Serafín 30 #2
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30 #2

Ese era yo, amigos. El hombre que caminaba sin sentir las piernas mientras saludaba al celador del Teatro Colombia, que vivía en tercera persona su ingreso al camerino, el estrechón de manos a Nicolás Galindo y sus dos tarados, el saludo a la señora del aseo que servía los cafés,

al señor del micrófono y a la de las luces.

El hombre calvo que no quería estar ahí, que sentía que su propia vida ocurría por fuera de él, como si viera una película en una pantalla en la que él era el protagonista.

Una película o un dramatizado de la tarde, porque a las 8:00 p.m. comenzaba la función y eran las 5:30 cuando tuve la certeza inquebrantable de que no podría subir al escenario.

De que la función debía cancelarse. De que no tenía por qué demostrarle nada a nadie, ni enfrentar ese miedo, ni salir de mi zona de confort, como decía PaolitaPaoPao en uno de sus videos motivacionales, porque solo se vive una vez, y todos vamos en fila hacia la nada,

y ninguna hazaña tiene sentido, grande o pequeña, mucho menos esta gesta modesta de presentarse en un local de un barrio que se llama Chapinero, de una ciudad que se llama Bogotá, en un país miserable que se llama Colombia de cuya existencia no sabe la gran mayoría de árabes y de asiáticos,

o de gringos, directamente: un país que queda dentro de un mundo terco que gira incesante, sin sentido alguno, dentro de un universo frente al cual es una mota, un migaja sin luz en el vacío: demostrarle qué a quién,

padecer cuál suplicio para comprobarle qué cosas a qué personas si nada de esto importa, si nada tiene sentido.

En el viejo reloj de mesa del camerino me di cuenta de que eran las 6:23 p.m. cuando tomé la decisión de que no me presentaría.

Lo dije ocho minutos después, a las 6:31; para entonces el ataque de pánico me había aplastado sin remedio, y no podía respirar.

Nicolás Galindo me dijo que no era posible:

—Está loco, compadre: ya está llegando la gente —me respondió.

Y subió el dedo índice para que escuchara el murmullo del público en la gradas con mayor atención:

—¡Escuche eso, papá! ¡Vamos a estar repletos! —anunció, y luego celebró el éxito de taquilla con una carcajada.

No sé en cuál otra cabeza —diferente de la suya— podía caber la idea de ayudar a superar un ataque de pánico pidiendo a la víctima que lo padece que oiga con atención la llegada del público.

Pero el rumor de los asistentes se escuchaba por oleadas que iban creciendo, olas que reventaban en mis sienes una por una, y supe entonces que de todos los ataques de pánico que había sufrido en mi vida, este era el peor, el que me llevaría con él.

Eran las 6:37 cuando dije la única verdad que he dicho desde el alma:

—No puedo subir. De verdad lo lamento.

Y era cierto: no podía.

Yo sé que gran parte de ustedes estará pensando que fue justo en ese momento cuando sentí un puñetazo invisible en el estómago, el corrientazo en el brazo izquierdo, el dolor en las costillas: sé que casi todos ustedes están por pensar que en ese momento me dio el infarto.

Porque deben recordar —y lo digo por última vez— que esta no es mi historia, sino la historia de mi infarto.

Pero no me dio un infarto; en cambio, sonó el primer llamado en el altavoz para que la gente tomara sus asientos.

—Primer llamado: ocupen sus asientos, primer llamado.

La voz de megáfono alcanzaba a escucharse en el camerino.

Las piernas me comenzaron a temblar, sin control alguno.

Podía sentir el pálpito en el esófago, en el estómago, en el yeyuno.

Nicolás Galindo me señaló el reloj.

—Ya casi, compadre —amenazó.

El altavoz del teatro sonó de nuevo:

—Segundo llamado: la función está por comenzar. Segundo llamado.

Sentí que necesitaba ir al baño. Y hui, hui de mí, hui de todo, a galope tendido hacia el baño, donde duerme lo antiguo de mis venas y un lucero es el pueblo más cercano.

