CAPÍTULO 1 #2
—Iván, se me ha enganchado el... Agh —mascullo al intentar y volver a fracasar sacando el tacón del desagüe—. ¡Iván! —alzo la voz a pesar de no querer discutir con él, o más bien, no tener la fuerza para ello. Esta noche no.
No es hasta entonces que parece percatarse de que no estoy siguiéndole. Gira sobre sí mismo y es cuando cae en dónde está mi pie que se agacha para ayudarme a desatascarlo.
—No puedes ser más torpe —masculla lo suficientemente alto como para que a pesar de la música que sigue sonando a nuestro alrededor pueda escucharle. Según consigue sacar mi tacón, no pierde un segundo en volver a entrelazar nuestras manos—. Venga, vamos.
Esta vez no hago por avanzar.
Coge una inspiración pesada antes de girarse en mi dirección.
—Y ahora, ¿qué?
—No quiero irme todavía —le hago saber—. He venido con Laura —añado, pero no me hace el más mínimo caso y consigue que avance un par de pasos—. Iván, por favor...
—Te ha dicho que no quiere. —Sin previo aviso, el desconocido de antes se interpone entre ambos. Su voz sale pausada, ajena a la tensión generada y al nuevo vuelco que acaba de dar mi corazón.
E Iván, en su línea usual, no se echa atrás después de soltar mi brazo sin delicadeza alguna.
—Vete a tomar por culo antes de que te rompa la cara de gilipollas que tienes. —No me hace falta verle para saber que ya ha encuadrado los hombros y alzado la barbilla, desafiante.
Me saltan las alarmas.
Si hay algo que no pienso permitir es que llegue a las manos con nadie. Me niego. Nunca lo ha hecho y no quiero que hoy sea la primera noche. No quiero que haya una primera noche.
Además, puedo ocuparme de Iván sola. Dentro de un rato se calmará y podremos continuar con la fiesta. Por ello, decido hacer de tripas corazón, ignorar la escena que debemos estar montando y meterme en medio de ambos.
—Iván, vámonos. No pasa nada. —Busco su mano pero la aparta con un aspaviento—.
Iván, por favor. Solo se me ha caído la copa y se ha ofrecido a darme otra.
Vamos, venga. Yo también tenía ganas de…
—Cierro la boca antes de terminar de pronunciar la mentira.
Cuando le veo dejar de mirar al chico y centrarse a mí, sé que he hablado de más.
Pero, seré idiota.
Una sonrisa cínica tira de sus labios. Suelta una exhalación del mismo estilo por la nariz.
—¿Querías invitar a mi novia a una copa? —Se pega a él, la voz cargada de rabia. A pesar de que Iván es alto, el chico le saca unos cuantos centímetros—. Y después, ¿qué? ¿Tenías pensado follártela en los baños?
—¿¡Iván!? —escupo, horrorizada y aunque he intentado alzar la voz, mi alarido se ha asemejado más a una súplica ahogada.
—¿Eso querías? —Otro empujón en su hombro—. ¿Follarte a mi novia?
—¿Cuál es tu puto problema? —Es el desconocido quien acorta la distancia esta vez—. Deja de referirte así a ella. Solo estábamos hablando.
—¿Te crees que no he visto cómo le estabas mirando? —Otro envite de parte de Iván al chico y este parece haber tenido suficiente.
—No vuelvas a tocarme —determina con la mandíbula contraída.
—O, ¿qué? —cuestiona Iván sin achantarse.
Un escalofrío cargado de vergüenza ajena me recorre la columna.
—O vamos a tener un problema. —No cede ante su actitud agitada.
—El problema ha empezado contigo invitándole a una copa. ¿Es que no hay más tías en la puta discoteca?
El corazón me va a salir disparado de las costillas.
No me gusta nada adónde se está dirigiendo esto.
Nada de nada.
—Iván, déjalo ya, por favor —insto. Quizá consigo que me haga caso—. Ha sido un malentendido.
Se vuelve de sopetón hacia mí.
—Déjalo tú, ¿quieres? Si no fueras vestida como una zorra nos ahorraríamos estas cosas.
Sus palabras aterrizan en mí como un bofetón.
Mi mente se queda en blanco. Soy incapaz de responder.
El desconocido cierra el espacio que perduraba entre ellos agarrando en dos puños la tela que cubre el pecho de Iván.
—Deja de hablarle así —farfulla con un más que notorio cabreo—. Y vete. Ahora.
—¿Quién cojones te crees que eres para decirme como hablar a mi puta novia? ¿Eh?
—Tío, te estoy avisando. No lleves esto a más y lárgate de una vez.
—¿Sí? ¿ Me estás avisando? —inquiere con burla.
Acto seguido hace que su frente choque de lleno con su nariz.
El resto de las cosas suceden muy rápido.
El chico reacciona con velocidad, sin desaprovechar un segundo en asestarle un puñetazo en la mandíbula.
Cubro el grito que abandona mi boca con la palma de mi mano cuando Iván se desploma en el suelo sobre su costado. Intenta levantarse con la misma agilidad, pero el alcohol en su sistema se lo impide.
—¡Gabi!
Reconozco la voz de Laura. Es como una respuesta a la súplica de lo mucho que necesito salir de aquí.
Me da la mano y me insta a que le siga.
No puedo.
Estoy clavada en el suelo.
Iván consigue ponerse en pie.
Antes de que la pelea pueda escalar a más, dos hombres con el uniforme de la discoteca le retienen agarrándole de los brazos. El chico alza las manos, desentendiéndose, al contrario que Iván, que se retuerce en el aprisionamiento.
