Serafín 32
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Quienes hemos padecido infartos sabemos de qué están hechos y lo que sucede cuando uno sobrevive a ellos. No voy a decir tantas cosas obvias, no voy a decir que uno siente miedo de que se repita, cansancio general, ganas de llorar. No voy a decir que uno siente mamitis.

Pero en los días siguientes, en el momento más crítico de mi vida, me vi nuevamente acompañado por mi familia, con quienes compartí mis nuevas angustias. Cada vez que sufría un dolor en el esternón, y lo decía en voz alta, quienes rodeaban mi cama temían lo peor: que fuera un gas.

En mi caso, el doctor López, que fue quien me operó, no tuvo que reemplazar la válvula aórtica por una de marrano, como sucedió alguna vez con un político colombiano, excontralor de la república, en una práctica que resulta más común de lo que se cree:

ciertos tejidos del cerdo son compatibles con los de los humanos.

O por lo menos con los de algunos políticos colombianos.

Bastó con instalarme una malla en una arteria, como si fuera una media antivárice que uno llevara por dentro para estirar la vena, igual que el sueldo a fin de mes. En una casa en la que todo el mundo deja las luces prendidas.

Si de verdad quieren saber lo que me sucedió después del infarto, debo confesar que me puse muy cursi.

Eso nos sucede a todos los que hemos logrado regresar del quirófano.

Acostado en la cama de la clínica Santa Fe, me descubrí pensando que debía vivir lo que me faltaba bajo otro tipo de gravedad, permitir un relevo en la presidencia de quien gobernaba mi confederación de almas, como le sucedía a Pereira en otra novela de iniciación de una persona mayor.

Pero la historia de ese libro era sobre la guerra.

La mía no. Mi historia es simple, casi tonta: la vida de un humorista de cincuenta años obligado a convertirse a los formatos digitales, a recubrir con algodón las puntas de su material más cómico para no ofender a nadie,

y someterse a una platea llena de público a pesar de sufrir de pánico escénico.

La historia de un padre de familia de dos adolescentes a las que no escucha.

De un marido que aburre a su esposa. De un señor que ha sido calvo desde los quince años y que adopta un perro calvo.

Y a pesar de todo, es la historia que debo contar.

Con su epílogo cursi. Porque, dentro de los odios que he confesado a lo largo de este largo desahogo que ha sido escribir mi primera novela, he abominado los consejos de superación personal.

Pero la vida es una constante entrega de principios, y el infarto al que sobreviví me convirtió en mi propio Paulo Coelho; en un sobreviviente a su propio accidente en las cordilleras nevadas cuyo testimonio podría salir impreso en la revista Selecciones:

—Le traje esta revistica, doctor: mire ese artículo sobre los perros —diría la enfermera para extender mi artículo al próximo paciente que atendiera.

No sé cómo contarles lo que sucedió después. Me gustaría ir al grano, a la pepa de esta historia: no demorarme más.

Voy a intentarlo de esta manera: duré tres semanas hospitalizado en la clínica y regresé a la casa como si hubiera hecho las paces con todo lo que me incomodaba.

No quise revisar cuántas visualizaciones había obtenido el video de mi infarto, pero Mariete me dijo que había superado el de PaolitaPaoPao:

—¡Al vídeo de tu infarto le han dejado más corazones que a cualquier otro! —decía, mientras celebraba su propia ocurrencia.

Reposé como me ordenaron. Solo me puse de pie para despedir a las hermanas Marina y Yadira, las friolentas, que al fin se iban de la casa.

Me asomé desde la ventana de Serafín: la que tenía vista a la calle.

Las dos ancianas se despedían de mis hijas mientras ellas, cada una, por instinto, se despojaban de sus famosas chaquetas marca Martín Patalero que costaron seiscientos mil pesos y se las ayudaban a acomodar a sus nuevas dueñas.

Millón doscientos mil pesos que ahora caminaban por la calle.

En medio de las reflexiones a las que me entregaba, todas repugnantemente cursis, pero no por eso falsas, comprendí después de mi infarto que necesitaba hacer las paces con mis hijas.

