CAPÍTULO 3 #2
Nuestra relación se ha convertido, con simplicidad, en un acantilado cuyo vacío es infinito. No siento nada más que amargura por lo que un día fuimos y en lo que ha quedado reducido. Incluso sus besos se han tornado en simple costumbre.
—Iván... Hay algo que quiero contarte —aventuro.
Volvemos a estar en el bar, en la misma mesa de siempre pero hoy me he asegurado de sentarme delante de él.
No puedo retrasarlo más, el tiempo se me ha echado encima. En tres días es nuestro aniversario. En tres días.
Y yo me marcho mañana.
—Espera. Antes de que digas nada —intercede.
Levanto las cejas, algo molesta por su interrupción y descolocada al mismo tiempo.
He quedado en verme con Laura nada más salir de aquí. No le he dicho por qué, pues ya habíamos planeado pasar mi última noche en Madrid juntas, pero sé que voy a necesitar su apoyo tan pronto como esto acabe.
—Tenemos que hablar —dice, entonces.
Me asaltan las dudas y un sinfín de posibilidades aparecen en mi cabeza.
¿Sabe que me voy mañana?
¿Va a pedirme que me quede con él?
Si lo hace, ¿voy a ser capaz de decirle que no?
—Es sobre nosotros —prosigue y mi nerviosismo aumenta.
—¿De qué estás hablando? —inquiero, tensa, cuando se detiene durante menos de una fracción de segundo.
No soporto los silencios; odio el silencio.
¿Por qué no dice nada? ¿Por qué no continúa? ¿Por qué...?
—Gabri, lo nuestro, tú y yo... Somos increíbles juntos. Y, este último mes me he dado cuenta de que te quiero muchísimo, más incluso de lo que alguna vez pensé que sería capaz y que te necesito a mi lado.
Comienzo a mover la cabeza de manera inconsciente, negando sus palabras. Necesito que deje de hablar. No puede decirme esto. Ahora no, joder.
—Iván... —intento cortarlo.
—Y sé que ha sido un mes difícil, has estado ocupada y nos hemos visto poco. Por eso he reservado un apartamento a las afueras de Madrid para pasar el fin de semana y así poder celebrar nuestro aniversario. Tú y yo solos. El viernes paso a recogerte...
—¿Qué? —cuestiono sin poder disimular la incredulidad.
Parece no esperarse mis palabras, pues sus cejas se arrugan.
—¿Cómo que «qué»? —Clava sus ojos en los míos como si no comprendiera que pudiese estar haciéndole esa pregunta—. Cumplimos un año juntos, Gabri. Es que, ¿no quieres? ¿Es eso?
—¿Qué? ¡No! No es eso...
—¿Entonces?
Me atropello con las siguientes palabras que iba a decir.
Y ¿ahora cómo narices le digo que quiero romper con él?
—¿Por qué llevas todo el mes sin venir a clase? —opto por responder.
—¿Para qué? No me han seleccionado. Lo que te estaba diciendo. El apartamento está por la zona de...
Dejo de escucharle en ese mismo instante.
¿No va a preguntar por mí? ¿Va a continuar hablando?
Ha pasado más que tiempo suficiente desde que recibimos las car-tas de confirmación. Un mes. Y no ha preguntado por mí. En ningún momento.
Un pensamiento cruza mi mente.
No es que no quiera preguntarme por si mi respuesta es afirmativa.
Es que asume que, si a él no le han seleccionado, a mí tampoco.
Me enderezo en la silla. No puedo contenerlo más.
—Iván, creo que deberíamos dejarlo —escupo sobre sus palabras con un chute de valentía repentino inundando mis venas. No podría repetir ni una de las que ha dicho si me lo pidiera.
—¿Qué? —Ladea la cabeza, como si dudara haberme escuchado bien.
—Creo que es lo mejor. —Me obligo a sostenerle la mirada, aunque sienta que estoy a punto de ahogarme en ese mar bravo cada vez más agitado.
—Estás de coña, ¿no? —Su tono se infesta de recelo y sus ojos se entrecierran acentuando su incredulidad—. Estoy hablándote de celebrar nuestro aniversario, ¿y me vienes con esto?
Lleno mis pulmones de aire.
Debo mantenerme serena y segura de mí misma.
Puedo hacerlo.
—Iván, esto me está costando mucho y no... Llevo un tiempo pensando en cómo decírtelo e intentando sacar la conversación, pero...
—¿Qué llevas tiempo pensando en cómo decírmelo? —espeta, atónito—. ¿Cuánto llevas pensando en romper conmigo? —No me da la opción de responder—. ¿Por eso no has querido follar en todo el mes?
—Yo... —balbuceo.
Si hay algo que me juegue una mala pasada cada vez que me pongo nerviosa es que paso de escupir palabras a toda velocidad a no ser capaz de idear el mero comienzo de una respuesta.
Es cierto que no nos hemos acostado desde la noche de la fiesta.
Pero es que no he sido capaz de estar desnuda frente a él.
No quería volver a amanecer con el mismo sentimiento de siempre estrujándome el pecho y me negaba a compartir una intimidad así sabiendo que no sentía nada; que no siento nada.
—¿Tú...? —me insta con lo que parece molestia.
Cojo una inspiración acelerada.