—¡Que me soltéis, joder! —ladra entre zarandeos—. ¡Gabri!
Pero no es a él a quien miro.
—¿Estás bien? —El chico se adelanta a mis palabras al tiempo que se pasa el dorso de la mano por la nariz. Un rastro carmesí se extiende por encima de sus labios.
¿Y me pregunta a mí sí estoy bien?
—Lo siento —pronuncio en apenas un susurro antes de apartar la mirada. No puedo creerme que esto acabe de pasar.
Necesito salir de aquí.
Necesito salir de aquí ahora mismo.
Consigo volver en mí y sorteo a la gente según Laura se abre paso por la multitud.
Antes de haber cruzado la salida ya noto el usual picor en los ojos.
Llegamos al aparcamiento y nos resguardamos tras una hilera de coches.
Intento tragarme las lágrimas; intento suprimir el sollozo que sacude mis labios, pero no puedo.
Menos al escuchar la voz de mi mejor amiga.
—Gabi, tienes que parar esto de una vez.
Me apoyo en la pared de piedra y me llevo las manos a la cara.
No soy capaz de enfrentarme a su mirada.
Me muero de la vergüenza.
—Y más después de lo que te han dicho hoy —prosigue—. Gabi, te marchas, joder.
—Lo sé —balbuceo.
—Deberías haber roto con él hace meses.
—Lo sé.
—Siempre dices lo mismo.
—Laura, no es tan fácil...
—¿Qué no es tan fácil? —me interrumpe en un tono atónito—.
¿Sabes lo cansada que estoy de ver como mi mejor amiga se pasa los días intentando salvar una relación que no hay por dónde coger?
¿Ver cómo eso te está afectando? —Da varios pasos en dirección contraria a mí.
Lanza los brazos al aire y deja que caigan de nuevo sobre sus caderas—.
¡Llevas un año con ese gilipollas! ¡Un año!
¿Y cuántas veces me has dicho eso? ¿Cuántas?
No puedo juzgar que esté enfadada, le entiendo.
Y eso es lo que más me molesta admitir.
Intento alzar la cabeza para mirarle a los ojos. Me falta coraje.
—Lo siento. —La primera lágrima se deliza por mi mejilla. La retiro todo lo rápido que puedo.
Soy tan estúpida. Pensar que esta noche de verdad iba a ser capaz de disfrutar. ¿Por qué me engaño así a mí misma?
Laura recupera su sitio a mi lado.
—Siento haberte hablado así —murmura—. Pero es que odio cómo te hace sentir, Gabi.
No respondo.
No soy capaz de hacerlo.
Sé que se enfadará aún más de escucharme defendiéndolo a pesar de que yo misma sepa que esto es algo insostenible.
—Ha sido por ese chico, ¿verdad?
Asiento, avergonzada y le cuento lo sucedido.
No me deja avanzar más allá de la sugerencia a esa otra copa y cómo ha tornado la conversación a una cargada de flirteo por su parte.
—Era guapo, eh… —Roza su hombro con el mío—. ¿Cómo se llamaba?
—No… —Alzo la cabeza de estar mirando la punta de mis tacones—. No lo sé.
—Bueno. —Se coloca delante de mi y retira con los pulgares el rastro húmedo en mis mejillas—. Vamos a volver ahí dentro, ¿vale? Y a esta ronda invito yo. A no ser que encontremos al guapo que regala cubatas y nos salga gratis.
Me arranca una risa y, aunque me cuesta, dejo que me convenza para regresar al interior de la discoteca, conseguir otras bebidas y poco a poco, tras reunirnos con Sara y los demás y dejarme llevar.
Me repito como un mantra las palabras de la carta que he recibido esta mañana.
Concedida.
Concedida. Concedida. Concedida.
Los minutos pasan hasta dar con las cuatro y media. No vuelvo a ver al chico en toda la noche, cosa que por un lado me frustra, pero por otro, agradezco. Sería muy bochornoso tras lo sucedido.
Para eso de las cinco, Laura, Sara y yo nos montamos en el Toyota blanco de Patri, quien lo detiene en doble fila justo delante de mi edificio. Nos damos las buenas noches, a la dueña del coche las gracias por acercarme y echo mano a mi bolso para sacar las llaves con las que entrar al edificio.
La noche está a punto de concluir y de solo pensar en el dolor de cabeza que tendré mañana —bueno, en seis horas, cuando me despierte para reunirme con mi profesora—, me arrepiento de los dos cubatas que he tomado.
Me encuentro bien, estoy plenamente consciente, pero siempre me ocurre lo mismo al beber. Mi cuerpo no lo digiere con facilidad y el dolor de cabeza del día posterior es inevitable.
Nada más poner un pie en la acera, me encuentro con unas piernas estiradas frente a mi portón.
Iván está sentado en el suelo con la cabeza entre las manos. La alza al escuchar mis pasos.
—Amor... —Se pone en pie.
Odio al momento el mote con el que se dirige a mí.
Estoy enfadada, molesta, avergonzada. Esta no ha sido más que otra noche en la que he estado a punto de volver a casa y no disfrutar con mis amigas; otra más en la que he antepuesto sus decisiones a las mías. ¡Ni siquiera he conseguido dar con Fer!
—Déjame, Iván. —Intento encontrar la llave correcta mientras hago un esfuerzo sobrehumano por no mirarlo.
—No, amor, escúchame...
—No tengo nada que escuchar —interrumpo sus palabras.
Ensarto la llave en la cerradura y la giro.
—Gabri, por favor. Lo siento muchísimo.
Empujo la puerta, decidida a ignorarle.
Pero la vulnerabilidad en su tono de voz...