CAPÍTULO 2
Casualidades en una cafetería
Gabi
Salgo del metro arrastrando los pies.
Según el GPS, debo girar a la derecha al final de la calle para llegar a la cafetería en la que he acordado reunirme con Marisa, mi profesora.
Hace meses que no nos vemos y, aunque pensé que tras tanto tiempo estaría emocionada por volver a verle, lo cierto es que no tengo ganas de hablar con nadie.
No es solo porque siento que alguien está martilleando el centro de mi cabeza que quiero regresar cuanto antes a la comodidad de mi cama; es la oquedad que ha quedado en mi pecho junto al cúmulo de sensaciones que agarra mi corazón y lo estruja con fuerza.
No quiero ponerle nombre. En realidad, no quiero reconocer que sé a la perfección qué estoy sintiendo.
El Parque del Retiro se extiende a mi derecha según avanzo por la acera que compone su perímetro. A esta hora, Madrid está tranquilo pero dicha calma no tardará mucho en evaporarse.
Distingo el cartel del local después de cruzar un paso de peatones.
«Le Soleil».
Empujo la puerta acristalada y es un interior de lo más acogedor el que me recibe. La cafetería está iluminada por luces cálidas, repleta de plantas cerca de las ventanas y los colores beiges, blancos y verdes son los protagonistas del lugar .
Ocupo uno de los taburetes frente a la barra después de saludar a la camarera.
—¿Qué te pongo? —Me dedica una sonrisa mientras termina de secar un vaso. Viste una camiseta de color blanco con el nombre y logo de la cafetería.
—Un café con leche y canela, por favor. —Le sonrío de vuelta.
—Claro. —No ha terminado de colocar la taza en la cafetera cuando suelta un suspiro y sus hombros se hunden—. Perdona. Se ha acabado el grano. Enseguida estoy contigo.
La veo desaparecer tras la puerta que asumo, lleva a la cocina.
Tras dejar mi bolso a sobre mis muslos, deslizo el teléfono por la barra. Marisa me dijo que saldría hacia aquí nada más finalizar su última clase del día y llegaría sobre la una y cuarto. Son las 13.02h. Y como si supiera que estoy pensando en ella, un mensaje ilumina la pantalla.
Marisa Profe:
Hola, Gabriela. El tren ha tenido una avería. Voy
a retrasarme algo más de lo que pensaba.
Disculpa.
Después de responder que no hay ningún problema, dejo que el móvil se pierda entre el resto de las cosas que llevo en el bolso. Tanteo el espejo de bolsillo que siempre llevo conmigo y me echo un vistazo.
Me he despertado con la vista cansada y seca, pues anoche, al dejarme caer en la cama, me olvidé al completo de quitarme las lentillas.
Es por eso por lo que he optado por salir con las gafas.
Las marcas violáceas que acunan mis ojos son mucho peor de lo que acostumbro y a pesar de que, igual que cada mañana he dedicado un largo rato al maquillaje, ha sido más complicado disimularlas.
Así, al menos, puedo disimular algo más las ojeras.
Guardo el espejito y continúo buscando.
Rozo el tubito de cacao, mis llaves de casa, mi cartera...
¿Dónde está mi libro electrónico? No he podido olvidarlo en casa .
Abro el bolso y escrudiño el interior.
Por favor, dime que no me lo he dejado en casa.
Saco uno a uno cada objeto hasta que no queda nada en mi bolso y todas mis pertenencias están desperdigadas sobre la barra.
No me lo puedo creer.
Me he dejado el e-book en casa.
Y ¿cómo me entretengo yo ahora hasta que llegue Marisa?
Suelto un suspiro pesado. Genial. Pues nada...
Varios sitios alejados de mí, hay otra chica. No tendrá muchos más años que yo y, junto a su respectiva bebida, disfruta de un libro.
Qué envidia.
Me inclino con disimulo y entrecierro los ojos en un intento de enfocar la vista.
Está leyendo Lo que no me dio tiempo a decirte de Cass Lumprou.
Esa novela de romance contemporáneo lleva en mi lista lecturas pendientes desde que conocí a la autora por redes sociales.
He escuchado opiniones buenísimas acerca de su pluma.
Lo que me recuerda que el libro que estoy leyendo no me está terminando de...
—¿Estás servida?
Dirijo mi atención al frente.
Se me seca la boca al instante.
Estoy convencida de que el reconocimiento en sus ojos refleja el de los míos.
El chico de ayer; el que se peleó con Iván, delante de mí.
Tierra trágame.
En sus manos sujeta una caja de plástico donde hay tazas salpicadas de agua.
Viste la misma camiseta que su compañera, opuesta a su pelo azabache y a diferencia del último momento en el que le vi, de su nariz no sale ningún líquido rojo.
No parece haber hinchazón y tampoco ningún rastro púrpura en la zona.
Donde sí se aprecia ese tono es bajo sus ojos.
Acentúan su expresión cansada idéntica a la mía.
Le echa un vistazo a todas las cosas esparcidas sobre la superficie que nos separa y una de sus cejas se alza con ligereza.
Aprieto los labios, avergonzada y con prisa, comienzo a guardarlas.
—Sí... —balbuceo. No necesito volver a verme para saber que me estoy poniendo roja como un tomate.
La camarera regresa y deja caer al lado del chico el saco que ha ido a buscar a rebosar de granos de café.
