Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Confesiones inesperadas

Gabi

La hora y media desde que he llegado del centro hasta que he tenido que volver a salir de casa para dirigirme a la academia se me ha hecho eterna.

Al menos, la cabeza ha dejado de dolerme y he podido terminar la novela que estaba leyendo. Ha sido una decepción, pero me ha permitido alejarme de mis propios pensamientos.

Me he trenzado el pelo frente al espejo, retocado el maquillaje y elegido el recorrido más largo hasta Avant-Garde. He pensado que, quizá, caminar me ayudaría a salir del laberinto de pensamientos que se ha abierto paso en mi mente. Por supuesto, no ha servido de nada.

No puedo dejar de darle vueltas al comentario que me ha hecho Locke y la respuesta que no he sabido darle.

«No soy un experto en esto de las relaciones, créeme; no estoy ni siquiera cerca de serlo, pero sé que no deben hacer daño y mucho menos, hacerte cuestionar por qué la sigues manteniendo».

¿Por qué no he contestado que no me siento así?

¿Por qué no se lo he negado?

Quizá porque es la triste realidad.

Porque diez minutos antes le había confesado que quiero ponerle punto final a mi relación. ¿Cómo voy a mirar a Iván a la cara tras haber vuelto veraz el deseo de querer romper con él ?

Abro la puerta de la academia, saludo al recepcionista y entro en el estudio. Fer está sentado en uno de los bancos adyacentes a los espejos que ocupan la pared del final. La tensión parece volver a mí tan pronto como se gira en dirección a la puerta.

Algo dentro de mí me grita a viva voz que él también ha sido se-leccionado. ¿Por qué si no salió ayer de fiesta?

Aunque, ¿quizá lo hizo para distraerse y alejar el pensamiento de que no se la han concedido? No. No puede ser. Pero ¿y si...?

Fer se levanta del banco. Me observa, expectante, en silencio y alza la barbilla, alentándome a responder la pregunta que flota entre nosotros.

Asiento con retraimiento, sin permitirme sonreír. No quiero que mi felicidad pueda profundizar su decepción en caso de que el desenlace sea ese que no quiero plantearme.

Fer no reacciona.

Mis cejas se arquean con una enorme tristeza que me causa al mismo tiempo un picor en los ojos.

—¡Qué nos vamos a Bélgica, Gabi! —exclama de pronto. En un parpadeo está delante de mí y me alza en brazos.

—Madre mía, ¡Fer! —protesto a pesar de sentir un alivio desmesurado.

Nos apretujamos en un fuerte abrazo, como al ganar una competición, en esta ocasión la sensación de orgullo está triplicada—.

¡Qué susto me has dado! Por un momento pensé que no te habían cogido.

¿Qué hay de Carlos? —pregunto por nuestro otro amigo más cercano, acelerada, tan pronto como me separo de él.

—Él también.

La tensión en mis hombros disminuye y mi felicidad aumenta todavía más.

—Siento no haberte llamado ayer. Las cosas se torcieron..., un poco. —Hago una mueca. Odio ver la comprensión automática en sus ojos marrones.

—Quiero decir... —Me da un apretón empático en el hombro—. Yo también me habría frustrado si no me hubiesen concedido la beca.

—¿Cómo dices?

—Iván no ha sido uno de los seleccionados, Gabi. ¿No te lo ha dicho ?

—No... —admito en un murmullo—. Ayer... No, no me dijo nada.

Ninguno le dijo nada al otro, volvimos a seguir el mismo recorrido de siempre.

Me cuesta identificar la sensación que se instala en mi pecho.

¿Pena? Porque él va a quedarse en España, lejos de la oportunidad de seguir avanzando en el arduo camino que implica conseguir su sueño.

¿Tranquilidad? Porque voy a alejarme de él durante una temporada.

¿Vértigo? Porque ahora sí que sí, él se queda y yo me voy y tengo claro que no voy a poder sobrellevar una relación a distancia ¿Inquietud?

Porque ¿cómo narices se supone que tengo que enfrentarme a la conversación sin venirme abajo?

—¿Del resto sabes algo? —Prefiero apartarlo de mi mente hasta que llegue a la academia.

—Sí, de Madrid han seleccionado a una persona más. —Fer se lleva la mano a la nuca en un gesto que denota su incomodidad. Antes de que prosiga con la respuesta ya sé quién va a ser—. Ha sido a... La otra persona es Melissa.

El sonido de su nombre serpentea por mi cuerpo en un escalofrío lento y helado.

Trago saliva.

¿A quién quería engañar? Es una de las mejores bailarinas que conozco. Tendría que haberme dado cuenta de que la esperanza que albergaba era tan solo una ilusión falsa.

Si me han seleccionado a mí, ¿cómo no iban a seleccionarla a ella?

Asiento varias veces en un intento de digerir la información y, saliendo de mis pensamientos, la figura alta, esbelta y delgada de Melissa cruza la puerta del estudio.

Como de costumbre, tiene el pelo negro y liso peinado en una coleta alta y mira a su alrededor como si nada fuese merecedor de su atención con esos enormes y gélidos ojos azules.

No me pasa desapercibido el vistazo que me dedica.

Estoy más que acostumbrada a sus miradas despectivas, pero la de hoy ha sido..., distinta.

