CAPÍTULO 4
El dieciocho de la Avenue des Azalées
Gabi
El taxi que incluía el vuelo financiado por la beca, me ha dejado en el dieciocho de la Avenue des Azalées hace como un cuarto de hora.
El edifico se ajusta a la perfección a la homogeneidad de colores que salpica las calles de Schaerbeek y, habiendo solo dos pisos por bloque y no más que otro par de casas por planta, hace que este, al contar con cuatro sea de los más elevados.
Aprovechando que una persona salía, he entrado, subido en el ascensor —el cual me niego a volver a usar— hasta el último piso porque la maleta que me acompaña pesa un quintal y llevo desde entonces aquí, frente a la puerta, armándome de valor para llamar, pero sin ser capaz de hacerlo.
Imagino que los montones de carteles en francés y paisajes desconocidos que he vislumbrado por el camino deberían de ser más que válidos para aceptar de una vez por todas que esto es real, que estoy en Schaerbeek; donde voy a vivir los próximos nueve meses, lejos de Madrid, sin pareja después de casi un año y a punto de dar comienzo a la beca de baile.
Todo se asemeja a un sueño demasiado ideal como para ser cierto.
Bajo la mirada. En el felpudo se lee «Bienvenue».
Lleno de aire mis pulmones y por fin, me atrevo a golpear la superficie con los nudillos .
Una chica con el pelo color chocolate cortado a la altura de la mandíbula, un flequillo salvaje y unos gigantescos ojos verdes aparece tras la puerta.
Abro la boca, pero no sale nada.
Han pasado más de diez meses desde la última vez que nos vimos y tampoco puedo creerme que esté justo aquí, delante de mí. Bueno, o que yo esté justo aquí.
—Amelie —pronuncio en un susurro.
—Hola, Gabi —dice ella con su característica sonrisa contenida.
Es al escuchar su voz que parezco despertarme de golpe.
—¡Madre mía, que estoy en Bruselas! —Mi bolso cae de mi hombro al suelo y le atrapo entre mis brazos con efusividad.
Nuestra diferencia de altura es notoria; me saca al menos veinte centímetros y mientras ella apoya la barbilla en mi cabeza, yo tengo el rostro escondido en su cuello—. ¡Te echado tanto de menos!
—Y yo a ti. —Le cuesta unos segundos corresponder el abrazo.
Cuando lo hace, es casi con la misma intensidad que yo, lo que provoca que le apretujarle aún más fuerte. Si algo es inusual en mi amiga es la reciprocidad de las muestras de afecto repentinas.
Me alienta a entrar. Empujo la dichosa maleta que me ha hecho coger el ascensor y me detengo en el pequeño recibidor.
Le echo un vistazo rápido a mi alrededor. Es igual a como lo había estructurado en mi mente con las fotos o los planos de las muchas videollamadas que hemos hecho desde que Amelie se mudó.
La estancia principal, inundada por un olor cálido gracias a la afición de mi amiga por el incienso, es el salón.
Está conectado a la cocina por una pequeña isla y el sofá le da la espalda a esta.
Es alargado, está repleto de cojines de colores y secundado por dos sillones orejeros en esa línea bohemia que sigue el piso.
Las ventanas son amplias y gracias a que las cortinas están descorridas, la luz del sol se cuela por ellas sin esfuerzo. Cada objeto está bien acomodado y hay plantas distribuidas por los distintos muebles.
Todo es tan Amelie que resulta inconfundible.
Me giro en su dirección.
—Tengo que admitir que me lo esperaba peor.
—¿Perdona? —cuestiona, cejas alzadas tras su flequillo en una mueca divertida y ofendida a partes iguales.
—Teniendo en cuenta que vives con un tío... —Me encojo de hombros, sonriente por primera vez en lo que me da la sensación de ser días. Quizá sí que lo han sido—. Qué puedo decir.
—Oh, créeme, Finn sabe muy bien lo que conllevaba vivir conmigo. Pero, por favor, no me hagas hablar de eso. Déjame pretender que vamos a ser solo tú y yo durante... —Gira el brazo para mirar la hora en su reloj—, unos veinte minutos más.
Amelie se mudó a este piso, alejado de Uccle, el municipio en el que viven sus padres, tan pronto como cumplió los dieciocho.
Se excusó en la cercanía a la universidad para argumentar por qué necesitaba mudarse y lleva desde septiembre del año pasado haciéndoles creer que lo comparte con dos chicas más.
No sé cuántas veces en los últimos años me habrá repetido las ganas que tenía de vivir sola.
Siempre ha sido, en resumidas cuentas, una chica con una mentalidad mucho más madura a la que «corresponde» según nuestra edad así como solitaria.
Y gracias al elevado poder adquisitivo de sus padres, no les supone una complicación hacer frente a los gastos de su hija independizada.
—¿Dónde está? —pregunto, refiriéndome a su hermano.
—Creo que tenía que pasarse por el restaurante en el que trabaja... En realidad, ni idea. —Se da la vuelta después de agarrar mi maleta—. Ven, voy a hacerte el house-tour .
El pasillo es corto. Al final de este está el baño cuyo suelo y paredes son de un azulejo anaranjado, a la izquierda la que me indica que es su habitación y a la derecha la que será la mía. Son las once de la mañana y al igual que la sala de estar, está bañada por el sol.
