cocina, ¿qué? ¿Has mejorado algo?
—Eh... —Aprieto los labios.
—O sea que no.
—Pero ni un poco —confieso.
Una carcajada sacude su pecho.
—Eso tendrá que cambiar. ¿Vais a salir a comer?
—Sí —contesta Amelie a mi lado tras echarle un vistazo al reloj digital que envuelve su muñeca—. Nos vemos luego, Finn.
Frunzo el ceño.
He llegado aquí pasadas las once y media. No pueden ser más de...
—No son ni las doce y cuarto. ¿Cómo vamos a comer ya?
Amelie me lanza una mirada compasiva.
—Esto no es España. Aquí si comes a las dos, vas tarde.
—Ah... Es verdad .
Creo que me va a costar acostumbrarme a esto.
◆◆◆
Llegamos al centro de Bruselas haciendo uso del transporte público.
Amelie aprovecha para explicarme el abono que debo sacarme y junto con la información que yo había reunido, llego a la conclusión de que no voy a tener problemas en moverme por la ciudad.
Cómo las dos adoramos el sushi, me trae al que, según ella, va a convertirse en mi restaurante favorito.
Nos sentamos a la mesa y durante la media hora que pasamos aquí, hablamos de mis padres, los suyos, la universidad, la gran maleta que espera a ser vaciada en mi nueva habitación y el hueco que me ha facilitado en el armario del baño.
Estoy a mitad de masticar un nigiri cuando mi teléfono vibra con un nuevo mensaje en el bolsillo de mi chaqueta. Le echo un vistazo por si acaso es mi hermano, Laura o mis padres.
Me quedo paralizada al leer el remitente.
Iván:
¿Cómo ha ido el vuelo?
¿Has llegado bien?
No me esmero en disimular la tensión que se apodera de mi cuerpo. Es inútil. Amelie ya se ha percatado. Los palillos que estaba acercando a su boca se han quedado a medio camino y la expresión en su rostro ha sufrido un cambio drástico.
—¿Qué pasa? —tantea, aunque sé que sabe sin necesidad de que lo haya dicho por quién he reaccionado así.
Me cuesta una barbaridad conseguir tragar.
—Yo...—No sé cómo pronunciar las palabras. Intento darles forma, pero se queda en eso, en el intento.
Otro mensaje ilumina la pantalla .
Iván:
Gabri, respóndeme, por favor.
Necesito saber que estás bien.
—¿Qué coño ha hecho el gilipollas este ahora? —La emoción en su mirada ha provocado que esta se endurezca.
Pestañeo varias veces y dejo el móvil sobre mis piernas, boca abajo.
—Es... No... Es que ya no estamos juntos.
Me observa en silencio en esa manera suya de analizar con ahínco todo cuanto está a su alrededor y entonces, con desconfianza, cuestiona:
—¿Qué ha pasado?
—Lo dejamos... Dejé. Lo dejé con él ayer... Porque... Porque se acostó con... —No soy capaz de terminar la frase sin que se me quiebre la voz. Ya noto el picor en mis ojos y cómo se aguan antes de conseguir pronunciar—: Con Melissa.
No necesita más explicación, sabe de ella y la inseguridad que siempre me ha causado. En realidad, Amelie es de las pocas personas que saben la verdad sobre la mentira en la que consistía mi relación.
—Pero, será cerdo y mentiroso y un puto... —Deja de hablar al ver la mirada impertinente que le lanza la pareja de la mesa de al lado. Amelie pone los ojos en blanco antes de recuperar un tono más tenue—: ¿Qué ha pasado?
—Recuerdas que te dije que las cosas no iban muy bien, ¿verdad? —pregunto, aludiendo a cuando le hablé de él durante una de nuestras últimas videollamadas a mediados de septiembre.
Asiente y me obligo a coger una inspiración.
Me siento de lo más ridícula por las lágrimas que con tal rapidez han conquistado mis ojos.
—Tuvimos una discusión el día que recibimos las cartas por un malentendido en una discoteca y... Después de que le echaran, se fue con ella. No sé si se encontraron por allí o esto viene de antes; no quiero saberlo. Pero cuando llegué a casa más tarde esa madrugada, estaba esperándome .
Le cuento la de veces que me pidió perdón; cómo intenté una vez más armarme de valor y plantarle cara y de nuevo sucumbí como la ingenua que soy a sus promesas vacías en un intento de convencerme de que entre nosotros había algo que aún podía mantenerse a flote.
—Sabía que algo te pasaba. No has comido apenas nada y ¿desde cuándo sobra sushi si estás tú de por medio?
Una sonrisa triste estira mis labios.
—No sé si es por la distancia o que todavía no tengo interiorizado que estoy aquí, pero...
—Me encojo de hombros—. Llevaba tiempo queriendo romper con él y hasta ayer no me armé de valor y sé...
Sé por mucho que me fastidie admitirlo que de no ser porque a él no le concedieron la beca no habría sido capaz de hacerlo.
—Pero lo has sido —me contradice. Estira su mano sobre la mesa y me da un apretón reafirmante—.
Laura tiene razón —añade, refiriéndose a lo que nuestra amiga en común me dijo ayer—; es momento de que te centres en ti misma, en la beca y en disfrutar.
No en estar pendiente del puto imbécil de tu exnovio que está a más de mil quinientos kilómetros de distancia.
De mi exnovio.
Más de mil quinientos kilómetros de distancia.
Centrarme en mí.
—Es... —Niego con la cabeza—. Llevo más de dos meses queriendo ponerle fin a nuestra relación y ahora que de forma definitiva se ha terminado...
No sé cómo explicarlo. Estoy en paz con la idea de haber todo con él, pero...
—Tuerzo el labio. Al momento, me llevo las manos a la cara—.
Madre mía, de no ser porque me he enterado de lo de Melissa no habría roto con él. Pero, cómo puedo ser tan tonta.
—No eres tonta —declara—. Y, créeme, Gabi, odio verte así, pero odiaría más ver cómo te sigues empequeñeciendo a su lado a tanta distancia; imaginar como habrías vivido esta etapa si él también hubiese venido, si hubieses accedido a una relación a distancia.
Lleno mis pulmones de aire.
Lo dejo salir.
Debo hacerle caso a mis amigas y a esa voz interna que me asegura que he hecho lo correcto. Espero que con el paso de los días gane más fuerza y pueda resonar entre mis diálogos internos con mayor protagonismo.
—Tienes razón —murmuro, sorbiendo por la nariz.