Desde el baño escuché el tercer llamado y juro que jamás había sentido tal sensación de agobio, tanta angustia concentrada en lugares específicos del cuerpo.

Nicolás Galindo tocó la puerta del baño:

—Le toca salir ya, compadre.

Quise dar un paso, pero no pude.

Porque las piernas no me obedecían. Como si tuvieran vida propia, o, más bien, como si no la tuvieran, no se despegaban del suelo, se sembraron en las baldosas despintadas del emblemático Teatro Colombia.

Abrí, pues, la puerta para salir, con los músculos entumecidos, acaso para buscar por cuál corredor huir.

Nicolás Galindo, entonces, señaló hacia una esquina:

—Mire allá, compadre.

Y en ese momento entraron, en este orden, Serafín —a quien de forma excepcional habían dejado ingresar al teatro—, seguido por mi hija menor, que sostenía su correa, seguida por mi hija mayor, y luego por Mariete, y después por mi esposa: estaban todos.

Detrás de mi esposa, por si fuera poco, venía mi papá. Mi papá con una sonrisa enorme, libre de angustias: porque —lo sé— dejé en suspenso el resultado de su examen que fue a favor, y el expansivo mapa de su espalda resultó ser una roncha miserable.

Detrás de mi papá, se acercaban mis hermanas. Solo faltaban, acaso, las cenizas de mi mamá.

Allí estaban de nuevo. En primera plana, la misma familia que me regaló la sorpresa de Serafín repetía la dosis, pero esta vez con Serafín como parte de ella.

No hace falta decirles que lo primero que sentí fueron ganas de llorar. Y que por poco lo hago cuando Serafín se me abalanzó y me lamió la cara, y cuando, detrás de él, todos se botaron encima de mí para darme una suerte de abrazo colectivo semejante al de los jugadores de fútbol.

No es necesario contar con mucha gente. Basta con que estén los mismos de siempre.

Y las tales hermanas Yadira y Marina, las friolentas. Que ya se nos pegaban para todo.

Eran las 7:00 de la noche cuando mi esposa puso la correa de Serafín en mi mano y lo impulsó para que subiera al escenario.

Tiró de mí hacia la boca de la escalera.

Y a las 7:01 minutos de la noche el perro Serafín, sobreviviente a las peleas de la calle, a los charcos sin luna de las noches bogotanas, el mismo perro que me mordió dos veces y que humilló a las húmedas cenizas de mi mamá,

surgió frente a las setecientas personas que compraron boletas para ver mi primera función.

No se asustó ante el aplauso de saludo. No se asustó ante las luces.

Tiró de la correa con decisión, y lo único que yo hice fue seguirlo, y lo que sucedió aquella noche lo recuerdo por fragmentos, pero lo que jamás pienso olvidar es que Serafín se recostó en el piso, al lado mío, durante toda la función, y estuvo ahí firme como un bastón.

Y que por él yo pude sostenerme. O mejor: que él me sostuvo.

Que sin él no lo habría logrado. Nunca. Jamás.

Esta es la historia del perro al que le debo el único atisbo de valentía pública que he tenido a lo largo de mi vida.

También es la historia de la familia a la que le debo el perro.

Es la historia de una familia que tenía un perro, o de un perro que tenía una familia, pero sobre todo es una historia a la que no le queda mucho tiempo.

Dentro poco va a terminar. Y su final puede ser sombrío para algunos.

El hecho es que eran las 9:23 p.m. cuando bajé del escenario respaldado todavía por Serafín y me abracé de nuevo con mi familia: con mi hija menor, que en esta novela se llama así, la menor; con mi hija la mayor, que se ganó ese nombre aquí; con mi esposa de siempre.

Con mi papá y sus achaques. Con Mariete.

Nunca podré saber a ciencia cierta, entonces, por qué, al día siguiente, fui víctima del infarto.