—Déjame que te diga esto del tirón porque si no, no voy a saber decirlo.
Es… Me he enterado de algo y llevo todo el mes esperando a ver si sale de ti, pero aún no me has dicho nada.
—Jugueteo con la cremallera de mi chaqueta.
No puedo mirarlo mientras le cuento lo de la beca, no soy tan fuerte.
Bajo la mirada, incapaz de enfrentarme a sus ojos azules cuando, tras un parpadeo, una nueva ola, esta vez de preocupación, los baña—. Iván... Yo, nosotros...
«Me marcho y no podemos seguir juntos».
«No funcionamos».
«No puedo».
—Amor, si es por lo de aquella noche tienes que saber que no significó nada, ¿vale?
Mi cabeza se dispara hacia arriba.
Mis manos se detienen alrededor del broche metálico.
Veo la duda instantánea centellear; el arrepentimiento inmediato por haber hablado de más.
Boquea con la intención de decir algo, quizá de defenderse, pero termina por cerrar los ojos con resignación.
—Joder... —Se lleva las manos a la cara.
Tienes que saber que no significó nada.
—¿Qué...? ¿Qué noche, Iván? —tartamudeo con miedo.
«Por favor que no sea lo que creo que es. Por favor que no lo sea».
—Pensaba que hablabas de... Joder. Amor, lo siento.
No puedo decir nada.
No puedo siquiera pestañear.
El corazón me rebota con vergüenza en el pecho, tengo la boca seca. No necesito que añada nada más para captar lo que hay implícito en sus palabras.
—¿Quién? —demando.
—Gabri…
—¿Quién? —repito, mi voz quebrada.
—Con Melissa, amor. Pero...
El mundo se detiene de golpe.
Su confesión hace ecos en mi mente cuando el camarero deja las bebidas que ha pedido antes de que yo llegara, mientras la gente alrededor de nosotros sigue hablando.
Él también lo está haciendo, pero no escucho nada.
Mi cabeza va y viene con miles de preguntas y quejas y ganas de gritar, pero no soy capaz de decir nada.
Me ha engañado.
—Con… Melissa —me tiembla la voz al pronunciar su nombre.
Melissa, la chica a la que siempre he deseado parecerme .
Melissa, la chica segura y decidida que disto mucho de ser.
Melissa, la chica con la que él salió antes que yo y a la que siempre he temido que regresara.
Melissa.
La figura de Iván se convierte en una mancha emborronada. Me arden los ojos.
—Amor, fue un error. No significó nada, ¿vale?. Ella no eres tú y yo...
—¿Cuándo?
—El día de la discoteca, pero te aseguro que no... Gabri, no me mires así. Me duele.
Los recuerdos de aquella madrugada vuelven a mí como fogonazos de luz cegadores.
Mi bebida derramada; el vestido mojado. La pelea con el chico, Locke. Iván marchándose. Encontrarme con él en mi portal horas más tarde. Su camiseta arrugada. La expresión de cansancio. Iván en mi cama. Todas las veces que me pidió perdón. No ser capaz de dormirme hasta que se marchó.
—No te estabas disculpando por la pelea. Ni porque de verdad lo sintieras. Fue porque te fuiste con ella. —Dejo salir mis pensamientos ante él—. Madre mía, cuando me dijiste que te habías dado cuenta de que si no era yo no podía ser nadie… Venías de estar con ella.
Por la manera en la que su rostro se contrae, sé que he dado en el clavo.
Me levanto de la silla, sin preocuparme de hacer ruido cuando, del impulso, se cae hacia atrás. Salgo del bar a toda prisa. Las lágrimas me inundan los ojos y comienzo a sentir una presión en el pecho.
Si el silencio fuese un color, en este momento sería el blanco. Blanco como el algodón atascando mi garganta; impidiéndome respirar.
La humillación que me bañó aquella mañana o tras la confrontación en la discoteca no se compara a la que me recorre en este momento.
Me ha engañado.
Intento coger una bocanada de aire pero no puedo .
No puedo respirar.
—Gabri, espera. —Su mano se cierra alrededor de mi muñeca.
Me giro, sobresaltada.
—Suéltame —le ordeno, pero no me hace caso.
—Gabri, tienes que entenderme. Te vi con ese tío y…
—Me viste con ese tío y ¿qué? ¿Qué excusa tienes? ¡Ni siquiera le dije mi nombre! Y tú te acostaste con ella y luego viniste a por mí. —Tengo la intención de alzar la voz, pero se hiende de forma patética al final de la frase.
—No ha significado nada, Gabri, te lo prometo. Puedo ser mejor, ¿vale? Tan solo, déjame demostrarlo. —Su mirada está azul cargada de culpa, su cejas arqueándose en una mueca de dolor.
—No. —Niego con la cabeza—. No después de esto. No después de haber estado con ella y en la misma noche haber estado conmigo. En mi cama, Iván. ¡En mi cama!
—Gabri, por favor. Puedo ser mejor por ti.
—Eso dijiste la primera vez que discutimos. Y te creí.
Y la siguiente.
Y la siguiente.
No puedo permitir que me humille de esta manera. No después de todas esas pequeñas humillaciones que he tolerado. Esta es demasiado grande como para dejarla pasar.