Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

—No. —Consigue arrancarme una risa—. Me refiero a que no es lo mismo aprenderlo que crecer sabiendo hablar ambos idiomas. La familia de mi padre es vasca y, aunque él habla euskera ni a mi hermano ni a mí nos enseñó. Y tú tienes dos lenguas maternas.

—En realidad, son tres.

—¡Venga!

Siempre he sentido fascinación por la gente que habla más de dos idiomas con fluidez. Aunque, debo reconocer que hay un poco de envidia en esa admiración.

Para él, en algún momento o quizá en este mismo, el francés es su día a día; su rutina.

Para mí es el español. Y, bueno, el inglés por todos los libros que leo en el idioma original o la música que escucho.

Pero el francés, a pesar de ser consciente de mis conocimientos, no lo empleo a diario.

Sé que voy a quedarme en blanco innumerables veces.

—¿Qué nivel tienes de francés?

—Menos del que debería según la nota del examen, pero imagino que sabes cómo funcionan estas cosas. ¿Tú estás estudiando?

—A distancia, sí. Un Doble Grado en Economía y ADE. Estoy en el último año.

—O sea, ¿qué te toca hacer el Trabajo de Fin de Grado este año?

—En Bélgica se le llama Proyecto de Fin de Carrera, pero sí, lo mismo es.

—¿Qué te trajo a España? —curioseo, y al momento me arrepiento. No quiero darle la impresión de ser una entrometida, pero me causa interés saber qué hace aquí; por qué estudia a distancia.

—Siempre había querido vivir durante una temporada lejos de casa. —Es su turno de encogerse de hombros—. ¿Es solo el idioma y el tiempo que estarás en Bélgica lo que te preocupa?

Me descoloca el interés genuino que percibo en su voz. Abro la boca para responder. Vuelvo a cerrarla. Podría mentir y decirle que sí. Quizá me cree si digo que no tengo más preocupaciones.

Pero ¿qué necesidad tengo de engañarlo? Puedo incluso aprovecharme de esto para hablar de lo que más me está reconcomiendo. Y, además, creo que lo necesito.

—No lo sabe.

—¿No lo sabe quién? ¿El qué?

—Mi... Novio —confieso con la boca pequeña—.

Él también era uno de los candidatos a la concesión de la beca y no sé si le han seleccionado.

Y lo peor es que una parte de mí, que sé que es egoísta; créeme que soy consciente, tiene la esperanza de que no le hayan elegido.

Y me odio por ello, porque si viene... Si viene, no tendré forma de atreverme a romper con él.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos?

—En octubre hacemos el año. Es... —Rodeo el vaso ahora vacío en un gesto nervioso—. Puedo hacerme una idea de cómo se ve mi relación desde fuera, de verdad que sí. Mi mejor amiga siempre me dice que tengo que frenarlo de una vez, pero no... No es tan...

—¿Fácil? —decimos al mismo tiempo.

—Sí —pronuncio en un suspiro. Me llevo los manos a la cara—. Agh, tienes que estar flipando ahora mismo —balbuceo con vergüenza.

—Bueno... Nos hemos tomado el café.

—Supongo que sí... —digo sin mucho ánimo.

—Esto, Gabriela… —duda—. No pretendo ir de listo, pero yo…. Mira, no soy un experto en esto de las relaciones, créeme; no estoy ni siquiera cerca de serlo, pero sé que no deben hacer daño y mucho menos, hacerte cuestionar por qué la sigues manteniendo.

Abro la boca en busca de una respuesta inmediata.

La intensidad de sus ojos junto a las palabras que acaba de pronunciar me abruman mientras busco el no automático; esa negación que debería salir de mí sin necesidad de pensar, pero no...

No consigo pronunciarlo.

No consigo llevarle la contraria porque acaba de, en un momento, referirse al mayor problema de mi relación sin necesidad de que yo lo diga; que me resta más de lo que creo que alguna vez ha llegado a su-mar.

—Yo... —La melodía de una llamada entrante se cuela entre ambos—. Perdona —murmuro. Me llevo el teléfono a la oreja—. Hola, Marisa.

—Gabriela, hola. Oye, he pensado que como se ha hecho tarde podemos ir a comer a algún restaurante, ¿qué te parece? Conozco un griego no muy lejos de la cafetería en la que habíamos quedado. ¿Lo ves bien?

—Sí, claro. ¿Me pasas la ubicación?

Tras otro montón de palabras compartidas, establecemos un nuevo punto de encuentro. Al colgar la llamada, miro la hora en la pantalla de mi teléfono. Las 13.37h.

—Siento cortar la conversación así, pero tengo que irme. ¿Puedo pagarte el café con tarjeta? No llevo dinero suelto.

—Te invito yo.

—¿Seguro?

—Mmmh.

—Gracias. —Me levanto del taburete y cuelgo el bolso de mi hombro—. Y gracias por escucharme, también —añado en un susurro—. Que te vaya bien, Locke.

—Disfruta de Bélgica, Gabriela. Y no te olvides del paraguas.

—Lo sé, cuento con que va a llover mucho.

—Lo decía por si te encuentras con alguien y llevas un cubata en la mano.

Se me escapa una carcajada.

Sus labios se arquean con esa misma pillería cómplice que ha acompañado su tono.

Niego con la cabeza y con una última sonrisa sincera, me despido de él para siempre.

Rozando las cuatro, llego a casa. Nada más cruzo la puerta de mi habitación, me dejo caer en la cama.

Sé que debería sentirme más tranquila; tengo la plaza garantizada en la universidad de Bruselas, pero...

Siendo este el último pellizco de realidad que necesitaba me preocupa más saber que en apenas unas horas tendré que enfrentarme a una conversación con Iván y, que sea cual sea el desenlace, no va a gustarme.