CAPÍTULO 2 #2
—Creo que no voy a conseguir salvar la camisa de tu copa —dice, pillándome por sorpresa—. Pero puedo invitarte a tomar algo. A lo mejor no a un ron-cola, pero sí a un café. Si quieres …
Entrecierro los ojos, descolocada ante el súbito desvío que ha tomado respecto a la conversación y la tensión que nos había envuelto.
—Ya me estoy tomando uno... —Me cuesta disimular la sonrisa que quiere aparecer en mi boca—. Pero gracias.
—Otro. —Coloca el trapo en su hombro y se apoya en la barra sobre sus antebrazos—. ¿Mañana por la tarde?
A diferencia de lo poco que distinguí anoche, ahora soy capaz de atisbar la explosión de los distintos tonos de verde que es su iris. Tiene unos ojos preciosos; intensos y desde luego escalofriantes, pero preciosos.
—¿Se te olvida que tengo novio? Te he dicho que quiero dejarlo, no que lo haya hecho.
«Ni que vaya a hacerlo».
—¿Tomarte un café es acaso algo desleal hacia tu pareja? —continúa, una especie de sonrisa socarrona y ladeada la que tira ahora de las comisuras de sus labios.
—No sé tú nombre —opto por responder.
Lo cierto es que no me importaría tomarme un café con él, pero en el fondo sé que son las ganas de ser escuchada las que están pensando por mí.
Y es que odio rumiar la idea de que, si Iván no hubiera aparecido, quizá con este chico podría haber compartido algo más que una bebida derramada. Una conversación entretenida; darnos cuenta de que tenemos algo en común. Quizá...
¿A quién quiero engañar? No habría sido capaz de hacer nada más allá de eso con él; con nadie.
Por mucho que me hubiesen dado la opción de que nunca se enterara; por mucho que llevásemos tres días sin hablar.
Nunca podría engañar a Iván por muy lejano que ahora perciba el significado de «relación» respecto a lo que él y yo tenemos.
No creo que exista mayor falta de respeto que una infidelidad.
—¿Mi nombre? —Parece intrigado ante mi propio interés—. Me llamo...
—¡Locke! Deja de ligar con la chica y ayúdame con esta caja. ¡Tiene un muerto dentro! —La misma mujer de antes asoma la cabeza por la puerta de la cocina.
El chico; Locke, aprieta los labios y cierra los ojos con lentitud.
Imito su primer gesto para que no se me escape una carcajada delante de sus narices.
—Un momento. —Deja el trapo en la barra y se marcha a ayudar a su compañera.
Tan pronto como desaparece de mi campo de visión, el nudo en mi garganta se acentúa.
Madre mía, que acabo de confesarle mis intenciones con Iván.
Ni siquiera se lo he dicho a Laura a pesar de que llevo semanas con la idea de querer romper con él; a pesar de que cada día esta se afianza más y más.
Si no se lo he contado es porque sé que nada más me dé una afirmativa, me convenceré de que no es lo correcto porque ella pensará que sí lo es.
Ridículo e incongruente, lo sé, pero soy incapaz de actuar de otra manera en lo que a mi novio se refiere. Me molesta más de lo que siquiera creo que soy consciente ser así de ingenua por mucho que no lo parezca.
Pero decírselo, confesarle que quiero romper con él…
—Locke... Curioso nombre —murmuro cuando regresa a su lugar tras la barra—. Yo soy...
—Gabri —dice antes de que pueda terminar, ya con una nueva taza entre sus manos—. Le escuché llamándote Gabri.
—Sí... —corroboro. Recordar que un momento después me dijo que iba vestida como una zorra hace que me hierva la sangre.
Creo que lo que me siento es humillada. Esa es la triste verdad—.
Pero no me llames así, por favor. No me gusta.
Suelen llamarme Gabi o Gabriela... Bueno, en realidad, nadie me llama Gabriela.
—Bueno... Gabriela —dice, como si estuviera probando el sabor que deja mi nombre en sus labios—. Ahora que nos hemos presentado, ¿puedo invitarte a un café?
