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Aquella mañana pude dormir hasta tarde y amanecí exultante, como nunca jamás me había sucedido. Toda la casa avanzaba en un miércoles cualquiera: mi esposa iba a su tienda, mis hijas al colegio, Mariete dormía en su habitación, mi papá había mandado cinco audios y Serafín roncaba a mi lado.
Por un instante inmenso vislumbré nuestra unidad perdida, la gloria que es ser hombre, la dicha que es ser hombre y compartir el pan, el sol, la muerte, y el olvidado asombro de estar vivos, como dijo un poeta cuyo nombre —ahora ya lo saben— tampoco recuerdo.
Amanecí, pues, exultante para celebrar a mi familia, y —¿quién lo dijo?
— también a los perros de alma buena y a los mendigos que son buenos con ellos y les comparten la comida y la cobija.
El mundo por primera vez tenía sentido. La vida, al final, respondía a una lógica que podía ser feliz. Tener cincuenta años era una forma de celebrar la vida en su madurez.
Entonces un calambre de dolor me atacó por la espalda y se diseminó por la zona lateral del cuello, como un abrazo.
De un momento a otro la quijada se me paralizó.
Con la boca entumecida pedí auxilio a Mariete.
Al rato ya estábamos en dirección a la clínica en un Uber, a donde pude entrar caminando con pasos de astronauta, porque sentía que mi cuerpo avanzaba contra la gravitación.
Atravesé la puerta de Urgencias. Me sentí flotar hacia la ventanilla de atención al público.
Recibí la ficha de mi turno. Acompañado de Mariete, me puse de pie cuando escuché mi nombre y me senté en una camilla a la que me condujo una enfermera.
Ahí me separé de Mariete, del enano cósmico, y por un instante sin límites sentí un tremendo corrientazo de cariño que jamás pienso confesarle: Mariete de risa de pavo, el hijo que no tuve.
Y digo el hijo y no la mascota porque mascota sí tuve, y fue Serafín: la mascota de mi vida.
Pero en ese momento no pensaba en Serafín.
Pasaron treinta y siete minutos hasta que una enfermera-mamá-de-Maluma, me midió la tensión y ordenó que me sacaran sangre.
Odio los hospitales, odio las inyecciones, odio la sangre.
Odio las canciones de Maluma. Una doctora me cruzó el pecho con mil cables, y después observó lo que pasaba en el monitor y empezó a pedir que alistaran la ambulancia para llevarme a un hospital mejor equipado.
No sé por qué lo hice —acaso porque el espíritu idiota de esta idiota época de clics ya se había adueñado de mí para siempre—, pero tomé el celular en la mano para grabar lo que pasaba.
Este será el video que supere en vistas el de mi diatriba contra PaolitaPaoPao, los ecosexuales y los enanos, me dije.
Tan pronto como comencé a grabar, una súbita marea de dolor reventó contra mis costillas, como una ola contra un acantilado.
Y luego otra. Y entonces sentí ganas de vomitar. Y perdí la conciencia.