Me escapo de su atención tan rápido como puedo.

El resto de nuestros compañeros no tardan en llegar y, aunque no han obtenido la beca, se alegran de las noticias del resto.

Da la hora de inicio de la clase e Iván no ha aparecido todavía.

Reviso mi teléfono por si hay algún mensaje suyo.

Nada.

Decido enviarle uno.

Gabi:

La clase ya ha empezado,

¿dónde estás?

El «En línea» bajo su nombre surge al instante y la burbuja que indica que está redactando un mensaje se sacude durante varios segundos.

Me dice que no va a venir hoy, pero que de todos modos necesita verme tan pronto como salga de la sesión. Contesto con una afirmativa por muy extraña que me resulta su ausencia, aceptando encontrarnos en el bar que frecuenta con sus amigos.

Durante las dos horas que paso en el estudio hago el mayor de los esfuerzos por ignorar la desagradable angustia que aprieta mi garganta y oprime mi pecho.

◆◆◆

Odio este antro con todas mis fuerzas.

Escondido al final de una calle ciega, el bar predilecto de Iván está siempre ocupado por hombres. Solo por hombres.

Los más de veinte minutos a pie desde la academia hasta aquí los he empleado para repasar sin descanso eso que necesito decirle; cómo voy a formular las frases... Y con todo y con eso, sé que me va a costar pronunciar las palabras por más premeditadas que las tenga .

No sé cuándo nuestra relación se convirtió en esto; en la necesidad de practicar discursos en mi mente, de guardarme palabras sobre cómo me siento de verdad.

Lo que tengo claro, o eso me he repetido sin descanso, es que no puedo alargarlo durante más tiempo.

Menos si van a ser mil quinientos kilómetros los que van a distanciarnos; menos después de haber confesado que no quiero seguir con él.

No puedo mentirle de este modo, pero, ante todo, no quiero seguir así.

No cuando me han concedido la mayor oportunidad hasta ahora en mi carrera como bailarina. No puedo hacerme esto.

Tengo más de cinco pares de ojos encima nada más abro la puerta. Cabizbaja para no devolverles la mirada, avanzo hasta la mesa en la que siempre se sienta y para mi sorpresa, ya está ahí.

Soy una persona puntual; más que puntual, en realidad. Iván, en cambio, llega un cuarto de hora —como mínimo— después de la acordada. Que hoy haya llegado a tiempo no es más que su forma de demostrar que sabe que ha hecho algo mal.

—Hola —murmuro al llegar a la mesa.

Hay dos sillas en los dos lados exteriores y los otros extremos están rodeados por un sofá esquinero. Es ahí donde ha decido sentarse. Estoy a punto de escoger la silla frente a él cuando alza la cabeza de la pantalla de su móvil.

Me doy cuenta de que ser sincera va a ser más difícil de lo que ya había considerado al ver la expresión que porta en su rostro. Tiene los ojos vacíos y apagados, idénticos a un mar revuelto.

—Gabri. —Guarda el teléfono en el bolsillo de su pantalón. Se hace a un lado, dándome a entender que quiere que me siente junto a él.

Sin dejar que vea mi resignación, obedezco mientras sus ojos recorren mi cuerpo. Se detiene en el escueto escote que forma el top deportivo que visto.

Con disimulo, subo un poco más la cremallera de mi chaqueta para después pretender que acomodo algo en la mochila que traigo conmigo cuando, a mitad de ello, pregunta:

—¿No vas a darme un beso?

—Ah, sí, perdón —balbuceo con torpeza y me inclino en su dirección para dejar un beso en sus labios.

Me froto las manos contra la tela del pantalón.

No sé cómo dar comienzo a esto.

Podría empezar preguntando por qué no ha venido a clase de hoy o quizá preguntarle cómo está tras el puñetazo que Locke le pegó hace menos de veinticuatro horas.

Ese par de suposiciones más todas aquellas que había planeado desaparecen de mi mente según envuelve su mano en la mía.

—No me han seleccionado, amor. —Sus cejas se arquean con pesar.

Hay tanto sentimiento en su voz que me quedo bloqueada.

—Lo siento —musito. No puedo evitarlo, le doy un apretón que pretende ser reafirmante y no me planteo imponerme cuando me envuelve con uno de sus brazos y me atrae hacia él.

No pregunta por mí.

Quizá ya lo sabe y no quiere hablar de ello.

Quizá necesita tiempo para digerir la noticia de que él no se marcha a Bélgica.

Por ello, tampoco menciono lo ocurrido anoche ni intento que nos marchemos cuando sus amigos aparecen de imprevisto, se unen a nosotros y paso a estar en la sombra, a ser únicamente «la novia de», a mantenerme en silencio mientras conversan de sus cosas y limitarme a contestar las pocas veces que me preguntan de manera directa.

No pasa nada; se lo diré mañana.

Salvo que al día siguiente tampoco digo nada.

Ni una semana después.

Ni la posterior.

No digo nada.

Hasta que el día previo al vuelo llega y aún no hemos mantenido la conversación.

Septiembre ha transcurrido de manera incómoda.

He evitado el tema a toda costa con Laura, guardándome mis intenciones solo para mí e intentado verme con Iván lo menos posible pues llevo todo el mes ahogándome en un torbellino de culpa.

Me come el remordimiento de estar engañándole.