Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

Me quedo quieta, apretando el acero entre mis dedos.

Sé que no debería girarme; que tengo que dejarle con la palabra en la boca y entrar en el portal; porque también sé dónde acabará conduciéndonos esta conversación, así como sé que mis amigas me dirían que no le hiciese ni puñetero caso, que no está arrepentido de verdad...

Ellas no le conocen como yo lo hago.

Me giro hacia él.

Tiene peor aspecto que hace un par de horas. Está despeinado, su camiseta arrugada, el pómulo derecho inflamado y un corte en el labio.

—Lo siento, amor.

—No me llames así —declaro, por mucho que me cuesta emplear el tono hosco con el que me acabo de dirigir a él.

—Lo siento, es que... Joder. —Da un paso hacia atrás y se frota la cara con las manos. Su rostro se contrae en una mueca quejicosa al rozar la zona herida .

Arrugo las cejas, consternada. Mi mente va a cien.

Verle aquí, con una expresión de aflicción protagonizando su mira-da, hace que mi enfado se disipe por mucho que no quiera.

Está arrepentido, puedo verlo en él. Sé que lo está.

Varios pensamientos se suceden con velocidad, atropellándose unos a otros.

Está arrepentido porque he salido sin él; porque ni siquiera me he molestado en avisarle; porque llevamos tres días sin hablar; porque se ha encontrado con un chico invitándome a una copa, con alguien más mostrando interés en mí.

—No puedes aparecer de la nada y hacer que me vaya contigo —espeto—. He ido con Laura a la discoteca.

—Nunca vais a esa. Y llevo tres días sin verte. Necesitaba verte.

—¿No podías enviarme un mensaje?

—Gabri…

—¿Y cómo se te ocurre decir que voy vestida como una zorra? —Le clavo el dedo en el centro del pecho, intentando parecer firme; segura de mí misma—. Puedo vestirme como me dé la gana.

—Había más de cinco tíos pendientes de ti.

—¿Y qué? No es como si fuese a hacerles caso, Iván. Jamás podría serte infiel.

Algo en su mirada cambia. No sabría decir el qué, pero es como si la niebla de preocupación que ocultaba el cielo que esta es se disipase.

—Lo siento, Gabri.

Quiero abofetearlo y al mismo tiempo lanzarme a sus brazos, hacer que nada de esto ha pasado y desear que me corresponda.

Iván es un capullo, pero un capullo que me quiere.

Eso también cuenta, ¿no?

—El chico solo ha sugerido invitarme a otra copa. Iván, me había tirado la que llevaba en la mano. —Me señalo el vestido tal y como he hecho antes. Ahora está seco.

—Gabri, a ese tío se le veían las intenciones. Venga, no me jodas.

—Y, ¿qué más te da? ¿Es que no confías en mí? Ni siquiera estábamos bailando. Y, además, ¡cada vez que sales tienes a chicas alrededor!

—No es lo mismo.

—¿¡Qué no es lo mismo!? —exclamo en un murmullo, aún más incrédula. Quizá tendría que haber hecho caso al presentimiento de cómo habrían reaccionado mis amigas. Niego con la cabeza, abatida—. Márchate, por favor. Necesito descansar.

—Amor, espera... —Su mano vuelve a envolver mi muñeca, pero en esta ocasión, lo hace con delicadeza. Arquea las cejas con pesar—. Si no eres tú no puede ser nadie. Y odio haberme dado cuenta de este modo. Siento lo de esta noche.

—No es esta noche.

—Gabri... Si seguimos juntos es por algo.

—Ahora mismo no parece que lo estemos —murmuro, aludiendo a los tres días en los que no hemos hablado tras nuestra última discusión.

—Si siempre conseguimos solucionarlo será por algo.

Le rehúyo la mirada cuando modifica su expresión a una apenada.

Al cabo de unos segundos en los que no me veo capaz de darle una respuesta, lleva su mano a mi mejilla. Sus ojos azules se reencuentran con los míos marrones en una pelea de sentimientos contradictorios.

—Sabes que te quiero —susurra.

En mi garganta hay un torbellino de palabras atropellándose unas con otras desesperadas por ser verbalizadas, pero no consigo darles forma en mi boca.

Quizá ha sido culpa mía por salir sin avisarle. Quizá por dejar que ese chico flirtease conmigo más tiempo del debido.

Tampoco le he mencionado lo de la beca…

Llevo mis manos a su rostro y rozo con el pulgar el corte en su labio. Tuerzo el mío, entristecida ante la mueca de dolor que realiza.

Despacio, se acerca hasta besarme.

Sin pensarlo dos veces, enrosco mis brazos alrededor de su cuello y dejo que me agarre de la cintura y me pegue a él. El sabor a alcohol es ahora lejano.

Así, volvemos a, sin necesidad de emplear palabras, olvidarnos del tiempo durante el que no hemos hablado .

Y así, es él quien gira la llave, olvidada en la cerradura; quien hace más complejo subir las escaleras por ese beso que parece no ser finito.

Quien no deja de besarme mientras abro la puerta de mi casa y quien solo nos permite guardar silencio al cruzar el pasillo para que mis padres no nos escuchen.

No deja de besarme una vez estoy acostada sobre mi espalda.

Ni cuando me desnudo. Creo que mantiene el beso hasta que cae a mi lado sobre la cama.

Y a diferencia de otras noches, cuando regresa del cuarto de baño y se acomoda de nuevo en la cama, siento su mano deslizándose por mi estómago, por debajo de la camiseta que me he puesto al no querer dormir desnuda.

—Lo siento. —Su respiración acaricia mi cuello en el susurro que son sus palabras.

—Está bien —respondo—. Tan solo... No vuelvas a hacerlo.

—No lo haré. Te lo prometo.

Desde hace meses, conciliar el sueño es una tarea difícil.

En eso esta noche no es diferente.

Sé, por el ritmo pausado de su pecho contra mi espalda, que él si se ha dormido mientras que la iluminación a través de la persiana que no ha sido del todo bajada va en aumento.

No deben ser más de las siete y media cuando se separa de mí.

Escucho el roce de la ropa, después el pestillo de la puerta.

Me acuesto sobre mi espalda.

Y, solo entonces, soy capaz de quedarme dormida.