Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 1
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Serendipia (Serie Casualidades 1)

Serendipia (Serie Casualidades 1)

Por Rocio Alagan

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CAPÍTULO 1

Un cubata derramado

Gabi

—¡Quiero d os ron-colas! —Y con esa, ya van tres veces que alzo la voz para que el barman pueda escucharme.

Clavo mis ojos en sus labios cuando articula las mismas palabras que acabo de pronunciar para corroborar que nos hemos entendido.

Asiento con vehemencia y por fin, reciproca el gesto de aprobación. Apoyo los codos en el hueco que a duras penas me he ganado en la barra y me abrazo a mí misma.

Hace dos horas que hemos llegado a la discoteca tras una cola que parecía no tener fin; cortesía de la entrada gratuita de esta noche.

Son pasadas las dos de la madrugada y aunque a la resaca de mañana se le vaya a sumar que tengo que madrugar, por mi cabeza solo ronda la cantidad que me va a cobrar por los malditos cubatas.

Bueno, eso y la noticia que me han dado esta mañana.

Desde que he leído la carta junto a Laura y mi hermano, no he podido dejar de sonreír. Sigo, después de tantas horas, con un torbellino en mi pecho que no permite asentar tranquilidad.

El chico se gira de nuevo hacia mí. Deja los vasos de plástico protagonizados por un tótem como logo de la discoteca acompañados de un datáfono.

—Veinticuatro euritos. —Guiña su ojo derecho en mi dirección.

«Pues menos mal que son euritos».

Acerco mi móvil y un tic aparece en la pantalla según se realiza el cobro. Lo guardo en mi bolso después de pelearme una vez más con la cremallera y le dedico una sonrisa rápida.

Hago todo lo que está en mi mano —literalmente— por llegar hasta mi mejor amiga con los cubatas intactos.

—¿Cuánto te han costado? —Laura se acerca a mi oreja para que pueda escucharle sin necesidad de gritar.

Le lanzo una mirada sufrida.

—No quieres saberlo. —Como se lo diga va a empeñarse en darme su mitad y le he asegurado que a esta ronda invitaba yo. Busco sus dedos para entrelazarlos con los míos y no perdernos entre la multitud—. Vente. Vamos a la zona de fuera.

Según intentamos sortear la oleada de gente que bloquea la salida, contra mis costillas choca el codo de una chica. Un par de gotas salen disparadas de mi vaso y salpican mi brazo.

Me giro hacia ella con la intención de disculparme, pero la mirada que me lanza me quita las ganas al instante.

Por cosas como estas siempre defenderé la supremacía de las verbenas de los pueblos frente a las discotecas.

Y siendo esta una de las más famosas de Madrid, por mucho que tengamos la comodidad de no estar alejadas de casa, viene de la mano con el aforo rozando lo excedido.

Nada más conseguimos salir, agradezco el cambio de ambiente. La música se pierde en él y, aunque la temperatura es similar al interior pues es agosto y no hace precisamente frío, no resulta tan angustioso.

El centro de la terraza está ocupado por una piscina inhabilitada y la zona del DJ está secundada por dos altas palmeras, en esa línea tropical y veraniega que poco tiene que ver con los veranos en Madrid.

—Gabi, por aquí. —Laura me da dos apretones antes de virar la dirección de nuestros pasos.

Le sigo para encontrarme con el resto de nuestras amigas.

A la primera que reconozco es a Sara. Un vestido rosa se amolda a ella, en una perfecta combinación con su melena rubia a ras de su barbilla.

Saludo a también Patri, que está a su lado y me percato de que hay rostros que me resultan desconocidos.

Tras presentarme, Laura, que no ha soltado mi mano en ningún momento, me hace girar sobre mí misma.

Me contagia su alegría al instante a pesar de que me resulte de lo más inusual que sea ella quien haya dado comienzo al baile.

Le doy tragos a mi bebida de tanto en tanto y así pasamos no sé cuánto tiempo hasta que alguien me toca la cintura y pego un respingo.

Me giro para encontrarme con que tan solo es un chico pidiéndome que le deje avanzar entre la marea de gente. Suelto un suspiro entre tembloroso y agradecido de que haya sido un mero desconocido. Por un momento he pensado que era otra persona; he pensado que era él.

Decido aprovechar y echarle un vistazo a la hora en mi móvil. Marca las 03.16h y tengo... Dos llamadas perdidas de mi amigo Fer. Ups... Se me ha ido por completo que él también salía con su grupo esta noche.

Acordamos no decir nada respecto al contenido de la carta que ambos hemos recibido esta mañana hasta poder hablar en persona, aunque una parte de mí sabe que en la suya venía la misma aprobación que en la mía; la razón idéntica por la que salir a festejar.

Le muestro la pantalla a Laura y gesticulo hacia el exterior del cúmulo central. Tan solo con eso sé que ha comprendido lo que he querido decir.

A pesar de calzar los tacones que estoy empezando a cuestionar por qué he decidido ponerme, me alzo sobre mis puntillas, cubata en una mano y móvil en proceso de marcar una llamada en la otra. No consigo distinguir a nadie en este gentío acelerado.

Un hueco se abre en un lateral y decido colarme por el pasillo para así llegar a uno de los extremos de la terraza.

Todo se queda en la intención cuando no parezco ser consciente de que hay alguien delante de mis narices y me estampo de lleno contra su pecho.