Oh, gracias. Así puede continuar atendiéndome ella y evitamos cualquier tipo de conversación incómoda.
—Ha pedido un café con leche, pero se nos había acabado el grano —le dice a su compañero—. Sírveselo tú, por favor, que he tirado no-sé-qué, según Paula, ahí dentro. —Y tras exhalar una bocanada de aire de lo más exasperada, se da la vuelta y desaparece por segunda vez.
Tiene que ser una broma.
—¿Un café con leche? —pregunta, sosteniéndome la mirada para confirmar que no le ha escuchado mal cuando nuestros ojos se reencuentran.
—Y canela, por favor —añado, bajito.
Desliza en mi dirección el vaso después colocar un sobre de azúcar y otro de edulcorante en el plato que lo sostiene.
Le doy las gracias en un bisbiseo porque ya no me apetece tomármelo.
Es lo último que quiero. Solo puedo pensar en las ganas que tengo de desaparecer.
Dejar el café aquí mismo y salir corriendo.
Quizá debería haber esperado fuera hasta que Marisa llegase. O podría haber considerado la remota posibilidad de reencontrarme con este chico en una cafetería cualquiera de Madrid, un lunes de inicios de septiembre a la una de la tarde.
No puede ser cierto que de todas las personas existentes sea él.
No puede ser.
Aunque, lo que mi imaginación de aficionada a la literatura romántica no puede obviar es la posibilidad de que este sea el comienzo de una de esas tantas novelas que he leído.
La vergüenza respecto a anoche me trae de golpe a la realidad.
Definitivamente no quiero enfrentarme a la conversación que pueda surgir entre nosotros.
¿A lo mejor se ha olvidado?
Quizá solo recuerda lo de lo de la bebida y a partir de ahí está borroso, confuso y algo alterado .
—¿Acabaste bien la noche?
Ah. Pues sí se acuerda. Genial. Fantástico.
Camuflo mi nerviosismo con falsa seguridad, carraspeo y remuevo el café con la cucharilla.
—Sí.
Y eso es todo lo que soy capaz de decir.
De espaldas a mí, se dedica a secar esas mismas tazas que ha traído consigo con un trapo y a apilarlas a la izquierda de la cafetera.
La camiseta blanca se ajusta a él lo suficiente para hacer de notar sus músculos un tanto trabajados. Cuando estira el brazo izquierdo, llama mi atención el trazo de tinta que sube por su tríceps y se esconde tras la manga.
—Sí —repito al darme cuenta de que a lo mejor he parecido un poco seca—. Siento lo de tu camisa, por cierto.
Suelta una risa aspirada que me da la sensación de haber carecido de gracia.
—Y yo no haber podido invitarte a otra copa. —Coloca una nueva taza en la pila.
—Ya... —Me enderezo un poco en el asiento—. Sobre eso... Lo siento, de veras.
—Es un puto gilipollas. —Gira la cabeza sobre su hombro y me dedica una mirada desafiante, como si me estuviera retando a contradecirle—. ¿Lo sabes no?
«No, eres la primera persona que conoce a mi novio y tiene ese pensamiento»
—Sé que ayer no… —No sé qué excusa inventarme. Niego con la cabeza para mí misma y le doy el primer trago al café—. Es complicado —concluyo.
—¿Complicado? —farfulla con escepticismo. Se da la vuelta y aproxima a la barra. Tiene el ceño fruncido y diría que está incluso cabreado—. Me bastó con un minuto para ver que no es solo complicado.
—¿A ti que más te da? —repongo a la defensiva, sin poder evitar sentirme atacada—. No me conoces de nada .
—No, no te conozco de nada, pero no por eso dejé de notar el miedo con el que lo miraste.
Mi postura se enrigidece al instante.
¿De verdad? ¿Es eso lo que centellea en mis ojos cuando lo miro?
¿Miedo?
De golpe, me siento pequeña y vulnerable. Si con tan poco tiempo él pudo percatarse de ello, ¿qué hay de mis amigas? ¿Es a eso a lo que se refieren cuando me aseguran que nuestra relación no está bien?
—Perdona —murmura, como si acabase de darse cuenta de la incomodidad que me ha bañado—. No sé por qué he dicho eso.
Mi mente se convierte en un campo de batalla de pensamientos contradictorios nada más vuelve a darme la espalda.
Necesito dejar de aglomerar unos con otros, necesito aclararme.
Pero ese está ahí.
Sigue haciéndome cosquillas en la lengua al igual que cada vez que tengo una discusión con Iván. Es la misma idea protagonista que me ha acompañado estas semanas y se vio acentuada por lo ocurrido anoche; por la carta que recibí ayer.
Y por lo que una vez más, hablo sin pararme a pensar.
—Quiero dejarlo —escupo.
El chico detiene sus movimientos.
Con algo de recelo, se vuelve de nuevo hacia a mí.
—¿Qué? —dice al cabo de unos segundos.
—Quiero cortar con él, pero no… —Guardo silencio sin saber qué añadir porque es la primera vez que lo digo en voz alta—. Es…
—¿Complicado? —asume.
—Sí... —arrastro la palabra—. Lo siento. Estoy hecha un lío. Yo tampoco sé por qué te he dicho eso.
Decido que lo mejor que puedo hacer es guardar silencio. Ya me he dejado en ridículo lo suficiente.
Apoyo el lateral de mi cabeza en la palma de mi mano y jugueteo con la cucharilla y el café.