—En serio, me encantaría, pero... —Frunzo los labios, contrariada .
Tengo claro que no puede importarle menos mis comeduras de cabeza. Y aun así no consigo morderme la lengua. Otra vez.
—Me voy en un mes.
Me apuesto lo que sea a que por su cabeza está cruzando el pensamiento de qué narices tendrá que ver que me vaya de aquí a un mes.
Ni que para tomarnos un café necesitáramos una carrera universitaria.
Pero es precisamente por eso, porque no le conozco de nada; porque es un extraño y después de hoy, una casualidad demasiado grande sería la de volver a reencontrarnos que, por una vez, me da igual haber hablado de más.
—¿Adónde?
—A Bélgica. Me han concedido una beca.
Y es el mismo motivo por el cual he quedado hoy con Marisa.
Solicitamos el traslado antes incluso de realizar la prueba de acceso, o más bien, de consideración respecto a si éramos candidatos efectivos por los que apostar para la concesión de esta.
Fue hace más de seis meses. Creo que no hace falta explicar la ansiedad que me ha acompañado día a día desde entonces.
—¿Y cuál es el problema? —Coge otra taza.
—Son muchos meses.
—¿En qué curso estás?
—Empiezo ahora el tercer año de Estudios Ingleses, pero no es de la universidad. Soy bailarina.
—Eso está bien... —Al no obtener una contestación inmediata la seguridad en su expresión flaquea—. ¿No…?
—Sí, sí que lo está —le aseguro.
Está más que bien. Es, en resumidas cuentas, la mayor oportunidad que he tenido en mi vida. Si consigo el título al final de la temporada, mi carrera como bailarina ascenderá a nivel mundial.
—No te veo muy entusiasmada —señala y no me sorprende.
Quién diría que estoy tan contenta y orgullosa con ese tono de voz tan alentador que he empleado.
Espero que se haya notado la ironía.
—Sí que lo estoy, de verdad, pero...
«Me da miedo marcharme».
«Me da miedo estar sola».
«Me da miedo no hacerlo bien».
—Es mucho tiempo lejos de casa.
—¿Cuándo regresas? —Locke, que ha terminado de acomodar las tazas, se ha reclinado hacia el lado contrario y ahora me observa con los brazos cruzados sobre su pecho.
—Para finales de junio. —Me remuevo en el taburete y ladeo la cabeza—. ¿Imagino que es normal? No estar tan entusiasmada porque tengo más nervios que otra cosa recorriéndome el cuerpo. Es casi un año hablando otro idioma, tan solo conozco a dos personas y hace meses que nos los veo...
—Es un cambio grande. Es normal que te asuste.
—¿Has estado alguna vez durante mucho tiempo fuera de tu país natal?
—Asumes que mi país natal no es España. —Vuelve a alzar una ceja. Parece un gesto recurrente en él.
—Te llamas Locke. —Me encojo de hombros—. Algo me dice que de un pueblo de Albacete justo no eres... O, ¿a lo mejor sí, pero tus padres son unos modernos? —tanteo.
Ese comentario le hace sonreír.
—Bueno, no vas mal encaminada, pero nací en Bélgica.
Mi interés aumenta ante la coincidencia.
—¿Tú nombre es belga? —Arrugo el ceño. Juraría que es…
—Inglés. Mis abuelos —añade después.
—Vaya, tienes una mezcla de países interesante. —Sonrío—. ¿Cuánto llevas en España?
—Unos seis meses.
—Pues, para llevar menos de medio año, tienes un acento de nativo.
—Mi madre. —Baja un poco el tono de voz, que carece de esa sonrisa ladeada que ha mantenido hasta el momento.
—Pero ¿cuántos idiomas hablas? —inquiero, sorprendida.
Demasiados datos y lugares en un solo momento.
—Español, inglés y francés. ¿Tú?
—Los mismos... Pero no es lo mismo.
—¿Hablas un inglés distinto al del resto?