Le pediría perdón automáticamente; de verdad que lo haría...

Pero lo que hace un segundo estaba en mi vaso empapa ahora mi vestido y todo cuanto queda del cubata son los hielos.

—Venga ya, ¡que me ha costado doce euros!

Al haberme alejado de los altavoces principales, no me supone un esfuerzo escuchar su voz cuando con el mismo tono hostil que yo he empleado, repone:

—Y a mí la camisa cuarenta.

Levanto la barbilla para ponerle cara a quién sea que me ha hecho desperdiciar mi ron-cola y además ha tenido la audiencia de hablarme con esa arrogancia.

Sus ojos me atraviesan con una dureza estremecedora.

No soy capaz de registrar mucho de su rostro.

Me cuesta reaccionar y opto por dar un paso atrás.

«Piensa, piensa, piensa»

—Mi vestido también se ha mojado. —Me señalo el cuerpo con las manos a modo de argumento y así destacar la evidencia. Una mancha húmeda recorre la tela desde la mitad de mi estómago hasta mis caderas. No sabía que agradecería tanto haber elegido el de color negro...

El chico no me echa más que un vistazo rápido antes de regresar a mi rostro para decir:

—Entonces, estamos en paz.

—¿En paz? —Mi boca se abre con indignación y su ceja se alza ante mi tono—. ¡No me he bebido ni la mitad! Y ahora mi ron-cola está en tu camisa y en mi vestido.

—¿Y qué pretendes que haga? ¿Escurrirla?

—¿Qué? —Frunzo el ceño, irritada ante su indudable sarcasmo—. No. Pero no estamos en paz.

—Y si te invito a otro, ¿lo estaremos? —El cambio en su tono de voz es drástico.

Mis ojos vuelan a los suyos y es mi turno de arquear una de mis cejas. ¿Está...? ¿Está ligando conmigo?

—Soy más de un vodka con limón —prosigue—, pero no puedo decir que tú tengas mal gusto.

—¿Vodka-limón? ¿Eso es tener buen gusto? —No parezco ser capaz de salir con nada mejor.

—Aquí me tienes invitándote a otro; mal gusto no tengo. —Acorta la distancia con un paso disimulado en mi dirección .

Tengo que alzar más la barbilla.

Vale, está ligando conmigo.

Madre mía, que está ligando conmigo.

Me tomo un momento para fijarme en sus rasgos.

A lo pronto, lo que más llama la atención es su nariz gruesa, de esas a las que creo que se denominan «romanas», unas cejas tupidas e igual de negras que su pelo que no hacen sino endurecer todavía más la expresión de sus ojos.

No sabría decir de qué color son por la escasa luz que baña el lugar aparte de las fluorescentes.

Ladeo la cabeza. Quiero decirle que sí, que quiero ese cubata.

Y estoy a punto de hacerlo cuando otra voz llega a mí.

No necesito más de un segundo para reconocerla.

—¿No vas a saludarme?

Una mano se cierra alrededor de mi muñeca y tira hacia atrás. El vaso se escapa de entre mis dedos y sale rodado por el suelo.

—Iván... —pronuncio su nombre en un susurro al toparme con su mirada azul y rizos rubios bien acomodados. Mis pulsaciones se disparan sin remedio.

—No sabía que salías esta noche. ¿Por qué no me lo has dicho? —Sus palabras están cargadas de una molestia indudable; de eso y una ralentización. Ha bebido.

El pensamiento de qué respuesta contenía su respectiva carta cruza mi mente de forma fugaz.

—Se me ha pasado —escupo, acelerada y con un puñado de excusas ya preparadas—. Hemos salido de imprevisto. Pero, yo…

—Tenía ganas de verte —me interrumpe. De agarrar mi muñeca pasa a entrelazar sus dedos con los míos. Ladea la cabeza, alentándome a que le siga y no espera a que responda para echar a andar—. Vámonos.

—Pero, Iván…

—¿No has visto que estábamos hablando?

Mi cuerpo se tensa al completo.

Le lanzo un vistazo con los ojos cargados de pánico al chico con el que me he chocado y niego con la cabeza. Espero que entienda lo que intento decirle: que no me siga, que no se meta en medio, que no vuelva a hablar.

Cuando me propongo seguir los pasos de Iván por mucho que no quiera, no soy capaz de tomar siquiera uno.

Mi tacón se ha enganchado en uno de los desagües que hay repartidos por la terraza.

Y es por el dichoso chute de nervios que se ha apoderado de mis piernas que doy un traspié al intentar avanzar.

Estoy segura de que me habría caído sobre mis rodillas, o mucho peor; hecho un esguince ante el brusco movimiento en mi tobillo de no ser por las manos que rodean mi cintura.

—¿Estás bien?

Me giro hacia él, sobresaltada.

Sus cejas se han arrugado con algo de preocupación.

Verdes. El chico tiene los ojos verdes.

—Sí. Gracias. No te preocupes…

—Quítale las putas manos de encima a mi novia. —El gruñido de Iván reverbera detrás de mí y todo el vello de mi cuerpo se eriza. Un mordisco que me hace volver de golpe a la realidad.

Mi novia.

—Perdona. —Aparta sus manos de mí al instante—. No pretendía…

—¿Es que no me has oído? —Empuja al chico en el hombro y agarra de nuevo mi muñeca—. Vete de una puta vez. Vamos, Gabri.