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Al día siguiente, murió mi perro Serafín.
Me di cuenta de su muerte cuando desperté. Parecía dormido en el lugar de siempre: al lado de mi cama, donde pondría mis pantuflas si tuviera pantuflas.
Su muerte estuvo libre de estridencias; simplemente se deslizó hacia la quietud total, sin sobresaltos, dando el último gesto de lealtad al morir junto a mí.
Sucedió en el parpadeo de una mañana de un jueves cualquiera. Al ponerme de pie, no me siguió, como siempre sucedía. Tuve que mirarlo dos veces para comprender lo que pasaba.
Me cuesta acostumbrarme a la idea de que mi amigo Serafín haya dejado de respirar; mucho menos a la realidad de que nunca más volveré a verlo: mi amigo Serafín, el guardián de las horas ordinarias que se arrastraban en el día;
la presencia que me cobijaba con un amor limpio que no hice nada para merecer.
Para saber por qué estoy doblado de dolor en este momento, frente a su cuerpo muerto —mientras miro su media oreja rota y siento que con él una parte de mí se reconciliaba con el mundo—, ustedes tenían que haber conocido toda mi historia.
La historia de mi infarto, que es más bien la historia de Serafín.
El perro al que nadie quería adoptar porque era calvo.
El perro que me adoptó de inmediato.
El perro que algún día decidió que jamás iba a separarse de mí, y fue mi sombra y mi pliegue y acaso el tercer milagro de este libro, el de salvarme.
Gracias por todo lo que me diste, amigo Serafín.
Ha sido un honor recibir ese cariño tan elevado que nunca merecí.
Me mostraste todo lo que no puede enseñar un ser humano: únicamente un perro.
Y no podrías imaginar lo que me cuesta esta desolación doméstica de seguir vivo sin ti: de reconocer en los sillones donde te acomodabas la forma de tu ausencia.
De darme cuenta de que ahora no hay nadie que me espere mirando en la ventana.
Gracias por tu amistad, Serafín.
Al menos pude enterrarte con mis propias manos.
Un perro como tú no merecía una muerte callejera, como lo intuí desde que nos volvimos amigos, cuando te dije sin decirlo que íbamos a ser compañeros para siempre.
Lo cumplo ahora, mi perro de cola de rata: el perro que sacaba la cara por los calvos de la casa; la mascota de mi vida que ya vive por siempre en lo que soy.
«Mi perro Serafín con cola de rata, que desde entonces y para siempre se convirtió en mi sombra y en mi amparo, y en el único pedazo memorable de lo que soy».
Un hombre en plena crisis de los cincuenta comienza a sentir que su vida se viene abajo: ha tenido que dar un giro radical a su carrera de periodista y ahora su trabajo depende de los likes, sus hijas adolescentes no lo entienden,
su generosa mujer se dedica a recoger gente de la calle y su padre lo enloquece a punta de mensajes de audio.
Por supuesto, la consecuencia natural será un infarto.
Pero en medio del quiebre físico y emocional, el protagonista hallará una compañía inesperada: Serafín, el perro al que nadie quiere adoptar, le descubrirá una nueva forma de cariño y resistencia, y además encarnará una manera distinta de habitar el mundo, más instintiva, más presente y leal,
que obliga al narrador a replantearse sus prioridades, sus afectos y su manera de entender la vida.
La primera novela de Daniel Samper Ospina es una historia cargada de lucidez, sensibilidad y humor.
Y es también el retrato profundamente contemporáneo de un comediante dispuesto a defender la ironía con la que encara una existencia que a veces parece perder el sentido, pero sobre todo es la aventura de un hombre listo a encontrar en la relación con su perro una redención y un consuelo.
«Esta es la novela luminosa y reparadora que prueba que el amor por los perros reivindica a esta especie que narra y narra, pero es también el brillante relato de aprendizaje cincuentón que pone en claro que Daniel Samper Ospina tiene el oído envidiable que requieren el humor,
la compasión y la poesía».