Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

—No significó nada —repite—. Nada puede superar lo nuestro.

—No. Tú y yo; la mentira que éramos, se ha terminado —escupo.

Me doy la vuelta para alejarme de él.

Necesito alejarme de él.

El tacto de su mano es abrasador y no puedo tenerla sobre mí un segundo más.

—Iván, suéltame, me estás haciendo daño. —Forcejeo y consigo que afloje el agarre, pero no me deja ir del todo.

—Amor... Gabri, vamos. —Cambia el tono de voz a uno más calmado, más inquisitivo—. Tienes que perdonarme.

—¿Perdonarte? Pero ¿¡cómo voy a perdonarte!

? No hay un nosotros y no va a volver a haberlo jamás, ¿me oyes?

—Estoy tan agitada que, cuando quiero darme cuenta, hablo sin pensar primero lo que estoy diciendo—.

Me han dado la beca, eso es lo que quería contarte.

Eso mismo por lo que tú no me has preguntado en ningún momento.

Y me voy mañana. Nueve meses. ¡Nueve meses!

Y si hay algo que quiero llevarme no eres tú, menos ahora que sé todo esto.

Y no vuelvas a tocarme. —Cuando no aparta su mirada de mí, soy incapaz de frenarme—. Eres un cerdo.

Me arrepiento al instante de haberle gritado.

Su mirada atraviesa la mía antes de que me agarre de la mandíbula. Aproxima tanto su rostro al mío que nuestras narices están a nada de rozarse.

—Repítelo —demanda.

—Iván...

—Venga, hazlo. —Sus orificios aletean con desagrado.

—Suéltame —articulo a duras penas.

—¿Por qué querías romper conmigo, eh? Dime la verdad. Seguro que para zorrear por Bruselas sin culpa. Seguro que sí...

Según escucho sus palabras, intento bloquearlas.

Solo pretende hacerme daño. Solo busca que ceda.

No piensa esto de mí de verdad. No lo piensa. No lo piensa.

Por favor, que no lo piense...

—No sabes estar con nadie que no sea yo, Gabriela.

Mi voz tiembla, al igual que mis labios, pero en este momento solo hay una cosa en la que puedo pensar.

—Ojalá nunca hubiera estado contigo.

Algo en su mirada cambia. Sus cejas se alzan y ese cabreo que enmascaraba su rostro desaparece, al igual que el agarre en mi mandíbula. Sé que no se esperaba esa contestación del mismo modo que sé que acaba de darse cuenta.

Acaba de darse cuenta de que me ha perdido.

—Gabri, vamos, sabes que no...

—Que no, ¿qué, Iván? ¿Qué no pretendías decir eso? ¿Qué no pretendías hacerme daño acostándote con ella? —Una lágrima se desliza por mi mejilla. La aparto todo lo rápido posible. Odio llorar por su culpa. Doy un paso hacia atrás—. No me llames. Y no me busques.

—Gabri, para. Espérate. No podemos acabar así, amor...

—No. —Retrocedo un paso más—. Tienes razón. Lo nuestro terminó la noche que regresaste con ella. —Me doy la vuelta y hago un esfuerzo ímprobo por ignorarlo cuando comienza a gritar mi nombre.

Saco el teléfono de mi bolsillo. Me cuesta marcar la llamada de lo mucho que me tiemblan las manos. También se me sacude la voz cuando Laura contesta y le pido que venga a casa.

Ya está esperándome en el portal cuando llego.

Me lanzo a sus brazos y el llanto que me costaba retener se con-vierte en un caos de sollozos angustiados.

Ella me abraza y susurra con delicadeza que todo va a estar bien; que yo voy a estar bien.

Cuando consigo recuperar el ritmo de mi respiración, subimos a mi piso y me echa una mano a terminar de organizar las últimas cosas que debo llevarme a Bruselas mientras intenta distraerme con lo primero que se le ocurre.

Bien entrada ya la noche, nos despedimos y las lágrimas vuelven a brotar, esta vez de ambas. Sabía que me dolería despedirme de mi mejor amiga hasta dentro de unos meses, pero no imaginé que escocería tanto.

A la mañana siguiente, llego al aeropuerto junto a mis padres y mi hermano. Me cuesta un mundo separarme de ellos y no es hasta que Fer y Carlos me arrastran con la excusa de facturar las maletas que consigo alejarme de ellos.

No sé cuándo me siento en mi sitio correspondiente del avión. Creo que mi mente sigue detenida en el momento en el que la confesión abandonó sus labios, en el bar, por mucho que mi cuerpo esté aquí.

Por la ventanilla vislumbro el cielo amarillento que despierta de las seis de la mañana.

También era consciente de que el miedo me envolvería al estar a breves minutos de despegar, pero tenía la esperanza de que la emoción por esta nueva etapa tuviese más fuerza .

Antes de poner mi móvil fuera de línea, me salta un nuevo mensaje. Llevo recibiéndolos toda la noche, leyéndolos y sumergiéndome en el mismo torbellino de humillación que atrapó hace unas horas.

«Ya te echo de menos» dice este último. Y de ser posible, mi corazón se engarrotaría un poco más, pero creo que ya lo he drenado.

El avión avanza por la pista de despegue. Ni siquiera sé qué canción está sonando por mi auriculares, pero mientras dejo todo atrás para embarcarme en lo que sea que van a deparar los próximos meses, me doy cuenta de que por fin, también voy a dejarlo a él atrás.

Y, tras una madrugada en la que no he pegado ojo, intento conciliar el sueño repitiéndome las palabras de mi mejor amiga en un intento de creérmelas.

«Es momento de que te centres en ti misma».