—...Y este es tu cuarto. Ah, por cierto, disfruta de esto. —Señala la ventana con un gesto de su cabeza como si acabase de leer mis pensamientos—. Va a ser raro el día que el cielo esté así durante estos primeros meses...
Los colores verdes y amarillos junto a la madera acaramelada de los muebles son los que componen la gama de cromática.
Una cama grande ocupa el centro. Enfrente, un espejo de esos para ver tu cuerpo al completo y una estantería casi vacía.
En la pared contraria hay un armario empotrado y por último, un escritorio bajo la ventana.
—Am, la cama es enorme. —Admiro, alucinada, el sitio donde voy a dormir. Me dejo caer sobre mi espalda, cansada del viaje y la falta de sueño—. Por favor, qué es esto —murmuro en lo que creo que ha sido un ronroneo.
Una pequeña risa sale de ella.
—Llevo desde que me dijiste que venías cambiando las cosas.
—No tenías por qué.
—Solo he tenido que subir los muebles del trastero. Bueno, hacer que Finn los suba. —Se encoge de hombros, restándole importancia.
Este cuarto solía ser una salita de música; algo así como su lugar de resguardo donde componer y tocar sus instrumentos.
Sé, gracias a una de tantas videollamadas, que había un teclado, dos guitarras, un sillón orejero como los que hay secundando el sofá y por supuesto velas, incensarios y plantas.
Ahora los ha distribuido por el piso y su respectiva habitación.
—Gracias, de verdad.
—No me las des. Va a ser como cuando éramos niñas, salvo que, en vez de vivir en el piso bajo el mío, vamos a vivir juntas.
Sus palabras provocan que un calor nostálgico se expanda por mi pecho. He añorado tener a Amelie cerca cada día desde que se mudó a Bélgica antes de cumplir los doce años. Ahora, ocho después y con la libertad de compartir piso, estoy segura de que vamos a poder recuperar todo ese tiempo perdido.
—¿Ese es el cuarto de Finn? —Según regresamos al salón, señalo la puerta cerrada al otro extremo.
—Solía ser el de invitados hasta que, bueno... Dejó de serlo a raíz de que rompiera con Charlotte y se lo agenció. Que, por cierto, a no ser que la mencione él, no la nombres. Es un tema tabú en esta casa. Pero, sí, es su cuarto... Y el de su puta gata.
—¿Seguís sin llevaros bien Whiskey y tú? —pregunto, entretenida.
—Pues claro —contesta con obviedad—. Esa gata es odiosa. Bufa a todo el mundo, bueno, menos a Noah, un amigo de Finn, pero es que a mí me tiene especial asco el puñetero bicho.
—¿Y dónde está? —Se me escapa una carcajada.
—Encerrada en la habitación de su dueño. ¿Quieres tomar algo?—añade como si nada, dirigiéndose a la cocina.
—¿Has encerrado a la gata?
—No voy a arriesgarme a que le conozcas si no está mi hermano delante. —Se encoge de hombros antes de abrir la nevera. Saca una jarra transparente con un líquido naranja en su interior—. Si te hace algo ya lo pagarás con él directamente.
Me siento en el taburete frente a la isla.
Cuando abre uno de los gabinetes sobre la encimera, atisbo una gran variedad de todo tipo de vasos y copas y tazas de muchísimos colores.
Después de darle las gracias, le doy un sorbo al zumo de naranja que me ha servido. La frescura cítrica crepita por mis extremidades en una explosión de lo más agradable.
Ayer intenté cenar; no pude. Tenía el estómago cerrado y el café que me he tomado esta mañana antes de salir hacia el aeropuerto me ha hecho estar a poco de vomitar el escaso contenido que quedaba dentro de mí.
—¿Qué te apetece hacer? —me pregunta mientras me masajeo el cuello con una mano—. ¿Salimos a comer o prefieres descansar?
—No —escupo con velocidad.
No puedo quedarme en el piso. Da igual que el asiento del avión no fuera cómodo o que, junto a las agujetas en mi cuerpo de los últimos días de entrenamiento, lo único en lo que pueda pensar sea en las ganas que tengo de recobrar todas esas horas de sueño.
Necesito salir. Mantener la mente ocupada y rodearme de gente.
Además, tenemos, no sé si por suerte o por desgracia, mucho de lo que ponernos al día.
—Quiero ver Bruselas.
A mis palabras le sigue el sonido de la cerradura de la puerta principal.
Un chico con el pelo lacio, castaño y unos ojos esmeralda idénticos a los de mi amiga sonríe nada más reparar en mi presencia.
—Gabi —me saluda, aproximándose ya con los brazos abiertos.
—Hola, Finn. Me alegro de verte. —Le abrazo de vuelta y el apretujón dura otros largos segundos cargados de morriña.
—¿Qué tal ha ido el vuelo?
—Todo bien —respondo al tiempo que realizo un escaneado rápido de su apariencia.
Ahora tiene el pelo algo más largo y en el mismo corte que siempre ha llevado; divido a la mitad. Parece haber ganado peso y le sienta muy bien. Amelie ya es alta, roza el metro ochenta, pero Finn le saca unos cuantos centímetros más.
—Hola, Amelita —se dirige entonces a ella con un mote que sé, va a hacer que ella ponga los ojos en blanco y suelte alguno de sus comentarios afilados.