Que mis hijas eran la única paz que he necesitado; que traerlas al mundo ha sido una forma de robarle unos versos a la muerte, dar sentido a la locura, salvarme del vacío.

Porque su presencia se antepone a este rumbo hacia la nada, justifica este tránsito sin sentido; me ayudan a saber que en la isla no había tesoro, sino que la isla es el tesoro, y la frase es un verso que no puede ser mío: ellas son personas buenas, que prefieren tener tiempo a tener cosas,

y que se sienten más orgullosas de lo que comparten que de lo que tienen.

Quería pedirles perdón a ellas por haber intentado montarles una revolución. Y detrás de ellas a Maluma, y a Anuel, a quien no debería volver a llamar boqueto. Y a los boquetos, a quienes podía ofender por compararlos con Anuel.

Aprendí que debía conquistar de nuevo el amor de mi esposa, proteger el asombro de los amores cotidianos, de todos los días, desgastados por la rutina pero a su vez alumbrados por ella, que son los únicos amores reales: los otros duran lo que dos peces de hielo en un whisky on the rocks.

Los amores que aprenden a alternar pacíficamente la subida y la bajada de la tapa del inodoro; que no huyen si el cáncer llega.

Y en los que uno no tiene nada que fingir.

Ese es el amor que sentía por mi esposa: ese amor habitual, de marinero en puerto, que me permitía ser feliz en la misma casa, en la misma cama. Y con la misma mujer.

Aprendí que debía agradecer, no solamente a mis hijas, no solamente a mi esposa, no solamente a un señor llamado Saulo, recogido por ella esa semana, que vestía una sudadera sin estrenar que acababan de regalarme, sino a todos los que se habían cruzado en mi vida:

la vida que estuve a punto de perder, como la habría perdido mi papá, el Quijote cuya mancha no resultó cancerosa, enhiesto padre que en sus buenos tiempos fuera mejor que una ventana abierta, como dijo alguien, no sé quién, que solo merece cosas buenas:

un equipo de fútbol grande o por lo menos una esposa pequeña que le tenga paciencia, y que sea muy inteligente, y que le enseñe boleros.

El doctor López decía que me faltaron veinte minutos para morir.

Para ser otra bolsa de cenizas al lado de las cenizas de mi mamá.

O para que me sembraran bajo un árbol, asunto que había podido ser una afrenta en la disputa legal que sostenía con los ecosexuales, cuya demanda seguía a la espera de ser resuelta, pero a la que ya no daba importancia.

Si el juez me obligaba a pedir perdón, extendería el ramo de olivo, por decirlo así.

En esto consistía, pues, padecer un infarto.

En volverse cursi. En denigrar de la superación personal, pero escribir una novela de iniciación que en el fondo es de superación personal.

En aprender que no estamos hechos de lo que tenemos, sino de lo que nos falta.

Y que solo somos el tiempo que nos queda.

Algunos se habrán preguntado qué sucedió con Serafín, a quien en los momentos críticos de la clínica ni siquiera recordé.

Bueno: cuando regresé a la casa se abalanzó encima de mí como siempre, o, mejor, como nunca, porque los perros que de verdad lo quieren a uno lo saludan como nunca, no como siempre: jamás pierden el asombro frente a las personas que aman.

Me saludó con su cariño sin nombre, tan infinito como exagerado y tosco, como si supiera que por veinte minutos habríamos podido dejar de vernos para siempre.

Les había contado que Serafín nunca se me despegaba.

Pero ese día —el día de mi regreso a la casa— mucho menos.

Si no fuera cursi decirlo, pensaría que quizás Serafín era consciente de lo que por poco había sucedido.

Si me ponía de pie para tomar un remedio, él se ponía de pie y me acompañaba a tomar el remedio.

Si daba un paso hacia el baño, él lo daba conmigo.

Si me asomaba a la calle para pensar en la muerte, él se asomaba a la calle que alguna vez fue su casa, pero ya no: porque Serafín ya no era un perro sin hogar, ni mi hogar era un hogar sin perro.

Esa noche dormí estirando el pie por fuera de la cama, para alcanzar a tocarlo.